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La Navidad y la infancia

29 diciembre, 2015 Deja un comentario Go to comments

Dijo el poeta austriaco Rainer M. Rilke: “la verdadera patria de las personas es la infancia”. Una de esas frases que se dicen, pero que vienen a la memoria cuando se reflexiona sobre determinados recuerdos y percepciones de la realidad.

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Una fecha propicia para el recuerdo es la Navidad. Sin darnos cuenta forma parte del estado de ánimo que no sabemos por qué es. La percepción de la Navidad es completamente subjetiva, no tal fecha de por sí, sino la vivencia al respecto.

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Para mí la descompensación de luces, de diversión-alegría casi a la fuerza y el consumo desaforado sea gastronómico o de regalos genera cierta zozobra anímica cuando no angustia y ansiedad al no saber qué regalar, en caer en lo del amigo invisible como una forma artificial a modo de reflejo de los Reyes Magos, Papa Nöel, sin entender ni plantearnos el sentido de lo que es regalar algo. Todo el mundo tiene casi de todo y se dice que es una excusa para juntar a la familia, cuando muchas veces no se puede por las distancias o circunstancias, o simplemente que a nadie le apetece. A pesar de lo cual hay algo dentro que a modo de un espejo que refleja la Navidad en el tiempo, que tapamos a la espera de que pase un año más.

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Cualquier periodo vacacional es un tiempo que vuelve, que sirve para marcar un calendario cíclico, cuando nuestra vida es lineal, pero se hace cíclica en lo recordado.

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Este año he tenido una doble experiencia, una vivencia de realidades opuestas y en medio no saber… En el barrio de la nueva ciudad en el que vivo no hay ni un solo adorno de navidad, ni en escaparates, ni en plazas o calles. Nada. En alguna ventana, muy pocas, el Papa Nöel colgante que sube a una ventana. Al llegar a la ciudad en la que existo habitualmente veo, además de los muchos adornos navideños y belenes como siempre, todas las plazas ocupadas de tío vivos, carruseles, coches de choque que nunca antes hubo. Las dos visiones me han impactado, porque no es la imagen que tengo de la Navidad, independientemente de mi conciencia al respecto.

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Me sucedió algo parecido hace años cuando estuve en la Unión Soviética. Criticaba la sociedad de consumo, la publicidad por todas partes en nuestra sociedad. Al llegar a la capital de aquel país no hubo escaparates, ni carteles de anuncios, ni letreros. Me impactó, pues vi triste aquella ciudad, me sentí desolado, extraño en mi percepción y me dio como pena. La razón suele ser engañosa con respecto a la vivencia.

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Años ha, huí de las celebraciones Navideñas, fui al parque del Retiro en dos ocasiones, para brindar con los pobres y vagabundos que se reunían en aquel lugar. Harto de empachos gastronómicos y de regalos años después me fui al mar solo, alejado de lo que para mí fue ruido e hipocresía, ante esa sensación de falsedad, de artificio en una fiesta desbocada en la que se esconde la religiosidad. Aturdido por el gentío, el agobio de ir y venir, de tener que ir a… No tiene sentido y parece que es lo que celebramos: el sin sentido.Y nos arrastra la ilusión, ¿qué ilusión?, aquella que no admite preguntas, que funciona como un acto reflejo

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Lo único que eché me menos siempre es la figura del tío Gilo del nacimiento de mi tía Mari Carmen. Un pastor que sentado da de comer a las gallinas, con un gorro negro. Este año es el primero que no coloca su antiguo belén, creo, por enfermedad.

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Reflexionando sobre estas sensaciones de las que escribo descubro que seleccionamos los recuerdos que nos agradan como si de un filtro se tratase y en la lejanía del tiempo nos acordamos de lo festivo, de la alegría que parece queremos coger con las manos. Afectan a nuestra conciencia cuando revivimos momentos del pasado de manera que ¡qué tiempos aquellos!

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Los recuerdos negativos, de aburrimiento, de hartura, de ¿qué hago aquí?, quedan difuminados, en la periferia de la conciencia, pero son los que influyen y afectan a nuestras conductas de cara al futuro, sin darnos cuenta de ello por regla general. Parece que impregnan en el sistema nervioso vegetativo en lugar del cognitivo. Nos dejamos llevar porque hemos aprendido conductas automáticas con las que funcionar socialmente.

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Continúo escribiendo tarjetas navideñas de felicitación incluso a personas con las que estoy en contacto cotidiano por las redes sociales. Sigo con los brindis pues todo sea por el nuevo año, los deseos de que todo salga bien. Decimos que es un día más el paso al nuevo año, pero se convierte en un estallido del que nos hacen formar parte.

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Recuerdo los vals en la tele el día de Año Nuevo, los saltos de esquí. El canto de los números de la lotería el primer día de vacaciones. Los zapatos en el vestíbulo la noche de Reyes y a la mañana siguiente llenos de regalos. La merluza en salsa roja que hacía mi abuela, el rollo relleno el día de Año Nuevo, la lombarda con salchichas el día de Noche Buena, las peladillas, el turrón, las serpentinas. Las campanadas por la tele y las doce uvas. Son referencias en el tiempo, puntos de apoyo para recordar, usos y costumbres de los que habla Ortega y Gasset.

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Tal sensación del exceso provoca tristeza ante la “felicidad” obligada y aparente, pero también una mirada retrospectiva que nos hace ser continuando nuestro ser. Y de fondo la infancia, un territorio desconocido que nos determina, nos condiciona, nos acompaña y todo sin saber por qué, a pesar de tantas explicaciones, erudiciones y teorías. Y la Navidad vuelve sin saber por qué y nos lleva unos días sin que sepamos adónde.

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  1. Mario Cordero
    30 diciembre, 2015 en 2:11

    Me siento culpable de ser uno de los que mandan tarjetas anuales que no tienen ningún sentido cuando el sólo recordar a las personas llena ese espacio.

    • 30 diciembre, 2015 en 11:35

      Es una huella de ese recuerdo. Todos somos culpables de ir más allá de la razón informática, por suerte.

  2. José Manuel sánchez
    29 diciembre, 2015 en 19:28

    Navidad tiempo de contradicciones. Creo que hay que recuperar su sentido religioso (cristiano o pagano), que es la única forma de dar valor a ese espacio en el tiempo. Si eso falta, todo es consumo y aún peor, consumismo.

    Vaciada el alma, es tiempo de vaciar nuestros bolsillos. FELIZ NAVIDAD, amigo Ramiro. Sabes que cada año este tiempo ofrece cosas muy valiosas. Entre ellas, los minutos que hace ya tantos años dedico a mandarte mi felicitación navideña. Abrazos.

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