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Diario: tauromaquia y poesía

0 Ágora de la poesíaEl título puede resultar equívoco. Seguro que se piensa que voy a comentar sobre la poesía en relación el mundo del toreo. Mi hermana Loly quiere que cite a José Bergamín. Pero no. No voy a referirme a esta relación de literatura y tauromaquía. Sí hablaré de algo que motiva este escrito: el ambiente literario en relación a la poesía.

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Sobre la conexión entre poesía y el mundo del toreo sólo tengo una experiencia personal. Mi profesor de literatura, fue una persona muy especial porque antes de dar clases de Letras fue profesor de matemáticas.  Estudio la carrera de Lengua y Literatura cuando nos impartía clases de mates. 

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Recuerdo cuando aquel profesor, Don Gregorio, El Goyo, nos enseñaba las teorías de conjuntos y las intersecciones, propiedades biyectivas y esos temas. Cuando nos mandaba hacer ejercicios aprovechó para repasar notas con las que estudió sus exámenes de la universidad, a pocos años de jubilarse. Siempre hizo algún comentario. Sobre todo que los universitarios les importa más aprobar que aprender. Esperaba que su alumnado no fuera así. Terminó poco antes de acabar su carrera docente y dio dos cursos de literatura antes de jubilarse, a cuyas clases tuve la suerte de asistir. Primero la asignatura de Lengua, cuando se estudió sobre la base de la teoría de Ferdinand de Saussure en cuanto a la estructura del lenguaje, lo que ha desaparecido del mapa de la enseñanza, lo mismo que la teoría de conjuntos, algo sobre lo que otro profesor de matemáticas de COU, el profesor Navarro comentó que saber esta teoría permite crear en la conciencia diversos modelos de pensamiento, “sin lo cual seríais unos borregos”, añadió. Don Gregorio la enseñó la asignatura de Literatura  con resúmenes muy concretos de cada obra y autor. “Lo demás lo tenéis que leer vosotros por vuestra cuenta”, dijo. “Ya tendréis tiempo”, añadió. Lo cual él esperaba hacer el resto de su vida cuando se jubilara.

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Este profesor recitó un día para que experimentásemos la emoción de un poema “La cogida y la muerte” de Federico García Lorca, poema dedicado a la muerte del torero Ignacio Sánchez Megías. Que yo no supe quién es, ni nada, pero me emocionó, por lo que traspira el poema y por cómo lo recitó, dicho sea de paso.

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¡Ay qué terribles cinco de la tarde!

¡Eran las cinco en todos los relojes!

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!  

Y  LA SANGRE DERRAMADA

  ¡Que no quiero verla!  

Dile a la luna que venga,

que no quiero ver

la sangre de Ignacio sobre la arena.

  ¡Que no quiero verla! ….

Que no hay cáliz que la contenga,

que no hay golondrinas

que se la beban,

no hay escarcha de luz que la enfríe,

no hay canto ni diluvio de azucenas,

no hay cristal que la cubra de plata.

No.  

¡Yo no quiero verla! ……

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Pero no es a esto a lo que me quiero referir. Sino… permitidme un circunloquio, y gracias por vuestra paciencia como lectores. Pero ya sabemos que no hay texto sin contexto, y tampoco contexto sin una historia que lo acompañe. Abusando de vuestra generosa paciencia os cuento.

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Abro un paréntesis: (). Me observo. Entonces pienso que al escribir resucita o se crea mi alma femenina. Porque en aquellos tiempos en que escribí cartas a mano, en la actualidad he recuperado a dos después de dejar de hacerlo por otras formas de comunicación escritas a través del ordenador, me di cuenta de que los varones siempre comenzaban la carta con el meollo de la cuestión. Sin embargo las mujeres siempre al final, incluso muchas en la posdata es donde escribían el tema esencial que pretendiera comunicar. Lo cual es una observación curiosa, sin entrar a valorar, pues me es igual. Lo cuento porque quiero que se entienda lo que voy a exponer a continuación… y lo he de hacer al final. Por otra parte siempre he pensado que lo bonito de un viaje es el trayecto, no adonde se llega nada más. Por eso considero que en el mundo moderno nos trasladamos, pero viajar poco o nada.

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Participé en Los Verdes muchos años. Este partido se declaró antitaurino, pero de una manera especial, porque hubo un debate muy interesante en uno de sus congresos. La defensa de los animales, sí. Como ecologistas, vale. Hay hay una amplia discusión, que la resuelve Kant desde la razón, pero como ya no se le lee o se dice que está anticuado… O ya Agustín de Hipona, San Agustín para los amigos, escribe en sus confesiones al respecto: Las fiestas con el sacrificio de animales son bárbaras. Que queda de cuando los romanos que había sido desterradas en casi todos los lugares”. Denuncia que su finalidad es acostumbrar y familiarizar los ojos de los espectadores con la sangre y hacer crueles y feroces a los jóvenes. El debate no es nuevo.

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La cuestión que se planteó en dicho congreso fue: muy bien, prohibimos las corridas de toros, pero ¿ si un grupo de gente decide hacer capeas en el campo qué hacemos?. Se dio por sentado por parte del colectivo animalista que hacer cumplir la ley. ¿Cómo?. Con las fuerzas del orden. ¿Y encarcelar a quienes objetan de la ley, cuando nosotros estábamos objetando del servicio militar obligatorio?. Dieron por sentado que sí, que represión pura y dura. Esto hizo que una mayoría reaccionáramos, sobre todo después de haber realizado un programa dos años antes con 32 veces la palabra “prohibir”…

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Se votó que el tema de los animales entra en la ética personal. Que con dinero público no se puede promocionar algo que dañe a otras especies, pero esto era confuso a la hora de ver si la pesca es un deporte, ocio, o si la caza… O comer animales. Lo cual es otra disputa entre los omnívoros, vegetarianos, ovolactovegetarianos, veganos, crudivoristas, macrobióticos y demás.

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Parto de la base de que no me gustan las corridas de toros, me parece que proyectan una imagen cruel que afecta a la manera de ser y prepotente con respecto a otras especies y es, para mí, de mal gusto. Predispone a una mentalidad que justifica la violencia en general. Pero hay a quien le gusta y apasiona. Y decir que los seguidores de las corridas son asesinos, crueles, bestias, brutos y todo tipo de descalificaciones me parece una barbaridad. Yo me pregunté si mi abuelo Luis lo es, o mi hermana Loly u otra gente a la que le gustan las corridas de toros. Y no. No se puede entrar en esa deriva de intransigencia. Protestar todo lo que se quiera, denunciar, exigir que se cumplan las leyes, evitar cualquier privilegio o que se proyecte como un icono la imagen de un torero como señal de identificación de nuestra nación cuando hay muchos más que se silencian. No voy a entrar en este debate.

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Sin embargo hay algo que me encanta del mundo de los toros: su ambiente, la pasión que desborda, el detalle de cada análisis. Es algo que envidio para la literatura. Y veo que se pierde también en la cultura taurina, porque hoy se proyectan los comentarios en información taurina de radio y televisión… y se desvanecen y difuminan esos corrillos de aficionados a los toros como a en los que participó mi abuelo, donde se habla en una jerga especial que yo no domino, pero hay términos que me suenan de oídas.

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Para mi abuelo ir a los toros fue un ritual, se vestía de traje, con corbata y sombrero. Me pareció siempre un torero de paisano. Ya unas horas antes de ir a “su corrida de toros” parecía trasladarse a otra dimensión. Quedaba callado, ensimismado, abstraído. Su respiración era más profunda y su mirada altiva. De anciano vio las corridas en la televisión, con su puro y copa, lo que hizo que le llamásemos “Luis copita de anís” y con este nombre le regalamos un cartel de una corrida en la que él figuraba con su pseudónimo.

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A la salida de los toros, cuando le iba a buscar,  los contertulios parecían parodiar a los toreros y discutían a brazo partido, a ratos a punto de pelear entre ellos con voces en grito. ¡Por Dios…!; ¡por favor…!; ¿cómo dices eso….?, ¡ni hablar…!. Y para dar sus explicaciones imitaban el movimiento del toreo con capa o con muleta: “Pero tu has visto que pase…” y lo imitaba. Mi abuelo con tal destreza, con tal armonía y elegancia de movimientos que yo me quedaba con la boca abierta. Y cuando alguno lo hacía con estilo los demás quedaban en silencio y coreaban ¡olé!. Varios de estos ánimos de toreo se llevó mi abuelo. Y hablaban sobre los maestros de la faena de aquella jornada merecían o no la oreja, o el rabo. Algunos toreros, decían, que los aplaudan, pero que no cojan el trofeo, porque les parecía que convierten el arte de torear en algo festivalero más que de feria. Eso de “la rana” oí decir es un invento para los japoneses. Nadie quita el valor de ponerse delante de un toro y la habilidad de matarlo, pero el toreo es el toreo, insistían los contertulios.

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Y con qué detalle describían después de la corrida u otro día los pases, el temple, incluso adonde se  había dirigido la mirada del torero en determinado momento. Pero para hablar de toros nada de beber cerveza o vino tinto, sino una copa de vino blanco seco, a veces dulce o anís. Todo tiene su pauta, su medida, su por qué. Su rito, dentro y fuera del ruedo.

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Mi abuelo fue defensor acérrimo de Curro Romero y lo defendió a capa y espada, nunca mejor dicho. Ya al final de la carrera de este maestro pareció perder el temple, “pero es el maestro, el que ha sacado el arte al capote”, decía. Y lo expresó con orgullo pendenciero: ¡a ver quien se mete con el torero de los toreros!. Y podían retarse con las miradas convertidas en navajas. Luego fuera del corrillo me decía que “esos ¿qué saben?” o “no tienen ni idea”, aunque fueran expertos como él. Al final de su vida de espectador taurino, porque su existencia se iba también admiró al Niño de la Capea porque sabe estar en el ruedo y tiene porte. Y se arrima al toro. Lo que también hizo su Curro Romero. De quien mi abuelo aseguró que con sólo poner un pie en la plaza ya el público se tiene que levantar y aplaudir sin más. Mi madre comentaba que ya no hacía nada, a veces le tiraron almohadillas. Le pregunté a mi abuelo que como le sigue admirando y él me respondió que por lo que había hecho y que hay que ir a verlo con mucho respeto porque con todo lo mal que lo haga un sólo capotazo bien dado por él vale por toda una corrida, por toda una feria porque es esencia de arte y que como él se arrima, sin ostentaciones que valga, nadie lo hace y cómo mira al toro y el toro a él, ese embrujo nadie lo tiene. Es torero, lo cual muy pocos lo son, sino que se visten de luces, eso sí y torean y matan el toro… son matadores, pero ser torero es un arte y un don. Mientras que lleve la coleta puesta Curro Romero es el torero. Y terminaba con su coletilla después del discurso taurino que me había expuesto: “No lo olvides nunca, Miry”, que es como me llaman en mi familia. A otros aficionados les gustó el El Viti, o Diego Puerta. “Y tú te diste cuenta como…” y hacían movimientos que perecieron reverencias y poses chulescas para mí, pero para ellos una pasión.

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Pasados los años me apenaba no ver ese ambiente taurino, que envidié, en los ámbitos literarios. No hay pasión, sino cotilleos, rivalidades fatuas, peloterismo de unos hacia otros, conversaciones sin enjundia, comentarios para quedar bien, pero no se defiende una postura, no se trasmite emoción en los ambientes de la palabra escrita, no se destaca por encima de todo el arte de escribir, sino que parece que hay que pedir disculpas. Todo son medias tintas, melifluas opiniones. Se hacen actos que más parecen clases de universidades parcas y tenderetes de ediciones fatuas. nadie defiende a muerte a su poeta del alma, porque no los hay, todo está bien o “me gusta” y lo que no: “bueno es otra manera de entender…”.

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Cuando he mantenido una postura diferenciada y expuesta con cierto mal genio dicen que eso es radicalismo, que es exagerar, pero ¿qué sería de las conversaciones sin exagerar?. Porque ya no se exagera, no se provoca, porque todo ha de ser correctamente dicho y sin discrepancias, cada cual con su opinión, pero si no hay lucha no hay pasión y viveversa.

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Me ha gustado, sin más, se dice. Hace unos días dije en una tertulia que ¿cómo puede gustar un poeta y también otro que es contrario en el estilo y la forma?. Bueno, cada uno a su manera, me contestaron. Todo parece simple, bobalicón: to er mundo es güeno. Entonces no hay detalle, no hay profundidad, se pierden los recovecos de la palabra. Se zafa lo que descubren metáforas y versos libres en su querer llamar al inconsciente incluso del poeta que lo escribe. Y bien, todo bien. Pues vale. No hay comentarios apasionados. Un ambiente somnoliento y sonriente para las fotos. Nadie es capaz de decir “soy el mejor” y retar a los demás. ¿Pa qué?. No hay que ser presumido ni soberbio. ¿Acaso la literatura tiene que ver con la moralidad y las buenas formas?. Parecemos merengues sobredulzones de la palabra. O que si fulanito no sé qué, que si esa me ha dicho o que si esos dos quisieron, que si ha dejado de salir con…, que si un editor le ha  llamado…”, pero, que si sale con pero su muso (varón) es … ¡no puede ser este contagio de programas del corazón a la literatura o a la política!.¿O sí?. Ya me dijo una vez una vecina de cuando fui joven, Belén Esteban, Belencita: “es que no tienes corazón”, porque no quise, ni supe, responder a su interrogatorio sobre cuál es el torero más guapo en mi opinión.

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Sin embargo, y es a este hecho al que quiero llegar, tras el último Ágora de la poesía quedamos un grupo de personas a solas para llevar los bártulos del micrófono y termos y caballete y algunos de fuera del ambiente de poetas empezaron a hablar maravillosamente. Se había creado un ambiente espontáneo con perspicacia en los comentarios. Uno comentó que un poema pareció en realidad dos. Otro que unos versos, que repitió, valen por todo el poema. Se sucedieron opiniones: como una buena lectura viste a un poema y lo da ser y otro mal expuesto a quienes escuchamos lo rompe por bien escrito que esté. Y ¿te has fijado cómo esa metáfora da la vuelta al poema si coges lo que quiere decir?. O como el final de un poema eleva al resto de versos o los desgasta y destruye. El poema que trasmitió tristeza. El poeta de la poesía dura que hace de los versos corazas de su ser enamoradizo, porque fíjate cuando dice… Y como movía las manos, ¿te fijaste?. Y como se volvió a su sitio tras leer… ¿Ha querido decir algo o se ha escondido?. La palabra “tren” simboliza la muerte, estoy seguro. Más bien el paso del tiempo. El destino. llegamos a casa y seguimos hablando y pasaron las horas con orujo, pastas y galletas como si fuera la parva. La poesía no puede contar nada, sino surgir por ella misma. A otro no le gusta lo que escrito parece un puzzle inconexo. No es igual poesía social que partidista… hay que dar utilidad a lo escrito. O no. A veces voces en la discusión, y miedo a que los vecinos y otros familiares durmiendo se despertasen. Y a las cinco de la madrugada cada mochuelo a su olivo. ¡A las cinco de la madrugada!, ¿no parece demasiado casual?.

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Hace un rato me ha llamado uno de los que estuvo en aquel grupo de conversación que se formó sin nadie preveerlo.  Quiere que volvamos a juntarnos para hablar sobre literatura a la orilla del río y pasear y llevaremos champán y unas copas para brindar por nada. Nos convoca porque no está de acuerdo con que poeta sea quien quiera ser poeta o que la poesía esté en todo. Alguien lo dijo, y él lo ha pensado y lo quiere aclarar y rebatir. No puede vivir con esa inquietud. Vino a casa unas horas después para decir enfadado, mientras me enseñó dos poemas que leí acelerado, y preguntar: ¿esto es poesía?. No lo sé, dije. ¡Te tienes que mojar!, replicó. Le dije que sí, que lo hablaríamos despacio. Pero depende de lo que entendamos por… Y me dijo que me dejase de diplomacias.

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Vengo de nadar en el río sin ropa y ser multado por ello. Los agentes del orden creyeron que me ahogaba, pero estuve nadando simplemente para mojarme. No entendieron los policías que quise dar una respuesta a la poesía. Por más que insistí en contarles lo que sucedió. ¡La documentación!. “Mi ser”, dije. Me obligaron a vestirme y estuve siete horas en comisaría.No sé por qué me hicieron responder a varios test y un policía disfrazado con una bata blanca me preguntó: ¿quién eres? y me miraba por encima de sus gafas y yo le enseñé mi DNI.

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Los demás contertulios, a los que avisó mi amigo, no entienden por qué hemos quedado junto al río. Y menos después de lo que me sucedió a mí. Les he dicho que a Pablo Neruda le preguntaron qué quiere decir una estrofa que escribió. Su respuesta fue que si supiera qué quiere decir lo que escribe no sería poesía.

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Responderé a mi amigo sobre lo que me formuló cuando estemos reunidas las siete personas que hemos quedado en juntarnos para hablar a la orilla del río: Y los versosbesos serán besosversados llevados al aire adheridos al reflejo que se lleva la corriente ocultados en la sombra del ciprés. Los abedules juegan con sus ramas a dirigir la orquesta de los cantos del mirlo y la garza vuela sin saber adónde se dirige la mirada de quien escucha la palabra…

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  1. 12 mayo, 2015 en 0:02

    Ignacio Sánchez Mejías, el torero muerto al que se refiere Lorca, era un habitual de las tertulias de los intelectuales de entonces. Amigo de los representantes de la Residencia de Estudiantes, de La Barraca, etc.

  2. Priede
    11 mayo, 2015 en 15:28

    Para un amante de la poesía como tú recomiendo Ávidas pretensiones, de Fernando Aramburu. Trata de unas imaginarias jornadas de poesía en un monasterio de un pueblo, también imaginario, de la Comunidad de Madrid. Te desternillarás de la risa con los personajes y los sucesos. Y maravillosamente bien contado, tanto que no puedes soltar el libro y lamentas mucho cuando lo acabas.

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