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Los exámenes

 Aprender ha sido parte de la vida hasta que apareció la sociedad industrial. Este modelo de sociedad necesitó trabajadores cualificados, técnicos y profesionales, cada vez más, ante el aumento de la población. Tuvieron que establecer  un modelo de enseñanza ajustado a las necesidades industriales, sobre todo de control y de ajuste de los individuos a todo su proceso productivo. Hoy este modelo ha cambiado, por lo tanto también el sistema educativo. O será cada vez más anacrónico y absurdo.  


El sistema industrial ha cambiado, sin que lo haga de manera esencial el modelo de enseñanza, a pesar de las nuevas leyes de enseñanza, de los nuevos medios, cada vez más modernos, pero parece como lo de Lampedusa, que todo cambie para que nada cambie. Lo cual parece afectar al sistema de enseñanza pues a pesar de las transformaciones siempre se fundamenta en el examen, pero ya no como una prueba para que el alumno sepa qué ha aprendido, porque el examen desde sus orígenes dejó de ser un medio del aprendizaje, para convertirse en un fin.


Stefan Zweig escribe en su libro “El mundo de ayer” su experiencia cuando fue al colegio y al Gimnasio, el instituto de su época en Alemania. Lo que cuenta es lo mismo que hubiera contado yo medio siglo después y lo mismo, o muy parecido, que lo que dirían mis hijos, a quienes leí algunos textos de este libro y pensaban que es algo actual. Todo se centra en el programa y nada en los intereses de los jóvenes.


La enseñanza cada vez más se encamina a saber hacer exámenes, a cumplir con un programa de contenidos que se orientan a que el alumno sea examinado y avance o defina su futuro en función a los resultados de los exámenes.   


Un buen estudiante es quien sabe hacer bien los exámenes y uno malo es quien no sabe contestar sus preguntas, o simplemente no mantiene el ritmo necesario para hacerlo en un determinado momento ante una serie de preguntas. A quienes suspenden se les considera que quedan dentro del fracaso escolar, sin ver que más bien es el fracaso del modelo educativo lo que se esconde detrás de ellos y también de quienes aprueban, incluso con buena nota, pues lo que han conseguido es doblegar la voluntad del alumnado y hacer que se obsesione con estudiar para aprobar. Nunca se plantea  qué precio existencial pagan quienes sacan buenas notas.


El matemático Donald Knuth, uno de los expertos de programación informática a nivel mundial, dice en una entrevista (“El Semanal”, 12 – VI – 2011): “de niño era una máquina de hacer exámenes. Tenía un cien por cien de aciertos. Pero sobre todo era muy obediente“. Tal respuesta es significativa, pues el modelo de los exámenes exalta y potencia la sumisión, en una cadena pedagógica la cual es la esencia del sistema educativo, donde la cultura, la creatividad, el desarrollo personal han quedado a un lado. Por eso es necesario cuestionar el modelo de control del conocimiento a través de los exámenes fundamentalmente, que estresa a las alumnas y alumnos y deja fuera a una gran parte de los jóvenes que no soportan este modelo.


Según el psicólogo austriaco Paul Watzlawick, amargarse la vida es algo que se enseña. Para esto funciona como funciona el modelo de enseñanza que pretende hacer una carrera de obstáculos mediante el estímulo de premio-castigo, el cual propicia una conducta social de adaptación al modelo productivo. La recompensa el consumo. Y es en este aspecto en el que sucede la despersonalización de los sujetos, que se conoce como proceso de “madurez“, cuando no es tal por no ser a través de la conciencia y del pensamiento, sino de la conducta completamente guiada.


Las clases se enfocan para aprender a contestar los exámenes, a tomar apuntes y estudiar las  respuestas a las posibles preguntas y esto es lo que interesa, la cultura queda a un lado. Este modelo de estudio sirve para un determinado tipo de inteligencia, pero no para todas, de manera que quienes tengan otro tipo de aptitudes, de facilidades de aprendizaje con otros medios quedan desplazadas, arrinconadas y buscando módulos profesionales con el único objetivo de trabajar.


El empleo parece el único objetivo de los estudiantes, el futuro, en lugar de la formación, de saber. Cuanto mejores notas elegirán carreras con menos alumnos, para trabajos en los que se gane más y den prestigio profesional, pero nada más. El aprendizaje como cultura, por el interés de saber, es algo que se considera utópico e inútil, cuando hoy es lo más necesario.


Hoy la enseñanza se ha convertido en una industria, porque forma parte de la sociedad industrial, y si queremos que ésta cambie hay que empezar a analizar el actual modelo de enseñanza en su esencia, no en cuestiones anecdóticas, porque como dice el título de la obra de Rafael Sánchez Ferlosio, “Mientras no cambien los dioses nada ha cambiado”. Y el dios de la enseñanza actual es el examen. Y es lo que tenemos que examinar, precisamente, si queremos que algo cambie realmente.


El modelo de enseñanza se ha convertido en una fábrica de operarios, de técnicos, obreros y ejecutivos y todo se enfoca de cara al futuro, se hipoteca el presente, desaparece, como las inquietudes, los sentimientos, la curiosidad, porque hay que centrarse y concentrar todo el esfuerzo en aprobar y sacar las mejores notas. Esta carrera de obstáculos en que se convierte aprender acaba con la pedagogía y sobre todo con el gusto de aprender.


Hace unos años uno de mis hijos estaba con otros compañeros de clase jugando. Puse un rato la televisión sobre un documental del Tercer Mundo. Dijeron en un momento dado que los niños no tienen escuelas y todos gritaron ¡que  suerte!. Cuando uno de los logros de nuestra sociedad es la enseñanza pública y gratuita, más o menos, se ve como algo negativo es que algo falla. Y deberíamos de analizarlo, porque hay muchos modelos de enseñanza que han quedado relegados y que sin embargo podrían funcionar,  hacer que el aprendizaje sea parte de la vida y no una etapa donde lo que importa es tomar apuntes, hacer los deberes y pasar de curso.


La sociedad industrial funciona sobre la especialización, enseñar es una más y parece que el alumno se especializa en estudiar y si no funciona como debe deja de hacerlo arrastrándose en las aulas sin encontrar el más mínimo sentido a lo que hace. De manera que se ha convertido en algo desagradable. Porque se ha incorporado al estudio el modelo taylorista de producir por unidad de tiempo, aplicándose lo mismo en la enseñanza, en una carrera contra reloj por cumplir el programa, programa y programa.


Estudiar queda apartado de la vida. En la sociedad agraria los hijos vivían con los padres y aprendían las labores del campo, de la ganadería, antes en la sociedad cazadora lo mismo. El aprendizaje formaba parte de la vida. En la sociedad industrial no, todos se estandarizan en el mismo modelo, aprenden lo mismo, les interese o no, o no aprenden lo mismo que deben de saber según el sistema. De esta manera se le enseña a que la vida sea algo ajeno a su quehacer. Lo mismo pasará después en el trabajo, de manera que la sociedad industrial se compensa con el consumo compulsivo. Estudiar y trabajar acaba siendo un acto neurótico y es a esto a lo que se adiestra en la enseñanza actual, sin critica, sin tiempo para pensar.


Durante la celebración de un aniversario en un colegio una antigua alumna comentó que se había enamorado de un chico y que eso le marcó mucho. Nadie lo supo. No importó que estuviera enamorada o no, tenía que estudiar. Los sentimientos quedan a un lado. 


La literatura tuvo como misión al ser incorporada al sistema educativo educar los sentimientos, hacerlos visibles. Se ha convertido en una lista de títulos de obras, de nombres de escritores, de lo que dicen que dicen las obras que “se estudian”, que no siempre es lo que narran realmente, y leer a contra reloj algunas obras interesen o no al alumno, convirtiéndose la lectura en algo pesado y sobre todo ajeno a la persona que lee, porque no lee para que le diga algo lo que está leyendo, sino para responder una preguntas o hacer un trabajo en el que tiene que decir lo que  explica el profesor.


Durante una acampada del 15 M muchos estudiantes que habían terminado la carrera se quejaban de no encontrar trabajo y menos empleos de lo que habían estudiado. Querían trabajar. Intervine para preguntar si es que lo único que hay en la vida es trabajar, ¿no hay otras cosas qué hacer?.  Muchas son trabajos, pero no se consideran tales si no está de por medio un salario.


Conté que cuando di clases de teatro cada tres años llevé escobas que daba a los que participaban en este taller. Los mayores, de doce a catorce años, barrieron con ellas y de una manera muy parecida, como se suele barrer el suelo. En cursos inferiores, de nueve a once años, algunos no barrían y jugaban con ellas a las espadas, o les servía de pinceles y los que barrían lo hicieron de formas muy diferentes. En los más pequeños, de seis a ocho años ninguno barría, a lo más uno, jugaban con ellas a volar, a hacer que fueran un caballo, ¿qué ha sucedido a lo largo de los cursos?. Se les ha quitado su identidad, su creatividad porque sólo importa que sepan, pero sobre todo que sepan responder a un examen, que se ha convertido en una herramienta de control no tanto de lo que sepan los que lo hacen, sino de calificación y de amenaza. Todo se enfoca a él.


Muchas veces se dice que se ha avanzado mucho, que se ha pasado de la pizarra a las pantallas digitales y a los ordenadores. Está por ver que el ordenador sirva para aprender. Tienen que saber usarlo, pero ¿aprender con él?, es algo que debería debatirse, lo cual no ha sucedido en la comunidad educativa, se ha impuesto, en muchos casios de manera propagandística sin ver los efectos de su uso. Es curioso que muchos colegios no tienen dinero para colchonetas en el gimnasio y de repente con dinero público se pagan los ordenadores, cuyos beneficios van a parar a una empresa, pero esto ya es otra historia.


Lo que importa es que la chavalería escolar acabe encajando en el sistema laboral, sin que se enfoque para su desarrollo personal. Y como mínimo es algo que debería debatirse. Porque siempre se alude que para cambiar la sociedad hay que cambiar la educación de nuestras hijas e hijo, pero siempre de manera discursiva, el respeto al medio ambiente, a reciclar, la coeducación entre varones y mujeres y se van incorporando nuevas maneras de comportamiento, necesarios para la sociedad, pero por ejemplo se les quiere inculcar la democracia, sin ejercerla en el colegio o en los institutos, sin incorporar la pluralidad, la información, la crítica. Y siempre pasa lo mismo: no hay tiempo. Y todo se hace con prisas y al final el resultado son las notas.


Más que enseñar, parece que se adiestra a la juventud, lo cual debería preocuparnos, aunque funcione para este modelo industrial. La sociedad que emerge de ella, la tecnológica, exige nuevas miras, el empleo ya no es le elemento central y hacen falta desarrollar otras capacidades del individuo, nuevos objetivos que nos enseñen a disfrutar, incluso de estudiar y aprender, porque nos vemos abocados a la sociedad del arte, cuyo nacimiento está colapsado por un sistema educativo anticuado.


El cambio que soñamos es muy profundo, tanto que nos cuesta imaginar una enseñanza en la que no se hagan exámenes, porque no nos han enseñado a pensar de otra manera. Otra enseñanza es posible.


Intervención sobre este tema en una asamblea 15 M, en León, a partir del minuto 8.

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  1. 29 julio, 2011 en 10:06

    Estoy completamente de acuerdo con lo expuesto en el artículo. Ortega decía que la verdad es una suma de perspectivas.

    Sin ánimo de llegar a la verdad (cosa que me superaría) me gustaría dar otra:
    En el sistema taylorista la prueba era útil para clasificar, domesticar, reproducir etc. y nuestro sistema actual sigue teniendo elementos tayloristas. A partir de la globalización el sistema de producción imperante (y cada vez más con la crisis, que es una aceleración de esa globalización)es el de red, basado en el control de calidad y el “just of time”; en definitiva hacer al trabajador su propio controlador, eso también ha tenido un reflejo en la enseñanza, el alumno está más agobiado por la necesidad de éxito, negado para la la mayoría dado que estamos en una sociedad en la que uno gana y los demás pierden.

    Ahora bien, el examen también sirve para darles seguridades a los alumnos, sobre todo cuando valora unas capacidades que no sean de sumisión, de convergencia, etc… Santi

  2. mamen
    24 junio, 2011 en 15:36

    Soy profesora de secundaria y trabajo cada día para que mis alumnos no sufran, la vida ya nos envía suficientes tensiones y frustraciones, si los profes somos fuente de ello, ¿qué les estamos enseñando?.

  3. Francisco
    21 junio, 2011 en 7:38

    Hace años se experimentó que en un grupo de alumnos no eran los mejores precisamente los que más capacidad craneal tenían. Los alumnos más favorecidos hacia un área de conocimiento no estaban interesados por esta materia.

    ¡Bien!… Llevo cerca de treinta años dedicados a la enseñanza de las matemáticas y precisamente trato de recuperar a alumnos con problemas en esta área. Es decir recuperar o hacer que el alumno supere una media escolar de la materia mediante un examen. Significa muchas veces insistir más en las destrezas y mecanismos para superar la prueba que el conocimiento más amplio.

    Recuerdo que muchos compañeros jugaban con la probabilidad a la hora de examinarse y acertaban y salían airosos de los exámenes. De momento la sociedad ha dado pasos de gigante en muchos campos del hecho de conocer pero está pendiente la asignatura de acercar estos conocimientos al común de los mortales con unos niveles de predicción del saber más fiables.

    Los exámenes han jugado muy malas pasadas, alumnos brillantes suspendidos y traumatizados por la selectividad. La sociedad que avanza necesitaría de otro sistema de medición para evaluar los conocimientos del alumno.

  4. Horac
    15 junio, 2011 en 18:56

    Más leña al fuego, de parte de un profesor de religión que estudió teología en Salamanca, y no en Sigüenza, como hiciera el Bachiller Sansón Carrasco:
    Se decía antiguamente que unos nacieron para cestos y otros para vendimiar en ellos… Yo no lo creo, pues todos nacimos humanos, desnuditos, pequeñitos, cagones llorones,cagones y meones y más o menos feos… Si bien, “todos iguales y todos diferentes”; pues hay una desigualdad objetiva y natural, sea en infantil, sea en primaria, en secundaria o en la universidad: “quod natura non dat, Salmantica non praestat” (lo que la naturaleza no da [suponemos que la inteligencia, el talento, la facilidad para la actividad intelectual..] Salamanca [la universidad de Salamanca] no lo regala)
    http://fernandomgalan.blogspot.com/2008/01/quod-natura-non-dat-salmantica-non.html

    Incluso con una base mínima común de oportunidades -porque la “igualdad de oportunidades” es viejo un cuento liberal, de verificación, si no imposible, cuando menos incierta- sería absurdo esperar, y más exigir, igualdad de resultados. Y el que nace desgraciado, desde la cuna comienza… ¿Café para todos, exámenes para todos y todas, aunque no gusten, “etsi Deus non daretur” (aunque Dios no existiere)?

  5. Horac
    15 junio, 2011 en 18:27

    La pregunta de la “Kriminal Polizei” ¿A quién beneficia? Porque señores, este sistema instructivo-educativo- manipulativo, con exámenes o sin ellos, es un crimen o, cuando menos, lo parece…
    ¿No andaba el “fracaso escolar”, claro que medido en exámenes, por encima del 40% o así…? ¡Cuánto dinero gastado inútilmente!.

    Los “exámenes”, así, a bote pronto, me parecen pamplinas, el auténtico examen es la vida. Y la sociedad, mal que nos pese, es selectiva, hasta cruel…

    Con exámenes o sin ellos, los objetivos de aprendizaje siempre hay que evaluarlos. Para ver en qué medida se han conseguido, para saber qué ha ido bien, menos bien y cómo progresar, o si hay que modificar los objetivos para adecuarlos a la nueva realidad… Que lo que hay no sirve (salvo para quien se sirve de él) está bastante “demostrado”.

    Lo importante es poner una alternativa a todo lo que ya se ve, por experiencia, que no funciona en beneficio del ser humano, y dar a conocer nuevas experiencias didácticas con buenos resultados de enseñanza-aprendizaje.

    Ahora bien, para hablar con sentido de todo esto habrá que definir qué es o no la educación adecuada para seres humanos, a qué fines se ha de dirigir, en qué objetivos mínimos se ha de concretar, si ha de haber instituciones educativas, su finalidad y razón de ser, desde qué intereses se deben dirigir… etc., etc.

  6. 13 junio, 2011 en 16:48

    Parece que hubiera visto hablar a una sombra. Totalmente de acuerdo.

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