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El laberinto

18 noviembre, 2013 Deja un comentario Go to comments

(Dedicado a Joaquín Colín)

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Las metáforas nos permiten hacer una imagen de lo que no vemos, pero que sentimos. Los símbolos son metáforas de la realidad. Me viene a la cabeza el laberinto. Cuando aparentemente no hay salida hay que aprender a andar en él para saber cambiar de estrategia y nuestra forma de ser si es que queremos salir.

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Quizá es lo que quiere decir la obra “Alicia en el país de las maravillas” cuando leemos en ella que sólo quien no va a ninguna parte es quien llega a algún lugar. Aprender a andar en un laberinto es entrar en una lógica diferente, la de la intuición. Lo experimenté hace muchos años. Fui cuando cursé 3º de EGB con el colegio al parque de atracciones, creo. Había un laberinto de paredes de cristal. Quienes se guiaron mirando el suelo, donde se junta con las paredes, no acertaron… algunos lograron recorrerlo hasta el final por casualidad. Se me ocurrió cerrar los ojos y logré salir. Muchos dijeron que también fue el azar. Lo repetí y después otros compañeros de clase y un profesor cerraron los ojos y salieron del laberinto, menos dos. No había vuelto a pensar en aquella experiencia hasta ahora.

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¿Por qué pienso en el laberinto?. No lo sé con exactitud, pero creo que es porque nos encontramos perdidos desde el punto de vista social y percibo que sentimentalmente otro tanto. La realidad no es simple, sino todo lo contrario, es la suma de muchas voluntades, dispares unas y coincidentes otras, pero siempre con matices diferentes. El problema es que vivimos de manera simplona al insistir en andar en línea recta y por caminos marcados, cuando en un laberinto sucede todo lo contrario, no hay rutas qué seguir y hay que dar vueltas y vueltas para encontrar la salida.

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Lo importante en el laberinto no es adónde llega o adónde nos lleva la ruta, sino el recorrido y el reto. La salida no se ve, se llega a ella. Por eso cuando hablan de la luz del final del túnel es mentira, es un espejismo o un delirio que se quiere contagiar.

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Los laberintos fueron caminos iniciáticos. Sirven para recorrer un camino interior, de ahí lo que se activa al cerrar los ojos y “ver” de otra manera. Aprendemos a pensar con otra lógica, a andar por la vida en toda su complejidad y no quedarnos en la superficie. Sirve para todo tipo de laberintos, desde los que son de la economía hasta la vivencia de los sentimientos y pensar críticamente. Aprendemos en el laberinto a un cierto dejarnos llevar, pero por nosotros mismos, porque activamos nuestro ser profundo. En el laberinto no nos perdemos, sino que nos encontramos frente a frente con nuestro ser. Cuando esto no sucede es que seguimos dormidos en las profundidades de la mente. El laberinto sirve para perdernos y de esta manera encontrar nuestra identidad que no es otra sino la que creamos, y esta es la salida. Este descubrimiento es lo que nos lleva a salir, pero entrando en nuestro ser.Me di cuenta en aquella experiencia que al cerrar los ojos quise crear un laberinto y en ese proceso lo conseguí recorrer.

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Fuente del parque de san Francisco, LeónHay personas que son laberintos en su vivir, buscan una salida que no es la puerta, pues en el laberinto no se sale ni se entra: se recorre. Salir y entrar forma parte de ese recorrido. No es una habitación, ni una vivienda, es un camino que no lleva a ninguna parte. Las personas que son laberinto se convierten en un misterio atractivo porque nos hacen encontrar muchas cosas de nuestro interior que se asoman al hablar con ellas, al ver cómo actúan, entonces nos despiertan. También a ellas las encontramos cuando cerramos los ojos. A veces cuentan metáforas para decir aquello que carece de palabras. Son personas complejas, atractivas y, como el laberinto, engañosas a la vez que rebosan sinceridad, pero preferimos estar lejos de ellas porque son diferentes y nos asustan. De esta manera perdemos la oportunidad de aprender a sentir más intensamente, de pasear por rincones inesperados, aunque ese tipo de personas se pierdan en su propio laberinto porque no cierran los ojos para verse. La belleza del laberinto es su dificultad.

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Las novelas que afectan al lector son siempre en forma de laberinto, nos llevan a través de él para pasear por los sentimientos perdidos que narra en la memoria-experiencia-aprendidos y olvidados. No desembocan en un final, sino que vuelven al punto de partida. Lo importante no es la trama, sino los pasos que el escritor da mediante sus palabras. Para mí el ejemplo evidente de una novela en forma de laberinto es “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. Para este autor “la memoria es un laberinto cuyo interior no encierra espacios amables ni un resplandor acogedor”. El tiempo recobrado” es el último de los siete tomos, enseña el camino sinuoso para hacer salir los sentimientos desde un camino interior.

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De pequeño observé, gracias a aquella experiencia que he contado, que al salir las calles y carreteras son demasiado rectas, entonces anduve con pasos que crearon laberintos fuera de mí, sin haberme dado cuenta de esta situación hasta que hablé hace unos días con una amiga, la cual está en su propio laberinto. Camina y camina y da vueltas, pero no me atrevo a decirle “cierra los ojos” porque su mirada es el laberinto.

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