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La sociedad enferma

 

Tanta lucha, tantos modelos sociales, tanta aspiración a la libertad, ¡tanta! y hace casi 500 años a.C. Esquilo escribe en su obra “Los persas” que hay dos cosas que nunca lograrán los poderosos de la tierra: 1.- Dominar la naturaleza, porque acaba reaccionando en forma de catástrofes. 2.- Someter a las personas, porque la pasión de la libertad de unos pocos siempre da lugar a la rebelión.

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Siempre hay algo que atenaza a las personas, algo que hace que renuncie a una parte de su ser para adaptarse a la sociedad. Forma parte del contrato social, pero lo que no está escrito en éste es que el sujeto enferme de Poder y que para ello haya siempre algo que rija desde la conciencia de cada individuo su infelicidad y desgracia. Parece un denominador común a lo largo de la Historia.

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Siempre parece haber una cohesión sobre algo superior: los dioses, deificar la naturaleza como formada de fuerzas divinas, la fe en un Dios que nos acoge en su eternidad monoteísta, la idea de un imperio que rige una civilización, el dinero como motor social, causa y finalidad de la conducta personal.

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La cuestión es plantear si somos capaces de rebelarnos a la mismísima realidad, lo cual exige conocer no sólo el síntoma de la enfermedad, sino su causa. Sobre ésta cada cual apunta a aspectos que abordan la ideología o punto de vista de quien emite el juicio: la culpa es de la propiedad privada, es por falta de fe, o el fanatismo, o el capitalismo, o el afán de Poder, el egoísmo, por la represión sexual o por el hedonismo.

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Tenemos experiencias de formas de organización social muy diferentes y en todas  ha sucedido el descontento en la mayor parte de la población, al tiempo que quienes la disfrutan son ciegos. En el modelo capitalista se da la ansiedad, en el comunista también, y ambos han desembocado en lo mismo. Las sociedades tribales tienen miedo al futuro inmediato, las organizadas también, en ambos aparecen además miedos imaginarios. Los chamanes se tecnifican, pero su función se repite.

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Hace cerca de treinta años escuchaba conferencias en las que se dijo que la liberación de la mujer y la liberación sexual sería el final de la prostitución, no habría que recurrir a ella. Resulta que ha sucedido tal liberación y la prostitución ha aumentado, lo cual es una señal de desencanto y de vaciamiento. Algo falla. Con la enseñanza obligatoria no iba a haber analfabetos y hay los mismos, que además de serlo son inútiles. Antaño una persona podía no saber leer ni escribir, pero sí ordeñar una vaca, arar las tierras. Hoy no saben leer, ni escribir y tampoco hacer algo para buscarse la vida, eso sí jugar en una maquinita para matar marcianos o dragones que se mueven en una pantalla. Y sucede otro fenómeno, gente con capacidad intelectual que somos absolutamente inútiles, entre los que me encuentro. Educamos para una sociedad enferma.

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¿Es el fracaso de la libertad?, o ¿el miedo a la libertad que planteó Erich Fromm?. Los mismos problemas suceden en una sociedad religiosa que en una sociedad laica o atea y siempre podemos señalar culpables, pero parece que no hay solución.

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Ya Benito Pérez Galdós en su obra “Fortunata y Jacinta” habla de que en España puede suceder la república, pero nunca el republicanismo, porque hay un carácter que se expande, la gente cerrada se da en la derecha y en la izquierda de la misma manera, igual que de la misma manera son reaccionarios de un espectro político y del contrario,  respecto a sus correspondientes ideas.

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Vivimos en una sociedad enferma en la cual todo está tergiversado. Donde siempre hay algo que absorbe la conciencia de las personas y nos arrastra. El problema es que no sucede en esta sociedad, sino que ha sido así en todas, aunque de diferentes maneras…

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¿Y?. Pienso que lo importante es ser conscientes de esta situación y abrir espacios de expresión para el individualismo, pero no cerrado como sucede hoy, sino abierto a los demás. Estoy de acuerdo con Victoriano Fernández en cuanto a que que es necesario partir de la educación de los niños, acabar con la idea de que hay que sacrificarse para el futuro y para tal objetivo presionar la mente y sentimientos del alumno, para de esta manera prepararlo para el día de mañana sin ser capaces capaces de dejar que viva su presente. En definitiva educar: no enseñamos detenernos ante la belleza, para reconocer nuestro cuerpo ni los sentimientos que es donde más sufre la enfermedad nuestra sociedad, no somos capaces de relacionar ideas y ver la realidad desde puntos de vista diferentes y variados, aprendemos a engañarnos y crear un ambiente falso a nuestro alrededor. En definitiva contagiamos nuestra enfermedad y a esto lo llamamos sistema educativo. 

Como un ola....

” Como un ola….

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Cuando fui consciente de que la sociedad está enferma me aplastaron hasta límites inconcebibles, difícil de imaginar, lo que hoy sigue sucediendo a otras personas, a muchos jóvenes, pero al salir me reconocí como un enfermo más, al que “sanaron”. Entonces me di cuenta de que para curase hay que saltarse el orden establecido con cuidado, pensando de otra manera, dejar que los sentimientos aparezcan y desparezcan dejando rastro y no congelarlos, y actuar con sinceridad aunque la sociedad enferma no lo entienda ni responda. Aunque a veces nos quedemos solos. Al menos puedes habla por la calle a solas sin complejos, reír por nada, disfrazarte de normal y llevar siempre una nariz de payaso en el bolsillo por lo que pueda pasar… O tirar un guante de látex lleno de agua por un tubo para que haga pufpuf al caer  y chocar con sus paredes: el efecto pufpuf que dice Omar

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Nada de todo esto sirve para nada, pero la enfermedad se hace más llevadera. Ni tan siquiera nos libera ser nosotros mismos porque estamos contaminados de sociedad a tope. Nos queda el resquicio de reconocerlo y sonreír. Y de vez en cuando decirlo. En el fondo la medicina es poesía. 

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  1. 21 abril, 2014 en 17:29

    No estoy de acuerdo en que un intelectual sea un ser intrínsecamente inútil. Lo que ocurre en realidad es que la sociedad lo hace inútil. O devalúa su utilidad. Cuando estaba vivo, me ganaba la vida como agrimensor, profesión en la que había cientos de personas que la desempeñaban tan eficazmente como pudiera hacerlo yo. Sin embargo, no me daba para vivir de mis conferencias y escritos, en lo que era verdaderamente único e insustituible. Ocurre que la sociedad es incapaz de valorar todo aquello que no es mensurable ni puede ser tasado en euros o dólares. Pensar, para ellos, no es una actividad productiva y, como tal, es perfectamente inútil. Sin embargo, paradójicamente, son estos mismos “inútiles”, al cuestionar los principios sobre los que está montado todo el tinglado, los que terminan por resolverle a la sociedad las papeletas más gordas que se le plantean.

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