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Va de bodoque (1)

30 noviembre, 2015 Deja un comentario Go to comments

¡! Sucedió tal cual voy a contar. Hay quien dice que siempre me pasa algo, pero sucede que al narrar cosas de éstas aparecen otros casos similares, no pocos, cuando los amables lectores comentan que a ellos les ha sucedido algo parecido. Cierto que a una mayoría no, porque como ya veremos la filosofía de quienes no quieren líos es “paga y calla”, pero cuando no lo haces y te encaras a una injusticia, por nimia que sea, sucede a veces este tipo de cosas.

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No voy a decir en qué ciudad es, por más pistas que dé, porque como decía mi padre “se señala el pecado, pero no al pecador”. Tampoco es lo importante, sino el hecho y que, como contaré en sucesivos escritos, se repita tanto en este lugar concreto que da que pensar.

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Y esto, y lo que venga, en la ciudad conocida como “de santos y sabios”. Pero en fin. Bien es verdad que es una urbe en la que cada día hay actos culturales, exposiciones sin parar, muchas de ellas gratuitas. Y debo decir que, quitando alguno como excepción que confirma la regla, los bodoques son gente maja, buena, bondadosa incluso, pero simples. A los que, como en el caso con quien inicio el tema, les das una gorra se creen generales de la armada invencible. SOS.

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Uso una tarjeta de trasporte para el tren de cercanías. En mi caso caduca el día 30 de cada mes. Tal fecha del mes anterior me funcionó al entrar, pero no al salir, una hora después del mismo día. No me abría la puerta,. Pude haber salido con la de mi hila pequeña con quien viajo cada día que caduca una semana después. O hubiera salido detrás de ella, como no para de suceder a diario a pesar de tanta vigilancia.

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Pero quise dar una lección de civismo a mi hija, que viese que los problemas se solucionan hablando, diciendo la verdad y siendo honesto. No pasa nada que me viera colar una vez, pero fue una ocasión aleccionadora que no pude perder y así lo cuento y hago constancia de ello en la  reclamación que realicé posteriormente por escrito. Lo cual es otra historia que resumiré muy mucho al final de esta narración.

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Me acerqué al encargado de revisar las tarjetas que estaba quieto en una esquina, porque como le dije en el fragor de la “conversación” y escribí en la hoja de reclamaciones, quise manifestar mi respeto a su trabajo, a su persona, dar ejemplo a mi hija y dignificar la labor de un trabajador. Acudí a él para explicar que como no se puede actualizar en las estaciones de cercanía, sino en las estaciones de metro y algunos estancos me pillan lejos, a la vuelta ya con tiempo de no llegar tarde mi hija a clase, después de haber salido de la estación inicial a las 6’30 hs., que por favor me abriera la puerta y que al día siguiente le enseño activada la tarjeta. Que se me pasó, y que no obstante fue dentro del día 30.

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Sin mediar saludo, ni prestar atención a mis palabras se pone a gritar que lo que quiero es colarme. Le miro atónito. Pero si soy yo quien ha venido a usted. Le explico las razones, ya sin sentido porque insiste de manera petulante que me quiero colar. Lo curioso del caso es que no paraba  de pasar gente sin tarjeta ni tique y dos jóvenes saltaron la puerta del otro lado. Los viajeros suelen tener la tarjeta, pero si se va por un día o para hacer algún trámite en la avalancha se entra y sale sin más. Y nadie pide explicaciones a no ser un día “ejemplarizante” que se inspeccionan las tarjetas. Llegué a pensar que se trataba de una broma. Ja ja.

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Le digo que no me quiero colar, que incluso he dejado sola a mi hija, quien discretamente se alejó asustada, pero me esperó a la salida, y expliqué que si no me deja pasar me vuelvo para ir a una estación de metro, a casi una hora, y luego regreso, pero que me deje acompañar a mi hija al instituto. ¡Usted no se mueve de aquí hasta que yo no le diga! Va a pagar tres euros y cincuenta céntimos, anuncia a voz en grito. Le digo que no. Vienen los vigilantes de una empresa privada, que no dicen nada. Se quedan parados, quietos a ver qué pasa. Le digo que tengo carné de familia numerosa y que en caso de pagar sería la mitad. Dice que él no hace los descuentos, que hable luego con Renfe. Le respondo que no me parece justo y que no voy a pagar. Que haga el favor de entender lo que le estoy diciendo.

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¿Pero qué tengo que entender yo?, espeta insistiendo que soy un cara dura que me quiero colar. Le dije que si hubiera querido lo habría hecho. ¡Aluciné! Pues insiste en que me pondrá una multa. Y la gente colándose a la vista “gorda” de todos. Le dije que no estaba siendo educado conmigo y que hiciera el favor de razonar. Afirma voz en grito que no tiene nada que escuchar y menos de alguien que ha querido colarse, y ¡erre que erre! Me dieron ganas de decirle lo que un poeta y sindicalista de la CGT: “ere que ere”, pero me contuve. No quería que por “mi culpa” mi hija llegara tarde.

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Me pide la tarjeta que se la dejo. La introduce en su maquinita que lleva en la mano. ¡Caduca el día 30! ¡Hoy!, le dije. ¿Lo ve? Pues que no, que lo tuve que haber hecho antes. Le dije que pude pasar hace una hora. Lo cual comprueba, pero dice que de truquitos nada. Que si no me deja pasar la máquina que pague ¡y el precio de haberse querido colar! remarca. Me harté y le dije que hiciera el favor de no decir más estupideces, que no iba a pagar y que me quedaba ahí en señal de protesta. ¡Me puso que no os podéis imaginar!

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Un vigilante dijo que por favor, que si era la fecha en que caduca que pasara y al día siguiente se la enseñase renovada. Pero el susodicho de la maquinita dijo que él no puede hacer eso, que es su trabajo y si la puerta no se abre que pague un billete con el recargo. Le contesto que su trabajo no es impedir salir y menos sin tener razón. Alego que debería ponerse del lado de los trabajadores, que estoy en paro y además se dio la circunstancia, que le conté, que si pagaba no tenía suficiente dinero para renovar la tarjeta. Ufano él dijo orgulloso que cumple órdenes. Le dije que por cumplir órdenes se hizo la II Guerra Mundial. Nada.

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El vigilante le inquirió que me dejara pasar, que efectivamente vio que me acerqué yo a él. El de la maquinita, dice que bien, pero antes que le deje mi carné de identidad. Le digo que no, que ¿con qué derecho? y ¿para qué? Mi hija se impacientó. Me hizo señas de lejos, que abreviara, que llegaba tarde, que ¡por favor! Dije al de la maquinita que no. Entonces gritó que llamaría a la policía. ¡A la policía! La gente ya miraba, se arremolinó un grupo de personas que ¿cómo les explicaba yo lo sucedido? El vigilante me dijo que se lo enseñara porque si no tendría una denuncia a mayores y que me iba a complicar la vida. Mi hija señalando la muñeca en señal de que mirase la hora. Esto no va a quedar así, dijo el de la maquinita, ¡qué es eso de quererse colar! Volví a explicar que precisamente fui a hablar con él para no colarme. Se lo enseño. Tomó nota de mis datos y el vigilante me abrió. El de la maquinita encima desafiante “tendrá noticias mías”.

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Dejé a mi hija cerca del instituto, llegaba justa porque siempre vamos con tiempo de sobra por si algún imprevisto. De vuelta pedí una hoja de reclamaciones. La de la ventanilla me dice que a la vuelta, a menos de un minuto hay una caseta que actualiza las tarjetas. Yo no lo sabía. ¿Y no me lo pudo decir el de la maquinita? Ella se encogió de hombros. La actualicé. E hice la reclamación pertinente, por si acaso ¡y menos mal! También para hacer constancia de la mala educación del encargado de la maquinita.

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No ha pasado un mes y me bloquean la tarjeta. Resumo. Mis datos han entrado en un ordenador, me explican, que ejecuta un programa automático. ¿Adónde acudo? ¿Ante quién protesto?, ¿a quién le explico lo sucedido?, porque resulta que los trabajadores de la ventanilla son una empresa que está fraccionada, que no son del todo de la misma, pero los vigilantes son otra empresa diferente y los de la maquinita de otra, pero ésta es una empresa cuya sede está en Singapur, a la que escribo un correo electrónico y me contesta eso de Delivery Faillure.

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Indago y esta empresa vende sus servicios a otra empresa que a su vez contrata a otra de personal que trabaja con otra de selección de personal que contrata en empresas de trabajo temporal (las ETT). El de la maquinita es autónomo que ahora ha sido destinado a otra estación. La empresa ETT no se hace cargo. Los que dan las tarjetas no pueden hacer nada porque la orden no parte de ellos. Y son otra empresa diferente.

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En la Comunidad y en el Ayuntamiento no saben nada, que por ellos que se solucione, pero que ellos tienen un consorcio, al cual acudo y dicen que no haberme querido colar, pero que en cualquier caso no depende de ellos. Llamo a los teléfonos que aparecen en los buscadores de internet y otras maquinitas me responden y que marque 1 si no sé qué, que marque 2 en caso de otra historia el 3, etc. Dé a la tecla que dé lo que suena al final es pipipipipi o un mensaje: “su caso está en ejecución, su caso está en ejecución…”. Vuelvo al consorcio y me dan un teléfono que no para de comunicar a todas horas. Digo en el ayuntamiento que si no decían “sí se puede”, pero me responden con una pregunta: “¿qué?”

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Decido hacer una denuncia por vía penal, porque la vía administrativa cero patatero. En los juzgados me advierten amablemente que tengo que pagar, mi compañera es autónoma y aunque estemos a pré hay que pagar. Coger uno de oficio sin estar acá empadronado ¡madre mía! ¡qué laberinto! Un oficinista me dice que vaya a Singapur, no sé si de cachondeo y por casualidad o porque intuye algo. ¡Justicia! grito en el vestíbulo de los juzgados y la gente mira al aire, algunos miran debajo de la alfombra para ver donde está “esa señora”. Un letrado con toga, con barba y algo calvo, se ríe y se pone a bailar. Otro con perilla se pone a recitar versos y a leer cartas de amor allá mismo. Pero si vengo a los juzgados será para pedir justicia no para que me tomen el pelo. Dos vigilantes me cogen de los brazos y me echan fuera, ¿qué es eso de alterar el orden público? Un anciano que fue decano del Tribunal de los tribunales, un juez jubilado que pasó por ahí, me dijo que la justicia sigue sus pasos, tiene sus protocolos, que tuviera paciencia. Le cuento mi caso y me dice que lo siente, pero que él ¿qué va a hacer? y me contó a continuación cómo hizo unas oposiciones larguísimas para ocupar el cargo que dispuso durante treinta y siete años y que todavía se acuerda de cuando cantó el tema 37, que me recitó entero. Lo cual le hizo sentirse orgulloso y yo como un pasmarote, pero al menos alguien le escuchó.

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Reclamación.

Reclamación.

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¿Qué hago? ¿Dejo a mi hija viajar a esas horas sola?. Me he quedado sin poder viajar a un precio asequible porque no me funciona la tarjeta, la ha bloqueado un ordenador, dicen. ¿O pago cada día un billete de ida y vuelta y me arruino aún más? Lo que me dice la mayoría de amistades y la familia entera es “tú paga y calla, que pareces tonto”. Pero me niego a pagar algo tan injusto. ¿Cómo cuento a nadie que fui yo quien se acercó al de la maquinita?, porque además ¿qué le importa a nadie? ¿En qué sociedad vivimos? “Tú paga y calla”, me dicen. Los partidos políticos me responden que no contemplan estos casos. Ni la Renta Básica, les contesto aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Me echan de sus sedes los guardaespaldas, que llevan todos gafas de sol, porque dicen que qué pinto allá. ¡Todos los partidos sin excepción!, mantienen que ellos luchan por la justicia, pero no la de los palacios de justicia, que van más allá: defienden la justicia social. ¡Ah!

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Y me jode que cuando lo cuento la gente piense que va de guasa, se ríen ¡que gracioso!, comentan. ¡Qué cosas te pasan!, ¡como cuando conté lo de las bibliotecas! ¡Pero si es un drama! Hay que tomarlo a risa, dicen. Ya, ya, me río yo. Y parece que es de cachondeo, cuando es lo que es. (Pongamos como ejemplo de mirar para otro lado, aprovechando que el Bernesga pasa por León, un caso flagrante ¿qué partido o sindicato ha hecho lo más mínimo ante familias que hemos tenido que exiliarnos o emigrar porque nuestros hijos e hijas menores de edad no puedan hacer en su ciudad ni en su correspondiente comunidad autónoma la rama de bachiller por Artes Escénicas como exige la ley? Lo cuentas y los prebostes de la igualdad, de de la transparencia, del cambio bailan o se rascan el cuero cabelludo o se meten el dedo en la nariz, es curioso que no hay ninguno calvo representando a los partidos ni a los sindicatos, y les veo repartir papeles en la calle sonriendo)

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Voy al grano, ¿solución?: Colarme cada día que viajo. Y no pasa nada. Y mi hija me dice que vea que no hace falta tanta historia, que a qué me meto en jaleos, que parezco tonto. Me advierte que no cuente nada de lo que ha sucedido porque se van a reír de mí y encima me pueden poner otra multa o recargo por revelar secretos mordaces (¿o mordazas?) Otro hijo me dice cuando se lo he contado confidencialmente que parezco Ignatius, el de “La conjura de los necios”. Y yo me callo. Me callo, pero ¡no pago! Ya está bien.

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  1. 7 diciembre, 2015 en 3:33

    ¡Qué vergüenza! ¡Cuanto canalla anda suelto por el mundo!

    No me extraña que un tal Benito y compañía acabaran rellenos de plomo y colgando por los pies. La estupidez y prepotencia de algunos especímenes de “homo sapiens sapiens” parece inconmensurable, con la consiguiente “hijoputez”. Que lo de “sapiens” es un mero suponer…

  2. josereyero
    2 diciembre, 2015 en 17:30

    Ramiro, lo que pasa es que eres un puto Terrorista.

    Primero intentas volar con una ristra de chorizos la Diputación de León, luego te fugas a Madrid, después montas el pollo en el sistema de bibliotecas de Madrid -que como todos está conectado directamente con la CIA-, y ahora esto: Distrayendo a los valientes vigilantes del sistema de transporte, que están en alerta roja fucsia, para que algún pirado con una bomba en el turbante se pueda colar mientras tanto…

    (Y encima colapsando el sistema de justicia que tiene por lo menos 100 casos de presuntos Islamistas presuntamente radicales pendientes de sobreseer…).

    ¡¡¡Joder, que alguien detenga a este hombre!!! Porque si no va a acabar provocando el caos en la Cultura Española y en la Alianza de Civilizaciones y vamos a acabar todos trabajando como los suizos…

    • 2 diciembre, 2015 en 21:48

      No me había dado cuenta de tan largo alcance… SOS.

  3. 30 noviembre, 2015 en 20:50

    El mierdecilla que se siente importante cuando tiene una miaja de poder es un personaje típico (y tópico) de la España cañí, esa de pandereta y fandango donde te montan un pollo por no pagar tres euros y luego se tragan el camello de los cien millones de euros que se evaporaron ((literalmente) en la construcción del complejo de la Ciudad de la Justicia, en Madrid, que nunca se llevó a efecto.

    Está visto que en este país, si quieres ser un ciudadano honorable, hay que robar al por mayor.

    • 30 noviembre, 2015 en 22:24

      Decía mi abuela que “quien roba un melón es un ladrón, pero si robas un millón te toman por un señor”.

  4. 30 noviembre, 2015 en 11:57

    En realidad es así, sin embargo todo ese laberinto, que se convierte en vacío legal es natural, todo ese trabajo de las ett, una quimera de la que viven muchos.

    Un país en llamas en manos de “nadies”… Una conjura para alimentar a los mismos.

    Ya no se puede pedir responsabilidades se disuelven en la entelequia burócrata, convertida en una fractalidad, sin principio ni final.

    Nos desposeen de la verdad.

    Amamos nuestra esclavitud.

  5. 30 noviembre, 2015 en 11:07

    De entrada creo absolutamente todo lo que cuentas. Sucede a causa del sistema que discurre injustamente. Cree que sólo utiliza el transporte referido el impedido de discernimiento intelectual y que ellos asocian al hecho de carecer de medios económicos como para poseer coche.

    En fin, que nos consideran siempre un rebaño de borregos propicio para ser conducido al matadero. Ejemplo: la promoción que ahora hacen de una brutal guerra…

    Un abrazo, Marc

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