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Diario: Mi amigo Miguel Hernández

No se trata del poeta de Orihuela, no. Es un amigo con el mismo nombre y apellido. Una persona especial, extravagante, que conocí durante el curso de COU en el instituto San Isidro de Madrid. Había repetido en su historial académico hasta cinco veces. Cambió de ciudad, de colegios. Aquel año tenía que aprobar como fuese, sobre todo la selectividad por asuntos familiares de los que nunca supe.

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El primero día de clase, al entrar en el aula, hubo un señor que nos decía con su vozarrón donde nos teníamos que sentar, nos saludó a los alumnos uno a uno, sólo de chicos por aquel entonces, con un apretón de manos y un saluda elegante y protocolario. Al entrar el profesor de biología, además el directos, le dio la mano efusivamente y la bienvenida. Supimos que fue un alumno más. “Nunca dije que fuera un profesor”, manifestó. Efectivamente, nos lo imaginamos.

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A mí me hizo sentar en la primera fila, a su lado, sin conocernos de nada. Puuuufff. Un chaval que al hablar parecía ex cátedra, por su tono de voz grave, por el uso de un lenguaje refinado y algo pedante. Con una ropa impecable, abrigo loden verde, corbata muchos días o bufanda o pañuelo anudados. “La elegancia no quita lugar”, decía. Viajó mucho y su padre debió ser diplomático, creo.

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Preguntaba a los profesores y pedía que profundizasen en sus lecciones. Aplicó un truco, que fue estudiar para sacar un cinco, que no siempre logró, pero estableció un sistema de copiar y de que le pasara por escrito las respuestas en muchas asignaturas de tal modo que aprobó el curso.

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Aprendí con él a hacer pellas de larga duración. En aquel barrio de La Latina hubo un cine que abrió por la mañana que echaban pelis pornográficas. Asistí a  tres, quedando atónito, porque una tiene cierta profundidad en lo que son las relaciones de emparejamiento. “En esta vida de todo se aprende algo, aprende de lo que te dice tu amigo”, dijo.

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Fuimos a tiendas de la zona del rastro, allá cerca, para conseguir partituras de música, alguna difíciles de conseguir por las que pagó mucho. Casi siempre le tuve que invitar porque le daba apuro y no le gustaba pagar con calderilla, una cerveza o un café. Las entradas de cine y otros gastos mayores los pagó siempre él.

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Me invitó en la calle Preciados a aprender a bailar el minué y bailes de salón, porque según él “hay que estar preparados para la vida moderna” y “quien aprende a bailar, aprende a acercarse a una mujer y te acostumbras a que te sonrían”. No le conocí novia alguna, ni amigos de otros ambientes.parecía que supiera todo y de cualquier tema. Recomendó que me acercase a las mujeres como lo hace un toreo al toro, con precaución y valentía. Y siempre atento. Aseguró que los ricos no aman porque se relacionan con la sombra de las mujeres ya que vana  ellas como si fueran domadores de caballos. ¿Y las mujeres?, pregunté. “Son un misterio, también para ellas mismas; los varones también, pero si no te haces la pregunta no hay respuesta que valga; sin embargo la pregunta sobre el género femenino siempre sale; no intentes querer comprender nada al respecto y déjate llevar por lo menos por una, de lo contrario no veas en que lío te has metido”. Y: “no quieras ser feliz, sé tú mismo, lo demás se dará por añadidura… vivimos en un abismo”.

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Cayó mal a los demás compañeros por tener fama de pedante, pero participó en las reuniones para acompañarme y yo fui su amigo fiel. Le resumí los apuntes, le hice fichas sobre las preguntas más probables de los exámenes, le sople exámenes enteros, hasta llegar al cinco. Llegó a sacar notas de seis y siete.

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Los finales de trimestre íbamos a las calles aledañas a la Gran Vía, a lugares de prostitutas, donde conocía a los porteros, con los que echó alguna parrafada y hablaba con las chicas, pero nunca fue con ninguna, al menos en mi presencia: “hay que estar preparados para la vida moderna”. Nos acompañaron futuros médicos, compañeros de clase de familias de empresas conocidas de Madrid y Catalunya, un futuro profesor de filosofía. Hablábamos.

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Pasee con él por las calles de Malasaña, el Retiro y le acompañé a una iglesia que está frente al parque del Retiro en la calle Alcalá. En ella él practicó canto gregoriano. Fui a algunos ensayos y en ella leí libros que él me recomendó y regaló. Me decía: “si quieres ser inteligente abre los ojos, no los libros, pero si cuando los abres hay un libro delante no está mal”. En las escaleras de esa iglesia, porque un sacerdote me llamó la atención por leer sentado en un banco, leí “El lobo estepario” de Hermann Hesse. Miguel Hernández no lo había leído, pero hablaba sobre él con petulancia, dando todo tipo de detalles, porque había oído sobre el mismo. Fuimos a conferencias de temas de lo más variado.

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Tampoco leyó ningún poema de su tocayo: “lo que escribe alguien sólo le incumbe a él”.  Asistimos a tertulias de las que lograba tener que salir por patas porque fue un provocador, con los falangistas fue comunista, con éstos liberal, con los socialistas anarquista y con éstos católico. Los domingos iba a misa, pero de manera muy sui generis: entraba a saludar a Jesús, se persignaba y se iba: “todo lo demás me sobra”. A veces fue a homilías enteras para dejarse ver por gente que él decía que es importante, pues en un momento dado pueden hacer un favor: “es bueno que suene tu cara en ciertos ambientes”.

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Me llevó a discotecas de lujo. Fui de pardillo. Pedía champán y se enrollaba con chicas mayores que él, mucho más mayores. Se despedía de ellas y no volvía a verlas. Nunca volvió a donde hubiera estado anteriormente porque según él eso es mirar atrás. Citó a Nietzsche sin nombrarle nunca, lo descubrí al cabo del tiempo con la frase que él repetía: “quien mira al pasado se convierte en cangrejo”.

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Me recomendó que escuchase allá donde fuere, que observara los gestos de la gente, cómo se mueven las personas, lo cual es aprender, dijo. Fumaba, pero sin tragar el humo: “siempre hay que disimular, que crean que fumas, pero no fumes; que crean que eres tonto, pero no lo seas; que crean que eres pobres, pero no lo seas; o al revés, da lo mismo, el caso es que disimules”.

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Aprobó todo. Quedó la selectividad: “si la apruebo me convierto en heredero”. Yo necesitaba una nota alta. Estudié mucho porque dejé muchas actividades, ocupado el tiempo libre en este amigo. Dijo que yo había sido su único amigo. El examen de acceso a la universidad es imposible copiar. Se hacen preguntas diferentes en filas alternantes. “Estudia mucho y no dejes temas sueltos”, me aconsejó.

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El día de la prueba se sentó a mi lado, su examen fue diferente al mío. Cuando me fui a sentar me dijo que me diese prisa. Pensé que me iba a esperar para irnos juntos y que no lo iba a hacer. No paró de escribir. Levantó el brazo para pedir más folios. No dejaban los profesores vigilantes que nadie se levantase, pero a él le hizo un gesto uno para que fuera a la mesa presidencial a coger folios. Al volver me dejó su examen entero por sorpresa. Me acojoné. Sudé. ¿Qué hace?. No me atreví ni a mirarle. Él siguió escribiendo sin levantar la mirada de la mesa. Hice mi examen y el suyo. Tenía que dejar el mío solo, porque los otros se tenían que colocar en otra mesa. Él había rellenado sus datos. Tampoco pude dejar en la mesa en la que estaba el examen. Decidí colocarles juntos y que pensaran que fue una equivocación de él, al fin y al cabo no podían saber que estuvimos sentados uno al lado del otro. Me levanté y me choqué con él. Me llevé un susto de espanto. Había gente que ya los entregaba. Él pidió disculpas a los profesores en voz alta y elegantemente, asumió las culpas. Recogió las hojas de los exámenes y me dio las mías y se llevó las suyas. Sacó más nota que yo. Sólo recuerdo la pregunta de filosofía, a mí “el nominalismo, Guillermo de Ockham, y a él los presocráticos. Hubo otro tema en ambos casos para poder elegir.

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Me dio una de las hojas que había estado escribiendo. Una especie de carta en la que me recomienda que no haga favores a nadie, que no sea cándido, que piense en mí o abusarán de tu buena voluntad… “No debí hacer tu examen” dije horas después. Él se rió: “es una lección de vida lo que te he escrito, no la olvides ni de tu amigo sabelotodo”.

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Aquella noche salimos a cenar con dos chicas, mayores. Él me dijo que eligiera a una. Le contesté que no. Lo hizo él. Fuimos luego a un local en el tocan jazz a tomar, una, unas copas. Conté a la muchacha qué me tocó en el examen y anécdotas del curso. Bostezaba. Me preguntó si no la iba a besar o a meter mano. Le dije que no. Puso una cara de extrañeza y de aburrimiento. Le dije que mi amigo tampoco lo hace. “Pero es que Miguel, es un caso especial y él te ha invitado”. Nunca supe que es eso de “especial”. Se lo pregunté a él y sonrió. Le planteé de madrugada mis dudas sobre si es homosexual, cuando pagó un taxi a las chicas después de tomar chocolate con churros en la Puerta del Sol, y me dijo que es un machote. “Recuerda, hay que disimular”. Pero disimular ¿qué?, pensé. Nunca he dilucidado todo aquello. Que nadie me pregunte porque no lo sé.

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Quedamos los compañeros de la clase en casa Mingo cuando supiéramos las notas de la prueba. Hube estado dos o tres días hasta aquella fecha con mi amigo especial. En casa Mingo comíamos pollo asado, patatas fritas y una ensalada, todo puesto en común y sidra, mucha sidra. Miguel Hernández no apareció y nunca más le he vuelto a ver. Le recuerdo con cariño. Un personaje extraño, pero con los que se adquiere experiencia de vidas extrañas, al menos diferentes a lo que yo había vivido hasta entonces.

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La última relación que mantuve con él fue la de despedirse con un apretón de manos. Me guiñó el ojo y dijo “en la vida hay muchos caminos, no te decidas por ninguno, que te elijan a ti”. Fui por el barrio donde dijo que vivía. No le vi. Sé que nació en Cádiz. Y me había comentado poco antes que podía presumir de haber sido amigo de Miguel Hernández.

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  1. 1 junio, 2015 en 17:17

    Todos tenemos amigos como éste, que han dejado su impronta en nuestras vidas y de los que luego no hemos vuelto a saber. Es mejor así. Tal vez sufriríamos una profunda decepción si supiéramos lo que había sido de ellos. Y a la inversa. Delicioso artículo.

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