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Diario: la muerte de Albertina

Hace tiempo mentí y espero que algunos de los que fuisteis engañados, varios sois lectores asiduos de este bolg, sepáis perdonarme. Por una parte el miedo al ridículo, por otra la vergüenza. No supe decir la verdad en ese momento y tuvo una repercusión colectiva. Aunque no tenga demasiada importancia sí jugué con los sentimientos de otras personas. Por tal motivo necesito explicar qué es lo que pasó para desde vuestra comprensión llamar a la indulgencia generosa que os pido. Más que “diario” es una confesión. Y pido perdón.

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Durante quince años participé en los carnavales del colegio al que fueron mis hijos e hijas. Durante uno de ellos estuve enfrascado en la lectura de la obra de Marcel Proust “En busca del tiempo perdido”. Había llegado al sexto tomo: “La fugitiva”. Leer el conjunto de la obra es una experiencia sentimental y como tal viví interiormente sensaciones muy a flor de piel. Algo que sólo me ha sucedido con “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski, aunque no con tanta intensidad.

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Hago un periplo que explique el contexto de la mentira para que se pueda entender, a riesgo de que Joaquín Colín insista en decir que mis escritos son misceláneos, pero ¿de qué otra manera se puede explicar algo realmente complejo si no es relacionando diversas cuestiones inconexas?.

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El protagonista de la obra de Proust está enamorado de Gilberta, hija de Odette de Crecy, una coquette, y de un hombre adinerado, Swann. Pero a lo largo de su vidanovela es atraído mediante la pasión por una mujer: Albertina, quien a cambio de dinero se relaciona con él, pero se quieren. Él se acaba obsesionando por ella y la encierra en su casa. De esto trata el quinto tomo: “La prisionera”. Puede parecernos una aberración, pero el sentimiento va haciéndonos comprensible, o al menos el autor hace sentir ese deseo de ella, a la que el protagonista ama y desea hasta la locura. Al mismo tiempo los celos le torturan.

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En las descripciones que da Proust, Albertina no es una mujer especialmente guapa o bella, lo mismo que Odette de Crecy, sino que se hacen de una belleza singular a través de la pasión y atracción de sus respectivos amantes. Construyen la belleza en su relación erótica.

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Hacer el amor con Albertina es para el protagonista mucho más que un acto sexual. Es admiración, es sorpresa, es la belleza del acto más que del objeto, es la metáfora de cada caricia y beso, es el latido de cada pulsión, es emocionarse y hacer que sólo existan él y ella. Y dejarse llevar. Es trasgredirse a uno mismo. Es lograr que la piel se desborde y llene hasta rebosar. Es erotismo en estado puro.

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Tanta intensidad en la relación asfixia. Llega un momento en que él queda atrapado en ella y Albertina también en la obcecación de quien le admira- Él la desea y la llega a amar. Y ella a él también. Llega un momento en que esta presión sentimental actúa contra ambos. Los encierra, al uno en el otro, pero sobre todo a ella porque la pasión no puede perdurar, pero al mezclarse con otros sentimientos tampoco pueden salir de ella. Albertina tiene que huir. Tal es la trama del VI tomo, “La huida”.

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Albertina se va. Lejos. Se separan. Hubiera terminado ahí, pero él le regala lo que ella había soñado tener alguna vez: un caballo. En uno de los paseos que da sobre él se cae y …. Él le había escrito una carta porque quiere volver a estar con ella, le confiesa su amor por siempre. Recibe la noticia de que ha muerto. Pero piensa que puede ser o no. ¿Morir?. Piensa que es un truco de ella para no volver. Para que él se olvide. La incertidumbre le carcome y la ama más en su ausencia, en la distancia y recuerda cada momento con ella intensifica la pasión. Y la ama más y la desea más. ¡Oh! Albertina.

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Recibe una carta de ella. Quiere volver. También le ama. ¿Entonces?. ¿Por qué no vuelve a su lado?, ¿por qué no lo ha hecho si él se lo ha pedido, se lo ha suplicado?. Porque echó la carta poco antes de morir. Se confirma el fatal desenlace cuando, tras leer la carta de ella, tuvo la esperanza de volver a estar junto a ella, en ella. Federico García Lorca dirá que se ha convertido en un cuerpo fugitivo para siempre.

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Puede parecer un folletín a modo de una telenovela, pero el estilo junto a la descripción de cada momento de sentir es lo que hace que sea literatura en esencia. Sufrí como lector la muerte de Albertina, la sentí mucho. Han pasado varios años y todavía no sé por qué, ni a quién representa Albertina en el fondo de mi inconsciente. No lo sé. No amé a esta chica de ficción, ni me cautivó el protagonista. Me atrajo y atrapó el sentimiento y me dio pena la muerte de ella y la desolación de él, que quiso buscar consuelo en una amiga de ella, Andrea, con la que él creyó que ella mantuvo relaciones. Algo de ella quedaría entonces.

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No pude comentar con nadie mi zozobra y pena, pues llorar y lamentar la muerte de un personaje de novela no parece digno de consideración. escribí por carta a un amigo mi zozobra. me contestó que si no hay otras cuestiones por las que preocuparse y sentir pena, como es el hambre en el mundo. O muertes trágicas  en la realidad. No lo entendió. Una cosa no quita la otra. Cuando amagué algo de mi sentimiento en una conversación pensaron que fue una broma. Percibí una sensación de soledad total. Nadie me dio el pésame ni yo pude darlo a nadie. Si trabajase en una empresa o de funcionario no podría pedir unos días de baja por el luto de ella porque los impresos de la burocracia no contemplan esta posibilidad.

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No fue una tristeza triste, sino eufórica, plena, pero dolorosa en sí. Y es aquí en este contexto en el que se fraguó la mentira, que espero sepáis comprender y disculpar.

Pavaroti pñ(copia).

Estuve inmerso a su vez en la preparación de una carroza con un grupo de carnaval. Terminé de leer aquello justo el día antes de salir en el desfile. Todo fue alegría, chanza, baile y risas. En aquella ocasión no pude dejar mi puesto porque formé parte de la carroza, y ¿dejar todo por leer una novela?, ¿por la muerte de un personaje de ficción?. Estuve a punto de hacerlo. Pero me dije que a pesar de todo la vida sigue.

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Al llegar al último ensayo me vieron triste, abatido. Lloré cuando canté, bueno cuando hice que cantaba al ser en playback. Cómo sería mi actuación el día del desfile que al final de la cabalgata un chico me dijo que fue la primera vez que había sentido la música y emocionado me dio las gracias. Durante el trayecto vi a gente llorar por la voz de Pavarotti y mis gestos disfrazado de éste.

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Lo que pasó fue que el día del ensayo final los compañeros y compañeras del carnaval vieron que no era exageración mía ni caricatura el expresar los cantos, sino profunda tristeza. “¿Qué te pasa?”, me preguntaron. Me derrumbé y tuve que decir qué me estaba sucediendo, necesité desahogarme. Y dije la verdad: “Ha muerto Albertina”, contesté. “Definitivamente ha muerto”, añadí. No quise trasmitir tristeza, ni hacer que se acabase el carnaval. Sin embargo todos veían a mi mujer e hijos tan contentos. Me acompañaron el sentimiento compungidos. Pero como en el circo pase lo que pase ¡la función continua!.

Página escrita por Marcel Proust

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Una amiga de aquel grupo me preguntó a continuación: ¿quién es Albertina?. Y es aquí donde vino la mentira, la falsedad, lo que no era, pero comprendedlo, ¿cómo iba a decir en esas circunstancias de dolor real que es un personaje de novela, que nada tiene que ver conmigo?. Me salió decir “es mi prima”. En casa mi pareja me preguntó que qué prima. Una lejana, dije yo. Bueno, aclaré es la prima de una amiga, pero que lo siento por esa amiga de ella, que no se preocupara.

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La comparsa decidió llevar un crespón negro en la cabalgata y cada uno de la comparsa un brazalete de luto. Para mí fue un consuelo, una cierta satisfacción, un orgullo que se hiciera ese gesto por las muerte de Albertina, aunque nadie lo supiera. Pero me sentí mal porque fue mentira. Y no supe luego como contar la verdad. A veces la realidad parece mentira y nos liamos. No quiero que sirva de excusa, pero fue así.

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Por eso lo confieso ahora y lo explico. A los ojos de Thoreau y demás asiduos espero, de quienes seguís estas palabras cada semana, que vuestra alma de poetas, de escritores y lectores de trozos de alma os lo permita comprender y hagáis la merced y gracia del perdón por aquella mentira que se hizo visible con un luto que para mí, lo pienso años después, fue arte en sí mismo. Y sirva como descargo a mi engaño lo que escribe el mismo Proust: “La mentira es esencial a la humanidad. Quizá desempeña en ella un papel tan grande como la búsqueda de la felicidad y además es esta búsqueda quien la dirige”.

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«Vuelve a Sorrento»:

….

Y tú dices: “Yo me voy, adiós”.
Te alejas de este corazón…
de la tierra del amor…
¿tienes el valor de no volver?

Pero no me dejes,
no me des este tormento!
Vuelve a Sorrento,
¡hazme vivir!

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El de verdad.

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Y tú dices: “Yo parto, adiós”.
Te alejas de este corazón,
de la tierra del amor,
¿tienes el valor de no volver?

Pero no me dejes,
no me des este tormento!
Vuelve a Sorrento,
¡hazme vivir!.

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  1. José M. Sánchez
    8 mayo, 2015 en 19:20

    Las emociones son parte de la verdadera realidad de conciencia más elevada. Sólo existimos porque sentimos, percibimos, nos emocionamos. Pero quizá no tenemos ninguna conexión directa con la realidad exterior y vivimos, pues, en una realidad virtual; en esa realidad en la que Albertina se hizo presente y provocó tu lloro. Las ilusiones y las emociones crecen día a día. Pero ¿son menos reales que lo que creemos que nos rodea?.

    Una ilusión es la proyección de lo que nos gustaría y muchas veces también de lo que sentimos y nos emociona, pero ¿realmente es una proyección o se convierte en la realidad misma? ¿Tu dolor por Albertina no era la realidad?

  2. Nuria
    5 mayo, 2015 en 23:01

    Sólo unas pocas obras maestras son capaces de sugestionar así, y sólo unas pocas personas son capaces de elevarse sobre lo cotidiano y abrirse a una dimensión distinta. Muchas gracias por compartirlo.

  3. Priede
    4 mayo, 2015 en 17:44

    Es probable que todo lo que has contado sea mentira; más mentira que la que nos quieres hacer tragar. Pero lo cuentas muy bien, así que lo mismo da que sea verdad o embeleco.

    Me ha gustado mucho tu escrito de hoy.

  4. 4 mayo, 2015 en 17:37

    Hablo del autor y su fantasía: La ilusión convertida en realidad es realidad, ahí el autor es su más alto grado necrófilo y masoquista se recrea en el objeto…de su pasión…en el redoble del triple salto mortal…para acabar con un personaje finito, con su propia tragedia….con su desengaño
    ante la vida… Por eso muere con pasión y con lentitud, con pulcritud… milimétricamente, saboreando cada momento de su final…. Esa es su venganza por no sentirse amado y poseer en su totalidad el objeto que le enferma y debilita.

    La muerte es un sentimiento que se haya ….en un sentimiento… La pérdida del objeto de pasión provoca la trajedia, la rebeldía ante la naturaleza y la ilusión de querer ser inmortal… Una enfermedad que no se trata.

  5. 4 mayo, 2015 en 16:53

    No creo que haya por qué atormentarse. Para usted Albertina era un personaje real y, por lo tanto, su muerte también fue real. Mucho más real, sin duda, que la de cualquier conciudadano cuya esquela nos encontramos cuando hojeamos, con indiferencia, las páginas del diario. Saludos, y que sepa, por si le sirve de consuelo, que, por lo que a mí respecta, le acompaño en el sentimiento.

  6. 4 mayo, 2015 en 15:58

    “El contar una mentira, bien está si bien se mira.
    Pues una mentira bien puesta,
    mucho vale y poco cuesta”.

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