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Diario: (No sé qué título poner)

28 septiembre, 2015 Deja un comentario Go to comments

He llegado a una ciudad que tiene fama y una aureola de ser lo máximo en la cultura, cuna de artistas, escritores y con edificios maravillosos. Una ciudad significativa en la Historia. ¿Qué más da cuál sea?. Al vivir un caso concreto recién llegado no sé si ha sido algo kafkiano, surrealista, una conjura de necios o… El caso es que no he sabido dar un título a lo que os cuento. Me recuerda a las narraciones satíricas de Fernando Montes, y lo iba a titular “Filandón gris”, ya que por suerte no hay muertos, de momento, pero parece más una comedia difícil de entender.

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Así es la realidad, suceden cosas que parecen mentira, con lo cual contarlas da sensación de exagerar y para nada, es tal cual. Me pasó de pequeño que cuando me castigaban en el cole, o llegaba desarrapado o lesionado contaba a mis padres una historia adecuada a ellos, porque si les contaba la verdad me castigarían el doble incrédulos sobre lo que sucedió realmente. No es que me suceda sólo a mí este tipo de situaciones, sino que todo se agudiza ante casos atípicos, pero la gente lo ve normal y al primer paso desiste y se queja: ¡qué se va a hacer!, las cosas son así, etc. Ya pasaron los tiempos de José de Larra en los que escribió aquello de “Vuelva usted mañana”, hoy diría si el pobre levantara la cabeza: “Mejor no venga”.

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Ya contaré lo de solicitar una beca de traslado en otra comunidad, el periplo que supone en la administración que todavía no sé si es cierto o es que deliro. Desde luego es algo dantesco.

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Todo parte de algo anormal y sin sentido, pero que es tal cual: Se cambia la ley de educación y no se prevé en mi comunidad autónoma (¿qué más da la que sea?, una más) las exigencias de la misma. No os cuento el periplo para resolver a nivel particular todo el papeleo porque ya sería interminable y dirías, amable lector, que no puede ser, que es imposible tanta estupidez y ramplonismo institucional. Pero es. El caso es que mi hija pequeña no puede hacer en la ciudad en la que vive la rama de bachiller por artes escénicas (nada que ver con la Escuela de Arte), que quiere realizar por la vía de música. Con un apéndice y es que, como prevé la nueva ley, la selectividad no se hará de manera general para elegir a qué Facultad se quiere ir, sino que se hace por cada una de ellas. Al menos es lo previsto, porque luego hay “listillos” de la universidad y del mundo de la enseñanza que dicen que no es así y cobran por informar. En fin. El caso es que se obliga a hacer el bachiller especializado. Sale la ley, la famosa ley Wert, pero no se aportan los medios para llevarla a cabo ni hay la fuerza para el desacato, y si se quiere seguir adelante hay que entrar en el exilio educativo forzado. Es curioso que ningún sindicato, ni partido, muchos ¡tan amantes de la cultura! hayan dicho ni reclamado nada. Ni mu.

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Pero iré al grano porque el suceso se las trae. Aviso que tiene un final feliz, medio feliz al menos, ya que muchos lectores os quejáis de que os llevo a la congoja, al sobre salto y luego muchas tensiones narrativas se desvanecen en unas risas. No os alarméis por lo que vais a leer. No quiero sorprenderos, ni asustaros, ni que tiritéis de espanto o de pena, simplemente lo cuento a título informativo. Tomadlo como una narración literaria de quien es acogido o lo que sea, en tierras cervantinas, nació en dicha ciudad Miguel de Cervantes, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, Manuel Azaña, además en las que estudiaron Pedro Calderón de la Barca, Gaspar Melchor de Jovellanos, Fray Luis de León, Francisco de Quevedo, Mateo Alemán (autor de la novela “Guzmán de Alfarache) Miguel de Unamuno, san Ignacio de Loyola, san Juan de la Cruz que fue rector de un colegio convento, Cristóbal Colón mientras que soñó en el nuevo mundo  y un largo etc. y de quien que lee la epopeya de la conquista del Nuevo Mundo, gracias a que Miguel Ángel Fernández me regaló el libro de Bernal Díaz del Castillo. Y cada cual que saque sus conclusiones. Me limitaré a contar, sin entrar a valorar nada. Lo cual dejo a tu condescendiente criterio y agradecer la generosidad de vos lectura que cola ha de traer y ríos de tinta.

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Permítame el lector amable que narre, un poco nada más, el contexto de la situación para que se entienda. Sin pormenores, para no alargar la cuestión. La provincia a la que llego es carísima de por sí, sobre todo los alquileres de pisos y adonde estudia mi hija lo mismo. He acabado en un barrio marginal de la capital a las afueras de esa gran ciudad. Os he ido contando algunas pinceladas de sus características en artículos anteriores de manera salteada. Para llegar al instituto en el que estudia mi hija tenemos que coger el tren de cercanías que con los descuentos y demás es barato y asequible. Con trasbordo incluido. Cerca de hora y media ir y otro tanto volver. Acompaño a mi hija, porque es pequeña para andar entre tanta gente a esas horas y el ajetreo y que nunca se ha visto en algo así. Yo vengo de ese mundo de prisas y bullicios, pero me alteró y aturdió hasta que me fui y lo que son las cosas, heme acá. Y dejando mi mundo allá, casi tengo la sensación de estar allende los mares.

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¿Qué hago toda la mañana?. Pues tengo un trabajo ímprobo que me llevará aún unos años, de los once que llevo en la tarea: corregir una larga novela al ordenador, me ando por el tomo III, de cuatro partes con una media de seiscientas caras de folio cada una. Luego haré una corrección de lo mismo a papel. Me exige tiempo y un lugar donde poderlo realizar.

tortu.

Pedí permiso al encargado de la biblioteca del instituto para poder hacer mi tarea en este lugar y a ello me puse, una mesa al lado de un enchufe porque la batería del ordenador no dispone de mucha capacidad. Un lugar enorme, acá todo es grande y a lo grande, con espacio para unos doscientas personas y hay dos salas adyacentes. Vacías los tres días que estuve a lo largo de la mañana. Alguna vez una alumna o alumno que llegan tarde o esperan su hora de comenzar y en la hora del recreo grupos de no más de diez. Puede que más adelante se llene.

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El director y un jefe de estudios me echan. En especial a éste le estoy muy agradecido porque mi hija pudo entrar por sus atenciones, por entender el problema y avisarme de todos los pasos que tuve que dar ante una situación compleja por su excepcionalidad. Pero lo cortés no quita lo valiente y me quedo perplejo ante las exigencias de me vaya y no cuento todo el proceso para no complicar la narración ni aflorar cuestiones inverosímiles. ¿Cómo un padre va a estar en una biblioteca de un instituto, con gente joven?. No hay una norma al respecto. Pues háganla, les dije. Si no la hay, por la misma razón me puedo quedar. Lo sienten, pero no es una biblioteca pública. Váyase. Incluso se habla de que si hay alguien extraño en el instituto pueden llamar a la policía. De nada sirvió aludir a los centros educativos de puertas abiertas, a que en donde estudiaron mis hijos se han habilitado espacios para las madres y padres y que qué mal hacía allá. No lo pude entender. Pero he prometido no meterme en líos y me dije “sooooo, Ramiro, sooooo”, porque me entraron ganas de plantarme en la puerta con un cartel y decir que no dejan usar una biblioteca vacía a los padres. Pero tranquilidad. Nada de eso. Paciencia. Me fui.

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El jefe de estudios o el cargo que sea porque esto es tan grande que hay seis o siete jefes de estudio y coordinador de los mismos y secretario administrador, etc., se siente mal pues no pueden ser convincentes y me dice que hay una biblioteca pública cerca, que puedo ir a ella. Cerca si se va en coche, pero yo no tengo y con mi mochila de la comida para comer en el tren al volver, con mi bolsa con el ordenador a cuestas asomando un teclado añadido, piti piti piti ¡a la biblioteca pública!.

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Indico para lo que contaré más adelante que aquel día con tanto madrugar se me olvidó echar al pelo, lo que queda rodeando la calva, un poco de gomina e hizo mucho viento. Al mirarme en el reflejo de los escaparates me vi despeinado y por más que me coloqué la parte no calva de mi cabellera quedé despeinado.

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mensje

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Llego a la biblioteca pública y ¡no abren por las mañanas! ¿Cómo?. ¡Esto no puede ser!. ¿Cómo en una ciudad patrimonio cultural de la humanidad, cuna del saber y origen de la universidad se cierran por las mañanas las bibliotecas públicas?. Me entraron ganas de llorar. Sentí rabia. Pasaban unas señoras y dije en alto que qué vergüenza. Dijeron que nunca estuvo abierta por la mañana, que por la tarde sí, que fuera a partir de las tres. Necesito estar por las mañanas. En este intervalo de medio conversación se arremolinó un grupo de jubilados y señores mayores llegando a ser entre cinco o seis personas. Admitieron que es una vergüenza, pero también que ¿si abren y no va nadie?. ¿Nadie se ha quejado?. Cuando dije esto se empezó a disolver la mini reunión callejera.

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Decidí acudir al ayuntamiento a hacer una queja formal, sin más, sin dar la lata, nada. Ningún jaleo. Una reclamación y ya está, iría a buscar algún lugar posteriormente donde me acogiesen. Podría entrar en un bar, pero el presupuesto es el presupuesto. Y toda una mañana con el ordenador enchufado acabarían diciéndome “aire”.

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Llego al Ayuntamiento, explico la situación. Se quedan perplejos porque si por la mañana no va nadie a la biblioteca ¡cómo la van a abrir!. Ya, pero no van porque está cerrada. Me puse como ejemplo de un caso que la necesita. ¿No puede ir por la tarde?. No. Además no quise discutir, simplemente poner una reclamación. ¡Simplemente! (porque cuando cuente lo de beca lo de “simple” es elevado al cubo).

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Exigí mi derecho como ciudadano de hacer una reclamación y punto, y si lo quieren desestimar que lo desestimen. Yo opté por pasar. Ni nota de prensa, ni buscar colectivos de apoyo ni nada. Pido una instancia y ya se arremolinaron funcionarios como si viesen un espectáculo. La entrego. Usted no es de este ayuntamiento (porque tuve que poner mis datos). Ya, ya lo sé. Pero soy un ciudadano de este país y aunque fuera del polo norte tengo derecho a reclamar. Tampoco está empadronado. Le explico que no puedo porque me quitarían los derechos de familia numerosa, le cuento que mi hija ha ido a estudiar…. ¿Y se pone a hacer una reclamación?. Me dice que la mande por correo certificado. No. Un funcionario que viene ex profeso quiere saber qué es lo que sucede. Le explico lo que me pasa. Repetir tanto una cosa cansa, porque hay que remontarse al comienzo de la historia. Con muy buenas palabras me dice que lo que yo necesito es más bien una casa de cultura con el fin de usar el ordenador, ya que una biblioteca no es el lugar más apropiado. Y que comprenda que no puede haber oferta si no hay demanda, que ojalá hubiera muchas reclamaciones como la mía y que toma nota. No la registro en condescendencia a tal actitud diplomática y educada. Voy a una casa de cultura cuya dirección me indicó. Piti piti piti.

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Con el fin de que no hubiera problemas explico al conserje qué quiero hacer: usar el ordenador, sin conexión a internet ni nada. Es un hogar del jubilado. Hay una sala de lectura mediana. Separada por unas bambalinas de otro espacio mayor con una barra de bar con muchas mesas. Todo está vacío. El conserje me indica dónde me puedo poner. Hay cerca un enchufe. ¡Por fin!. Me pongo a hacer mis correcciones.

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poema psq

Parte de un escrito que cuelga en una pared del hospital psiquiátrico de Santa Isabel de León. Realizado por un inquilino.

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No hubo pasado un cuarto de hora cuando se acerca el conserje. Un chico joven. Me dice que hago mucho ruido, que me tengo que marchar o apagar el ordenador. ¿Qué?. ¡Si no hay nadie!. Para más inri él había estado con los pinganillos escuchando una radio o lo que fuera en el vestíbulo detrás de un mostrador. No puede ser. Le explico que se oye algo el teclado, pero no de continuo (son correcciones) y que vengo de la época en que se usaban las máquinas de escribir, con lo cual aprieto muchos las teclas, por eso se han roto las del portátil y un hijo mío me incorporó un teclado que es capaz de aguantar los golpecitos. Pero que el sonido es mínimo. nada: las normas son las normas. Hay un cartel que sí, cierto, indica silencio. Pero le digo que cuando se llene el bar, sólo el ruido de la cafetera es mayor. Ya pero eso es de fuera. Para ir a esa parte hay que ser socio. Es que no molesto a nadie. Está prohibido hacer ruido. Cuando allá se oye todo, hasta los coches que circulan por la calle. El sonido de mi teclado es mínimo, casi imperceptible. Me invita a que me vaya, por favor. Que hay unas normas y hay que cumplirlas. ¿Y si le doy una hostia aunque me devuelva mil?, no me lo pude creer. Me vienen ideas de que alguien me persigue, me acosa desde la sombra, pero me pedí calma, respiré tipo zen y le dije que no me iba, que lo siento, que su exigencia no ha lugar y es desmedida. Que no molesto a nadie. Se va y vuelve acompañado de dos personas, una mujer y un varón ambos de mediana edad, entre la del conserje y la mía. Me dicen que hay unas disposiciones que hay que cumplir y que son para todos. Les trato de explicar cual es la situación. Que me digan que mal hago, que he estado en silencio y que es un sonido mínimo. ¡Que no hay nadie!. ¡Que ¿a quién molesto?!

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Entró un vigilante de una empresa privada. ¡Encima!. Se asomó un señor con gafas que luego supe es el dueño del kiosco que hay al lado. Se asomaba y se dejaba de asomar. varias veces. La señora explica al vigilante que me niego a obedecer y a marcharme cuando me lo han solicitado por las buenas. El vigilante es un chico joven que lleva un pendiente en la oreja. Iba a ofrecer una resistencia pasiva sin forzar el límite de la paciencia de nadie porque no quise jaleos ni nada. El vigilante mira la sala y ve que no hay nadie más. Me pregunta que por qué no me voy si me instan a ello. Le cuento la situación. El señor que bajó después hace gestos como que les estoy tomando el pelo, que además ¿qué más da?, si me han echado, me han echado y punto, ¡fuera!. El vigilante me sorprende. Pide que sean comprensivos. Que si alguien se hubiera visto molestado sería lógico que me fuera. Pregunta que si hubo alguna queja. Responden los tres de acuerdo en que es la norma. Yo exijo una orden judicial. El vigilante me pide que me calme. Le contesto que estoy muy sereno. Pregunta si no hay otro sitio al que pueda ir dentro del edificio. El conserje dice que no. Que el me dejó, pero que no pensó que hiciera tanto ruido. Tecleo para que se escuche el “ruido” tan enorme que es. El vigilante me pide por favor que salga e indica con gestos que qué le voy a hacer. Nos quedamos los cinco en un punto muerto de silencio. El señor de gafas que siguió asomándose y desapareciendo intervino. Dijo que hay una biblioteca de la universidad en pleno centro, que es enorme y es de libre acceso, que es de las mejores del mundo. Los demás han oído hablar de ella, sí, es nueva. Ha salido en la televisión. Suspiro. Recojo los bártulos. Vuelve la calma. Cada mochuelo a su olivo.

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Piti piti piti llego a aquella gran biblioteca situada en una bella plaza. Es enorme sí y con salas de ordenador, con adaptaciones para invidentes, con autopréstamo y un cartel bien visible que pone “Libre acceso”. Me siento como un náufrago que llega a una isla con palmeras llenas de cocos, de dátiles, con bebidas refrescantes y una mesa cerca de un enchufe para poder corregir. Sonrió. Respiro hondo. Mis ojos se llenan de lágrimas de alegría. Al final encuentro un lugar. Me queda poco tiempo porque he de ir a buscar a mi hija, pero puedo aprovechar una hora, al menos tomar posesión de mi espacio, que los hay con enchufes, una sala con ordenadores y espacios para portátiles. Se hacen préstamos incluso de los mismos a parte de libros que en pisos superiores son muchos, incluso una sala de archivos para documentos.

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Voy a entrar. A falta de dos pasos para pisar la sala sin pedir permiso a nadie porque es de libre acceso, cuando una chica se levanta tras el mostrador alto que hay a la entrada, a la derecha según se entra. La vi de refilón, pero escuche una voz que retumbó en mis oídos: “¿Es usted universitario?”.

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Lo que cuento a continuación es tal cual, pero exige una explicación. Que nadie se asuste ni sobresalte, es contar que sucedió en un segundo visto desde fuera, pero que experimentado el mismo segundo por dentro hubo un tiempo interior, un tiempo psicológico en el que sucedió algo a nivel de nanómetros de segundos, que al contar y recordar parece mucho tiempo, pero no lo fue, sino una percepción. No sé si es que en el recuerdo lo alargo o es que sucede así. Me pasó hace tiempo cuando me quisieron dar un navajazo, salí corriendo, pero desde que vi la navaja hasta huir despavorido me vinieron (o recuerdo) muchas imágenes, muchas reflexiones que no pueden ser en tan poco tiempo o es un estallido de ellas que luego se ordenan al recordar.

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Me sentí un eccehomo. Giré la cabeza hacia la derecha, luego el cuerpo para quedar frente a frente de la chica aquella. Me vinieron a la cabeza muchas cosas, desde cuando me publicaron en una página de la universidad siete artículos sobre la Renta Básica, pero que al comprobar que no era profesor, porque me pidieron el currículum para dar una charla y datos oficiales para hacerme un cuantioso ingreso económico, entonces me quitaron todos menos uno y se olvidaron de quien esto escribe. En otra ocasión, a petición de un profesor, el Consejo Universitario de una universidad de cuyo no nombre no voy a acordarme se negó a que fuera a dar una conferencia porque no reúno el perfil. Me entraron ganas de escupir al suelo a un metro de entrar en aquella biblioteca, no vi a la chica porque miré a la lontananza, ¡libre acceso!, quise gritar ¡libertad!, pensé que me iba a desmayar, tuve náuseas y también ganas de vomitar. Si hubiera tenido una pistola habría disparado, no sé contra quien. ¿Y si me arrodillo y pido perdón?. Pensarán que estoy loco. Lloré por dentro. Todo lo cual sucedió en menos de un segundo y a la vez. Lo describo desentrañando las sensaciones que creo haber tenido. No exagero, mi percepción es así.

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Soy catedrático”, dije con voz firme y serena. Y me encaminé a la sala que tiene unos sillones (cátedras) sobre ruedas, un lugar ideal y adecuado para lo que necesito. La chica no dijo nada. Se sentó. Y aquí sigo día tras día en un lugar fenomenal sin que nadie me diga nada. Pensé que no me verían, que me hice invisible, pero no, cualquier duda o solicitud la atienden amablemente y con destreza, amabilidad y dispuestos. Aprovecho mucho para mi cometido.

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Sólo hay un problema, pequeño, un problemilla sin importancia y es que se me ha estirado el cuello y antes de dar los buenos días carraspeó sin querer. Por lo demás todo bien, de momento. Pero bien, bien. Éste es el primer artículo que escribo en este lugar. Saludos. 

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  1. José Manuel
    13 noviembre, 2015 en 22:16

    Alucino…

  2. Lydia Franco Franco
    3 octubre, 2015 en 19:14

    Que te acompañe la suerte y acabes ya tu película.

  3. 28 septiembre, 2015 en 18:34

    Su anécdota es digna de una película de Berlanga, amigo mío. Por cierto, yo también conozco a ese tal Fernando Montes que Vd. tuvo a bien mencionar. Durante dos años se vio obligado, dos veces por semana, a llevar a su hija al conservatorio de Astorga (se quedó sin plaza en el de Ponferrada, aunque eso no viene al caso) y cuando pidió permiso a la dirección del conservatorio para utilizar la biblioteca mientras esperaba a que su hija saliera de clase, le dieron exactamente la misma respuesta que a usted (si bien tuvo más suerte con la biblioteca pública, que estaba al otro extremo, aunque por fortuna Astorga no es una ciudad demasiado grande). En fin; así se escribe la historia de este país, a medio camino entre la tragedia y el vodevil.

    Si le parece, otro día hablamos de los 140 millones largos de euros que piensa gastar el gobierno en la implantación de la LOMCE, mientras se implantan sistemáticamente los recortes en las becas o en las plantillas del profesorado.

    Le deseo mucha salud y resignación, ya que anda tan deficitario de suerte.

    • 28 septiembre, 2015 en 21:27

      Gracias. Mucha Europa y cada vez la burocracia nos encierra más. Sí.

      Cercedilla es una localidad muchísimo más cara que donde estoy.

  4. Priede
    28 septiembre, 2015 en 16:24

    Pues no te digo nada cuando empieces con la tarjeta sanitaria. Lo que debería haber sido una protección especial para las lenguas vernáculas en aquellos territorios donde se habla otra lengua aparte del español, se ha convertido en un mundo kafkiano donde ya no sabes si has cambiado de provincia o de continente, si vives en tu país o sin darte cuenta has sido deportado y abandonado en las antípodas. Seiscientos mil funcionarios había en 1976 y la Administración iba de puta madre; tres millones hay ahora y así estamos.

    • 28 septiembre, 2015 en 18:21

      Así es, porque te hacen hacer una para tres meses…, pero cuando vuelves de vacaciones ¿qué?… No te vale para donde vives habitualmente. Después de mucho cabalgar en los pasillos he logrado una que vale para todo el territorio. Pero no lo comentes. No sea que me la quiten a mí y a mi familia. OK

      • Priede
        28 septiembre, 2015 en 20:17

        Un amigo periodista que tuve, y q.e.p.d., me contó hará cuatro o cinco años que al trasladar la residencia de Barcelona a Madrid se encontró con eso; finalmente desistió y se apuntó en la cartilla de su mujer, que tenía residencia en Madrid.

        Esto mismo que cuentan aquí. Parece increíble pero es así. En el caso catalán consiste en recordarle a los suyos que cuando cruzan el Ebro pasan a un país extranjero:

        http://www.vozbcn.com/2008/05/31/2340/espada-independencia-sanitaria-cataluna/

        Es más fácil que te atiendan si eres inglés que si eres español:

        http://www.burbuja.info/inmobiliaria/burbuja-inmobiliaria/671794-max-keiser-habla-programa-del-saqueo-que-britanicos-cometen-sanidad-espanola.html

        Me imagino que te han dado esta tarjeta. Lo mismo pasa en Justicia, cuyo gasto corre a cuenta de las CCAA y tienen sistemas informáticos incompatibles:

        http://www.publico.es/actualidad/gobierno-unifica-tarjeta-sanitaria-espanoles.html

        Y te deseo mucha suerte; me parece que la vas a necesitar. Yo también viví en Madrid y creo que no podría volver a hacerlo, ni en Madrid ni en ninguna gran ciudad. Cuando me fui, a finales de los 90, se estaba convirtiendo en imposible debido a la carestía de la vivienda; no me quiero imaginar lo que debe de ser ahora. Y luego el ritmo de vida, que de joven viene muy bien vivir así durante un tiempo (en mi caso seis años), pero a cierta edad se vuelve insufrible. Vivir lejos de las urbes ya no es lo de hace treinta o cuarenta años, puesto que tenemos la misma comunicación, internet, teléfono, televisión y radio. Vivir en el campo es un lujo.

        Saludos.

        Psdt/ ¿Has probado a vivir en la sierra, Cercedilla o algún sitio así? La distancia tienes que medirla en tiempo, no en kilómetros, lo mismo que si caminas por el monte. A veces vives más cerca del centro de Madrid si resides en El Escorial que si vives en la periferia; la velocidad del tren y los transbordos deciden el tiempo que pierdes.

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