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Las labores del hogar

lboresYo hago las labores del hogar, todos los días. Sí. Y me siento muy orgulloso. Además considero que las debería hacer todo el mundo, porque es lo que marca la diferencia real sobre la aplicación de las ideas que defendemos. Barrer, tender la ropa, poner la mesa, hacer las camas, la comida y demás me ha permitido descubrir cuestiones interesantes, muy interesantes. (Por cierto no soy el de la foto, a mí no me dan cuerda).

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Hacer las labores del hogar lleva a lo inmediato. Permite repensar y rebobinar muchas cuestiones, pero sobre todo nos hace aterrizar en la vida real y concreta, lo que permite no dejarse arrastrar por horarios, las prisas, las exigencias del trabajo o de tipo social. Porque parece que lo menos importante en nuestra sociedad es lo cotidiano.

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Es curioso que si en una pareja la mujer trabaja en una casa como asistenta se considera que hace algo, pero si el varón hace las mismas labores en su casa es un vago, se considera que no hace nada, cuando es un trabajo similar. El cual en caso de tener hijas e hijos el trabajo se hace infinito, y hace que ir al puesto de trabajo sea un descanso. Hay economistas que proponen incluir el trabajo en el hogar dentro del PIB, pues sin hacer las labores domésticas no funcionaría la economía o habría que pagarlo.

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Participar en hacer las labores del hogar define la actitud de las personas y en especial de los políticos. Una vez un amigo que iba a participar en la política profesionalmente me pidió un consejo. Le di sólo uno: haz tu cama todos los días. Se quedó extrañado, impávido, me miró con cara de asombro. Insistí.No me hizo caso.

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No hacer las labores cotidianas es la manera invisible de impulsar la corrupción, porque quien no las hace se cree especial, considera que tiene que haber alguien que le sirva y que por tener dinero adquiere el derecho a la servidumbre. Creo que es un empleo que no debería de existir a no ser que sea porque alguien lo elija, porque tenga las necesidades básicas cubiertas (la Renta Básica). Puede parecer una tontería, pero es el derecho a la servidumbre lo que alimenta la mentalidad de la desigualdad. 

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Contratar a alguien para que haga las labores de uno es la primera relación de dominio en la microfísica del poder (Michael Foucault). Frente a la excusa de necesitar disponibilidad para hacer cosas más importantes, lo que se hace quien contrata servicios de limpieza en el hogar es perder el tiempo y situar a quien tiene a su servicio en una situación de inferioridad social y económica, que ya de por sí hace que el empleo de trabajadora de la limpieza sea peor pagado. Se degrada el servicio doméstico y el trabajo en las labores del hogar está mal visto, lo cual humilla a la sociedad que permite este criterio. Otra cosa es la ayuda a personas dependientes, pero este empleo debería estar mejor valorado y reconocido económicamente. Otra cosa es que alguna tarea en especial cause rechazo o incomodidad, como planchar y se pague por hacer una labor concreta. Pero hacer la cama, lavar la ropa, poner y quitar la mesa, fregar los platos, barrer la casa es algo que todo ciudadano debería de realizar por higiene mental y social. Y no dejar que la pareja o alguien profesional nos lo haga.

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He discutido sobre este tema con personas que militan en organizaciones de izquierdas y feministas. Creen que por cumplir con lo establecido por la ley: no abusar de los horarios con quien trabaja en su casa para hacer las labores domésticas es suficiente. Es una actitud que en definitiva es: tener a alguien que te sirve durante un tiempo, aunque sea por un salario. Eso hace que se dediquen a ir a aburridas reuniones, a ejercer una falsa militancia de izquierdas, porque quien pierda lo cotidiano pierde la realidad. No es una cuestión de machismo, sino de Poder, porque cuando una mujer no hace sus labores porque paga a otra mujer para que las realice ¿qué es?. En nuestra sociedad se acepta como lo más normal del mundo, incapaces de interrogar sobre esta situación es, desde mi punto de vista, muy grave.

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Hacer las labores del hogar es una exigencia que nadie debería de sustituir por otra persona, ya sea pagando o que las haga la parte de la pareja que no tiene un empleo, a no ser por una causa mayor de imposibilidad física, pues hacer un contrato mercantil para que alguien lo realice o cargarlo sobre quien está en una situación de desempleo es añadir a la explotación la actitud de humillar, que cuando los políticos ejercen tal actitud en su ámbito personal la trasladan después a la sociedad y a su gestión pública, la cual es la manera social de construir una relación de Poder que consiste en mantener los privilegios de una parte de la sociedad sobre otra.

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Sólo desde esta concepción de que nuestras actitudes personales son los átomos del Poder podemos cambiar la realidad, su materia y no sólo elucubrar.

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  1. Nuria Fernández
    8 julio, 2014 en 10:27

    No podría estar más de acuerdo. Siempre que he hecho un comentario sobre este asunto, del tipo “es humillante contratar a alguien para hacer estas tareas, yo limpio mi propia suciedad”, me he encontrado con réplicas como “pero así se crean puestos de trabajo” y similares.

    Además de consecuencias como la desconexión con la realidad y una malsana sensación de superioridad, este traslado de las tareas domésticas a terceras personas también puede relacionarse con la súbita propagación de enfermedades como la depresión: cuando tienes una vida regalada, cuando no intervienes en las cosas inmediatas, es inevitable sentirte inútil.

    En mi opinión, sería bueno incluir reflexiones como las del artículo en las clases de educación primaria (y no pasar por el tema de forma superficial, como hasta ahora); sería un buen comienzo para dejar de estigmatizar las tareas domésticas y evitaría que viésemos casos sangrantes de jóvenes treintañeros que no han puesto una lavadora en su vida, o que se morirían de hambre si alguien no les cocinase.

  2. 7 julio, 2014 en 19:31

    Muy bueno. Sobre todo en lo relativo al doble rasero, pues es cierto que la labor del varón es objeto de desprecio cuando es la mujer quien trabaja fuera de casa, y él no. Se podría poner otro ejemplo: cuando los dos trabajan fuera de casa, se supone que entre los dos deben repartirse las tareas domésticas, el cuidado de los niños, etc. Lo cual me parece perfecto. Sin embargo, en el caso de producirse un divorcio o una separación, en el 98% de los casos, los jueces deciden la custodia a favor de la madre, por considerarlas a ellas mejor capacitadas para atender el cuidado de los hijos y las tareas del hogar. Ello obedece, evidentemente, a un arraigado prejuicio machista contra el que, sin embargo, a las organizaciones feministas nunca se les ha ocurrido protestar, llegando incluso a pronunciarse abiertamente en contra de la custodia compartida. Curioso, ¿no?

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