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La caja de cartón

Me extrañó ver cerca de la calle donde vivo  cajas de cartón tiradas cuando hay contenedores para su reciclaje. ¿Por qué quien la deja en el suelo no la deposita en su sitio? Da sensación de suciedad.

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Cuál fue mi sorpresa que al volver a pasar por aquel lugar por la tarde vi a un nutrido grupo de niñas y niños pequeños jugando con la caja de cartón. Le daban patadas, se tiraron encima, la empujaban y se tiraban trozos de ella o hacen con alguna de sus partes un escudo y entran y salen por sus huecos. Riéndose la chavalería sin parar. Y gritos, jolgorio.

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Me quedé mirando aquella escena. Sonreí. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo los adultos? O algo similar. Pensé esto al volver a casa. La manera espontánea de reír de niñas y niños, muchos de piel negra, sin otro juguete, pero que les servía para ser astronautas, jugar al fútbol con un balón cuadrado y de cartón, o ser las alas de un dragón. ¡Ay! Los adultos no somos niños. Pero ¡quiere decir que reprimamos nuestra creatividad y ganas de reír?, ¿quién define estas cualidades de los adultos?

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Me vino a la cabeza uno de mis grandes deseos, sencillo, pero nunca realizado porque me ha dado corte, por vergüenza al qué dirán. No me atreví a hacerlo, pero al ver a aquellos muchachines corretear alrededor de la caja de cartón, me dije ¿y por qué no? ¿Acaso no hay mayor libertad que aquella que nos quita las cadenas de prejuicios y ataduras psicológicas? ¡Que piensen lo que les dé la gana!, ¿por qué reprimir la risa? Si no hace mal a nadie puedo explayarme, pensé.

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Saqué de del baúl de mis bisabuelos el pantalón corto tipo tirolés, con sus tirantes y peto, al estilo del tío Aquiles, que me regalaron de pequeño los Reyes Magos y lo iba a usar para una actuación de disfraces y teatro del colegio, que al final no estrené porque me dio vergüenza. Pero siempre he soñado en correr por las calles con un palo en la mano que lleve atado en el otro extremo una cinta de color azul clarito. Y cogí el palo de la escoba, le até una cinta que tuve guardada para hacer una cuelga a un amigo por su cumpleaños y salí a la calle y me puse a correr a lo largo y ancho del barrio.

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La gente me miró ¿y qué? Me reí. Si los niños y niñas juegan con una caja de cartón ¿por qué no puedo yo correr con la cinta al vuelo y vestir como aquel personaje chipiritiflaútico, que tanto me gustó? y que quise ser como el tío Aquiles, pero sin hacerlo nunca por pudor. Había tenido sepultada mi risa tronadora, guardada en un arcón hasta que aquella cinta me dio alas y volé, el pantalón corto, un poco estrechos, todo hay que decirlo, y que me marcan un poco el pompi no fue un disfraz sino la desnudez de mi risa.

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Y no pasó nada. Bueno, sí. Pensé que pensarían los vecinos que me había dado un ataque de locura. Pero el viernes siguiente mi hija sacó la batería y se puso a tocar en medio de la acera. Y una señora fue vestida con un traje del siglo XVII con un pañuelo bordado colgando de la mano. Y una pareja de ancianos se vistió de chulapos y hasta bailaron él y ella un chotis. Y un gitano apareció montado sobre un caballo negro sin dejar de sonreír. Y un cubano vestía de torero sin que le pegase nada aquel traje por llevarlo muy descuajaringado. Y bailó música merengue así vestido y su pareja de baile con una minifalda de un vestidito rosa y se reían y los que nos rodearon también y yo volví a dar vueltas con la cinta azul atada al palo de la escoba. Y el del bar de la esquina dio volteretas demostrando lo ágil que se encuentra. Y una de las maestras de la biblioteca se puso a saltar a la comba ¡vestida con una falda y camisa y calcetines largos! Y una mujer negra con una peluca rubia viste como Marilyn Monroe. Y una chica con el velo en la cabeza se ató con un cinto la chilaba para bailar con su marido vestido de sultán un tango. Y una pandilla de chinas y chinos jóvenes se pusieron una nariz roja en la nariz y se reían sin parar y cantaban burlonamente “chinito yo, chinito tú”. Etc, etc,etcétera…

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Lo curioso es que nadie convocó nada. Fue una explosión de risas espontánea que provocó una simple caja de cartón tirada en el suelo. Y cuando esto escribo me río. A nadie le importa ya en la biblioteca que venga con mi pantalón corto de tirolés. Alguien me dijo que hace un poco de frío, pero le digo que cuando salgo corro con mi cinta al vuelo. Y veo que los que hace días vestían con traje y corbata juegan ahora en la plaza a las chapas y a las canicas y a dola y a churro media manga manga entera, y las guardias de seguridad del metro juegan a la goma con una habilidad pasmosa.

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Dentro de la biblioteca, que nadie piense lo que no es, sigue reinando el silencio, pero ya no hay caras tristes y serias, sino que nos miramos y hacemos señas de lo gracioso que es lo que leemos, cuando siempre creímos que fueron asuntos tan serios y las investigaciones como si fueran un secreto de Estado. Nos reímos silenciosamente, con el gesto porque nos creímos todo aquello de soy una persona muy seria.

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Y me río, ya no sé porque me río, pero me río y a quienes me miran, por señas les digo que ya lo leerán en el blog cuando salga el lunes. Susurro a sus oídos que lo cuento todo. Y ellos se ríen con el gesto para no hacer ruido porque piensan que nadie que no esté aquí se lo va a creer. Y al salir nos reímos con un jolgorio porque ¿quién lo va ni siquiera a soñar? Pensarán que exagero.

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Les digo que se lo creerán quien vea una caja de cartón y juegue con ella. Carpe diem.

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ballet 1

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  1. José Manuel
    6 noviembre, 2015 en 22:55

    Disfruta el pantalón tirolés. Elimina prejuicios, añade imaginación y disfrute a la vida. Rompe moldes.

  2. Mario Cordero
    28 octubre, 2015 en 2:54

    Creo que falta un poco de insanidad para recobrar la sanidad. Que siga el vacilón.

  3. 26 octubre, 2015 en 19:38

    Deliciosa reflexión. Aunque yo siempre fui más de Locomotoro y el Capitán Tantán. Espero que no le haga pasar demasiado frío el pantalón del tío Aquiles, Ramiro.

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