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La opinión pública

4 enero, 2001

Desde la época de la Revolución Francesa las ideas intervinieron en la vida social, a través del convencimiento de lo que serían las causas justas. Posteriormente a la II Guerra Mundial terminó la influencia de las ideas. La publicidad interviene no tanto sobre la manera de pensar de las masas sino en su conducta.  La opinión pública se mide en encuestas, en pérdida de popularidad, informes sobre intención de voto. Teniendo este tipo de mediciones actúan los políticos.

 

La propaganda es lo que forma la opinión pública. La publicidad da una imagen que manipula nuestro ser, como hombres y mujeres. La propaganda es un diseño altamente sofisticado en nuestra sociedad, que lo inunda todo. Kimball Joung la considera “el uso deliberado de métodos de persuasión con el  fin de cambiar las actitudes y, a la postre, influir sobre la acción”. Lo cual se convierte a la larga en forma de pensar, en opinión pública.


Hay situaciones de relación entre decisiones judiciales, políticas, empresariales, que no responden a una acción concreta de corrupción ni a una conspiración secreta de las altas esferas del poder. Sucede que jueces, empresarios, sindicalistas, políticos, ciertos periodistas, algunos escritores de lujo, etc., poseen un alto nivel de vida. Acuden a los mismos ambientes para alternar, aunque no se vean ni se relacionen, comparten una misma mentalidad.   Forman el peso específico de la opinión pública.


Las empresas que producen opinión lo hacen formando gustos, modas, personajes como referencias de la opinión pública. La fama como forma de enriquecimiento es una consecuencia de este mundo.  Antes quien hacia algún trabajo o tuviera algún mérito era buscado para salir en los medios de comunicación. Es decir se sacaba al que fuera conocido, famoso, por serlo. Ahora  se fabrican.

 

Se es famoso por salir en un medio de gran audiencia, aunque no haga no diga nada substancioso. Forma parte de ese vaciamiento de la sociedad, de ese “no ser” que hace que funcione la opinión pública  como algo que nos dirige sin dirigir, que nos controla sin controlar.


La opinión pública se mide en encuestas, en pérdida de popularidad, informes sobre intención de voto. Teniendo este tipo de mediciones actúan los políticos. El problema es que estos medios se dirigen o manipulan a conveniencia de quien quiere obtener algún beneficio. Por eso los políticos quedan prisioneros de su propia imagen. Carecen de criterios personales.


Es patético observar a los que dirigen los partidos políticos haciendo cursos de oratoria para hablar en público e influir con sus mensajes, sin un pensamiento previo, más que como mecanismo táctico y formas de atraer al electorado mediante pactos inservibles y vacíos de contenido, con informaciones trucadas, pero que tienen la validez de fabricar opinión pública.


Se produce un fenómeno sociológico que cada vez se extiende más, sobre todo en los medios de comunicación de masas. La “telebasura” o “prensa cutre”. Los espacios que ocupan, muchas veces en los horarios y programas de máxima audiencia, son carísimos para salir en ellos. Se supone que hay una audiencia que lo reclama. En realidad se está tejiendo un fondo sobre el cual emitir o dar noticias serias, pretendidamente serias, pretendidamente objetivas y pretendidamente plurales.


Personajes como Tamara, Apeles, Boris, Lequios, Pacos Porras, Acebes  y demás ralea de la farándula son productos de los medios de comunicación. Son entrañables en sus ambientes específicos, pero fuera de su contexto sirven para ser ridiculizados, manteados en risas y sornas de la mano de presentadores sin escrúpulos que anulan la dignidad de las personas. La gran moral que justifica las programaciones es entretener, y convierten esta comunicación en un valor de la sociedad actual. El siguiente paso es que forme parte de nuestra manera de ser.


Hay algo que queda inmune a la opinión pública: el fanatismo, por un lado. Por otro el cinismo con que viven organizaciones mafiosas, y a veces dentro de la legalidad empresas en las que se juegan muchos intereses y buscan  imponer  sus condiciones sin que les importe mucho la opinión pública. Las tres son situaciones de riesgo para la sociedad. Especialmente la primera carece de un referente económico, por lo que es difícil negociar actitudes y objetivos con ellas.

 

El fanatismo es una reacción a un mundo superfluo y es un error quererlo combatir, como se suele hacer mediante reforzar la acción de la opinión pública, porque cierra más a los fanáticos en su postura y refuerza su actitud sectaria y violenta.


Lo que no se pregunta casi nadie es como los tamaras de la política, la cultura y el arte viven el mismo efecto pero son tomados en serio.  Desde sus valoraciones ficticias y basadas en la imagen los personajes de la sociedad convierten sus opiniones en realidad mediante la técnica de influir en la opinión pública.

 

Sucede que entonces quienes diseñan tales valoraciones y las hacen públicas en empresas de la comunicación, de la mano de centros financieros de gran poder, dictan qué se debe pensar. Salirse de lo que pretenden los técnicos sociales del Poder se va a valorar negativamente por la opinión pública. Para mantenerse a flote, en el mundo de la imagen, hay que obedecer los cánones.


Todas estas reflexiones quedan huecas sin herramientas concretas que las peguen, impregnen o encajen a la realidad. Es esta una de las características que asociamos a la Renta Básica. Para su aplicación es inevitable que esta idea pase por la opinión pública, y habrá que ganar desde la razón a la inercia del pensamiento, pero no habrá de quedarse en ella o de lo contrario se deformará.

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