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Entre Zola y Dostoievski

dostoievskiHe tenido la suerte, nunzolaca mejor dicho al ser fruto del azar, de haber leído por casualidad la novela “Terésé Raquin” de Emilie Zola, que encontré en una estantería en casa de una tía abuela. Un libro antiguo, sin saber de qué iba. Y acto seguido, por consejo de Joaquín Colín, leo “Crimen y castigo” de Fiódor Dostoievski.

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Dos obras cuya trama gira en torno a un crimen, pero las causas y consecuencias suceden en dos dimensiones muy diferentes del ser humano, lo que desemboca en circunstancias antagónicas. Me ha llamado tremendamente la atención los extremos tan dispares que suceden comparando una y otra.

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Emilio Zola desarrolla la trama desde la conducta mientras que Dostoievski lo hace desde la conciencia. En ambas narraciones interviene el inconsciente, escritas muchos años antes de la edición de “La interpretación de los sueños” de Freud. En la del primero se suceden sueños y pesadillas después del crimen, como expresión de culpabilidad. En la del segundo es anterior al desenlace, un sueño sobre del protagonista en relación a su infancia, en el que matan a palos a un caballo.

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Al relacionar ambas novelas se resalta más la situación humana en los personajes, aun yendo por derroteros contrarios. Desde posturas opuestas tienen un gran paralelismo las dos obras.

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En “Therésé Raquin” sucede el asesinato del marido de ésta, Camile, por parte del Laurent, amante de Therésé. Lo ejecuta el amante en presencia de la esposa y consentido por ella, con el objetivo es dar rienda suelta a su pasión sin ser molestados ni tener que esconderse. Zola, en un pequeño paréntesis de la novela, diferencia el amor de la sangre y el de la mente. Tras el crimen la relación sexual de la nueva pareja se deteriora, llegan a casarse, pero afecta a sus respectivos cuerpos, que pasan por fases de desprecio del uno al otro, de asco por estar juntos y hasta náuseas ante la presencia del otro. Ambos buscan despertar sus pasiones en el mundo de la prostitución, desesperados, llegan a relacionarse violenta y brutalmente, y todo visible a los ojos de la señora Raquin muda y paralitica, madre de la víctima, que llega a descubrir el crimen, sin que nadie hubiera sospechado de ambos. La pareja se quieren matar uno al otro, pero deciden finalmente suicidarse juntos bebiendo un veneno.

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El crimen según Zola afecta a la conducta de los ejecutores y parte de la misma, no reflexionan al respecto. En esta historia los criminales son castigados por ellos mismos aunque no intervenga la acción de la ley.

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El protagonista de “Crimen y castigo”, Raskolikov, piensa su crimen. Lo justifica, por una sensación de superioridad y de liberación. Mata a la casera de su habitáculo y a la hermana de ésta que ha sido testigo del fatal desenlace. No es castigado, pero tras una profunda introspección exige un castigo como consecuencia de reflexionar a lo largo de un proceso interior que le hace redimirse. Logra el amor de Sonia y cumple su condena en Siberia en compañía de ésta. Encuentra en el castigo de la ley el perdón de sí mismo. En este caso Sonia sale de la prostitución en la que estuvo metida y surge el amor al arrepentido, porque se convierte en una buena persona. Es el proceso inverso de la novela de Zola, o viceversa. Diferentes formas de mirar al ser humano.

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De alguna manera los dos autores han separado la conciencia del cuerpo y la anatomía de la mente, cuando, tal vez, en la vida suceda todo al unísono. Nos plantean ambos escritores una situación límite. En un caso hacen pensar al lector desde fuera, como observador, en el otro desde el interior en un acto tremendamente introspectivo. Con tanta precisión que Proust se pregunta si Dostoievski no habrá asesinado a alguien realmente.

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Llega a parecer que matar fuera algo instintivo en determinadas circunstancias y las causas fueran excusas, porque en los dos casos hubiera habido una salida fuera del crimen al que se ven abocados. ¿O acaso sea un destino que ha sembrado la historia personal del criminal?.

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No son un intento de justificar los crímenes, que las novelas condenan, sino que advierten de sus nefastas consecuencias, descubran o no el acto luctuoso.

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Hay en ambas una sensación previa que es la de superioridad y desprecio respecto al asesinado y en relación a la gente que no es capaz de matar. Incluso sucede cierto desdén en la cualidad de engañar para no ser descubierto. Finalmente no sirve para nada.

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Sin llegar al crimen, en nuestra vida cotidiana ¿actuamos guiados por conducta o por la conciencia?, ¿decidimos o nos dejamos llevar? En cada determinación hay muchas pequeñas decisiones previas, algunas de las que ni nos acordamos, pero que funcionan automáticamente. Creemos ser dueños de nuestros actos y en realidad no lo somos en gran medida.

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Dos escritores que por caminos diferentes nos llevan a nosotros mismos. A nuestra sensación de cuerpo que sería capaz de matar y a nuestra conciencia que también. Es la vida del otro la que nos limita y nos hace seres humanos plenamente, porque eliminar a los demás nos lleva a la desesperación que mutila nuestro ser. Señalan ambos que es la vida de todos la que hay que defender para desarrollar la propia de cada cual y que sea nuestra existencia la capacidad de expresar y vivir nuestras posibilidades. Por eso vivimos en una sociedad altamente desesperada, limitada en la propiedad privada, en lo mío, en el saqueo colectivo a los más indefensos, en la castración de los sentimientos, lo cual percibe el hombre moderno en forma de miedo y de mala conciencia. Las personas nos escondemos de nosotros mismos y de los demás.

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Dos planteamientos divergentes acaban coincidiendo, pero no desde la moralidad, sino desde la comprensión de la criminalidad percibida desde dentro de quien es capaz de cometer un asesinato. Lo que en definitiva es entender al ser humano como tal, sin idealizar ni siendo considerado un mero cúmulo de células. Como escribe Dostoievski “el ser humano considera matar como algo que que cae de una montaña o de lo alto de un campanario y se llega al crimen como si lo lleváramos en las piernas”. En su caso por una teoría, o mejor desde una reflexión (conciencia), en el caso de Zola por una pasión y voluptuosidad (sexualidad corporal) que se quiere perpetuar y hacer de ella un  patrón de conducta.

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Debiéramos mirarnos a nosotros mismo, porque es el miedo lo que nos frena en la vida, no el convencimiento. Por eso construimos un mundo en el que se mata y se hace de manera símbolo y por tal motivo se da a conocer como noticia catártica. Dejamos que todo suceda y ese es nuestro castigo y nuestro suicidio colectivo.

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¿Hubieran podido darse cuenta de todo aquello que vivieron los protagonistas de estas novelas sin suceder el crimen?, porque la cuestión no consiste en no matar, o no pisar a los demás, ni hacer que caigan los que nos rodean o ser rebaño, sino que pudiéndolo hacer no lo hagamos porque decidamos existir más allá de nosotros mismos. Y tal es amar, la solidaridad, que no son palabras, sino existencia. Fuera y dentro de nosotros se retroalimenta.

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Más allá de la moral, que como dijo Nietzsche:no hay fenómenos morales sino una interpretación moral de los fenómenos”, nos queda el cuerpo y la conciencia, fuera de lo cual el resto es el sin sentido, lo absurdo que nos devora, ya sean ensoñaciones ideológicas, creencias teologales o afanes de riqueza.

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Los dos escritores, por caminos diferentes, han querido asesinar el asesinato con su estela que deja y que nos envuelve, para que no sigamos matando al ser humano a lo largo de la Historia.

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Cuadro de Dalí

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  1. 12 agosto, 2015 en 23:19

    La historia de Dostoievski me atrae más, quizás porque acaba mejor.

  2. 10 agosto, 2015 en 19:39

    No he leído la novela de Zola, pero en el caso de Raskolnikov me parece evidente que termina por entregarse a la justicia al no poder soportar el absurdo de una existencia vacía y amoral, en que el criminal no sea finalmente castigado.

    Woody Allen lleva a cabo parecidas reflexiones en “Match Point”, una de sus mejores películas. Y hay una novelilla interesante de un autor coetáneo suyo (“Filandón negro”, me parece que se titula) que también bucea someramente en las procelosas aguas del asesinato y el sentimiento de culpa. Se la recomiendo, por si no la conoce. Saludos cordiales.

    • 12 agosto, 2015 en 11:27

      Pienso que es un acto de pura conciencia lo que hace que Raskolnikov se descubra, no es una decisión fruto de la desesperada. Sí lo hace desde el sentimiento, lo que da sentido a su existencia: El amor a Sonia y el amor que recibe de ella, que incluso le va a acompañar a Siberia a cumplir su condena.

      Por otra parte y en relación a su sugerencia intentaría ponerme en contacto con el autor de “Filandón negro”, creo que un tal Fernando… porque tendría pendiente desarrollar la historia de todo un personaje de su filandón, ese que está esperando en el corredor de la muerte. Pero sin remilgos, sin concesiones. ¿Quién es ese personaje?, ¿por qué está donde nos lo hace aparecer y ¿Cuál es su mundo interior ? ¿y su entorno???. ¿Qué historia le hace llegar adonde está?.

      Llega un momento en que además que apuntar hay que recorrer el camino hacia la diana. No sé, me da la sensación de que hay un Woody Allen de la palabra escrita en ciernes. Quien sabe hacer reír tiene las claves de hacer llorar… en definitiva de hacer palpar realidades no demasiado visibles.

      Un saludo.

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