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Sociedad insolidaria, sociedad miserable

Varios amigos me han comentado situaciones de precariedad o de haberse quedado arruinados por algún accidente en las que han estado sin ningún tipo de respuesta de su entorno, lo cual es el reflejo de la sociedad actual, realmente lamentable, pero todos miramos a otro lado. No sé si la insolidaridad es la causa o es el síntoma de la descomposición social.

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La perdida de la individualidad, habernos adaptado a una sociedad tecnológica en la que todo depende de algo externo nos lleva a reaccionar insolidariamente, por regla general. Algo que según me dice Pedro llega a la familia por increíble que pueda parecer. Siempre hay excepciones, pero son las que confirman la regla.

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Cuando alguien padece una situación de desamparo porque lo han despedido, porque su casa se ha quemado o se ha inundado, o sufre una minusvalía que le impide ganarse la vida como hasta entonces y la ruina le afecta la reacción de los amigos y familiares es compadecerle y distanciarse.Algo que no sucedió hace no demasiados años.

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Recuerdo cuando un señor de la sierra de Madrid quedó inválido y su chalet estaba vacío, ya no fueron a visitarle, cuando aquel siempre estuvo lleno de gente que iba a tomar un vino en el porche, a dar unas parrafadas o echar una partida de cartas. Su esposa me dijo cuando observé esta situación “la gente no quiere problemas”. Y su marido añadía con cierta guasa, “no sea que tengan que ayudar”. Un señor que siempre había puesto a disposición de las señoras de la colonia el coche para subirlas al pueblo, bajarlas la bolsa de la compra los días de mercadillo. Es un ejemplo concreto.

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Siempre la excusa de no tengo tiempo,  o decir que yo también tengo mis problemas, pero no se  trata de un caso puntual, sino que se está convirtiendo en una conducta social que hubiera parecido increíble años atrás, y ahora no se quiere reconocer, se quiere justificar, pero no deja de ser una patología de la sociedad sin que la reconozcamos como tal, sino que lo vemos normal.Puede que sea la reacción a la impotencia de no poder hacer nada, pero es también el engaño de llevarnos al individualismo más atroz amparado en la “protección” del Estado de “bienestar”.

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¡Pobre del que le pase algo!. El 12 de enero una pareja italiana Salvator de Salvo y Antonia Azzollini, de 64 y 68 años respectivamente, se suicidaron como acto de dignidad, según dejaron escrito, ante la infructuosa petición de ayuda a las instituciones y asqueados de la hipocresía y la crueldad de los políticos. Es un caso extremo pero sintomático de una sociedad insolidaria que rezuma por los poros de la vida cotidiana.

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La insolidaridad forma parte de nuestra existencia moderna, que llamamos progreso y desarrollo, que lo quieren vender los políticos como progresismo. Hemos caído en la trampa y es necesario reaccionar desde nosotros mismos por las consecuencias que esto tiene.

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Antes si ibas a salir de casa por cualquier asunto dejabas a tu hijo pequeño con la vecina, sin que eso importara nada, ni siquiera se consideró nunca un favor. Hasta hace unos años algún familiar podía quedarse con los hijos ante una situación laboral de una pareja o una madre soltera, pero se empieza a hablar de la explotación de los abuelos, de que tienen que ir a sus viajes del INSERSO como coartada “técnica” de la ideología del autismo social. Se proponen guarderías de 0 a 3 años, propuesta estelar del PSOE en la campaña electoral del 2011 y que es algo que comienza a rodar sin darnos cuenta de que estamos institucionalizando aún más la insolidaridad. A los ancianos se les encierra en residencias sin convivir con ellos, con casos en los que cuando tiene Alzheimer y ha perdido la memoria hay familias que se despiden de él, como si le enterrasen en una residencia hasta que les avisen de que ha muerto.

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Cuando a un amigo mío se le cayó la casa en la que estuvo de alquiler, con un pleito con el dueño de por medio por no tener asegurada la casa, nadie de su entorno se ofreció a ayudarle. Me lo contó cuando le dije ¿qué te hace falta?. Me presenté en sus ruinas para ayudarle a sacar lo que pudiera y ofrecerle mi casa, a él, su compañera y a sus dos hijos. Lloró, porque la reacción de amigos y familiares fue la misma, casi que parecía que hasta tuvo suerte, vete a un hotel y pide la factura para que luego te lo paguen, le dijeron, y que los gastos los asuma el seguro y si no los dueños. Algo que en caso de un pleito judicial tardaría años y nunca cubriría todas las pérdidas. Otros le indicaban que fuesen al hospedaje de los sin techos que para estos caso está. Vete, le decían a la Junta de Castilla y León que dan ayudas para estos casos. Nadie dijo “ten”, para que te arregles, una ayuda, para eso están las instituciones, cuando siempre se dijo antaño “para eso están los amigos”. Este traslado sibilino de conciencia no lo estamos viendo, en el que llega una situación grave y nos invade el sentimiento de culpabilidad o de desesperación.

Solidaridad no es una palabra, solía decir Ernesto Cardenal.

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Hoy vemos un accidente en la carretera y no paramos no sea que sean unos ladrones, y todo el mundo ha oído un caso de alguien que lo hizo y le atracaron. Pegan a alguien y la gente da media vuelta, ni siquiera llaman a la policía para evitar perder el tiempo en ir luego a testificar. Conozco un caso en el que tres neonazis fueron a pegar con una barra de hierro a un chico de 17 años. Tuvo la suerte de reaccionar lanzándose hacia el que llevó dicha barra y no le dieron con ella, pero sí patadas y puñetazos, a la puerta de un bar. Fue denunciado, pero ni un testigo, unos que no vieron nada, otros que fue una pelea entre chavales.

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Sabemos que maltratan a una vecina y todo son excusas para no intervenir, para eso está la justicia y la policía que se encarga de estos casos. Se delega en las instituciones y el sujeto se inhibe de actuar. En una obra del siglo XVI, Amadís de Gaula, se destaca como se juntaban los caballeros para retar uno por uno a quien abusara de cualquier mujer, eran los sujetos los que intervenían, ahora nadie quiere problemas. Todo para las instituciones, las cuales hacen más propaganda que apoyo concreto a quien tiene un problema. La misma burocracia es ya un problema para quien quiera solucionar algo.

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La individualidad ha quedado completamente destruida en nuestra sociedad, queda el aislamiento con el egoísmo como ideología y como patrón de conducta. Si alguien pide dinero a otro ¿por qué tengo yo que dejar el dinero a nadie?, lo gano con mi esfuerzo y es para mí. Para eso está el Estado o las instituciones de caridad, las becas, casi que ser pobre es un chollo deben de pensar muchos cinicamente.

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Carlos me cuenta que cuando se quedó en paro pidió ayuda a hermanos y amigos, lo que necesitaba es dinero, algo para sobrevivir con su pareja e hija. Todos tienen una hipoteca, todos acaban de hacer un gasto imprevisto y no pueden, pero varios le quisieron ayudar ofreciendo trabajos para otros amigos de ellos, como  pasar las noches con los padres de uno que le darían de cenar y trescientos euros, una chica inmigrante que cobra seiscientos euros les parecía cara por no hacer nada. Otros le pidieron encargos para darle la propina, en lugar de pagar a otro te lo doy a ti, le dijeron. Más vale algo que nada, le decían cuando protestaba del abuso que estaban haciendo de su situación de necesidad, y me decía este amigo que al final les ayudaba él a los demás hasta que decidió mandarlos a la mierda, lo que hizo que sus amigos le llamasen desagradecido, le achacaron que no necesitaba realmente ayuda o que es un vago que no quiere trabajar, como se considera muchas veces a los parados.

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La sociedad se ha construido en sus épocas florecientes sobre la base del apoyo mutuo, de la ayuda entre vecinos y familiares y amigos y en general la cooperación permitió hacer puentes en los pueblos, entre todos, abrir caminos, favorecer a la gente, por esto hoy se ha invertido y no sé si la destrucción de la sociedad hace que nos volvamos insolidarios o esto hace que la sociedad entre en un proceso de desintegración. Según Adolfo es lo primero. No sé.

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Antiguamente en los pueblos se hacían las facenderas, un trabajo común en los que participaban todas las familias. Se empezó a distorsionar cuando los más ricos pagaban a los más pobres para que realizasen su parte, pero luego los ayuntamientos comenzaron a contratar empresas para ciertos trabajos en los que trabajaban unos y otros no, lo cual acabó con esta labor comunitaria. La insolidaridad se instaló en los núcleos rurales.

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Los modelos de competitividad se han infiltrado en la conciencia de las personas y la satisfacción de muchas es que a otros les vaya peor. Si a alguien le sale mal su proyecto de vida hay una sordina que susurra “no haber sido hippy, ahí tienes tu merecido” y esta mentalidad tiene un reflejo político.

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Con casi cinco millones de parados las organizaciones sindicales no han hecho nada por los desempleados, aprovecharse de ellos para recibir subvenciones por cursillos que no les han servido de nada, sino trabajar sin cobrar nada en nombre de lo que llaman “practicas”. No han convocado una huelga general para que todos los parados tuvieran un subsidio con el que sobrevivir, ¿qué fuerza moral tienen ya para cualquier movilización?. Han perdido su esencia social, la solidaridad obrera. A los funcionarios les rebajan un 3% de su sueldo y son incapaces de exigir que ese dinero sea para quienes no reciben ninguna prestación, anteponen su derecho de haber aprobado una oposición, cuando un 63% ha entrado por designación política y luego han aprovechado las convocatorias internas. Ponen el grito en el cielo. Aun cuando tengan derecho a su salario y aumentarlo con relación al IPC, ¿no hay lugar para la solidaridad?.

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Se dice que no hay dinero y vemos a diario que el dinero ha volado en la corrupción, la cual no es sino el grado extremo de la insolidaridad, la insolidaridad en lo cotidiano, la insolidaridad ciudadana. Hasta colectivos cuya bandera es la solidaridad han caído en lo contrario.

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La solidaridad y el apoyo mutuo, permitirán el surgimiento de un nuevo modelo que depende de una nueva actitud, así surgió la lucha por los derechos de los trabajadores, cuando los obreros se juntaban y pusieron de su escaso dinero un fondo común para las familias de trabajadores que fallecieron, para los que enfermaron y no cobraban o que carecieron de una cobertura sanitaria, esa lucha solidaria llevó a conseguir una sanidad y una enseñanza pública, fue el fundamento para la creación de organizaciones sindicales. Que alguien diga hoy a un sindicalista que gana 2.200 euros, un Secretario provincial, que dé una parte de su dinero a un parado, te saca de su lujoso despacho como si fueras un terrorista, te llama radical y extremista. ¿Y a un diputado socialista y a su corte de pelotas asalariados?, no te puedes ni acercar a ellos, pero si se lo puedes decir te llama loco.

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El secretario de un diputado socialista fue visitado por un amigo que le pidió una pequeña cantidad mensual para poder llegar a final de mes pues tiene dos hijos pequeños y él y su compañera estaban en paro, ella sin cobrar prestación alguna, ahora que él tenía bastante dinero, un buen coche, una casa  en una zona lujosa de Madrid y un chalet, lo que consiguió en seis años de ser secretario del diputado en cuestión. Le respondió que eso de dejarle dinero no soluciona nada, que lo que hay que hacer es acabar con la derecha reaccionaria y el amigo se fue apenado de escuchar un discurso que no venía a cuento.

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Una acción directa que ha ser valorada y ver su valor de pedagogía social es a los militantes de la CNT de ir a protestar a los centros de trabajo que explotan y abusan de los trabajadores. Es una acción solidaria.

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Pero no es una cuestión de la élite política, amigos de toda la vida, con los que has participado en luchas, que has compartido tienda de campaña con ellos, viajado al fin del mundo y que trabajan al cabo del tiempo con buenas colocaciones les pides ayuda y dicen que lo que tienes que hacer es trabajar y no te vuelven a llamar, no están, no contestan, desaparecen, han renunciado a sus sueños, les incomoda que alguien sea testigo de ello, y su último consejo de uno de ellos a Vicente, el de la Cabrera, fue “lo que tienes que hacer es trabajar” y te invitan a unas cañas, la últimas que tomarás con ellos, cuando a uno de ellos Vicente le oyó decir cuando salieron en la misma pandilla que el dinero que ganara alguno lo tenían que repartir entre los amigos que no trabajasen para que al menos alguno fuera libre. Fueron otros tiempos, hay que madurar, no puedes hacer caso de las gilipolleces de cuando eres joven, o aluden a que las circunstancias han cambiado.

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Somos así de miserables, que es lo que nos hace ser la insolidaridad. Y se podrían contar miles de casos. El movimiento de indignados tiene que avanzar hasta convertirse en un movimiento de solidaridad, todavía más, pues ya lo ha sido al impedir con la presencia  masiva de manifestantes en embargos y desahucios. Ha de transformarse en un movimiento social que gestione solidaridad. La expresión social de esta solidaridad es una cuestión económica: la Renta Básica. Entonces comenzará el cambio, la construcción de un nuevo modelo, de lo contrario nos seguiremos destruyendo, sin que hagan falta guerras nucleares, pues como dijo  Bertolt Brecht “su guerra mata a lo que sobrevive a su paz”.

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Hagamos nuestra paz y nuestra lucha, la nuestra, la del pueblo: solidaridad.

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  1. robespierre
    8 marzo, 2016 en 22:46

    No estoy de acuerdo, lo que falta no es solidaridad sino comunidad, o sea cosas en común, por ejemplo la gente de la misma empresa tiene problemas comunes y los abordan juntos, igual en el estudio o cualquier cosa común. Los pueblos eran como son hoy las empresas, algo común en lo que todos coincidían, pero hoy día las calles no son algo común sino zonas de transito, son lo incomún, porque no hay nada que incumba a todos en el mero desplazamiento, Eso es inherente a la vida en urbes, a esta época, en esta época hay que arreglárselas uno solo si pierde su comunidad (empresa), pero eso lleva a la muerte y despoblación, Pues se ha perdido los lazos comunes, las causas comunes, y eso es lo que unía a los humanos antes, pero ahora eso ya no esta y por eso hay dispersión y atomización de la humanidad, saludos

  2. 7 febrero, 2012 en 1:04

    Muy emotivo este artículo. Desgraciadamente es así, mi experiencia personal con enfermos es que cuando son de larga duración empiezan poco a poco a ser olvidados. Nos negamos a ver el sufrimiento, si no lo vemos es como si no existiera. El dolor ajeno sacude nuestras conciencia. Recuerdo de pequeña cuando mi madre nos obligaba a visitar a familiares ancianos o a los enfermos, teníamos una moral cristiana y no nos planteábamos si nos apetecía o no. Ahora con tres hijas veo lo difícil que es inculcarlas que la vida no es “lo que a uno le apetece”. Se ha perdido el valor de la solidaridad. Estamos en una burbuja de egoísmo en que nuestra vida gira en torno a lo que nos satisface, con el consiguiente empobrecimiento interior, ya no hay disfrute en la simplicidad.

    No es casual que todas las dictaduras lo primero que hacen es generar desconfianza entre los ciudadanos (vía chivatos o servicios de inteligencia) . El grupo te hace fuerte. La solidaridad como dice la palabra en origen suelda y da solidez. Donde hay solidaridad no hay miedo, sabes que el grupo responderá por ti, si estás solo es el “sálvase quien pueda” , filosofía ideal para la sociedad de consumo.

    La pérdida de valores religiosos (de los buenos) no han sido sustituidos por otros. Para ser productivos hay que generar consumo, y esto sólo se hace vaciando a las personas por dentro. El estímulo exterior es tan fuerte que se hace inevitable.

    Si en algo creo firmemente es que la revolución que le queda al ser humano es la espiritual, todas las demás han sido importantes pero han terminado cayendo en el abismo del despotismo, la avaricia y las miserias de los “revolucionarios”. Los ideales de los partidos (también asociaciones, movimientos….) se estrellan contra la incapacidad que tienen sus dirigentes de ser algo tan simple como buenos seres humanos……

    • Laura
      8 febrero, 2012 en 14:56

      Cuanta razón tiene Vd. con los enfermos de larga duración, y con las personas mayores sobre todo en residencias, cuidadores que no saben lo que es el respeto, los enfermos con demencia senil cuando se alteran los inundan con tranquilizantes hasta que acaban en sillas de ruedas y con las ataduras homologadas, y encima no puedes decir nada porque eres tú el que estás equivocado, muy frustrante todo, y por desgracia la cosa va a mas, no quiero ni pensar lo que va a ser de nosotros cuando no nos podamos valer por nosotros o cuando no les sirvamos a la sociedad, muy triste y deprimente todo, y lo peor de todo es que hay escasísimas personas que opinan diferente de la gran mayoría.

  3. 6 febrero, 2012 en 14:05

    Estimado Ramiro:

    En este post tan largo, es difícil de contestar, todos nos encontramos en una situación complicada y aunque la mayoría pensemos de la misma forma no somos capaces de avanzar en la lucha.

    Todo se puede resumir en el mismo problema, la injusticia económica del sistema y el uso que hace de nuestros instintos el sistema para convertirnos no en humanos sino en despiadados animales.

    Lo vemos con las guerras(sea esta la de libia o las que se avecinan con Siria e Irán como telar de fondo.

    Al mismo tiempo proyectamos nuestros prejuicios sobre los más desvalidos, y alabamos aquellos que robando se han hecho con el dinero y por ende con el poder. Ya que el dinero genera corrientes de opinión y a la postre otorga razonamientos.

    Como somos una sociedad opulenta, solo quien no tiene nada que perder arrimara el hombro en la lucha. Solo cuando una masa critica de personas sin nada que perder podrá comenzar desde la solidaridad a cambiar el mundo.

    Entiendo que nos encontramos ante un tema complejo, y en esto tengo que decir que la ley de dependencia en principio tiende a paliar el cuidado de las personas mayores, y a evitar la internación en asilos, otra cosa diferente es que la ley se cumpla, o que se instrumentalice en según que casos para otorgar a algunos el beneficio y otros queden descolgados.

    Cuando con nuestros tributos pagamos por un estado de bienestar, es obvio que se entienda que sea el estado el responsable y el que deba proteger a los ciudadanos.

    Alguien puede ser solidario en un momento puntual o por un tiempo, pero al final si el problema se enquista, la solidaridad se acaba.

    Si en España no hay más crispación con la que esta cayendo es precisamente por la solidaridad de la familia.

    Al final todo aguante tiene un limite y cuando estalle, sera con mucha violencia ya que los problemas que no se resuelven y enquistan generan frustración que sera devuelta cuando se pueda.

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