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Programados para la desgracia

A lo largo de la evolución el cerebro de la especie humana se ha adaptado a sufrir ante las amenazas externas, como fueron el ataque de otros animales, el clima ante los cambios de la naturaleza, de las cuales dependió durante el periodo de la sociedad agraria. Posteriormente la escasez de recursos hizo que se preparase a los individuos para la guerra, cuyos efectos llegan al mundo moderno.

  


No es éste un tema baladí para comprender qué sucede en nuestra sociedad, en la cual no hay escasez, las amenazas externas están controladas, en gran medida gracias a la tecnología. Sucede que el cerebro que se ha adaptado a la desgracia la proyecta socialmente y sólo siendo conscientes de esta situación podremos, con esfuerzo, superar la crisis y el entramado de guerras que no son sino mecanismos de generar desgracia.

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Nos enfrentamos a una cuestión antropológica. El deseo de salir de ese sufrimiento ha creado mecanismos cerebrales de situar la felicidad fuera de la vida, en el más allá, o en el más allá del tiempo, en un futuro no definido. Las mayores atrocidades de la humanidad han sucedido en favor de ese  mundo feliz venidero, que luego nunca llegó.

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Otra función de adaptación para salir de esa desgracia que se reproduce como si fuera un gen psicológico es lograr la felicidad a costa de sembrar la desgracia en el enemigo, que la sufre por nosotros. Así la sociedad del bienestar se ha desarrollado mediante la explotación, mantener en la pobreza a millones de congéneres y asaltar las riquezas de otros países, lo cual se sigue haciendo, como si fuera una constante de la humanidad, cuando es sólo una programación mental que padece la sociedad como conjunto de sujetos.

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Desde este modelo de pensamiento pensamos la economía y no somos capaces de salir de él, lo cual es necesario si queremos salir de la crisis, que es una adaptación a la desgracia en una sociedad que tiene abundantes recursos y riquezas, pero seguimos aplicando los mecanismos de cuando eran escasos los recursos y los medios de supervivencia.

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Un filósofo y psicólogo que unió ambas especialidades en sus análisis, Paul Watzlawick, observó en su labor como psicoterapeuta que las personas tienden a la desgracia sin necesidad de ello. Escribió tres libros que me parecen de sumo interés, “¿Es real la realidad?”, “El lenguaje del cambio” y “El arte de amargarse la vida”.

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Este psicólogo austriaco plantea por ejemplo que cada vez es más necesario aumentar los gastos en salud pública. Plantea una hipótesis como que imaginemos que mejora la salud de las personas, sería un desastre para la economía que se ha construido para la desgracia. La industria farmacéutica entraría en quiebra, aumentaría el paro enormemente, lo cual cuanto menos nos debería de hacer pensar. Una paradoja similar la plantea el economista alemán Götz Werner, quien observa que si avanza la tecnología robótica sería un desastre en las actuales circunstancias de entender la economía, porque más de un setenta por ciento quedaría en paro, ¿qué haríamos con ellos?. Algo que nos liberaría de muchos esfuerzos se convierte en una desgracia. Como si estuviéramos siempre abocados a lo mismo, a sufrir. En parte por la manera de pensar la economía, que mantienen criterios lógicos de etapas ya superadas.

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La conclusión de Paul Watzlawick es que el Estado necesita aumentar la desdicha de la población. Para lo cual sigue programando el cerebro de los ciudadanos en la desgracia, cada vez es menor a nivel físico, pues los adelantos son muchos, pero se traslada a un nivel psicológico que ya es alarmante y él y otros filósofos de los años 60 dieron la voz de alarma sin ponerse medios para solucionarlo. Plantea que la realidad cambia, con lo cual la adaptación se convierte en un problema, porque la sociedad mantienen la misma mentalidad ante situaciones diferentes. Por otra parte el pensamiento funciona como si la realidad fuera la única posible, lo cual es lo que está sucediendo en la actualidad con la crisis económica que no somos capaces de ver otros modelos como pueda ser aplicar la Renta Básica. O una democracia participativa o un modelo de enseñanza sin exámenes.

 


 Concluye Watzlawick que somos creadores de nuestra desgracia. Al mismo tiempo podemos crear nuestra felicidad, la cual exige incluir a los demás. El bienestar es posible, hace falta pretender disfrutar de la vida con los demás, entonces nuestro pensamiento se verá obligado a cambiar y adaptar se a la felicidad, algo que hoy por hoy parece imposible.

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Uno de los carteles que leí en la acampada del 15 M de la Puerta del Sol de Madrid fue “Vivimos porque estamos vivos”, que fue criticada por algunos sesudos pensadores y analistas de prensa como una simpleza, pero refleja una profundidad de cambio enorme.


 

Los que criticaron esta frase decían que es una obviedad, que ¡claro!, pero no se dan cuenta que encierra el grito de existir, que los jóvenes saben que viven para vivir, que son ellos quienes han de decidir sobre sus vidas y no como les han querido hacer creer que viven porque trabajan, o porque estudian para trabajar el día de mañana, o que viven para cumplir con una función. Nadie puede definir la vida y menos la de los demás.


Los de la acampada del 15 M han planteado una nueva forma de pensar que parte de lo más inmediato, su vida y quieren que sea libre, sin ataduras para las cuales tengan que “vivir”.Puro existencialismo.

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