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¿Agresión de convivencia o violencia de género?

Sobre el asesinato de las mujeres por sus parejas es muy importante conocer su causa para poder actuar en consecuencia. La diferencia entre la violencia y la agresividad fue un debate de hace casi treinta años cuando el pacifismo fue una opción política a través de Los Verdes.

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En la actualidad sucede una confusión de palabras, hechos e ideas que impide avanzar en soluciones nuevas a los problemas que nos afectan, como la muerte de personas a partir de haber mantenido una relación de convivencia.

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A pesar de la ley contra la violencia de género se suceden las muertes provocadas en la convivencia de pareja, sobre todo mujeres que son asesinadas. Incluso este tipo de crimen está aumentando. Puede que falle el análisis mismo de este suceso que adquiere una proyección social de primer orden.

Hace un par de años hubo en un plazo de dos días tres noticias: la muerte de una mujer por su pareja varón. La muerte de una mujer por su pareja mujer. Y la muerte de un varón por su pareja mujer. Sólo se consideró violencia de género la primera. ¿Y las otras?. ¿No podrían ser las tres  consecuencia de un acto de agresividad debido a la convivencia?.

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Este debate no es baladí, pues dependiendo de lo que resulte de su estudio se podrá actuar en consecuencia, de dos maneras:

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1- O bien  sobre la conciencia, como se hace actualmente, como son los anuncios publicitarios, la campaña de concienciación en la que se gasta mucho dinero con pocos resultados y sin lograr los objetivos previstos, es decir que disminuya la “violencia de género”, posiblemente porque no sea  lo que afecte al asesinato de las mujeres por parte de sus parejas o ex-parejas.

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2- O habrá que actuar sobre la conducta, porque hablamos de un hecho cuya causa es la agresividad. Lo cual es muy importante tener en cuenta a la hora de educar a los jóvenes, pues se puede estar haciendo una labor inútil, que no es efectiva y no se quiera reconocer, sino que se continua usando un esfuerzo informativo como mera propaganda gubernamental, sobre lo mucho que quiere hacer y de las buenas intenciones sin que sean efectivas sus campañas, pero siempre cabe seguir echando las culpas a algo, al machismo, sin querer ver el error de los planteamientos que hacen estas campañas.

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La violencia sucede desde la conciencia, mientras que la agresividad aparece como una acción instintiva. Matar al cónyuge se ha interpre­tado desde un punto de vista ideológico, por lo que se con­sidera «violencia machista».

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El feminismo ha pasado de ser un movimiento social, crítico, renovador y un acicate contra un modelo ideológico paternalista y de dominación del varón  a una ideología. Que actualmente además se quiere ejercer como Poder.  Hay una obra de teatro, “Me voy“, en la que se puede ver como interviene la agresividad en el varón que acaba matando a su pareja cuando él es una persona progresista, feminista y está en contra de los maltratos. Se han dado casos de personas que daban cursos contra este problema que han acabado cometiéndolo.

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Las soluciones que ofrece la postura ideológica han creado una red de intereses, de subvenciones a asociaciones tal que crea un tejido que mantiene el discurso ideológico de manera preponderante sin tener en cuenta su efectividad, cuando lo que hace falta es comprender el problema desde el conocimiento de lo real, no de lo que se piensa al respecto con el único fin de confirmar una ideología, sobre la cual se ha creado todo un discurso cuyo lenguaje es cerrado, no se puede salir del mismo, porque hacerlo genera un ataque a quien lo cuestione que sufrirá la acusación de ser un machista. 

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De esta manera lo que quiere resolver no se soluciona. Tan sólo se entra en una reafirmación ideológica en la que se busca un culpable, el machismo, sin ver que este aspecto ya apenas funciona como factor dominante en la sociedad y excusas como que las mujeres no denuncian son tópicos que no sirven para resolver este problema.

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Es necesario entender que existe un yo biológico, que es el resultado de la evolución del ser humano como especie animal. El asesinato u homicidio que ejecutan los varones a la mujer,  precedido por una o varias discusiones, sucede como consecuencia de la manifestación de la agresividad, es por lo tanto un acto agresivo, no es violencia. Lo que quiere decir que las conclusiones y el trata­miento deben ser acordes a tal diagnóstico.

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Aunque el resul­tado sea el mismo: la muerte de la víctima, no lo es  como consecuencia de la misma cau­sa, a la que hay que llegar  correctamente para evitar que siga provocando sus efectos devastadores. Y desde  mi punto de vista debe englobarse este tipo de asesinatos en la agresividad de convivencia, la cual impulsa los casos de asesinatos basados en la misma conducta de otros como  son los de padres a hijos, de hijos a padres, o peleas de vecinos. Lo que pasa es que la convivencia en un apareja es más intensa, afecta más a la intimidad, pero la base de la conducta es la agresividad y no la violencia, ni siquiera la de género.

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La violencia responde a una idea, mientras que la agresividad es una conducta, un mecanismo biológico de respuesta a un estímulo. En ningún momento es justificable y la ley debe de condenar, aplicando el cuerpo legal en la ejecución del derecho con su máxima contunden­cia, en cuanto que es un asesinato. Pero la acción social para evitar lo más posible esta lacra debe enfocar adecuadamente el tema, hacer un buen diagnóstico, pues como dicen los médicos un diagnóstico acertado equivale a la mitad de su curación.

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To­das las campañas contra la violencia de género tienen poca eficacia, pues ya se sabe socialmente que matar a la pareja es algo que no hay que hacer, que es delito, que es algo ne­gativo. Incluso el agresor lo sabe, pero lo hace.

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Tampoco se puede dividir a los varones en buenos y malos, sino asumir que cualquier varón puede hacer daño a su pareja, incluso matarla en determinadas circunstancias, porque forma parte de un impulso interior que el desarrollo social ha ido amor­tiguando, pero quedan mecanismos de la conducta humana que activan la agresividad y que se deben de controlar lo más posible, lo cual exige un reconocimiento de los mismos y un aprendizaje, pero como conducta, no a través de  recetas discursivas, ni sobrecargando la incidencia sobre la conciencia, pues esta fase ya se ha logrado a lo largo de muchos años de concienciación, espe­cialmente por la labor de grupos y mujeres feministas.

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De no tener en cuenta este aspecto se seguirán repitiendo las estadísticas y las noticias de mujeres asesinadas año tras año.

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El 26 de agosto de 2010 un profesor mata a su esposa, una enfermera. No había denuncia de malos tratos por parte de ella. Los vecinos, dicen las crónicas del día después, se asombran de la noticia al considerar que era una pareja normal. Ese mismo día un marido apuñaló a su esposa sin que tampoco hubiera denuncia. Al parecer sólo el 20% de las mujeres muertas han realizado algún tipo de denuncia. Lo cual es porque han llevado hasta el momento una vida normal y entender esto es muy importante.

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El número de muertes por parte de la pareja aumenta con respecto a años anteriores, a pesar de una ley específica y haber una Delegación del Gobierno por la Violencia de Género. ¿Cómo se explica esto?. El director de esta delegación asegura que según las estadísticas en agosto aumenta la “violencia machista“, pero los informes que él mismo expone mantienen que es debido a que aumentan las horas de convivencia en la pareja, lo cual lo destaca como un factor clave. Es evidente que el aumento de horas de convivencia no aumenta el machismo, pero sí la presión psicológica que desatan la agresividad, la cual sucede puntualmente.

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Es necesario lograr modificar la conducta, es decir, la respuesta a un estímulo. El movimiento pacifista debatió ampliamen­te la diferencia entre agresividad y violencia para definir la no-violencia. Un soldado puede no ser agresivo y matar en la batalla por un deber, es decir, por una ideología o por ser ese su trabajo. Actúa desde la conciencia en la que entiende que matar es un deber, un deber patriótico, para él. Mata al enemigo, sin ser alguien concreto a quien dispara. Lanza un misil y muere un soldado enemigo, a quien no conoce ni tiene nada en contra de él.

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La violencia machista sería aquella que ataca a la mujer por ser mujer, y por eso se consideraría de género,  indiscriminadamente, lo cual sucede aún en algunas partes del planeta, o que abusan de la mujer por sistema, porque se creen con derecho a ello, por una conciencia e ideología machista que así se lo hace entender al varón. Por ejemplo en la ciudad Juárez de México, en algunos países árabes, en Guatema­la.

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En este país mueren una media de setecientas mujeres al año a manos de varones, no siempre por sus respectivas parejas, sino familiares cercanos o por ir vestidas de manera que para ellos es una provocación o porque la mujer quiera estudiar y hacer una carrera en lugar de formar una familia «como debe ser» o «como Dios manda».

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Pero en Europa quien mata a su compañera o ex-pareja suele no atacar a la mujer en general, sino a la suya, la que considera suya porque convive con ella, no por una cuestión ideológica, es decir no porque lo sea en su conciencia sino en su vivencia de pareja. Es un acto puntual, no sistemático. No mata a otras mujeres. Y sería incapaz de agredir a cualquier otra persona sin más.

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Se trata de una reacción que no controla en el momento de ejecutarla. No agrede a su pareja por ser mujer, sino por su relación con ella, matiz éste muy importante, cuya crisis de pareja, separación o la causa que sea, hace que la relación entre ambos se rompa, o se deteriore, o surja algo en la relación de varón-mujer, como por ejemplo una tercera persona, bien sea en el pasado, en el presente o el temor a que suceda en un futuro, lo que genera un estímulo emocional de miedo, tristeza, rabia que no puede controlar y acaba provocando una respuesta agresiva, cuyo sustrato de conducta se alimenta de otras situaciones ajenas, pero que intervienen en activar la acción agresiva, como frustración, estrés, ofensa, humillación, odio u cualquier otra situación que le afecte de manera que impulsa un estímulo que de manera automática provoca una respuesta: la agresión a la otra persona en concreto.

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Un agresor mata a una mujer concreta (agresividad). Un soldado o guerrillero a cualquiera que considere que sea su enemigo (violencia). Si tira una bomba mata al que le cae, indiscriminadamente . Es fundamental tener en cuenta esta diferencia.

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Mediante el ejercicio de la violencia se gana algo. Cuando se  ma­ta a un enemigo se logran sus posesiones, sus tierras, po­der. Un ejército actúa desde la violencia. También la mafia u organizaciones guerrilleras o terroristas. Con la agresividad no se gana nada, se resuelve una necesidad, que en el mundo animal es la alimentación, la defensa del territorio o la sexualidad. Que un león mate a una cebra no es un acto violento, sino la agresividad propia de su instinto que le permite su su­pervivencia. Las ardillas pelean por el territorio y la comida hasta que una huye o muere.

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En el ser humano ya no hacen falta respuestas agresivas para su supervivencia, ni para resolver sus necesidades en general, pero en su desarrollo evolutivo sí lo fue y tal necesidad ha establecido un mapa genético que perdura y debe ser reconocido, para dominar ese yo animal que debe pasar de su entorno natural al cultural, lo cual es el proceso que construye la historia.

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Por regla general quien mata a una pareja no lo piensa, sino que sucede en un momento determinado, fruto del acalora­miento por una disputa aunque se hayan repetido las agre­siones anteriormente, lo que sucede como respuesta a una presión psicológica que activa la agresividad. El agresor puede esperar a su víctima en algún lugar para atemorizarla, para incluso matarla, ir con esa intención al querer darla una respuesta desde la conducta, pro no cree que obra bien, por eso muchas veces al hacerlo se suicida.

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En muchas ocasiones el agresor se arrepiente, cuando piensa sobre lo que ha hecho. A veces se logra controlar, en otras ocasiones no, porque se produce un desenfreno. También con alcohol o tras haber consumido algún tipo de droga se desinhibe la agresividad. Se arrepiente cuando lo piensa, cuando interviene la conciencia. Pero hay algo que le supera. Cuando un varón mata a su pareja no gana nada, lo pierde todo, incluso lo escenifica suicidándose o intentándolo, lo cual es esa misma agresividad vuelta contra él.

Sucede también cierto sentido de la propiedad del varón sobre la mu­jer y viceversa, pero en un sentido de territorialidad, que aún perdura en la especie humana, cuyas necesidades básicas siguen siendo alimentarse y satisfacer su sexualidad. Es un problema del tránsito de la naturaleza a la cultura, cuyo resorte elemen­tal es la conducta, es decir se trata de un  problema emocional, no sentimental, ni ideológico.

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La aplicación de una ley que contempla el asesinato de la mujer como vio­lencia hace que aumenten los casos de asesinatos de mujeres en su relación de pareja, aunque suceda cuando se separan.  Algo falla. Pero sobre todo fracasan rotundamente las medidas de prevención.

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El despliegue y coste de las campañas de concienciación es de una proporción tan desorbitada de cara a sus resultados que debería analizarse críticamente.

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El asesinato de las mujeres por parte de sus parejas es una lacra que ha acom­pañado siempre a la humanidad y debe ser superada, lo que exige no actuar contra el agresor como medida de preven­ción, sólo en la aplicación de la ley cuando haya cometido el delito. Pero sí intervenir preventivamente ante una conducta previsible, que hay que encauzar de otra manera, diluyendo el estímulo, que muchas veces puede ser imaginario.

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Una acción más eficaz exige una vía de escape para el potencial agresor. Por ejemplo, no encerrarle en una situación que le presione psicológicamente, como en caso de una separación quitarle parte de su sueldo, no ver a sus hijos, dejarle fuera de su casa. Que sea el Estado quien aporte unos ingresos a la mujer que garanticen su independencia.  La separación no debe presionar al varón separado, de manera que podrá rehacer su vida. La mujer separada tampoco debe ser víctima de esta situación, por eso el estado debe atenderla, pero sin que esto suponga llevar a una situación de encerramiento al varón, lo cual activa su agresividad.

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Cualquier animal acorralado reacciona agresivamente. Tales estímulos hay que diluirlos al máximo y hacer que quien se siente abandonado, humillado, ultrajado, tenga una salida social, lo que implica un apoyo al agresor potencial, para que no lleve a efecto su respuesta. No puede ser cali­ficado sin más de «maltratador», pues se le está induciendo a serlo, como profecía autocumplida, de él y de los grupos o instituciones que lo denuncian como tal.

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Habrá que ele­gir entre un modelo de actuación ideológico, que persigue a quien pueda ser maltratador y para ir contra él establece unos mecanismos que provocan que el potencial agresor se active aún más y algunos logren su objetivo de matar a su pareja o ex-pareja. Lo cual ideológicamente confirma que hay que seguir presionando sobre los maltratadores que cada vez aumentan más. Es el modelo propagandístico, ineficaz.

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O seguir un modelo social que evite el asesinatos de los cónyuges con medidas que permitan eva­dir una respuesta agresiva, impidiendo estímulos que activen más la agresividad. Es el modelo científico en el que habrá que escuchar a los biólogos.

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Hacer una persecución sobre quienes atacan a sus parejas lo que hace es azuzar sus instintos más primarios y desde las instituciones se convierte a la víctima en una excusa que sirve de punto de apoyo para reforzar una política contra el maltrato inútil, cuyas medidas se usan especialmente de manera propagandística.

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Dicho lo cual en absoluto se trata de amparar esta conducta, ni mucho menos justificarla, sino lograr com­prenderla y buscar resortes e ideas que permitan superar esta situación y no reforzarla por mantener un discurso ideoló­gico que interpreta el problema fuera de su contexto real. Por ejemplo, y sin que sirva de agravio comparativo ,si se quiere evitar una pelea entre ardillas no basta darles comida, sino que hay que dársela por separado, o de manera abundante y entonces pueden convivir.

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Ser conscientes de esta realidad exige comprender la formación del yo de las personas y buscar un modelo educativo no basado de una ética discursiva, sino otra que permita el desarrollo y toma de conciencia de los sentimientos, las emociones y la capacidad de expresión y el reconocimiento del bagaje de la conducta animal del ser humano. Insistir en enseñar que maltratar a las mujeres es algo que no se debe de hacer es inútil, pues ya se sabe.

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Tenemos que actuar sobre la conducta cuando surge una tensión en la convivencia, sin embargo se hace lo contrario, de manera que se encierra cada vez más a una de las partes, se le presiona más y más, hasta que acaba estallando,  agrede a su pareja. Entonces sucede la profecía autocumplida que retroalimenta la cadena de agresiones que exigen más campañas, más presión sobre los sospechosos  y el problema aumenta.

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Las universidades deberían de estudiar este aspecto, incluso desde la biología, pero les pagan para que diserten y hagan estudios sobre la “violencia de género”, y dar más argumentos sobre el camino en el que quieren insistir. Al ver que no da resultados, al menos podrían dimitir los responsables, pero se ve que da lo mismo. Y los colectivos que se manifiestan contra el asesinato de mujeres deberían salir de su inercia y pensar desde otros puntos de vista que les lleven a la realidad de este fenómeno que supone el asesinato y maltrato de muchas mujeres.

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  1. 25 noviembre, 2013 en 19:05

    No es una cuestión semántica, sino de concepto muy importante. O se entiende como un problema de conducta que hay que resolver con criterios sociales, o se trata como u cuestión ideológica, a modo de propaganda y decir quien es el bueno y el no machista, aunque luego no sea cierto. El caso es que se ha establecido una ley, se han tomado medidas, gastado millones en concienciar y el problema ha aumentado. Algo estará mal hecho, pero se insiste, no es por culpa del machismo, y a seguir… al año que viene otra vez, sin debate, sin análisis de la realidad.

    No se quiere llegar a la causa, porque es un discurso fácil para la izquierda y una pantalla de acción sin hacer nada efectivo sino verborrea, se apunta la derecha, porque así se viste de humanismo y lo sufren las mujeres que no saben de dónde vienen tales enfrentamientos.

    De todas formas una sociedad en la que se enseña religión en las escuelas y no sexualidad ¿qué podemos esperar?…

    Al final hasta la izquierda tiene una mentalidad moral-religiosa que busca culpables malos por definición y no soluciones. Las conductas agresivas se pueden frenar en gran parte, pero si se convierte en una ideología se potencian, como está pasando.

  2. Bouza Pol
    25 noviembre, 2010 en 1:29

    Completamente de acuerdo en que no es lo mismo violencia que agresividad. La violencia de genero poco soluciona. Yo estaría más conforme si se le llamara: Ley contra la agresividad en la familia, por ejemplo, y así incluiría también el mal trato a ancianos, disminuidos… Seríamos todos más iguales ante la ley, con los consiguientes agravantes y atenuantes…

    Pero sus señorías los de la Cámara Baja son los más iletrados de todos los letrados.

  3. 20 julio, 2010 en 10:19

    Interesante e ilustrativo. Siempre pensé que cuando hablaban de “violencia machista” en el telediario lo hacen mal, pero no sabía exactamente por qué. Aquí está bien explicado.

    Propongo a Ramiro como ministro de Igualdad. Ya que existe semejante ministerio, por lo menos deberían poner ahí a alguien con ideas y más abierto de mente.

    Por que con el integrismo reinante sobre el tema (todo el que no piense como ellos es un machista), las ideas prehistóricas que tienen (mujer buena, hombre malo) y estas leyes retrógradas como la de violencia de género, no estamos avanzando mucho.

  4. 19 julio, 2010 en 17:10

    Se ve que quien escribe ha leído mucho, que entiende de psicología social. Esta es la primera vez que veo aplicada la teoría de la profecía autocumplida se aplica al tema de la agresividad y violencia que se da en las parejas. Me parece que la “desideologización” interpretativa de Ramiro, en estos temas, podría compararse a la “desmitologización” de Bultman y a la aplicación de los métodos histórico-críticos al estudio de la biblia.

    Todavía el mundo no es consciente de cuanto bien ha hecho la “desmitologización” a la que me referí, ¡de cuantos fanatismos no nos habrá librado! Por algo a los integristas católicos, empezando por el papa y sus amigos, no les gustan estos métodos y, sobre todo sus consecuencias: obligación de abandonar la ideología machista que discrimina injustamente a la mujer, por ejemplo la que excluye a la mujer de la “ordenación sacerdotal”, sin pararse a examinar siquiera si tiene vocación o no… El ejemplo era para ilustrar, porque es de plena actualidad la inclusión como delito, en el código de derecho canónico católico, la ordenación de la mujer. Cuando, lo que es realmente un delito, además de ir contra el cristianismo originario, es la tipificación como delito de un hecho de igualdad de trato. Lo malo es que las interpretaciones fanáticas, integristas y fundamentalistas que impiden ver la realidad e impiden el progreso humano no son privativas de los manifiestos criminales que gobiernan el Vaticano y por aquí…

  5. bio
    19 julio, 2010 en 7:51

    Un artículo cojonudo, ojalá le prestasen atención las autoridades “competentes”.

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