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La literatura espectáculo

La obra de Guy Debord, “La sociedad del espectáculo”, escrita en 1973, parece premonitoria de lo que sucede hoy, en el mundo de la cultura especialmente. Y de forma más intensa en la literatura. Cada vez importa más la imagen de una obra que su contenido, más la promoción que su manera de hacerse y de comunicar.

 

Un libro se ha convertido en un objeto de consumo que se presenta para ser noticia, sale en los medios de comunicación y se crea una apariencia de algo atractivo para ser comprado. El hecho creativo pasa a un segundo plano y lo que no es espectáculo queda arrinconado, fuera de una realidad que es acaparada por el espectáculo, nada más. El vacío se llena de expectativas y focos que deslumbran. Hay toda una industria de la imagen para la cultura.

 

Sucede en el mundo de la canción, la música, la pintura, pero quedan espacios, vericuetos sociales en los que actuar de otra manera, sin embargo en la literatura mucho menos, porque el espectáculo deforma y falsifica la escritura de tal manera que el escritor que queda fuera del espectáculo desaparece. Tal como dice Guy Debord El espectáculo se muestra a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad”. De manera que quedar fuera del espectáculo es quedar fuera de la sociedad.

 

El punto 1 de la obra aludida dice: “Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación”. He aquí el quid de la cuestión en relación con la literatura, porque escribir es lo más directamente vivido y este proceso se pervierte como esencia del arte.

 

Sucede lo que esta obra indica “en el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso”, sin que haya escapatoria. Sólo ser conscientes de esto y crear una red alternativa capaz de hacer brotar la cultura de lo inmediato, de ver en el entorno el primer acto de comunicación literaria, nos podrá hacer recuperar la esencia del arte.

 

Hoy es más importante la inversión en una obra que la obra misma. Y quienes se quieren vestir de escritores artista, han caído en este aspecto basando su promoción en ocultar a los demás escritores que carecen de medios, para dar a conocer su obra,   porque sólo de esta manera pueden hacer real lo que se construye como espectáculo. Como dice en su obra “El imperio de la mediocridadLuis Valederrama “la genialidad de cualquier hombre o mujer no es nada sin el poder de los sátrapas y prebostes que dominan las tribus, las capillas de las zonas”.

 

Escribe Guy Debordel espectáculo, que es la eliminación de los límites entre el yo y el mundo mediante el aplastamiento del yo asediado por la presencia-ausencia del mundo es igualmente la eliminación de los límites entre lo verdadero y lo falso mediante el reflujo de toda verdad vivida bajo la presencia real de la falsedad que asegura la organización de la apariencia. El que sufre pasivamente su destino cotidianamente alienado es empujado entonces hacia una locura que reacciona ilusoriamente ante este sino recurriendo a técnicas mágicas”.

 

Para este autor “el espectáculo somete a los hombres vivos en la medida que la economía les ha sometido totalmente. No es más que la economía desarrollándose por sí misma”. Y a esto se reduce el arte y la literatura, a mera mercancía, pues como indica DebordEl espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen”.

 

Salir de esta situación exige salir del mundo del dinero, del mundo que hace espectáculo lo que no lo es.  Hay que desnudar a quienes se disfrazan de escritores para reducir a una imagen escénica su actividad y en ello arrastran  lo que es escribir como acto de comunicación.

 

En la obra “El mundo de ayer” su autor, Stefan Zweig, se pregunta si es posible que surjan nuevamente a mediados del siglo XX, poetas puros, “aquellos que nada pretendían de la vida exterior, ni el interés de las anchas masas, ni distinciones, honores o provecho“. Describe un ambiente literario de su juventud en Francia muy diferente al de Alemania. En París el artista quería vivir tranquilamente, trabajar tranquilo, alejados del vedettismo, siendo para ellos su labor cotidiana, pintar, escribir o hacer música más importante que abrirse camino, sin secretarias y huyendo de todo aparato de propaganda.

 

Quizá es hora de volver a lo sencillo y genuino. Quizás. Quizás es hora de leer a Elías Gorostiaga.

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  1. aquileana
    25 enero, 2011 en 21:36

    Excelente entrada y lectura proyectiva 😉

    Aquileana 🙂

  2. 25 enero, 2011 en 19:34

    Quizá es la hora, pero todavía no oigo las trompetas del juicio final, ¿me estaré quedando sordo?

  3. enma 122
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