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Sociedad carcelaria

Hace ya mucho tiempo, a comienzo de los años 80, escuché una conferencia de quien fue el primer objetor de conciencia en España, que pasó varios años en la cárcel. Me impresionó mucho cuando dijo que él en la cárcel se sintió más libre que los que le vigilaban, soldados que hicieron la mili porque era obligatoria.

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No recuerdo el nombre de esta persona, el lugar de la charla creo que fue un colegio mayor cerca de la universidad Complutense, el C.M. Chaminade, donde pocos años después participé en la creación de una Internacional Juvenil dando charlas y participando en debates. Hirvieron las ideas, las ganas de hacer cosas en aquellos tiempos, pero fuimos muy pocos, demasiado pocos, como siempre.

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Pensando en aquella etapa de mi vida y viendo lo que pasa hoy me doy cuenta, con el cansancio a cuestas, que le gente que participábamos en miles de historias, desde hacer revistas a actos a los que muchas veces no íbamos sino quienes lo organizábamos, manifestaciones, encadenarnos a máquinas para impedir que hicieran obras que destrozaban la naturaleza.

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Actuamos no para ser libres, sino por serlo, no cómo un mérito de vanagloria, sino porque habíamos reflexionado a partir de lecturas de autores como Marcuse, Foucault, Eric Fromm, Hermann Hesse, Kalil Gibran, Miguel Hernández, García Lorca, Neruda, Honorio Marcos, Unamuno, Ronald Laing, David Cooper, Hermann Hesse, acercados a sus obras muchas veces por casualidad, por amigos con los que cambiamos libros y largas charlas paseando por las calles, en parques y en tertulias infinitas en los bares.

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Aquel fervor del pensamiento y de los sentimientos de plasmó en hacer manifiestos de todo tipo y asociaciones. Visto al cabo del tiempo observo que quienes participamos en aquellas pequeñas historias hoy seguimos empujando cada uno desde su rincón. Recuerdo que vivimos la revolución como si estuviera a la vuelta de la esquina, que desear algo o decir una frase sugerente, o leer un texto con una idea que nos diera la razón equivalía a conseguirlo ya. Pensábamos que por decir que la guerra es mala, que por luchar desde la no-violencia se iban a acabar todas las guerras del mundo.

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Como se suele decir el tiempo pasa sin hacer ruido, no se oye y así los hijos de ese tiempo abrimos debates, cauces para nuevas ideas sin que se escuchara nada, pero quedan las marcas del tiempo, sus huellas, su poesía.

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Todos aquellos jóvenes tuvimos un denominador común, de una u otra manera nos habíamos liberado de una manera de vivir, de pensar, de sentir y de soñar, no deseábamos tener un gran coche el día de mañana ni un salario, sino que creímos que vivir tiene otros caminos que quisimos recorrer.

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La conclusión a la que llego es que la sociedad nos encierra, pero sobre todo en la mente, todo un proceso de anulación de la personalidad se cierne porque cada vez hay más trampas que nos convierten en presos de nuestro vivir, de nuestra historia, meten los barrotes en nuestra mente, cuando las grietas de la censura son demasiado grandes, se aceleran los ritmos, se reducen los textos para leer y no hay opción para equivocarse en las ideas y luego corregir, tampoco en la vida, ni en nada porque el tiempo nos devora acelerándose. Los horarios nos encierran sin darnos cuenta. Creemos que es lo normal, que tiene que ser así, no podemos ni siquiera imaginar nada fuera de esta trampa.

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Los mecanismos de la evolución se aplican técnicamente para adaptarnos a la nueva naturaleza humana, la del Poder, la que el Poder ha construido y cada vez es más difícil salir, por eso es hoy revolucionario aprender a mirar, aprenderlo en un pequeño pueblo donde quedan restos de aquel naufragio y es posible hacer una nueva nave, aunque parezca imposible y además seamos capaces de disfrazarnos de payasos.

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Quizá, con otra mirada, mirar al mismo mundo que siempre vemos, observemos arte en un rincón abandonado, veamos que la lucha es contra un mundo carcelario, donde la opción es ser carcelero, verdugo o prisionero, pero todos dentro de ella, donde quizá la mayor parte de los presos lo sean de conciencia.

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Quizá veamos que la crisis es un paso más que diseñan los dueños del dinero, los que ejecutan el poder, adaptados a ese mecanismo de organización social desde que nacen o quienes se dicen “hechos a sí mismos”, incapaces de pensar de otra manera, y la llamada crisis sea un ajuste en masa para doblegarnos a su mundo, porque basta que alguien quede fuera para que se derrumbe toda la parafernalia del Poder, por eso los tratarán como locos, como subversivos, fracasados y finalmente enterrados. Por eso las leyes que criminalizan a quien resista, a quien se manifieste.

Cristina Núñez

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Por eso es tan importante la reflexión, y sobre todo concretar sistemas para ser cooperativos y no destruirnos en una competitividad impuesta metiéndonos en una carrera de galgos, porque nos convierten en galgos que corremos tras una falsa liebre.

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Conocer la sociedad carcelaria nos enseña que no podemos destruirla, sino escapar de ella para que no nos destroce la vida, hay muchas formas, cuanto más llenas estén las conciencias más vacía la prisión existencial en que se ha convertido la sociedad del marketing y del espectáculo, la sociedad vaciada.

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Plutôt la vie.

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  1. Concha Cabezas
    22 mayo, 2012 en 18:57

    ¡Aquel tiempo de lecturas e interminables reuniones nos dejó en el alma un regusto permanente y una señal indeleble!. Ahí seguimos después de la travesía del desierto.

  2. Eva
    22 mayo, 2012 en 18:55

    Es muy bueno el post.

  3. Dani
    19 mayo, 2012 en 20:50

    Gran post, Felicidades!!

  4. miguel
    29 abril, 2012 en 12:24

    Pepe Beunza era el objetor de conciencia.

    Maravilloso texto el tuyo. La resistencia es sin duda la consecuencia de ser libres.

  5. 24 abril, 2012 en 19:37

    Estimado Ramiro:

    Enhorabuena por este articulo, de cada situación te surge un pensamiento y mucho que pensar, eres un buen profesor de filosofía.

    Como diría don Sancho el fiel escudero, los Gigantes son molinos con la maquinaria muy bien engrasada por el capital.

    Y cual caballeros andantes andan por los caminos de la vida, muchos caballeros andantes.

    Luchando con su leve cuerpo y sufriendo en sus carnes, todo el peso de los envites de los molinos.
    Es cierto que algunos con todo su esfuerzo han conseguido un cambio de leyes y de mentalidad.

    Otros hidalgos se han retirado de la caballería andante para dedicarse desde la barrera a cultivar el huerto y ver como de nuevo giran las aspas y arremeten con toda su fuerza, ante la mansedumbre social.

    En esa guerra andamos. Y con tus estupendas reflexiones y animo nos quedamos.

    Un saludo

  6. López
    24 abril, 2012 en 11:09

    Es interesante por donde vas, Mario Cordero. De momento, en las cárceles de España hay mano de obra barata, pero no llega a ser como en Estados Unidos, aunque me parecería muy interesante que Ramiro escribiese sobre ese tema.

    Centrándome más en lo que explica Ramiro en el artículo, no puedo menos que estar de acuerdo, y, si acaso, observar el punto de optimismo en el que puede pensar una persona que se juegue el ir a la cárcel por romper con lo establecido al darse cuenta de que ya estamos presos incluso los de fuera. Me recordó al poema de Jaime Gil de Biedma “En el castillo de Luna”, donde consuela al preso haciéndole pensar que la vida en la España de esos tiempos era muy parecida a la de la prisión, algo que concuerda bastante con la España o el mundo de hoy en día.


    EN EL CASTILLO DE LUNA

    En el castillo de Luna Tenéis al anciano preso.

    Cansadas ya las paredes
    de guardar tan largo tiempo
    a quien recibieron mozo y ya le ven cano y ciego
    Romancero de BERNARDO DEL CARPIO

    Me digo que yo tenía
    sólo diez años entonces,
    que tú eras un hombre joven
    y empezabas a vivir.
    Y pienso en todo este tiempo,
    que ha sido mi vida entera,
    y en el poco que te queda
    para intentar ser feliz.
    Hoy te miran cano y viejo,
    ya con la muerte en el alma,
    las paredes de la casa
    donde esperó tu mujer
    tantas noches, tantos años,
    y vuelves hecho un destrozo,
    llenos de sombra los ojos
    que casi no pueden ver.
    En abril del treinta y nueve,
    cuando entraste, primavera
    embellecía la escena
    de nuestra guerra civil.
    Y era azul el cielo, claras
    las aguas, y se pudrían
    en las zanjas removidas
    los muertos de mil en mil.
    Ésta es la misma hermosura
    que entonces abandonabas:
    bajo las frescas acacias
    desfila la juventud,
    a cuerpo -chicos y chicas –
    con os libros bajo el brazo.
    Qué patético fracaso
    la belleza y la salud.
    Y los años en la cárcel,
    como un tajo dividiendo
    aquellos y estos momentos
    de buen sol primaveral,
    son un boquete en el alma
    que no puedes tapar nunca,
    una mina de amargura
    y espantosa irrealidad.
    Siete mil trescientos días
    uno por uno vividos
    con sus noches, confundidos
    en una sola visión,
    donde se juntan el hambre
    y el mal olor de las mantas
    y el frío en las madrugadas
    y el frío en el corazón.
    Ahora vuelve a la vida
    y a ser libre, si es que puedes;
    aunque es tarde y no te queden
    esperanzas por cumplir,
    siempre se obstina en ser dulce,
    en merecer ser vivida
    de alguna manera mínima
    la vida en nuestro país.
    Serás uno más, perdido,
    viviendo de algún trabajo
    deprimente y mal pagado,
    soñando en algo mejor
    que no llega. Quizá entonces
    comprendas que no estás solo,
    que nuestra España de todos
    se parece a una prisión.

  7. Mario Cordero
    23 abril, 2012 en 2:46

    Interesante artículo como todos los suyos. Le sugiero que un próximo escriba sobre la comercialización de las cárceles. Bueno, no sé si en España funcionan cárceles de propiedad privada que es rentada al estado o condado y hay hasta federales, me refiero aquí en los Estados Unidos.

    El tener cárceles que son un negocio, implica que hay que tenerlas llenas en cooperación con jueces, abogados, policías y toda la cada de acciones que requiere un negocio, por lo cual se puede decir QUE EL CRIMEN PAGA, o sea se ha vuelto una industria que atrapa a las minorías por crímenes que a otros grupos dejan libres. Por ejemplo el pobre usa crack, mientras el rico usa heroína, pero la pena cae sobre el crack y pon ende las minorías son los que terminan en cárceles permitiendo que los accionistas tengan su ganancia.

    Claro, la cárcel de que usted habla nos encierra a todos, pues no somos libres o plutôt somos libres sin saberlo y actuamos como tal, soñando en un cambio en el pasado, mientras vivimos el presente que se hace viejo sin dejar huellas.

  8. David
    23 abril, 2012 en 1:50

    Vamos por una carretera de la que no se puede salir mas que por los cruces señalizados.

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