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Verso / reverso y el teatro de la vida

He paseado por el Palacio de Velázquez del parque del Retiro. Mientras he mirado una exposición de cuadros del pintor polaco Andrej Wróblewski, de quién no tuve anteriormente ni idea de sus existencia ni con respecto a su obra. Me llamó la atención el nombre de la misma: “Verso / reverso”.

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Me atrajo pensar que sería algo sobre poesía. Fui sorprendido cuando comprobé que se trata de un espacio dedicado al arte pictórico. Una mañana de otoño. Sábado. También me resultó curioso que hubo muchas mujeres jóvenes solas viendo la exposición. Lo cual he visto igualmente en conferencias y otros actos y exposiciones con cierta asiduidad. Una observación de andar por casa, nada más. Pero me pregunté ¿no esteremos construyendo una sociedad democrática, basada en el diálogo y la comunicación wasap fundamentada en el autismo?, ¿verso / reverso de la libertad / soledad? Preguntas que me vinieron a bote pronto, como se suele decir.

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A medida que me introduje en el bosque de cuadros y de paneles explicativos me fue interesando más y más. ¿Y no conocer nada de este pintor?, me dije. Ni haber oído hablar, ni leído ¡nada!

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Es un canto a la libertad y a la juventud; a la creación artística y a saber que la vida sigue más allá de cada uno de nosotros, pero quedan las palabra, el color de nuestros lienzos, los recuerdos que sembramos en la flor del tiempo. Sí. Y reconocer que nuestro yo carece de fronteras.

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Tantas ideas se agolpan cuando recuerdo aquel rato, al querer contar, sin saber qué exactamente, porque no sólo estaban los cuadros y la gente espectadora, sino recuerdos que me acompañan y aparecen, también las reflexiones. Me viene a la memoria (disculpad que me disperse, pero pienso que cuando se escribe lo mejor es dejar que las palabras cabalguen; a riesgo de que José y Adolfo insistan en que no me enrolle en internet; pero soy de la vieja escuela de papel, no lo puedo remediar con “mi pie puesto en el estribo” de contar los años de medio en medio siglo) una idea del dramaturgo sueco Strindberg, cuando alude a que el alma de sus personajes es un conglomerado de civilizaciones pasadas y presentes, de trozos de gente, de retazos de libros y periódicos, al igual, advierte, que es de esta manera como está formada el alma de las personas.

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Las obras de Wróblewski me llamaron la atención en un primero momento por el impacto que producen, como si quisiera llamar la atención, pero ¿sobre qué? Figuras estáticas que parece que dicen estar quietas para comunicar que están, nada más. En escenas que suceden a pesar de la circunstancia que rodea el cuadro que parece delatar cada retrato con una mirada muda, que parece que no ve nada sino un horizonte. Como si hubiera un vacío en lo que ha pintado.

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Poco a poco, a medida que se recorre la sala, al ir leyendo explicaciones, al hacerse los ojos a la percepción a aquel estilo se va entendiendo y admirando la historia de toda una obra, de toda una vida, que fue una corta existencia.

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Me afiancé en mi teoría de que el arte no hay que verlo, sino mirarlo, dejar que la obra escrita, esculpida, interpretada o en pintura diga algo a quien oye sin escuchar, mira sin ver, deja que le salgan las ideas sin pensar. Me di cuenta de que en este caso mirar se unía irremediablemente a la conciencia, lo cual comprobé a medida que fui leyendo las explicaciones y datos biográficos sobre el autor. Sí.

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Y he aquí que encontré el sentido al título de la exposición: Fue un joven pintor a quien le tocó vivir la II Guerra Mundial, todo su horror y luego la “liberación” del estalinismo, lo cual le exigió participar en las galerías con las nuevas condiciones ideológicas si quería exponer y porque se vio atraído un tiempo por los ideales de justicia y de igualdad, pero empezó a ver que todo estuvo definido, que no hubo recoveco para su yo, para su ser personal e intransferible, al que tenía que renunciar, incluso en sus manifestaciones pictóricas. Igual las demás personas.

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Se hace espectador en su obra para reflejar en ella la descomposición humana, su disgregación, su automatismo y la crueldad y violencia como telón de fondo que sufrió su pueblo con el nazismo. Al menos luego estuvieron en paz, aparentemente. Mundo de espejismo que empezó a entrever y al que se tuvo que adaptar por mera supervivencia.

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Su experiencia le llevó a querer trasmitir sentimientos en una sociedad donde éstos habían quedado paralizados, congelados, si no muertos. Donde hubo que guardarlo lo más íntimo y recóndito, incluso hubo de dejarlo fuera de la conciencia, so pena de ser influenciado por la “mentalidad burguesa”, para reconstruir la sociedad, pero más con el objetivo de crear un nuevo mundo y un ser humano más evolucionado, lo que años después se vino a llamar “el homo soviéticus”.

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Pero va más allá su expresión, porque lo que trasmiten sus cuadros, al menos a mí, sirve para el mundo moderno de hoy. Al ser un arte figuracionista, en mi opinión no es abstracto, de un mundo roto primero y soldado a la fuerza después nos afecta hoy en día inmersos en un modelo de sociedad que parece (aparentemente) contrario al que cree que ha superado, pero que no ha sido tanto. De hecho la palabra “soldado” podemos analizarla en dos sentidos, el de “soldar” y el de militar. Todo parece ser un juego de espejos. Uno de los títulos de una colección de estos cuadros es “El terror de lo trivial”. Que a cada cual le diga esta frase lo que se le ocurra.

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En aquella tesitura y circunstancias en que tuvo que pintar al estilo del realismo socialista (soviético), el mundo oficial de la cultura expuso sus obras, pero en un segundo plano, porque le faltó, pensaron, algo. No llegaba este joven artista a lo que es el arte objetivo, como si sus pinceladas se resistieran a anular toques de subjetivismo que envenenan la realidad y la cultura. Wróblewski se aplicó, insistió en mejorar, pero su ser interior rezumaba y las autoridades no estaban convencidas de su firmeza ideológica como pintor socialista.

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Pero el canto interior, la balada de libertad que suena de fondo en el alma de un artista manaba, no pudo domesticar sus anhelos y lo que hizo fue pintar lo mismo que en el cuadro en el reverso del mismo, en la parte de atrás del lienzo y ¡qué diferencia! y, a la vez, que visión tan distinta, que nos hace visible años después. Estremece. Como si a escondidas sacara la lengua a los prebostes de la kulturak. Lo mismo que el soldado Woyzek que no para de decir “a sus órdenes, a sus órdenes” cuando por dentro es un volcán de pasiones, en la obra teatral de Georg Büchner.

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Justamente estuve por aquel momento leyendo dos obras de este autor alemán, precursor del expresionismo e impulsor de la literatura panfletaria: “La muerte de Danton” y “Woyzek”. Su nombre me vino a la memoria cuando leí que el pintor que estaba viendo murió a los 29 años de edad (1957). El dramaturgo a los 24 años (1837).

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Separados ambos artistas por la época en que vivieron, geográficamente, por ser sus sendas manifestaciones creativas diferentes y que vinieron a unirse por un casual, porque me encontré allá por pura casualidad, debido a ver el letrero en el recinto y confundir su contenido y la lectura de este autor alemán también fue fruto del azar, al haber llegado a un trato con mi hija pequeña de leer los libros que le exigen a ella en la asignatura de literatura, pues no conocí esas dos obras hasta entonces. Y que justamente ambos tuviesen una muerte prematura.

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En la esencia nos encontramos, como si fuésemos arrieros en el camino de la palabra, porque al final los cuadros y la música los damos un significado  por medio de la palabras, salvo la parte intraducible que queda como una vibración que duerme en el inconsciente. Büchner cuenta que los que ejercen el Poder, sean reyes o revolucionarios, detestan al pueblo porque la gente común se divierte. Aunque sufra los golpes de la vida, de las injusticias, busca los entresijos de gozar como sentido de la vida, lo cual entra en diálogo en mi recordatorio mental con lo que vi al desembocar en mirada al mundo interior y externo de Andrzej. “Nos matan porque nos temen”, otra frase que podemos analizar no sólo como la muerte física, sino social, psicológica, artística, que experimentó el pintor. Para su consecución no cabe duda de que “el mejor médico es la guillotina”, o así mismo el Gulap, claro.

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Para los dos, los tres y para muchos (excusad que me incluya y a ti lector) queda la esperanza, el tiempo, el diálogo con la posteridad, con el presente de cada cual de viajar a la conciencia, a aquello que se rebela en cada uno de nosotros y de nosotras y hace que nos unamos sin conocer y nos permite ver, actuar, sentir. Queda la esperanza, eso fue lo que no detectaron los ideólogos del arte en la obra realista de este joven pintor, ese fue el halo que trasmite pasado el tiempo, el cual se percibe como una brisa, sí. Y que se convierte en un soplido que nos permite respirar un poquito más de libertad y nos da, un poco al menos, más ganas de luchar.

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Y como pintaran en aquel Mayo del 68 “a pesar de todo: la vida”, plutôt la vie. Y el arte.

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  1. Mario Cordero
    25 enero, 2016 en 13:47

    Gracias por ser nuestros ojos y mente a la distancia. El mundo esta lleno oportunidades para aquellos que tienen ese deseo de interrogar y darnos una visión de un pasado o futuro que pasa desapercibido por mil lares.

  2. José M. Sánchez
    25 enero, 2016 en 8:38

    La iré a ver.

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