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Las magdalenas de Proust

Cada persona tiene su magdalena de Proust. Para mí son las ciruelinas rojas que dan unos árboles llamados “prunus cerasus”, ciruelos silvestres, que forman una hilera en un pequeño espacio verde de la pequeña ciudad donde vivo, muy cerca de la antigua Escuela de Comercio, hoy Escuela de Idiomas y sede del centro de Confucio.

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Marcel Proust rememora su infancia a partir de saborear una magdalena que moja en el té. Es esa mezcla de sabor y la manera en que las migas húmedas se deshacen en su boca lo que hace que le surjan los recuerdos de su infancia, sobre todo una emoción: el beso que su madre le da al acostarse y su ausencia cuando un día a la semana va de visita el amigo de la familia Swann. Y de aquella caricia de los labios que recibe en la frente o en la mejilla llegará a otros besos a lo largo de su novela “En busca del tiempo perdido”, recibidos en los gestos de amar y también otros ausentes, saboreados ambos como saboreó el autor-protagonista la magdalena.

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Hablando con Santos, un profesor de filosofía jubilado, comentó que la palabra “magdalena” viene del personaje de la Biblia María Magdalena, porque aquella pieza esponjosa hecha con masa de harina y agua y cocida al horno, al mojarse en la leche u otro líquido chorrea tanto que parece que “llora como una Magdalena” y de esta comparación le quedó el nombre. De hecho a comienzos del siglo XX, cuando Proust escribe su novela habla de “un bollo”, lo describe, y añade: “al que llaman magdalena”.

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Todos los días paso por un lugar donde hay ciruelos, les he mirado, pero durante estos días he cogido un puñado de sus pequeñas ciruelas y las he comido. Cada día que pasa son más maduras y están en ramas más altas. Ya tengo que saltar y usar un bastón para bajar ramas situadas a más altura. Al probar su jugo agrio, que incluso maduras tienen ese toque de acidez, me viene a la memoria el lugar donde veraneé de niño y de joven, hasta hace nueve años. Al bajar a la piscina y al subir al chalet pasaba por varios jardines cuyos ciruelos asomaban sus ramas y comía de ellos, un puñado cada día durante una semana. Como ahora competí con los pájaros, pero ellos cogen de las altas y exteriores, quedan enteras las de dentro del ramaje del árbol.

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Y de aquel sabor, que estos días pruebo, me viene a la memoria, no a modo de recuerdo, sino de sensación presente como si estuvieran cerca, a punto de verlos, amigos de aquel entonces, y sus historias ya pasadas y alguna presente aún, los flechazos invisibles de los que después reímos la chica que me atrajo y yo, como un secreto particular que se esfuma, pero que aflora con el sabor de las ciruelitas y las discusiones de quienes dijeron que son brunos y los que esta fruta es más alargada y azulada. Y el calor, y el olor a cloro de la piscina, y el tedio de las tardes después de comer, el sonido zumbón de las moscas, la sensación de mojado con el traje de baño al volver, la visión de la montaña a la que cada año subimos a su cumbre…

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Y de tales sensaciones queda la estela de las cervezas en Puskas, las largas conversaciones en el porche del Cosaco, la queimada y los baños nocturnos en la desnudez de la noche, y los comentarios de la mañana siguiente para saber quienes atentan contra la propiedad privada y la sospecha de saber quiénes fuimos y las tardes de discoteca y los encuentros en los pub donde bebimos el tiempo en sus múltiples formas…

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Hay gente que se queda mirando extrañada porque alguien ya algo mayorcito y corpulento (por no usar la palabra “gordo”) salte para coger unas ciruelas. Una señora dos días se ha puesto muy cerca de donde yo estuve, en la pradera de césped y me mira. Le doy tres ciruelas y sin decir nada se va. Un día me vio Alfredo y seguimos juntos el camino. Cuando le conté lo que hice y a lo que asocio esa acción que me vio: ¿qué haces?. Me miró con ojos de profundidad al responder a su pregunta. La conversación fue asequible a un tramo corto, pero le conté mi asociación de percepciones que él había usado como recurso en un montaje de teatro que hizo hace dos años. Repartió una magdalena a los espectadores. A mí me hizo evocar un tarro de plástico blanco con tapa azul de mi abuela y el rostro de ésta. Porque es quien me las daba, unas pequeñitas muy sabrosas. Las envueltas en paquetes no me vinieron a la cabeza. Pero descubrí que cada cual tiene su magdalena de Proust, en mi caso las ciruelinas silvestres. Alfredo se fue pensativo, cuando le di recuerdos para su costilla le vi despistado. Quizá buscaba también su magdalena de Proust.

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Mientras que corrijo una larga novela que he escrito a lo largo de nueve años hay un pasaje en el segundo tomo que prolongo mucho. Descubro que toda novela tiene una referencia que no tiene porqué ser un alimento, sino también una situación determinada, en la que el escritor de detiene, describe palmo a palmo. Proust dedica casi veinte páginas al hecho de comer una magdalena mojada en el té. Es ese momento el que le impulsa a rememorar y escribir. Lo mío se refiere a un hecho en el que pretendo ver los átomos de lo que sucedió. Cuento los hechos, pero no nombro el lugar porque es una historia sobre lo no nombrado. Me doy cuenta años después al leer lo que yo mismo he escrito, que en su momento no fue tal la intención, sino que me salió de esa manera. Riaño, nadie que lea la novela alguna vez lo sabrá, es mi magdalena de Proust en ella. La dedico casi cuarenta páginas a unos pocos días, de una historia que sucede a lo largo de treinta y cinco años,  en los que cada paso forma un universo para hacer visible lo más profundo de algo que nunca  se ha nombrado jamás.

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He observado que al probar las ciruelinas, al saltar para cogerlas y agarrar las ramas y ver las hojas moradas brota en mí una sensación que es más una vivencia del pasado que un recuerdo. Porque luego rememoro incluso más cosas de aquel entonces, pero no es de esa manera intensa que el mismo cuerpo se retrotrae y siente y percibe lo que en el pasado fue, lo cual no sucede al solamente recordar. Recuerdo el pasado como una manera de verlo, pero la magdalena de Proust me hace vivir aquello que parece que vuelve y me hace espectador de mí, al menos como forma de vivir las sensaciones vividas de aquel entonces.

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Debo decir que encontré mi magdalena de Proust por casualidad. Anteriormente no supe que fuera ese fruto lo que me retrotrajera a aquellos años y también hacerlo en un día soleado. De hecho si me lo hubieran preguntado no sabría responder anteriormente a la experiencia vivida estos días. Y de no haber leído la obra “Por el camino de Swann” o “A la orilla de Swann”, como se quiera traducir, hubiera sentido una sensación extraña que no habría sabido interpretar o explicar. De hecho Proust la expresa, no cuenta nada de qué le hizo escribir, porque quizá él nuca supo qué es la magdalena de Proust sino simplemente la magdalena sobre la cual escribió.

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Tal vez haya muchas magdalenas de Proust de cada persona y tenemos todo una vida para hacerlas y luego probarlas llevados al azar y atentos como gacelas que miramos con nuestros ojos convertidos en ellas.

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  1. 1 agosto, 2015 en 1:32

    ¡Buen provecho, tenga Ud.!

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