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La fuerza de escribir

Me he dado cuenta de que hace falta mucha fuerza para escribir, fuerza física y psicológica. Llevo varias semanas sin hacer un escrito. Tan sólo un poema que cayó tal cual, como si durmiera la palabra y quisiera despertar. Lo leí en el Ágora de la poesía porque necesité expresarlo a modo de catarsis, hacer que saliera de mis entrañas*. Tuve ideas, quise hilvanar recuerdos y sensaciones por escrito, pero no pude.

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Dos experiencias han hecho que me dé cuenta de la fuerza que se necesita para escribir, algo que no apreciamos cuando la tenemos, porque parece que escribimos sin más.

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Una fue durante la huelga de hambre hace ya varios meses. Julián Alvárez me regaló un cuaderno en blanco que encuadernó él. Con una dedicatoria llena de ánimo. Me dijo que para que me entretuviera y para escribir ideas que me fueran surgiendo. Fueron muchas, y percepciones… Sólo pude llenar tres hojas en ocho días, de las 173 que escribí después a mano, finalizada la huelga: “7º día. 16 días en huelga de hambre”. Lo de “séptimo” es porque fue el día en el que me lo regaló.

Nieve en el empedrado de la plaza del Grano. León.

Nieve en el empedrado de la plaza del Grano. León.

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La debilidad física impidió que, a pesar del esfuerzo ímprobo que hice, escribiera. Me vinieron muchas ideas, reflexiones, que luego, algunas, recordé. No tuve fuerzas… ni para escribir. Observé que algo tan simple como hablar cansa, incluso agota. También sonreír, siendo en este gesto en el primero que percibí el agotamiento profundo. Lo mismo que respirar, llega un momento en el que cuesta porque fatiga debido a la debilidad.

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Al finalizar y pasar un par de semanas dediqué dos meses a escribir una especia de memorias, más que diario que no pudo ser. Me causó extrañeza comprobar que aun cuando quise escribir  me fue imposible hacer algo que me gusta y que tuve la voluntad de llevar a cabo. Comprobé que hace falta fuerza para escribir. No sólo ganas.

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Recientemente he sufrido una situación trágica, muy compleja. Triste y dolorosa. Un profundo dolor que mana más allá de la pena. Murió mi padre hace unos pocos meses. Mi tía Lola hace un año. Ante tales pérdidas sentí pena, tristeza, una cierta nostalgia y un gran vacío. Pero ante el hecho de que un amigo de uno de mis hijos, con el que iba al colegio, acompañándose a diario, a quien gasté bromas, de quien conozco a su padre: se suicidó. Pena, tristeza, desgarro y dolor, un dolor psicológico y físico (más que un efecto psicosomático), angustia, todo esto como una sensación sólida. Llanto. Y querer calmar a mi hijo y ver la zozobra del grupo de amigos y amigas. Y la penadolor de un sin por qué de la búsqueda de los padres… Quise seguir adelante, “la vida sigue”, se dice y es así, pero vivir pesa más, es un vacío que pesa dolor, mucho dolor. No pude corregir la novela en cuya tarea estoy inmerso. Fui incapaz de escribir nada. Me fue imposible incluso coger el bolígrafo. A penas tecleé el ordenador para cuatro mensajes a quienes por no golpear de mi dolor a quien no lo conociera  … Y tuve ideas, pero pasaron. No tuve fuerza.

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He comprobado que para escribir es necesaria también mucha fuerza psicológica, algo que cuando lo hacemos no lo parece, no valoramos. En función de ella podemos profundizar más y hacer que la palabra llegue con más hondura al lector. Y lo escrito salga de más adentro y pueda navegar sobre el oleaje…

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Sin esa fuerza no es posible escribir o sólo de manera muy superflua, porque a veces hay debilidad de ánimo, de trayectoria vital porque nos dejamos llevar y con tal actitud ante la vida las palabras van y vienen sin más.

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Desde hace casi tres años descubrí la fortaleza de un poeta y de una poeta, antagónicos al máximo, que creen que escriben porque sí… No ven su fuerza, en un caso silenciosa, en otro rebelde. A veces están demasiado pendientes de su estilo, de si les leerán o no… cuando lo que importa es la fuerza que trasmiten desde aquella que les permite escribir. Porque hacerlo alimenta la fuerza.Trasmitir esa fuerza al lector es difícil y ambos lo hacen.

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Una fuerza que como en mi caso intenta golpear el dolor y al mismo tiempo abrir caminos.Y ser viento y no ser nada.

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* Anochece el alba
que cae entre piedras
rotas y remolinos negros.
Gotas de auroras
sin nacer derriten
la arena sobre los años
que nunca vendrán.
Y se fue el pájaro
a su cielo oscuro
y dejará su nido
en la caricia del recuerdo
y veremos una tenue sonrisa
disfrazada de adiós.
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  1. carmen mollà
    13 febrero, 2015 en 17:36

    No te conozco Ramiro, me siento emocionada y conmovida por tus palabras. Me gustaría saber plasmar como lo hacéis los escritores tanta emoción y sensibilidad. Únicamente puedo ofrecerte un fuerte abrazo.
    Carmen

  2. José Manuel
    9 febrero, 2015 en 20:47

    Gracias por entradas como esta. Un abrazo, amigo Ramiro.

  3. 9 febrero, 2015 en 18:14

    Yo creo que el dolor es un buen combustible para la creatividad literaria. Pero, al igual que ocurre con el petróleo, antes debe pasar por la refinaría del espíritu para poder asimilarlo correctamente. Si no, es posible que el coche no ande.

    Por lo que respecta a los dos poetas antagónicos, creo saber a quiénes se refiere. Le confieso que yo también envidio su fuerza. Saludos, Ramiro.

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