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Una extraña sensación

No es una sensación extraña, sino una extraña sensación, o sea que me resulta raro percibir la singularidad que a continuación os cuento, porque nunca me había sucedido tan intensamente y de manera tan nítida. Me hace pensar que el pasado permanece guardado en alguna parte recóndita de nuestro cuerpomente.

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Estoy en la primera corrección del tomo III (de cuatro) de la novela que he escrito a lo largo de nueve años. Este es el tercer año de corregir y me quedan unos más. Para mí revisar lo escrito es una labor intensa a la que dedico muchas horas lentas y que me emociona por el tiempo dedicado. He profundizado en la palabra con el fin de lograr dar visibilidad a aspectos muy ocultos de la realidad. Confirmo mi idea de que la literatura es, de manera especial, querer asir la percepción del amor y su realidad desde un punto de vista antropológico.

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A veces cuando releo textos que he escrito hace tanto tiempo me sorprende, llego a no creer que hubiera escrito aquello, o admiro la ocurrencia de que aparezca un nuevo personaje o una historia sobre la que me pregunto ¿cómo se me pudo haber ocurrido?.

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Escribir es el momento de hacerlo, luego el autor queda fuera de su propia obra, aunque deje mil huellas, más dactilares que de su pie, porque no puede huir de ella, pero tampoco sumergirse más allá de sus personajes.

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Puede que todo este esfuerzo no llegue a nada, es decir que desemboque en la nada, como escribiera Sartre: vivir es una pasión inútil. Pero ha merecido la pena. Más cuando se tiene conciencia de crear una obra de arte.

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He adquirido conocimiento de la literatura como forma de estar en la palabra, cuando lo escrito se trasciende a sí mismo porque es aquello que se sitúa más allá que la palabra, después de haber leído los ocho “8.000”, como llama un amigo a las obras cuya lectura es comparable a escalar los picos cuya altitud es más de 8.000 metros. Que son catorce:

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1. Everest, monte (8.848 m) – Himalaya (Tibet, Nepal)

2. K2, pico (8.611 m) – Karakórum (China, Pakistán)

3. Kangchenjunga, pico (8.586 m) – Himalaya (Nepal, China)

4. Lhotse, pico (8.516 m) – Himalaya (Nepal)

5. Makalu, pico (8.462 m) – Himalaya (Nepal, Tíbet)

6. Cho Oyu, pico (8.201 m) – Himalaya (Nepal, Tibet)

7. Dhaulagiri, pico (8.167 m) – Himalaya (Nepal)

8. Manaslu, pico (8.163 m) – Himalaya (Nepal)

9. Nanga Parbat, pico (8.125 m) – Karakórum (Pakistán)

10. Annapurna, pico (8.091 m) – Himalaya (Nepal)

11. Gasherbrum I, pico (8.068 m) – Karakórum (China, Pakistán, India)

12. Broad Peak, pico (8.047 m) – Karakórum (Pakistán)

13. Shisha Pangma, pico (8.046 m) – Himalaya (Tibet)

14. Gasherbrum II, pico (8.035 m) – Karakórum (Pakistán, China)

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Mi amigo dice que en libros hay ocho, faltan seis, me mira y sonríe.

Según él son:

1. “El cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell

2. “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes”

3. “La guerra y la paz” de Tolstoi.

4. “La montaña mágica” de Thomas Mann

5. “Crimen y castigo” de Dostoievski

6. “Ulises” de James Joyce

7. “El hombre sin atributos” de Robert Musil

8. “En busca del tiempo perdido” de Prosut

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Mi amigo ha leído el primer tomo de mi novela y le he contado el resto, más o menos. Escribir genera una sensación de encerramiento por ser una labor que exige entrar y salir al mundo real y al de la novela a la vez, de manera que adquieren las dos partes: realidad y un mundo propio, lo cual da pie a realizar un viaje interior, que es a lo que se invita al lector una obra cuando el escritor logra que los personajes de la novela acompañen a quien lea la obra. No depende del estilo, ni de la forma, ni de lo que trate la historia, sino de una actitud que se convierte en intensidad de lo escrito, aunque a veces sea de una manera muy simple y sencilla.

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Es en este contexto en el cual puedo conseguir, a quien siga esta lectura, entendible y partícipe de la extraña sensación. Sucede cuando estoy corrigiendo. Al principio de esta tarea, ardua y pesada pero apasionante, también la tuve, pero de forma muy lejana, hasta el punto de no darla importancia, ni apenas fijarme en ella. Poco a poco ha adquirido intensidad y se hace palpable, tangible, real. Es una experiencia nueva.

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Al releer determinados textos de la novela me retrotraigo a cuando lo escribí, en un folio con un bolígrafo, al pasarlo al ordenador, sobre una mesa baja, una parte que realicé en casa una hermana de mi abuelo, sobre una silla de estilo castellano con la base del asiento de muelles. Otra sentado en un sofá ante la misma mesa pequeña. Tuve que encorvar la espalda. Me vienen los recuerdos de lo que hacía, de las notas que tomé, de lo que pensé para determinadas escenas, la conversación con quien hablé de ciertos pasajes. Y hasta del dolor de espalda.

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Pero lo curioso es que no sólo se trata de un recuerdo, y he aquí la extrañeza, es como si me trasladara a aquel momento, como si me convirtiera en aquél que escribió y me duele realmente la espalda, pero cuando salgo de ese preciso momento la toco y veo que no, que no me duele, pero en el momento de estar metido en ese momento del pasado el dolor es físico y real, y del pasado, pero convertido en presente.

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A veces, incluso, me adelanto con la memoria a lo que releo y sé hasta lo que cambié en el momento de ser escrito y siento estar en esa porción de tiempo exacta, como si viajara trasformándome en aquel pasado y estoy pendiente de hacer la comida de mi tía abuela, que ya ha muerto, de que beba agua, de pararme para hablar con ella y preguntar por la colcha que estuvo haciendo y tengo la sensación real de que está en la habitación contigua. No es algo que perciba o que imagine, sino que experimento estar convertido en quien escribió, ese yo de aquel momento, de manera que cuando salgo sé que he estado allende los años. Y no puedo ejercer la voluntad para lograr tal sensación, ni adquirir tal experiencia por el deseo de vivir semejante percepción de volver a vivir, o revivir, el tiempo vivido.

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Sí, es una extraña sensación. Me hace pensar que el tiempo queda y que hay vericuetos mentales que nos hacen revivirlos, que en los sueños paseamos por ellos tras pasar la puerta del inconsciente, y vemos el futuro en forma de sensaciones sin saber qué es lo que vivimos y que ese futuro que lo fue en el pasado nos visita, a ratos, pero no somos capaces de saber que es tiempo percibido en sus diferentes partes que quedan unidas de alguna manera. Que pensamos que ha pasado, pero resulta que queda escondido, ocultado. La palabra equivale a los fotones de la conciencia a través del tiempo.

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No sé. Es una sensación extraña.

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  1. 1 septiembre, 2015 en 19:03

    Muy acertado. En un libro de Borges en el que se recogen una serie de reflexiones (“Otras inquisiciones” es el título), el autor argentino desarrolla esa misma teoría acerca de la pervivencia del tiempo. Servidor ha experimentado esa misma sensación, tanto al escribir sobre el pasado como al releer antiguos textos escritos por aquel otro yo.

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