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Diálogos interiores

Escribir consiste en sacar las palabras que se forman en el interior de uno. Es diferente a hablar. En este caso se usan las palabras que tenemos, o las ideas cuando decimos lo que queremos comunicar. Pero escribir nos descubre nuevas palabras, nos dice o dicta lo profundo de lo que queremos decir, pero que no sabemos que lo queremos decir. Nos descubre.

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A veces ni siquiera imaginamos que esas palabras están en nuestro interior. Al lector también le puede ayudar a ver su sí mismo cuando lo escrito indica a su propia dirección.Yo mismo no supe que iba  escribir esto, que al leerlo me sobrecoge. Decidí dejar que saliera algo que llevo dentro. No supe exactamente qué. Y me ha sorprendido.

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Es el arte de escribir. Por eso hay momentos en los que sólo podemos realizarlo a mano, para seguir el rastro de lo que pretendemos y sacar sin saber exactamente qué. Por eso la escritura revela. Captamos algo, algo que pasa por nosotros y apuntamos y luego desarrollamos, o poetizamos, o lo representamos en un guión.

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Queremos comunicar algo en el hecho de escribir. Decir algo, pero ¿a quién?. En teoría al mundo, aunque hay quien dice que es para sí mismo. Pero cuando se hace público comunica algo a los demás. Y también a alguien, a alguien en concreto. Pensar nos lleva al ensayo, pero cuando escribir responde a lo que diseñamos o lo definimos demasiado se hace una escritura planificada, manida, espesa, de apariencia.

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El arte de escribir parte de diálogos interiores, generalmente con alguien que aparece interiormente sin quererlo y le intentamos decir lo que sentimos porque no sabemos por qué sucede con respecto a esa persona, pero no es un monólogo ya que interactúa con esa otra persona, imaginada a veces, que conoces, pero que no sabe que está interiormente en ti. Y dialogas y escribes con ella a la vez que sin ella.

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Es un diálogo que no puede suceder fuera, por más que hables con esa persona. Es algo que surge sin querer, no se puede forzar, sí estar atento, porque vuela por dentro cuando se dejan fluir los sentimientos, cuando no se ordenan ni se desechan ni se priorizan, ni los llevamos por caminos que no son.

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Es difícil comentar esta cuestión porque se puede pensar que por qué no sucede con la pareja o con amigas y amigos más cercanos. Y es porque no surge. Y no hay razones. Es una experiencia tan vital que hace que escribir sea una labor intensa. Antiguamente se llamó “la musa”. Pero este término enfoca más la inspiración. No. Los diálogos interiores son algo más cercano, que no viene de fuera, ni del aire. Salvador Negro diría que viene de la poesía misma, pero él reconoce que su gran libro, “Idolatría”, lo escribió en un estado casi de embriaguez de enamoramiento. Fuera de este estado sería imposible escribir algo semejante. Y nadie puede elegir enamorarse ni con quién. Lo mismo con otros sentimientos. Viene de un diálogo interior que luego sucede con el lector si es capaz de adentrase en las palabras.

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No quiero decir que se esté enamorado de con quien sucede tal diálogo, es diferente, e igualmente bello. Yo he pasado por tres fases en esos diálogos interiores con esa persona: fascinación, encantamiento, emoción. A veces quieres callar porque no encaja en un mundo de emociones atrofiadas, de ignorancia sobre lo qué sentimos, de insidias, de malas interpretaciones y sobre todo de aplastamiento, porque todo ha de suceder en moldes de conductas y recorrer la vida interior y exterior por un carril fijo, no se permite volar, por eso escribir abre horizontes, cielos que permiten adentrarse en los recovecos invisibles para descubrir el tacto de la belleza, no porque se toque, sino porque es con lo que se tocasiente el mundo. Es un tacto especial que inocula intensidad a la existencia. Sucede cuando la mirada acaricia.

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Habían pasado casi nueve años durante los que escribí una novela, pero en los últimos meses no pude llegar al final, me sentí agotado, hundido, encima atrapado en una situación personal de encerramiento, que encima se agravó por aislarme más debido a amenazas de muerte que no vienen al caso, y por más ánimos que me dio la gente cercana, consejos de un amigo poeta, comprensión de mi pareja, no logré salir de aquella parálisis. Escribí sin fuerza, sin llegar adonde quería, sin saber qué escribir exctamente. Rompí muchos muchos folios. No era cuestión de escribir  por escribir el final. Fueron los últimos cien folios, más o menos de un novela de casi tres mil.

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Se agotaron mis diálogos interiores, que reales e imaginarios a la vez  no siempre aparecen sucesivamente. Es un situación curiosa y bonita, que me hace gracia. Fue entonces cuando me vino la fascinación con esa persona, al cabo de un tiempo de conocerla. Le introduje en un personaje que hubo decaído y es en el que se apoya toda la obra como personaje de fondo. No lo coloqué, sino que a partir de que me surgieron los diálogos interiores éstos se metieron en la novela y los seguí sin saber adonde me llevaban. Fue una experiencia fascinante que me llevó a finalizar la obra y sentirme a gusto con la manera de finalizar porque adquirió una fuerza brutal. Fue también una revolución interior.

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Esto casi no lo puedo contar a nadie porque no se entiende, lo tergiversa la mayoría. Tengo la suerte de que converso con esa persona en un clima de confianza y de cierta complicidad. Se lo dije una vez, aunque lo hablado no es igual a lo escrito. Algo de lo que me di cuenta cuando escribí cartas hace años. Hace poco oí decir a esa persona, cuando habló con alguien, que ella aparece en mis escritos, dio a entender que no sólo en la novela. Se lo contó a una persona ajena a la literatura sabiendo que yo estaba escuchando. Me quedé cortado. Hice como que no lo había oído. Días después me atreví a decirle que me había hecho mucha ilusión oírla decir aquello, porque pensé que no leía mis escritos.

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Para mí es como jugar al escondite. Menos mal que se lo dije cuando nos despedimos, porque luego casi no pude respirar de la emoción. A pesar de que sus diálogos interiores nada tengan que ver con los míos. Ella percibe los suyos propios respecto a otra persona y los plasma en sus poemas que dice “son metáforas de eso”. Tal es la grandeza del dialogo interior, que cuesta reconocer: No necesita interlocutor, sólo lectores cuando empuja a ser escrito. El deleite es poder hablar alguna vez con esa persona que los impulsa.

R smc.

Y me quedó la duda de una vez que escribí un cuento, dentro de una colección en torno a la fascinación. Fue uno sobre la sensación de cuando hablo con ella por teléfono, porque cuando la escucho a solas siento como una nebulosa de voz que se mezcla con el eco de diálogos interiores. Al salir ese cuento a la red, me llamó a las 11’17 hs. Nunca me había hablado tanto rato por teléfono, mientras que iba a no sé donde. No he sabido si fue casualidad o la respuesta a ese cuento, porque siempre pensé que no los había leído. Y semejante sensación de juego me emociona. A veces con ella hay una franja desconocida en la que se juntan conversaciones y diálogos interiores. Entonces escribir en ciertas ocasiones se hace realidad. Al pensar sobre ello es cuando me doy cuenta y también que es mejor esconder la escritura para que lo de fuera no lo rompa, no lo aplaste. Escribimos metáforas de la realidad.

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¿Qué más da que lo lea o no esa persona?, ¿qué más dan las elucubraciones de quien lo lea?. Y sin embargo he sentido la necesidad de escribir estas palabras para seguir jugando al escondite de las mismas. A veces ella dice “¿sabes?” y en mis diálogos interiores escribo lo que no sé. Y nadie sabrá nunca quién es él o ella, ¿qué más da?, por más que imaginen o sospechen o que crean que lo saben. Ni siquiera esa persona lo sabrá del todo. No se puede descubrir porque moriría la escritura y su autor con ella, como así lo cuenta Thomas Mann en la novela “Mario y el mago”.

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Esto que he contado, revelado indiscretamente, es el magma que erupciona en el arte de escribir, pero cuando es simplemente escribir para aparentar, o para “ser escritor” no aparecen nuevas realidades, ni emergen experiencias profundas, porque sin creación interior no hay impulso creador, sino palabras…. superficiales. En lo más profundo hay diálogos interiores, pero el ruido exterior y el que llevamos dento los silencian. Escribir es silencio. ¡Es gritar el silencio!. Y no decir nada. Sin embargo….

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  1. José M. Sánchez
    7 junio, 2014 en 19:55

    Ramiro, comienza tu texto con “Escribir consiste en sacar las palabras…”. Disiento, escribir consiste en sacar en palabras…” Las palabras no dejan de ser un medio en que expresar lo que en nuestro interior bulle. No son las palabras las que están dentro de nosotros esperando ser sacadas. En el principio fue el Verbo, pero no las palabras.

    • 7 junio, 2014 en 20:43

      Vayamos a la experiencia profunda de la palabra… Hay sensaciones que al escribir convertimos en palabras… y nos descubren muchas cosas par las que no tuvimos un lenguaje previo. Es el arte de escribir. Otra cosa es transcribir. .

  2. 6 junio, 2014 en 0:32

    “Tal es la grandeza del dialogo interior, que cuesta reconocer: No necesita interlocutor, sólo lectores cuando empuja a ser escrito. El deleite es poder hablar alguna vez con esa persona que los impulsa”. Muy bonito, y muy cierto.

  3. 2 junio, 2014 en 17:05

    Yo diría que el acto de la escritura es distinto en el narrador y en el poeta. El poeta, efectivamente, dialoga consigo mismo. El narrador, en cambio, interactúa con sus personajes, de los que en cierto modo se distancia. A menudo he tenido la sensación, cuando he escrito una obra de ficción literaria, de que son los personajes los que marcan la pauta, limitándome yo a ser su escribano o su evangelista. Sé, por supuesto, que es una sensación que nada tiene de real, pero ahí está. Sería interesante que un psicólogo lo analizara. Tendría que ser, obviamente, un psicólogo que también fuera escritor, y por lo tanto conocedor del terreno en que se mueve. Ahí dejo el guante, por si alguien lo quiere recoger.

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