Locura

29 septiembre, 2014 Deja un comentario Go to comments

Película “Birdy”

La palabra “locura” se emplea demasiado superficialmente, se mitifica este estado mental, que por otra parte tiene un significado ambiguo. Aunque tenga muchas particularidades como enfermedad psicológica, es sobre todo sufrimiento, sea en uno mismo o provocado a los demás.

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Tal término puede referirse a lo raro, a aquello que se sale de lo normal. Generalmente por un estado de exaltación, lo que da lugar a que se hable de “locura de amor” cuando un sentimiento nos desborda, o cuando se deforma la realidad, al ver las cosas desde un punto de vista emocional.

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Es un palabra que da lugar a mucha confusión y que se utiliza demasiado banalmente. Incluso se llega a presumir de “estar un poco loco” como signo de distinción o de ser original y rebelde. La persona que realmente lo es nunca se lo llama a sí misma.

Película “Alguien voló en el nido del cuco”

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El problema es cuando la misma ciencia participa de esta confusión y medicaliza lo que se llamó tiempo atrás “estados del alma” y en el maremágnum de la confusión se califican de enfermedad muchos cuadros anímicos que lo que hacen es finalmente definir y delimitar lo que es la realidad y la normalidad, desde un punto de vista científico. Lo cual es un forma de controlar lo que se piensa y lo que se haga en la sociedad. De esta manera justifican la norma y se apropian de la realidad, convirtiéndola en su realidad.

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Visto con perspectiva observamos que siempre se ha hecho, pero han cambiado los contenidos. Como si las sociedades necesitasen poner unos límites rigurosos en la conciencia. Y por otra parte se busca una salida idealizando al loco, que nada tiene que ver con ser poeta, inteligente, incomprendido. Lo que nos permite la enfermedad mental es saber qué se define como locura y cómo se actúa ante ella.

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En épocas de pensamiento dominante religioso la locura y la enfermedad fueron la herejía y la homosexualidad. Los delirios fueron alabados como privilegio místico. El histerismo, llamado así hoy, fue la base de la personalidad de los brujos de las tribus o chamanes. Fueron fuente de conocimiento a través de la tradición y quienes arbitraron la conducta social.

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Los científicos fueron llevados a la hoguera, ejecutados por plantear locuras, defensores de conocimientos contrarios a la evidencia de los sentidos, tales como que la tierra es redonda, que se mueve, o que la sangre circula por tubitos llamados venas, etc. Se hicieron miles de tratados sobre los súcubos íncubos (espíritus con los que las personas hacían el amor carnalmente durante el sueño), sobre los ángeles, arcángeles  y sus jerarquías.

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Hoy seguimos en semejante dinámica de manera muy parecida, pero cambiando los contenidos y algunas formas, como es medicar a las personas cuando se enfrentan a su existencia y por su manera de ser. Los quemamos por dentro en la hoguera farmacológica y viven despojados de su ser. Sobre todo a las niñas y niños, sea por ser hiperactivos, por el déficit de atención, etc. ¿Puede un niño pasar 5 horas sentado y sin parar de escuchar cosas que no le interesan?. ¿Qué efecto provoca estar quieto mientras que su cerebro se agita cuando ve la televisión o juega a los marcianitos con las maquinitas?.

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Un planteamiento que se hace desde la antipsiquiatría es que la locura puede ser un síntoma cuya causa es la sociedad, y es ésta a la que hay que curar. Es el mundo que nos rodea el que nos hace somatizar el malestar, hacerlo corpóreo en forma de sufrimiento. Lo psicológico afecta al funcionamiento fisiológico de las neuronas. Pero esta denuncia biológica y psicológica que aparece como mecanismo de defensa no se puede consentir. Muchos psicópatas asesinos y violadores tienen en su historia, es decir en su vivencia social, las claves de su conducta. Otros lo llevan dentro, pero nadie se ha preocupado de entender tales procesos para la comprensión del ser humano, porque éste ha de ser como marque la norma y adaptado a la realidad. 

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El problema es que la ciencia busca la adaptación al medio, por las buenas, la educación. O por las malas: los medicamentos. Y si no “el loco por la pena es cuerdo”. Y la farmacopea se ha vuelto un apoyo consustancial para mantener el estado de ánimo elevado, para dormir y para despertar, para memorizar, para estar tranquilos, para no engordar, para adelgazar, par calmar la ansiedad.

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Ya muchos alimentos se anuncian como medicamentos contra el colesterol, con bífidus, para suavizar la piel mientras que friegas. Bebidas estimulantes, etc. Y no se cuestiona. Y mucho menos se plantea el fondo de todo esto. Lo que parece que interviene para un síntoma afecta a toda nuestra existencia. Lo mismo que el consumo de heroína, coca, cannabis, y demás sustancias que sí se cuestionan, pero controlan al que se escapa de lo demás y al final cae en las dos partes, atrapado.

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Una manera de reaccionar a la locura de lo normal es la contralocura, que nos parece la locura real, la considerada una patología social, cuando es la otra cara de la misma moneda, me refiero al fanatismo religioso o ideológico, que además sirve para reforzar la locura dominante, sea el estado Islámico o el Estado de Corea del Norte. Pero los estados democráticos inmersos en la tecnología nos llevan en su locura camuflada al abismo: el cambio climático ya es un hecho, los gastos en armamento y en infraestructuras llevan al hambre de una parte de la población. Es necesario entender que hay que reaccionar a la locura en su conjunto.

 

Para mí lo peligroso es que nos están arrancando nuestra existencia. La pena profunda se trata de “curar” y no vivenciar, porque el caso es no acercarnos a nuestro ser a través de la tristeza profunda que nos quiere decir algo. Aquello que nos señala el ser se elimina adormeciendo nuestra vida y conciencia. De ahí la obra de Søren Kierkegaard, El concepto de angustia” para explicar cómo un proceso vital que nos hace sufrir es necesario comprenderlo. Dice el fundador del existencialismo: La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada”.

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Y tenemos que experimentar la tristeza profunda y sufrir cuando las circunstancias nos comprometan a penar, y por amor, ¿por qué no?, y por nada, y aprender a salir de situaciones dolorosas interiormente, para fortalecernos, para saber existir y expresar nuestras derrotas y no ahogarlas con pastillas, alcohol o drogas. Y saber estar alegres y arriesgarnos. La pena es un sentimiento y la obsesión sucede cuando no sabemos gestionar lo que sentimos. Cada vez que nos anulan un síntoma nos anulan un poco a nosotros mismos.

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¿Hay enfermedades mentales?. Sí, pero no tantas como nos hacen creer. Porque muchas se confunden con formas de ser y de estar en el mundo. Pero nuestro sistema educativo nos las tapa y nos enseña cosas, para así modelarnos y hacer que encajemos con las cosas.Nos llenan la conciencia y no cabe nuestra vida, nos signan una función  y de nada sirve preguntarnos qué quiero hacer, qué quiero vivir porque ya tenemos el camino marcado. De ahí el vacío, a pesar del triunfo social, a pesar del fracaso  ante los demás. Sí,  pesar de todo.

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Hoy la sociedad necesita creatividad, y las personas tiempo para reflexionar, para pasear y hablar unos con otros, para sobrevivir en un mundo que nos aplasta, lo cual requiere romper límites para construir otra realidad. Y si esto sucede por casualidad, con alguien que encuentras por  azar, ya se encarga el entorno de machacar dicha relación.

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No queramos estar locos como si fuera una presunción, ni dejemos que nos atrape el sufrimiento permanentemente. Es necesario estar atentos.

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Recuerdo cuando un chaval entró en un psiquiátrico: escribió en una pared: “yo soy mi angustia”. Cuando salió, año y medio después, puso al lado de aquella pequeña pintada:  “he sufrido mucho, por eso amo tanto”.

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  1. Priede
    29 septiembre, 2014 en 20:31

    Otro más. Es de Arcadi Espada. No pongo enlace porque hay que suscribirse. Es de 2009:

    Tomo unos datos de una columna de Braulio García Jaén: hasta 2007 en España los suicidios se contabilizaban basándose en el registro de los juzgados. A partir de ese año, y siguiendo el protocolo de las normas internacionales, se hace cruzando los datos del registro de defunciones con los que aportan los hospitales; por eso en 2007 el número de suicidios casi dobla el del año anterior: 3.263, mientras que en 2006 fueron 1.806. Lo más triste es que nadie parece reflexionar sobre ello.

    Diarios de Arcadi Espada
    21 de noviembre

    Quizá volverían

    Querido J:

    El suicidio se está convirtiendo en un asunto importante del debate contemporáneo. Los números, inquietantes, están abriendo las grietas del tabú social y mediático. Hay números sobre la policía francesa y el ejército norteamericano; sobre los empleados de France Telecom y el gremio de los médicos. Los números en crudo pueden llevar a conclusiones engañosas y hay que tratarlos con cuidado. Pero hay algunos que se imponen y rozan lo absoluto. Por ejemplo: el suicidio es la primera causa de muerte entre los barceloneses menores de 25 años. Por encima de los accidentes de tráfico. Ha habido campañas, exitosas, para reducir los accidentes de tráfico. Pero los suicidios no se reducen. De hecho, siguen aumentando, si me atengo a los datos de Julio Vallejo, que entiende del asunto: «Desde principios de siglo XX, la tasa global de suicidios ha seguido una evolución al alza. (…) En cuanto a la distribución por grupos de edad y sexo numerosos estudios confirman que existe una tendencia al desplazamiento de la frecuencia de suicidio hacia edades más tempranas, sobre todo en el sexo masculino, al menos en los países industrializados.» Los últimos números globales de España son estos: un total de 3.263 suicidios. 2.463 hombres y 800 mujeres. Observarás, ya te he hablado alguna vez de ella, la pavorosa diferencia entre mujeres y hombres. Una diferencia que la corrección política feminoide interpreta en términos pintorescos. Es que los hombres piden menos ayuda que las mujeres, se dice. Es decir, bien dicho y teniendo en cuenta los partes de asistencia de las urgencias hospitalarias: los hombres simulan el suicidio menos que las mujeres. Desconozco las razones de una diferencia tan abismal entre sexos. Puede residir en la naturaleza más violenta de los hombres o en la posibilidad de que carguen más kilos del peso de la vida. Pero sin duda que esa dramática diferencia debería movilizar a cualquier ministerio de la Igualdad verdadera.

    Podría argumentarse que una de las razones de que el suicidio crezca, y con especial crudeza entre la población adolescente de muchos países desarrollados, quizá esté, precisamente y a diferencia de la educación vial, en la escasez de campañas; es decir en la visión aún pudorosa y reservada que sobre el suicidio tienen muchas sociedades contemporáneas. Piénsalo volviendo al caso de Barcelona.contra el suicidio. ¡Una ciudad como Barcelona que hace campañas hasta para decirse que existe! Una ciudad donde sus jóvenes mueren sobre todo a causa de su voluntad, si es que la voluntad existe. No me consta que ninguna institución haya hecho una campaña seria, relevante, vigorosa

    Sin embargo no es fácil hacer una campaña contra el suicidio. He visto algunas de otros países. Una, en Suiza, presentaba un adolescente al borde de un trampolín. Y una leyenda: «¿Pensando en el último salto?». En contacto con el drama las trivialidades metafóricas son muy difíciles de soportar. Pero el suicidio no sólo da problemas a los publicistas. Estos son el reflejo del problema general. Hay razones para considerar que el suicidio es parte de una enfermedad mental. Así pues… ¿una campaña contra la locura? Pero también puede considerarse un acto de la voluntad. De hecho: el acto libérrimo de la voluntad. Ponerlo en un cartel público contraría esa voluntad y significa un reconocimiento duro de llevar: que hay razones para apartarse del mundo que con tanto mimo las instituciones públicas construyen para nosotros. Existe también la posibilidad genética, y ese gen (NR3C1) que según algunos investigadores predispone al suicido, una conducta, en cualquier caso, fuertemente asociada a la heredabilidad, es decir, a la biología. También es difícil hacer campaña contra un gen.

    Releo este último párrafo y lo de Suiza que, extrañamente, me baila en la cabeza. Y me baila, creo, por la posibilidad de que en el fondo de algunos suicidios haya un acto de una frivolidad insoportable. Tal vez el trampolín y el salto apunten a ese núcleo. De adolescente fantaseé un par de veces con el suicidio. Estúpidas fantasías, probablemente, aunque no las he olvidado. Una, cuando con quince años recién cumplidos salía del colegio camino de casa con unas notas insólitamente maltrechas que rompían mi tradición de estudiante aplicado. Otra en el andén del Metro. Un par de años más tarde. Iba con un amigo y estábamos deprimidos por algo que no recuerdo, pero banal. Se acercaba el metro, y le dije, venga tirémonos. Se echó a reír, y yo insistí, agarrándole, cuando el metro ya estaba entrando en el andén: Se separó de mí con violencia: «¡No digas gilipolleces!» El metro se detuvo sin novedad, y subimos los dos, sin más comentario. Tampoco lo he olvidado. Era una broma, pero no lo he olvidado.

    El andén me vuelve a veces cuando leo sobre suicidios adolescentes, más o menos grupales, sean cibernéticos o no. A veces tienen el aspecto de un grado más en la ruleta rusa. Algo así. ¡A que no hay cojones! Desconozco por completo si uno se puede suicidar por cojones, en el medio de una ceremonia juvenil y macha, retransmitida o no (y alentada) por youtube. Pero a vecesésa es la apariencia. Creo, muy literariamente, que dios me perdone, que muchos de esos adolescentes elegirían volver sin dudarlo, si eso fuera posible. Y, en fin, no es descartable que alguna de esas campañas los hagan volver antes de irse. En cualquier caso la posibilidad de este tipo de suicidio, ¡poco serio!, es estremecedora. No sólo porque no pueda evitarlo la autoridad social sino porque no pueda evitarlo la naturaleza.

    No está probado que ni siquiera en estos suicidios juegue un papel relevante el llamado «contagio de muerte», o síndrome de Werther, del que hablara Paul Abry y que mereciera la réplica de Durkheim. Es un asunto recurrente en la reflexión sobre la influencia de los medios: la posibilidad de que dar noticias de suicidios genere suicidios. Los estudios más sensatos niegan esa relación mecánica aunque admiten la posibilidad de que determinados suicidios contribuyan a desencadenar en torno a ellos unas decisiones trágicas que tal vez se habrían producido igualmente, aunque más separadas en el tiempo. De todos modos la capacidad de proponer conductas se extiende sobre cualquier otra de las que diariamente los medios describen. Hasta confundirse con la vida, que es pura e idéntica imitación.

    Las estadísticas sobre el suicidio son aún menos fiables que las convencionales. Y en cuanto a las razones del hecho hay aún muchos misterios científicos. Pero creo que la comunidad española, como otras, está empezando a rebelarse contra la tremenda evidencia de que cada año miles de personas mueran por su propia mano. La comunidad empieza a creer que debería hacerse algo para tratar de reducir esa cuota de muerte. La comunidad, o quizá sea sólo mi yo con ínfulas, no suele observar el suicidio como un acto de libertad suprema sino como una exigencia más de la peor tiranía, que es la muerte.

    Sigue con salud
    A.

    November 21, 2009 | Filed Under El Mundo/Columnas

  2. Priede
    29 septiembre, 2014 en 20:11

    Thoreau

    Creo que te has quedado con lo anecdótico, que además es confuso. Dice Ramiro: “Los científicos fueron llevados a la hoguera, ejecutados por plantear locuras, defensores de conocimientos contrarios a la evidencia de los sentidos, tales como que la tierra es redonda, que se mueve, o que la sangre circula por tubitos llamados venas, etc. Se hicieron miles de tratados sobre los súcubos íncubos (espíritus con los que las personas hacían el amor carnalmente durante el sueño), sobre los ángeles, arcángeles y sus jerarquías.”

    Ningún científico fue quemado, salvo Servet,y lo hicieron los calvinistas suizos. Galileo fue condenado al silencio porque no pudo demostrar su teoría heliocéntrica. Cuando Kepler demostró científicamente tales hipótesis, la Iglesia reconoció la teoría. No pidió perdón a Galileo porque todavía no existía el progresismo, como ahora, y sencillamente no tenía por qué hacerlo, puesto que condenó al silencio a quien había demostrado que no hablaba con razón científica.

    En cuanto a las posesiones diabólicas eran fruto de la imaginación de los acusados; la Inquisición se limitó a contener la brujería y la superstición (cuyos individuos, en muchos casos, se las traían).

    La Inquisición, en sus 356 años de existencia, ajustició en la hoguera a unos 2.000 individuos (algunos archivos se han perdido{5}), la mayoría de los cuales fueron judaizantes, y en los primeros años. También se ejecutó (dejando de lado los quemados en efigie) a unos 280 moriscos, 150 protestantes, 130 acusados de sodomía o bestialismo y tan solo a una treintena de brujas (superstición).

    Sobre los procedimientos de acusación, detención y enjuiciamiento hay que decir, entre otras muchas cosas (tal como recoge Jean Dumont en su obra Proceso contradictorio a la Inquisición Española ) que, en contra de lo que se sugiere en las exposiciones que sobre la Inquisición se hacen hoy día, donde suelen aparecer aparatos de tortura diversos, la mayoría de tal maquinaria pertenecía a los tribunales civiles, utilizada contra criminales ordinarios. La inquisición era, en su contexto, exquisita en el trato de los acusados. Y sólo en casos muy graves se aplicaba tortura (potro principalmente), con atención médica. Y si, en estos casos, los encausados no «cantaban», entonces no se les juzgaba.

    Muy aconsejable el artículo:

    http://www.nodulo.org/ec/2006/n055p13.htm

    En cuanto a lo demás que cuenta Ramiro, coincido bastante. Sólo que no es tanto un problema económico como un problema moral. “El Infierno son los otros”, decía Sartre. Se supone que nosotros también lo somos para los otros, si no para todos sí para algunos. El ego, en el caso español el personalismo, invade todo. Hoy mismo he tenido una discusión alucinante: nos hacemos un favor mutuo y cuando acabo mi labor de buenas a primeras la otra parte empieza a despreciar y exigir. Me aparté y los dejé con la palabra en la boca. Seguí en esto el sabio consejo de Séneca: “o te enfrentas o te apartas”.

    Locura es como decir enfermedad, que abarcan demasiadas cosas. Quien padece psíquicamente y no controla ese mal necesita ayuda. El problema reside cuando quien lo padece no acepta su enfermedad. Es cierto que en la mayoría de los casos el problema está en el sadismo del entorno. Mirad esto de un bipolar:

    “Los enfermos mentales, lejos de ser violentos, suelen ser víctimas de la violencia ajena. De hecho, sufren agresiones o abusos sexuales en una proporción escandalosa: 14 veces más que el resto de la población.”

    http://rafaelnarbona.es/?page_id=6756

    “La nota más característica de un loco no es el genio, la creatividad, el desorden, la intuición, la violencia o la confusión, sino la vulnerabilidad.”

    http://rafaelnarbona.es/?page_id=8684

    “¿Por qué me quejo de la incomprensión ajena? Algunos olvidan que el rasgo diferencial de una mente herida no es el talento, sino la extrema vulnerabilidad. Ser vulnerable significa que estás más expuesto al dolor y posees menos recursos para enfrentarte con la adversidad, incluso cuando ésta se presenta como algo trivial e insignificante.”

    http://rafaelnarbona.es/?p=7068

  3. 29 septiembre, 2014 en 17:13

    Yo diría que loco es todo aquél afectado por una neurosis distinta de la marcada por el sistema (ideología oficial). En cuanto a la diferencia entre países democráticos y totalitarios, estos últimos utilizan métodos mucho más expeditivos (hoguera, cárcel, garrote vil…), mientras que aquéllos optan por procedimientos más refinados (embargo, desahucio, silencio informativo…) El objetivo último que se persigue es el mismo: la destrucción o anulación del individuo que se atreve a tener ideas propias.

  4. thoreau
    29 septiembre, 2014 en 11:51

    Las drogas o el alcohol son ejemplos extremos de algo que es en realidad el pan nuestro de cada día. La publicidad o los medios de comunicación nos intoxican día a día con sus falsedades, haciéndonos creer que la única realidad posible es la que ellos nos imponen. El díscolo será inmediatamente catalogado como loco (o excéntrico, si es alguien que tenga fama o dinero), por el mero hecho de cuestionar la realidad oficial. La diferencia entre los sistemas democráticos y los totalitarios estriba en que estos últimos son mucho más expeditivos: te encierran en una cárcel, o bien te cortan la cabeza. En nuestro civilizado mundo occidental, el mecanismo es mucho más sutil: te echan del trabajo, te condenan a la indigencia, te desahucian… Y si no tienen bienes que embargarte se limitarán a ignorarte y dejarte caer en el olvido. El objetivo es siempre el mismo: la destrucción del individuo que tiene ideas propias.

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