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Volver

Creemos que volvemos, pero la vuelta forma parte del viaje, su continuación. Nunca regresamos al lugar del que partimos porque muchas cosas han cambiado, para empezar la forma de percibir todo de quien vuelve.
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Un viaje lo es cuando es también un viaje interior. Lo demás es trasladarse de un lugar a otro. Esto convierte viajar en una batalla. Y la vuelta otra. Pero no para seguir en paz, sino continuar batallando. Así lo enseña Ulises, el de Homero y el de Joyce.
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Cuando se llega al límite de las fuerzas eso hace crecer y creer en uno mismo y crearse a sí mismo y lo que nos rodea. Entonces todo lo demás se hace fatuo.
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En todo viaje acompañan los pensamientos y sentir. También las percepciones que cada momento brinda. Es entonces que descubres la realidad de muchas cosas, aquello que ves y recuerdas de lejos lo percibes y notas más cerca. Sí. Es curioso. Eres capaz de palpar lo intangible.
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Aquello que te ocupa el tiempo antes de salir y que hace que no pares de pensar en algo se diluye porque te había atrapado. Los sentimientos adquieren más fuerza y claridad. Has cambiado de escenario y eres el mismo, pero necesitas ser otro actor. Aprendes a elegir, a ser libre para actuar en cada momento y no el papel que te han asignado unos y otros.
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En una conferencia de Fernando Montes, sobre Thoreau, afirmó que este autor asegura que volver es lo que hace que tras dos años, dos meses o el tiempo que sea viajar sea un periplo completo. Sin el viaje de vuelta todo viaje es una fuga. Y así la Odisea lo explica y volver es la meta porque significa nacer otra vez donde se ha nacido. Volver a sentir sin las palabras de por medio, porque con el cansancio las palabras se difuminan, queda el paisaje y ser paisaje.
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Andar un camino hace ser camino, no una parte del mismo sino un camino que hay que seguir recorriendo. Nace de esta manera el arte. Y la poesía se disuelve. Sólo los que lucharon en Troya fueron capaces de volver o morir. Ulises volvió a Penélope. Bloom, el nuevo Ulises moderno, a Molly. Es volver a la vida.
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No hubo despedida, ni reencuentro, sólo seguir el camino, el de vuelta y seguir tras haber regresado. Pero nada seguirá igual porque quienes se quedaron hicieron su propio viaje. Por eso al volver no queda nada, no queda nadie, sino los que continúan el viaje con quien ha vuelto.
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Ulises no vuelve para acabar el viaje, sino para continuarlo hasta el final. Ha adquirido fuerza y nada le puede detener, porque se ha convertido en viento, lo que Miguel Hernández llama “el viento del pueblo”. Y guarda todo el camino en su ser. En la soledad ha encontrado a quien ama. Lo demás queda en las cunetas y todo vuelve a ser cuando nace del horizonte que se acaricia…
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  1. Priede
    1 abril, 2014 en 17:35

    Además de ser verdad me ha gustado mucho.

    Saludos

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