El guante de Tiziano

                 Esta historia comenzó en día en que fui al museo del Prado, en Madrid. Me gusta pasear entre cuadros como si fueran ventanas que dejan ver  paisajes de la historia y el interior de ciertos personajes. Muchos, da la impresión, que tienen vida.

                Recorrí la sala de Velázquez, de Goya, el Greco, El Bosco, Rubens y algún otro. Lo que es pasear. Pararme a ver uno que me llame más la atención. Leer alguna nota. Mirar a quienes miran los cuadros. De esta manera he descubierto muchas poses de sabios engreídos y vanidades anónimas a raudales. En los museos pululan jaurías de miradas y rebaños de pisadas y pasos de turistas. Todo tiene su encanto.

                Por la tarde vi el conjunto de las obras de Tiziano. Unas son del museo del Prado, otras las llevaron del musée du Luvre, de la galeria Degli Uffizia, del kunshistorisches museum, del monasterio de San Lorenzo del Escorial y de otros lugares.

                Pensé, durante el rato culinario, sobre la curiosidad de una entidad bancaria que saldó una deuda ¡de 1.506.024 euros! con el Estado, regalando a esta entidad una obra de Goya.  No debe ser ilegal pues lo cuenta una nota al lado del cuadro. Además, quedan como benefactores. Pero ¿por qué no cien euros más? ¿O un millón más? ¿O cincuenta mil menos? ¿Si yo me endeudo puedo pagar pintando un cuadro al director del banco? ¿O puedo pagar mis impuestos cantando una canción o donando los dibujos de mi sobrino Pablito? Elucubraciones sin sentido que me vinieron a la cabeza.  Estuve algo impresionado, pues, aunque ya conocía el cuadro de Goya, Duelo a garrotazos, nunca había leído, hasta ese día, que fue una costumbre permitida en Cataluña y Aragón hasta mediados del s. XIX. ¡Qué brutalidad!

                No puedo responder a ninguna pregunta que explique qué me sucedió al ver una pintura de Tiziano. Me coloqué ante el cuadro El hombre del guante y me puse a llorar. Fue un llanto de emoción. De pena porque aquel rostro no pudiera hacerse real y salir del lienzo. De alegría porque sentí que la belleza plena se incrustó dentro de mí. Fue un golpazo de goce artístico que arremolinó mis emociones.  Y lloré, lloré y lloré.

- ¿Le pasa algo? – me preguntó un conserje del museo.

- Nada, nada. -  le dije. – Qué belleza ¿verdad? – Le comenté.  Me di cuenta que había metido la pata, pero no pude dejar de llorar. Llegó el director del museo.

- ¿Quiere una tila? – Me ofreció aquel señor. Me percaté de que estaba rodeado de vigilantes jurados y una chica del servicio de seguridad, que no me perdió de vista.

- No, no – Dije. No quería que me tomasen por un loco – Disculpen, ha sido un arrebato. Se ha muerto un hermano mío hace poco y este rostro me ha recordado a él.- Fue falso, pero necesité dar una explicación lógica a esa efusión que me desbordó.  Comprendí que pensaron que podía tirarme contra el cuadro, intentar robarlo o cualquier otra cosa. Me pregunto, que si lo que enseña un museo es arte, belleza inconmensurable ¿porqué no se prevé que puedan haber brotes de pasión, de amor y de sueño hacia una pieza como aquella? sin maldad, por el simple hecho de mirar. 

                Me encantó aquel cuadro. La mirada del rostro, la sensación de flotar en el aire y parecer que pende de la realidad a la que, parece, está a punto de pasar. La cadena de oro que cuelga sobre el pecho descamisado.  El equilibrio bello entre la nariz,  la boca y el rictus en relación al conjunto del retrato. Pero sobre toda la mano con un guante puesto y el otro cogido. Lloré.  ¡Qué vergüenza pasé en aquel momento! Menos mal que salí airoso con mi ocurrencia.  Pensarían que soy un histérico. Me da lo mismo. Todavía disfruto de aquel llanto porque fue una explosión dentro de mí.

                ¿Porqué no me sucedió con otros cuadros del mismo autor, que me atraen tanto o más, cuando recuerdo su obra, como la Venus de Urbino,  o Salomé, cuyos ojos cuelgan en la nostalgia y su piel, como la Venus, parece esculpida con los pinceles en marfil, o el guante de Ranuccio Farnese? Un arrebato es un arrebato. No veo explicación alguna por más que los psicólogos quieran delimitar los laberintos del infinito. Allá ellos y sus seguidores. Lo que dicen interpreta  sus teorías y las confirma, pero nada sabe de mi acercamiento, de mi beso fugaz y existencial, distante y soñador al guante, a ese guante.

                Es una experiencia sin igual. Estuve varios días preguntándome si no habrá alguien a quien le hubiera pasado lo mismo. En algún lugar del mundo podría haber alguna persona que hubiese llorado ante ese mismo cuadro.  ¿Y si tal ser humano busca a otro con la misma emoción?. No pude quedarme con los brazos cruzados ante semejante incertidumbre. ¿Qué podía hacer? Se me ocurrió coger una pértiga, colgar sobre ella un guante y recorrer el mundo en busca de alguien que hubiera tenido esa misma experiencia ante el cuadro de Tiziano. 

                Ni corto ni perezoso comencé a recorrer calles, caminos, carreteras. Fui andando para no pasar sin ser visto. Cualquier rincón podría albergar a la persona que buscaba, ser el cobijo de un encuentro imposible. La gente me miraba, pero yo seguí como si tal cosa. Si me preguntaban al respecto, contesté que era una promesa, lo que dio lugar a miradas extrañadas. Hasta que se me ocurrió decir que lo hacía porque me pagaban, que era la campaña de “guantes Yuca”, y que se trata de una promoción previa a la campaña publicitaria. Semejante explicación, aun siendo falsa, pareció más normal a todo el mundo.   

La verdad es que no tuve muchas esperanzas de lograr mi objetivo, pues podría no existir nadie. Al menos quise intentarlo, aunque no se lo pudiera contar a nadie, a no ser de manera anónima, como es este el caso, querido lector.  Quiero dar constancia de la verdad de mi viaje porque da sentido al arte. Como dice un refrán que inspiró a Aeken Bosch, El Bosco, “el mundo es como un carro de heno, cada uno coge lo que puede”.

                Llegué, con mi guante de piel colgado en la pértiga, hasta Munich. Allá, en la plaza de los bueyes, apoyado en la barandilla que rodea una fuentecilla, noté que alguien me dio golpecitos con un dedo. Miré y era un señor que iba con un bastón y un guante cogido en la mano. Nos abrazamos. El es polaco. “¿Tiziano?”. “Tiziano”. Es lo único que nos dijimos el uno al otro. Habíamos tenido la misma experiencia. Tomamos una cerveza juntos, nos sonreímos, nos dimos otro abrazo y nos fuimos cada uno a su casa, sin más aspavientos, pues somos gente normal, sólo que nos emocionó un trozo de arte.

                Fui feliz. Todavía me queda ese rescoldo de pasión. Se incrementó cuando, al volver en el autobús, vi a una chica joven que iba montada en bicicleta. Llevaba un guante colgado de un palo de escoba que iba atado. Le pedí. al conductor que parase. Me arrodillé y le supliqué. Corrí hacia la muchacha con mi guante en la mano.  Ella se volvió y esperó a que llegase junto a ella. “¿Tiziano?”, “Tiziano“, nos dijimos mutuamente con una sonrisa que unió nuestros rostros, sin apartarnos la mirada uno del orto. Ella habla italiano, por lo que le dije “mía emocione, e tua emocione“. Ella siguió su camino y yo el mío.

                Todos los días me asomo al balcón, por si pasa alguien con un guante como bandera,  para decirle “¿Tiziano?”, a la espera de que me responda “Tiziano“.                 

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