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La mirada introspectiva

16 noviembre, 2015 Deja un comentario Go to comments

Vi un avión de papel que volaba cerca de donde estaba, en el parque de al lado de la estación de cercanías. Me di cuenta de que tenía algo escrito a lápiz. Cuando aterrizó en el suelo lo desplegué con cuidado y leí: “¿Por qué no te miras a ti?” Me quedé pasmado, impávido, absorto. Fue evidente que alguien lanzó una pregunta al aire. Pero ¿quién?

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¿Qué más da quien fuera? Pudo ser el chico con barba y zamarra que espera en la estación con las botas puestas. O la chica rubia que igualmente recorre el andén. O el señor con corbata que no sale del vagón. O una casualidad de algún desconocido.

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El caso es que me vinieron a la memoria los versos de Antonio Machado: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; /es ojo porque te ve”. Y de esta manera decidí mirarme, pero en lo más inmediato que es también lo más profundo. Tardé en tomar la decisión hasta llegar a casa y ponerme a escribir.

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Me miro y ¿qué veo? ¿A quién le importa? Sin embargo es esencial para entender la mirada, a la que Sartre dedica un capítulo en su obra “El ser y la nada”, cuyo ejemplar que leí se lo ha comido un perro. Lo peor, o mejor, es que nadie se lo va a creer.

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Desde hace unos meses no me quito la ropa nunca, ni las botas. Antes a lo largo de muchos años siempre escribí desnudo con ellas puestas. Son unas botas altas, de cuero, puntiagudas que heredé, porque nadie las quiso, de un tío que las dejó a la orilla del mar, en una playa junto al acantilado. Ya sabéis cuál, aquel desde el cual nos miramos, cada cual acantilando a su manera. Mi tío se fue sin decir nada, sin despedirse. Dejó su ropa y sus botas sin que volviéramos a saber de él, sólo que se fue muy lejos.

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Mi madre las guardó en el desván hasta que un día me las puse sin saber por qué. Allá mismo, con ellas puestas, escribí la obra de teatro “El trapecio se ha roto”. Me miro y recuerdo que con ellas puestas me enamoré de una chica encantadora, a la que vi pasar nada más. Seguí su rastro con la mirada encendida, ¡incendiada de ella! y ¡ay!, supe en qué estación se baja y la fui a esperar un día y otro y otro. Siempre. Me quedé en ella siempre. No la volví a ver nunca más. Al cabo de los años supe que ella me esperó en la estación en la que yo me bajaba a diario hasta que decidí esperarla en la suya. Hubieron pasado demasiados años. Me había casado y ella había dejado de ser quien fue, igual que me sucedió a mí.

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Recuerdo que el día de mi boda todos se extrañaron porque fui con las botas de mi tío puestas, pero en cierta manera fue un homenaje a él, a la chica de la que me enamoré con ellas puestas y a otra mujer de una historia intermedia.

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Fue una relación apasionante durante el tránsito de estar enamorado a casarme.  Fue ardor el que me produjo una mujer con quien estuve abrazado todo el trayecto que duró el trayecto del primer día que nos vimos. Luego bajamos a una estación y a las demás un día tras otro. En el trabajo no me echaron porque dije a mis jefes supremos que estaba viviendo mis sentimientos y lo entendieron. A ella le sucedió algo parecido. ¿hay alguien que dé más importancia y más tiempo a amar o a folgar en la foresta que a cumplir su horario laboral o hacer y hacer por un salario o por los beneficios de autónomo? Fuimos al cine, a teatros, a hoteles y paseamos por las calles más anchas de la ciudad y por las más oscuras y abyectas.

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Me vestí de traje y corbata para disimular, para que nadie sospechase en el tren de cercanías de nuestra tórrida pasión. Hasta me puse gomina en el pelo. Ella se reía. Fue un juego apasionado. Siempre nos vimos en el mismo vagón. Hasta que un día no volvió. La pasión es así: aparece y desparece. No se puede simular. Quien lo intenta sucumbe en la desesperación.

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Esperé un año y otro y otro y más allá del tiempo. Hasta que una vez un tipo gordo y calvo, el típico metomentodo, me dijo “¿ha llegado a la última estación”. ¿Y a ti qué te importa le iba a decir?, en mi pensamiento me surgió una expresión poco literaria: ¡gilipollas!, pero preferí volver a casa, en la cual estuvo ella, la chica que no volvió, se quedó en mi casa esperándome desde hacía años y años y al encontrarnos de nuevo nos abrazamos y como dice Alicia Millán “hicimos el viento / hicimos el viento juntos”, sí. Pero otra vez hubo pasado demasiado tiempo y ella tenía que fichar en su empresa después de tantos años sin ir a trabajar.

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Yo no volví a mi puesto de trabajo. Me casé con la directora de un banco, esto nunca lo había contado antes, pero es lo que tiene mirarse a uno mismo y escribir con las botas puestas, aunque luego ella se disfrazó de trompeta y a veces me habéis visto tocar en el parque “El último payaso” de Pino Pugliese. Disculpad que no os haya saludado, pero no fue el momento. Cuando toco la trompeta en el parque me concentro tanto que no hablo con nadie.

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A mi esposa le llamó la atención antes de casarnos verme vestido con traje y con botas altas de cuero a la vez, mientras que me dediqué a firmar cheques en blanco porque mi cuenta estuvo vacía. Los de la ventanilla no se atrevieron a decir nada ni a llamarme la atención. Tampoco los directores de sucursal. Por eso vino ella, recién convertida en heredera de un emporio financiero y me preguntó que qué quería. Le dije que bailar. Bailamos en la sucursal de la calle Los Jacintos, justo al lado de la plaza de Los Botones, donde está el bar al que fuimos por cierto luego, Tonetti, que dan vino dulce y una torrija por un euro. Los dos nos reíamos. Y nos casamos. Hemos tenido ocho hijos, felizmente.

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Me dediqué a escribir cada día un rato. Cerraba la ventana cuando me quedaba solo en casa, apagaba la luz y me desnudaba, para luego ponerme las botas de mi tío. He escrito la más bella historia de amor jamás contada en una novela que me levó escribirla y corregir sus páginas dieciséis años y escribí un poema en el que empiezo así: “quisiera escribir la más bella historia de amor, pero no puedo…”.

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Ahora, con el peso de los años, bailo con mi esposa en casa, viajamos en el tren de vez en cuando y a veces nos quedamos en alguna estación hasta que cierran comiendo churros. Mis hijos e hijas dicen que estamos anticuados. Les he regalado unas botas de cuero altas, de color marrón clarito, a cada uno y a cada una para que se las pongan alguna vez.

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Ya soy mayor y no me quito las mías porque quiero morir con ellas puestas. La muerte es una forma de amar, porque desata lo vivido y lo no vivido de recuerdos y sueños.

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Hoy me he puesto a escribir como siempre con las botas, el traje, la corbata, el sombrero, con una barba y una peluca rubia postiza para contar lo que una vez, hace mucho tiempo me ocurrió cuando vi volar un avión de papel que lancé en un parque junto una estación, pero ¿a quién le puede interesar algo así? No podéis imaginar lo que llevaba escrito. Sigo lanzándoles y nadie los ve. Como me sucedió a mí hasta que miré hacia dentro de mí y descubrí que fui yo quien puso las frases en los aviones de papel que hice con las hojas en las que escribí mi novela y los poemas sin palabras. Ahora los tiro desde la ventana porque apenas puedo andar.

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Id al parque de al lado de la estación, cualquiera que sea, y esperad. Esperad. ¡Viajeros al tren!

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  1. José Manuel
    17 noviembre, 2015 en 12:14

    Preguntas al aire. Ver y mirar; verte y que te vean; mirar y sentirse mirado. Me pongo las botas altas hoy que consigo unas horas sin corbata. Escribo con ellas puestas y la bata casera. Hago preuntas, me las hago. Busco respuestas, pero suelo contestarme con nuevas preguntas. En un rato iré a abrillantar el viejo cuero de las botas

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