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Diario: el ladrón de libros.

Cuando escribo a veces no sé cómo terminar, otras no sé continuar. Ahora no sé comenzar. Varias ideas centrales se atascan. Y me frena no querer crear malos entendidos. Fue hace mucho tiempo.

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He descubierto que cuando se habla los hechos se cuentan, pero al escribir se confiesan.

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No sé cómo narrar lo que, por otra parte, quiero dar a conocer. ¿Por qué?. No lo sé. Me viene a la cabeza que un día dejaré de escribir para empezar a morir despacio. Proust narró su muerte a través de un personaje de su gran novela. Terminó de corregir su opus literarum el último día de Proust camasu existencia. Otros autores han sellado sus obras quitándose la vida. Llenaron de sangre sus palabras que han seguido latiendo en el corazón de los lectores.

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Mi afición a la escritura vino por ver el mundo a través de la lectura y por convivir con gentes que me parecieron personajes de novela. También por vivir una distancia de amor que sólo las palabras pudieron acercar. Esculpir con la palabra lo imaginado. Todas estas causas se concentran en un impulso para dar forma a lo que escribo, porque escribir es vivir lo no vivido que se vive a través de la vivencia que es la vida de la que se toma conciencia en lo que existe y vivir.

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Dicho lo cual os cuento: tuve un amigo, compañero de clase, con el que iba a la salida, al medio día y por la tarde, hasta la boca de la estación de metro que está junto a la casa de mis padres. Para ir al cole a veces esperé a que llegara, pero si no lo hacía a tiempo me piraba porque me siempre me ha gustado andar despacio.

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Cuando no hubo vigilancia casi, ni mecanismos mecánicos en la entrada del metro se colaba, un curso después lo hizo con dos primos suyos. Siguió con lo mismo pocos años después cuando colocaron barreras mecánicas con puertas giratorias para entrar. A mí me decía que vigilase y yo después iba para arriba y me iba a casa satisfecho de ayudar a un compañero de clase. Alguna vez le pillaron y le hicieron pagar multas, y no pocas veces su padre le dio buenas bofetadas. Pensé que colarse alguna vez… bueno, pero ¡siempre!, tarde o temprano te pillan alguna vez.

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Años después, cuando leí “El jugador” de Dostoievski, comprendí lo que explica el fondo de esta novela: creemos que quien juega como costumbre y se obsesiona con sus apuestas quiere ganar dinero, pero en realidad lo que hace es jugar para perder. Necesita llegar al final y arruinarse, por eso nunca se retiran.

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Este chico, de cuyo nombre no quiero acordarme, cogió la costumbre de robar libros. (Por cierto, muchas veces me he preguntado por qué Cervantes empieza su obra con “en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”. Podría ser que no se acuerda, que no puede acordarse, pero ¡no querer!. El autor daría demasiadas pistas de algo que oculta en su novela).

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A mi amigo le entró la manía de robar libros, con otro amigo y con sus primos. A veces le pillaron y lo solucionó violentamente o por patas corre que te corre. Es mayor que yo porque repitió algún curso de EGB. En BUP le perdí la pista. Oí que estuvo en un correccional.

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Yo me quedaba como un pasmarote fuera de las librerías o alejado de los puestos en la Cuesta Moyano, cerca del Retiro. Paseábamos por el parque y siempre por la calle de vuelta del colegio. Él y sus primos y otro amigo fumaban. Cuando iban con una pandilla de su bario alguna vez les acompañé. Se acabaron pegando con otras. Por más que me defendieron recibí tortas por arriba y por abajo, aunque aprendí a defenderme y a evitar estos encuentros. Porque ¿para qué?. Esta es la pregunta que me hice y que le hice a él con respecto a lo de robar libros. La respuesta fue sin ninguna razón: porque quiero, ¡qué pasa!, ¿que no se puede coger un libro y llevarlo?. Le dije que no, pero él fue a su rollo.

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Y la verdad es que era un buen chico, pero le pasó eso que aprendí cuando estuve de monitor de teatro en la cárcel y hablé con reclusos primero y con reclusas después: “te da el punto y lo haces”. Es un punto que puede ser de locura, con el cual te enganchas con alguien por un puente invisible que va de tu punto al de la otra persona. O actúas desde él sin reparar en las consecuencias, es un punto que queda fuera de lo racional y del inconsciente, es como un recoveco del cerebro en el que haya la función de una conducta mecánica, la cual te arrastra. Pero esto lo pensé muchos años después.

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En el camino a casa abrieron una librería, “La oveja negra”, de tendencia rojilla. Uno de los dependientes fue el hermano mayor de un compañero de clase, que estuvo con nosotros sólo un año. Estuvo abierta unos pocos años. Luego cerró. En ésta robó muchos libros. No le dejaron entrar, pues aunque no le pillaron supieron que robaba. Discutió una vez que quiso entrar a comprar algo. Con uno de los dos dependientes a su lado lo compraba. Llegó un momento en que no pudo entrar, pero pasaba orgulloso por delante cada vez que iba a clase y a la vuelta. En otras tiendas me dijo “ahí he robado”, como si de esa forma marcara su territorio. ¿Cleptómano?, me pregunté al cabo del tiempo. No, porque no robaba automáticamente, sino a conciencia. Una forma de cargar adrenalina y de protesta sin saberlo. Un acto de rebeldía contra su padre: quieres que sea bueno, ¡pues toma!. 

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Lo curioso fue que los libros que robó no los quiso para nada. Me los daba a mí. Casi siempre de los que robó sin que yo le acompañase. A mí me creó cargo de conciencia. Además si me veían mis padres aparecer en casa con tantos libros me dirían que de donde los saqué, que con qué dinero los había comprado.

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Por más que le pedí que no robase libros él siguió. No todos los días. Pero a lo largo de un curso cerca de veinte. Solieron ser libros pequeños. Algunos los dejé en el banco de un parque para que alguien los cogiera, sin saber si me interesaba o no. Fue una forma de redimir la conducta de mi amigo. Otra fue leer los que me quedé por azar, sin saber de qué tratan ni conocer nada de ellos. Consideré que si los leía era una manera de que fuera menos robo, o al menos que tuviera un sentido.

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Esto que cuento marcó un destino, o varios. Casi nunca he comprado libros, muy pocos, porque siempre me los ha regalado algún amigo. Y los libros que he comprado siempre han sido para otras personas, sobre todo para mis hijos de los que les piden en el cole.

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Otro destino fue que es la manera en que me aficioné a la lectura. No recuerdo todas las obras aquellas que leí. Tampoco tantas. Entre siete y diez en dos años. Luego este amigo pasó a nocturno y nos encontramos en la sala de los futbolines o nos cruzamos en la calle.

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Recuerdo cuatro libros que todavía guardo. Guardé… Al dejarlos ya no los tengo, sólo uno, aunque no el que él mi amigo me dio. El más importante se lo regalé a uno de mis hijos el año pasado. Le conté esta historia, pero para él y el resto de mis hijos son batallitas con las que me enrollo y no las hacen ni caso.

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Uno de los que me acuerdo es “El hombre y el átomo” de varios autores. Uno de los cuales, que he mirado, es Heisemberg. ¡A esa edad leer aquello!, pero recuerdo que me pareció interesante. Otro fue uno de Nietzsche, creo que “Aurora”, pero no estoy seguro. Me parece que sí. No me enteré mucho. Lo leí años después además de otras obras del autor, varias veces. Me asustó en su momento. No entendí para que se escriben esas palabras, ni supe de su sentido. Cuando en COU estudié a los filósofos estuve orgulloso de haber leído un libro de ese “nihilista”, que años después no me parece un buen calificativo, sino tal vez “vitalista” o “profundizador de uno mismo”. Una tercera obra fue “Alicia en el país de las maravillas” de la que había oído hablar y leído en los cuentos de Walt Disney. No le saqué el jugo que merece. Me pareció un poco rollo, como los otros. Los leí para redimir el robo de mi amigo. Pasados los años los volví a leer y me impresionaron. En una tercera lectura no tanto, a veces se mitifican demasiado las obras literarias.

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Pero hubo un libro que sí me impactó en aquel momento, que me llegó y es el que me hizo seguir leyendo de la manera en que leo: buscando entre las palabras y mis ideas, como si con ambas quisiera hilvanar nuevos mundos. Aprendí a buscar algo de mí en lo que leo, y en el mundo que me rodea y de lo que queda fuera del horizonte. A veces buscar es también inventar. Siempre atento a ver que cuenta el autor. Al volverlo a leer siempre me deja un poso, me pone en guardia. Es el que regalé a uno de mis hijos. En la tertulia anual sobre obras voluminosos, este año hay un añadido que trata sobre la obra que más nos ha influido y es ésta de la que voy a hablar: “Demián” de Hermann Hesse.

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Recuerdo cosas de aquella primera lectura del libro vagamente, pero se mantiene su eco con una intensidad por el impactó que me creó su lectura. Fue como despertar. Quise que la leyera mi amigo, la única que le propuse, pero él despreció eso de “leer”, ¿qué dice?, ¡gilipolleces!. No, no dice gilipolleces”, contesté. Conmigo nunca estivo amenazador ni pendenciero. Altanero y presumidillo sí.

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A mí me pareció que mi amigo era una especie de Demián y yo el tal Emil Sinclair. No había nada en común entre los personajes y nosotros, pero sí un algo, una sensación que puede que yo crease al leerlo. Me hizo ver que hay una vida que se recorre en la profundidad silenciosamente y otra que se representa. Y que los encuentros por azar son determinantes y que los demás existen también con sus fondos interiores. Y aprendí a pensar sobre mi vida cotidiana y con respecto a mí. Y vi que no es fácil ser uno mismo.

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Luego leí obras de este autor. Como me veían leer otros amigos de la sierra o luego de COU me regalaron libros, recuerdo dos: “La ciudad y los perros” y “La guerra del fin del mundo” de Mario Vargas Llosa. Esta última me pareció fascinante. Aunque la leí mucho después de que me la regalase un amigo de la sierra. La leí con una experiencia ya acuestas de lo que trata la novela. Los regalos de libros son porque no le interesa a quien lo regala o porque cree que te va a interesar.

Al margen 1.

Cuando participé en hacer la revista Al margen”, la primera portada es con la una frase de este libro de Herman Hesse: “Hay que romper el cascarón, el cascarón es el mundo”.

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Hace un mes recibí un mensaje en facebook: “La magia de estas historia moderna. Te vuelvo a encontrar. ¿Te acuerdas de mí?”. No supe quien era, pues en su perfil y muro no sale nada que le identifique, en la foto un perro. Cuando me escribió su nombre, lo tuve que pensar… ¡Ah! sí. pero no di crédito. Él mismo se llamó a sí mismo a continuación “el ladrón de libros”, para que me acordase de él. Hubieron pasado treinta y siete años desde que dejamos de vernos. Dijo que cuando volviera a la ciudad, en la que estuvimos juntos unos años, le llamara. Así lo hice. Quedamos en un bar esta misma tarde. Mientras que estaba esperando entró un policía nacional que se dirigió a mí, justo al sonreír le reconocí, el mismo flequillo, la misma mueca al reír, con gafas que antes no llevó y sí, era él con la cara envejecida, con su porte chulesco, alto, sigue delgado. “Ya ves”, me dijo. Nos abrazamos y sonreímos. ¡Cómo pasa el tiempo!. Y sin embargo quedan sus huellas y nosotros inmersos en su ser, como si fuésemos el alma inmortal del tiempo que pasa.

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Es de noche, escribo en un cuaderno de hojas con cuadrículas y tapa de cartón azul. Tengo sueño y al mismo tiempo ganas de volar en el recuerdo. Tal vez el resto lo cuente en una novela. Como diría mi viejo amigo Melquiades, durante mi primer viaje a Rusia: “y no prosigo más porque la emoción me embarga y cuando esto ocurre el cerebro de perturba”. Así es como tienes que terminar cuando hables mucho, me recomendó.

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  1. 24 junio, 2015 en 23:45

    “Demian”, no sabía que era de H.H. Era el nombre del niño malo de una película de miedo, el hijo del demonio en forma humana…

  2. 15 junio, 2015 en 19:23

    También a mí me causó “Demian” una profunda impresión. Diría que fue la primera obra de literatura “seria” que leí. En cuanto al instinto ludópata descrito por Dostoievski en “El jugador”, me pregunto si no les ocurriría exactamente lo mismo a ciertos megalómanos célebres, como Napoleón o Hitler. O sea, si más que conquistar el mundo, no querrían más bien lo contrario: ser engullidos por él.

    • 21 junio, 2015 en 10:56

      Pienso que sí, que llegado un momento no se pueden administrar las victorias, las conquistas y se huye hacia delante sin concierto con el fin inconsciente de sucumbir. En cierta manera es una forma de suicidio colectivo que se escenifica en la Historia.Y algo así está sucediendo en la actualidad, de otra manera, adaptado al hoy y se escenifica todo un proceso que empieza para ganar y se insiste en esta idea cuando inicia el camino de la derrota como instinto histórico o un guión que se repite.

      Sucede cuando los procesos colectivos se personifican en alguien. Entonces el proceso es o yo o nada. Y acaba resultando nada, de manera que ese “yo” sobredimensionado engulle todo lo que le ha elevado.

      Estemos atentos con esta clave.

  3. 15 junio, 2015 en 11:53

    Entrañable……snifff, snifff…….

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