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Desterrar a los sin rostro

Hace unos días asistí a una exposición de Danh Vo, un artista vietnamita, en el Palacio de Cristal del parque del Retiro. No voy a hacer un análisis ni crítica de la obra, sino contar el impacto que me produjo, porque ha sido para mí una experiencia curiosa.

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Ya he comentado alguna vez que me gusta ir a los museos, pero no para empaparme de arte ni a escudriñar nada, sino a pasear por entre las obras, mirar. Me entretiene y hace pensar, y sentir y rememorar. Dejo que las imágenes interiores caigan, aparezcan.

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La curiosidad me lleva a leer los folletos que se ofrecen y lo escrito en murales, a preguntar, a veces a alguien que analiza pormenorizadamente alguna obra, lo cual suelen agradecer porque se explayan en sus explicaciones, en ocasiones demasiado técnicas, pero aportan datos y referencias originales.

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En una amalgama de todo un poco, de datos, de respuestas a interrogantes que hice y sensaciones propias cuento lo que me ha causado ver esta exposición “Destierra a los sin rostro”: una cadena de sorpresas en mi percepción uniendo a ésta sentir y pensar.

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El pabellón, Palacio de Cristal, tiene para mí un encanto especial, pues da lugar a un espacio dentro del espacio abierto, de luz, cuya visión hacia el parque me hace estar en un interior y fuera a la vez.

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Al entrar se ven huesos enormes, otros pequeños, colgando de una cuerda fina pendidos en el aire. Me llamó la atención. Oí comentar que es la desconstrucción del arte, por ser contrario a lo que haría un museo: construir la forma del esqueleto de un animal. En este caso es de un mamut.

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En el momento de ver aquella imagen en dicho espacio surgen sensaciones sin palabras, una especie de pre-idea, que no sabes exactamente qué piensas ni que quieres pensar. Sorprende a la vista. Al querer razonar y dar palabras… me planteé que trata de comunicar que los mamut son un recuerdo que flota en el tiempo, que ya es nada y ahí queda. El arte nos hace ver su desaparición como un adiós poético y no una catástrofe biológica. ¿Pasará lo mismo con la especie humana?, ¿habrá arte para que nos recuerden a los seres humanos extintos?

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Pero en medio de aquellos huesos cuelga también la imagen de un Cristo crucificado, sin cruz. Me llamó la atención, porque ¿acaso es lo mismo? Un recuerdo que flota, pero es un símbolo, que perdura en la realidad desde su pasado remoto. Además es una figura hecha de marfil. Como si fuera hecho de ese tiempo materializado en los colmillos de aquel animal atomizado en la obra de Danh. ¿Qué quiere decir?, pero no logré articular pensamiento alguno. A veces opinar sobre algo también es callar.

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En el suelo aparece una caja de madera, vieja, gastada, con una escultura de mármol dada la vuelta, que no se aprecia qué es. Se supone que el rostro un niño de una escultura romana. Como si quisiera indicar que los imperios, como el mamut terminan así, tirados en un rincón.

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Cerca hay un pedestal con una escultura griega de tamaño pequeño, es un desnudo que continua hacia arriba del torso con un trozo de madera carcomido… ¿por el tiempo? ¿Qué quiere decir?, en realidad ¿qué más da?, la pregunta sería ¿qué me dice? Siempre recuerdo ante este tipo de interrogantes lo que contestó Pablo Neruda cuando alguien le preguntó qué quiso decir con una metáfora determinada: si lo supiera no sería poesía.

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El conjunto de la obra llama la atención. La sensación de flotar el pasado en el tiempo, el cual gasta todo, lo erosiona, todo queda, por grandioso que sea en un rincón como un objeto más cuando ¡tantas vidas! se han gastado para ser cenizas. Y en medio de todo verme rodeado de otras personas que hacen lo mismo, pero cada cual con su historia particular.

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Me acerqué a un rincón de aquel lugar en el que vi a una pareja leyendo un papel que estaba en la pared. Un escrito realizado a mano. En francés. Traduzco a mi manera, tosca y sencilla, pero luego otro señor la lee en alto traduciendo el texto. La firma Phung Vo. Es un sacerdote francés. Escribe aquello que leemos pocos días antes de morir ejecutado. Compara la vida a los pétalos de una flor que marchitan, pero algunas son arrancadas como iba a ser él de la vida. Manifiesta su fe. ¿La perdurabilidad de la fe?

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Pero todavía hay algo más, como si el arte fuera un saco sin fondo en la imaginación del autor que nos brinda el que esa carta está copiada letra por letra por el padre del artista, que luego él reproduce sabiendo de quien es, pero sin conocer su idioma, de manera que pinta, por decirlo así, las letras como si fueran meras formas, que leemos, que vistas no dicen nada, pero que al comprender su significado dan sentido, si cabe, a la obra, que plantea la muerte, la desaparición de la vida concreta en la bruma del tiempo, el recuerdo como flotación…vemos el arte sin saber su idioma.

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Forma aquella visón en su conjunto el esqueleto de la mirada, la cual se rebela a que todo deba de tener un sentido, porque ¿qué sentido tiene matar a alguien por su fe?, y quien ejecuta dicha tortura ¿no sucumbe acaso igual al cabo del tiempo?, ¿no es también otra flor?, ¿y qué significa al cabo del tiempo? ¿¿Quizá signifique la sublimación de enterrar la muerte en el arte, o viceversa, ver que el mismo arte es deglutido por la temporalidad de la materia, y que también sucumbe lo inmaterial??

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No sé, pero quizá el arte sea saber que no sabemos su significado. Percibir. Y aprendemos de lo que nos dice por dentro.

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