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Bodoque IV

¡Ay!, ¡lo que me ha sucedido! amigos. Me han entrado ganas de llorar. No volveré nunca más a contar nada de los bodoques. Primero porque ya hay quien sabe a qué ciudad me refiero. Demasiadas pistas. Entonces me preguntan que si Bodoque es el nombre de algún rey y me quedo perplejo. ¿¿??

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¿Cómo?, pregunté. Debido a que ha aparecido la serie bodoquiana como Bodoque I, Bodoque II y Bodoque III ha dado lugar a una confusión un tanto absurda, porque aunque pueda haber algo de realeza en el asunto nada que ver con dinastía alguna, ni algo parecido. Una anécdota más en esto de lo bodoque que ha llegado al colmo. Igual que el colmo de los colmos es vivir en Estocolmo, el de lo bodoque ha llegado.

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Por un caso que refuerza mi empeño en hacer ver esto del bodoquismo en un lugar tan concreto. Hay quien piensa que lo invento, lo sé, pero a mí me parece imposible que alguien pueda discurrir algo así, porque yo ni me lo pude imaginar.

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Pero la realidad es tozuda, es como es. De esta manera iba a ir a una exposición anunciada en una fachada de renombre y abolengo, llena de historia y prosapia en una pancarta enorme. Pregunto que donde es a un bedel que está en la puerta de fuera. “Arriba”, me dice. Arriba ¿dónde?, pregunto. Puede ser el primer piso, el segundo, el tercero. ¿Cuál? Se lo hago saber al susodicho con toda educación y cortesía posible. Me mira extrañado y contesta que pase y siga las indicaciones. Así hago y ¿indicaciones? ¿Dónde? No vi ninguna. Subo, bajo, recorro los pasillos. Nada.

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Bajo y en la ventanilla de conserjería pregunto a una bedel por la exposición. ¿Una exposición? Me mira extrañada, debe de tener algo de estrabismo. Amablemente sale a la puerta conmigo (sigue el bedel al que aludí anteriormente, que nos mira) ¡Ah!, sí, efectivamente hay una exposición. Pero es en otro edificio. Ah. Sin problemas y sin indicaciones que no fuera que el habitáculo de la misma fue la única puerta abierta. Bien.

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Lo grave que me ha provocado tanta congoja y desazón sucede al salir de la misma. Sé por vuestros comentarios y jactancia que esto que me ha sucedido os ha provocado a algunos y a algunas la risita escondida, el jijiji simulero, pero a mí no me hace gracia. Tampoco pido que os compadezcáis, ni voy de víctima, al menos sí me gusta la comprensión de mi estado de ánimo triste y abatido. ¡Como para no estarlo!

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Fui por la calle pensativo, con la atención en las nubes ensimismado en mis elucubraciones, por un lado digerir lo que acababa de ver y de ilustrarme, por otro dando vueltas a la cabeza para ver qué escribo para el lunes, como hago semanalmente, y recordando a la vez ideas de lo que llamo los “túneles de una novela”. Mi hija dice que es mejor no ponerlos, pero mi punto de vista es que lo que vaya a suceder al final no puede ser de repente, ni que suceda de la nada, sino que ha de venir a cuento de algo… El buen lector observará que lo que pasa es por algo, sobre lo que es menester dar pistas, pero no con una claridad que lo haga evidente antes de tiempo. Hay túneles psicológicos, narrativos, sociales, literarios, etc.

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Iba metido en mis reflexiones, absorto y a su vez sabiendo que iba a entrar en una zona peatonal, por lo que algo me descuidé. Crucé la plaza que estaba repleta de paisanaje, la calle a la que iba a acceder también a tope de transeúntes, quizá porque hubiera salido el sol tras unos días de frío, o si se quiere del fresquito mañanero, que este año no ha sido para tanto. Vi grupos de jóvenes que van con sus colegios a ver, y contemplar, la ciudad. Saludé a Cervantes, al que dije que ya otro día hablaríamos, “hasta luego Miguel”, pues de tantas conversaciones le tuteo. No son pocos los que otros días me rodean para escuchar qué decimos. Platicamos sobre muchos temas de los que no siempre compartimos un punto de vista en común. Ya hubo un jubilado que desde un grupo de ellos me dijo que si ese día no le iba a decir nada. Sonreí, con señas le dije que “mañana”, porque iba a cruzar para comprar unos sellos y sobres que finalmente adquirí, pero cuyas cartas aún no he escrito sobresaltado por lo que vino a suceder. Y quise pasear un rato.

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Cierto que crucé sin mirar debidamente. Es verdad que salté el disco. Correcto que una señora dijo, pero no la oí con claridad sino de fondo, que esperase a que el semáforo se pusiera rojo para los coches. Crucé. Se me fue el santo al cielo, lo reconozco.Un despiste.

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Asumí que desde un auto su conductor tocase el claxon, demasiado bruscamente. Encima aceleró cuando me vio pasar la calle. Tuve que dar una carrerita respingona para salvar el pellejo. Pero sin duda fue culpa mía. El conductor dio una frenada deteniendo el coche en medio del cruce. Hizo tal ruido que el respetable centró su mirada en él y yo. Todo el mundo se quedó a la expectativa. Y yo avergonzado. Con toda humildad y reconocida la culpa que gestualmente comuniqué a tanto curioso, me di la vuelta para pedir perdón al conductor y aceptar su regañina o bronca. “Lo siento, iba distraído, disculpe”, le iba a decir, cuando vi que bajaba la ventanilla del coche. Pero no me dio tiempo a decir palabra alguna, casi ni a reaccionar sino quedar con cara de pasmarote cuando voz en gritó soltó ¡¡¡¡BODOOOOQUEEEE!!!!

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¡A mí!, ¡a mí!, ¿cómo pudo decirme eso? cuando es una expresión y palabra de mi tierra y nunca antes la oí acá, patria de los bodoques sin lugar a dudas. Y por un despiste, por un traspié, por algo que hice sin querer y reconociendo que metí la pata me suelta eso y gritando. Se me heló la sangre. Todo el mundo decía que crucé mal, que puse en riesgo mi integridad física y el follón que hubiera sido para el conductor, que es lógico que se pusiera nervioso. Soltó su grito, y se fue tras una acelerón. Me hubiera gustado dar una explicación. Lo mismo que a la gente que no me conocen, pero compasivos me atendieron: “venga, venga que no se repita, hay que ir con más cuidado”. Y cada uno se fue por su lugar, cada mochuelo a su olivo. Quise explicar que iba pensativo, que tuve la cabeza en otra parte y que no es excusa, ni justificación, pero que no vean que soy un irresponsable sistemático ni un temerario, ni imprudente. No. Un error lo tiene cualquiera

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Lo que me fastidia es que cuando me vean me señalaran y se dirán unos a otros “mira”, “¿quién es?, “el bodoque”, dirán. ¡Como para no estar fastidiado!

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Estoy sin ánimo, con ganas de llorar. Porque incluso si creen que es el nombre de un rey ¿acaso no soy republicano? Y lo peor es que, después de arrepentirme, de reconocer mi culpa, cargo con un mote que no me corresponde, pues pudo llamarme “despistado”, incluso “cabrón” por alterar sus nervios, “pazguato”, “imbécil”, “alcornoque”, “temerario” o lo que hubiera querido, que asumo puntualmente, pero ¿bodoque? y, precisamente ¡ a mí!, y en estas tierras. Lo que hay que oír. ¡Ay! O como dice doña Elena C. Wolff  “¡hasta aquí hemos llegado!” Y punto. Puntocom, claro.

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entierro sardina llanto (copia)

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  1. 9 febrero, 2016 en 18:21

    Ja, ja. Su caso me recuerda al de Groucho Marx en la película “Sopa de ganso”, en la que perdía los nervios cada vez que le llamaban “alcornoque”. Le invito a ver el lado bueno: de ser insultados, mejor que lo hagan utilizando palabras tan pintorescas. Mis respetos, Majestad.

    • 9 febrero, 2016 en 18:50

      Lo de “pintoresca”… parece que va un poco de coña, ¿no?. Le ha faltado decir “.. en qué lugar de Portugal, esconde la mano…”. Pero bueno, es un consuelo. Y un piropo recordarle a Marx…

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