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He visto morir a una paloma

Hace un rato asistí a la muerte de una paloma y me he puesto a escribir de inmediato para reposar una sensación extraña, que me emociona sin saber por qué, con la que dialogo y os hago partícipes. (Días después paso al ordenador lo escrito a mano)

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Vi de lejos un bulto en el suelo, cuando a las siete y media de la mañana caminé por la calle. Pensé que fuera una pelota. A medida que me acerqué consideré que fuera una madeja de lana. Más cerca, la cabeza de una muñeca. Al llegar a ella vi una forma redondeada rara. Me sorprendió darme cuenta de que era una paloma, a la que casi no vi la cabeza. Sus plumas parecían expandidas en una forma de bola.

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Me quedé mirando, sin saber qué hacer. Movió la cabeza un poco, abrió el ojo y lo cerró. El otro no lo vi. Me di cuenta, sin ser experto ni saber nada al respecto, de que estaba muriendo. Y yo frente a ella, en medio de la acera, mientras que la gente pasaba, algunas personas miraban siguiendo su camino sin detenerse.

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Llevé puestos los guantes de lana, que de no ser así no la hubiera cogido para apartarla a un lado y colocarla al lado de un seto cercano, porque los animales me dan aprensión, repelús, no me gusta tocarlos ni que me husmeen. Pensé marcharme y dejar que la naturaleza siguiera su curso, al fin y al cabo llegó el final de su ciclo. Y no pintaba nada en aquel lugar ante ella. Pero quedé pensativo. Decidí acompañarla, sin ninguna razón, con una sensación de pena que me hizo sentir culpable, porque ¡¡¡con todo lo que sucede en el mundo, a las personas que mueren saltando una valla, que les / nos enjaula, para poder sobrevivir, en el mar, en guerras y explotaciones ruines de unas personas sobre otras!!! Y yo pendiente de un animal.

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¿Y una paloma que ni siquiera es algo ni tampoco después de muerta un recuerdo de “ella”, porque no tiene nombre: una paloma, sin otra historia que su ser fugaz y sin conciencia y su vuelo de haber vivido. Sin embargo me dio pena y pensé en las personas mayores a las que he asistido a su muerte. ¡Mueren tantas palomas al día!, ¡tantas personas y animales de todo tipo! sin reparar en ello y esa paloma justamente por cruzarse en mi camino me apenó. Sí. ¿Qué nos hace sentir pena? No tristeza exactamente, sino pena.

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Me planteé nuevamente que qué pintaba al lado de ella, sin poder hacer nada, ni siquiera acompañarla. A mí no me gustaría agonizar con alguien al lado mirándome. La muerte es tan solitaria que necesita soledad, dejar que el ciclo (de la vida) se acabe por la inexorable ley de vivir. Pero continué parado, mirando de vez en cuando aquel cuerpo moribundado, quieto. En ciertos instantes como si se hinchara y encogiera a saltos, muy poco, queriendo respirar los últimos hálitos de aire. La palabra “agonía” quiere decir “lucha”, la de por vivir unas últimas bocanadas. Pretendí no pensar en nada.

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Me vino a la cabeza lo que leí de Plinio el Viejo en su libro “Historia natural”, año 77, en cuanto que el ritual de estas aves antes de que se apareen es siempre besarse. Que la hembra pone un huevo hembra y otro macho. Cuando no hay macho se excitan entre ellas y ponen huevos hueros, de los que nada nace. Me resultó curioso. Hacía ¡años! que no reparé en esto, que me vino a la cabeza y recuerdo a vuela pluma.

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Me consideré una parte más del paisaje silencioso aun el bullicio rodeándonos, con el fondo los coches rodando por la calle, los peatones pasando con prisa. Pero silencio. La muerte y su venida es silencio, por eso nos rodea y hay espacios silenciosos en nosotros y en nuestra vida, porque hay un tiempo que muere en su devenir, aunque quedé su estela.

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Recordé cuando en la playa de Barceloneta, con más piedras que arena, vi que un señor, cerca de un rellano de cemento, echaba migas de comer a las palomas y cogió a una y se le llevaba. Le llamé la atención, “¿qué hace usted?; no le da vergüenza”. El hombre sonrió. Respondió que si quiero saber qué hace. Indicó con los gestos que le acompañase. Cerca se sentó en una pequeña silla plegable, miró a la paloma y con unas tijeras le quitó unos hilos que tenía rodeando las patas de la columba. Señaló que mirase a otras palomas que pululaban por nuestro alrededor. Ciertamente muchas con muñones. Me explicó que cuando crecen al tener enredados los hilos o cuerdas se les cortan las patas y sufren mucho. Me disculpé. Dijo que no pasa nada. Siguió con su labor. Dos años después vi en el parque de san Francisco de León a una señora que hizo la misma labor. Le dije que es imposible atender a todas. “Se hace lo que se puede”, contestó y se encogió de hombros. Escribí al volver un cuento al respecto: “El cuidador de las palomas”.

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Recordé los palomares que había visto para las torcaces en los pueblos, que mi padre me contó que entraba cuando fue joven, y los paisanos, para coger los pichones y comerlos con patatas o alubias. Se dejaron de guisar cuando no hubo lo que llamaron “hambre”. A él le gustaron, pero ya no se comen. Queda una arquitectura curiosa, una especie de despensa biológica. Las mataban asfixiándolas al apretar las manos contra su cuerpo o contra el pecho. Sin pena ni gloria para los animalitos, y con el alegre acto de ir a comerlas. Muchos palomares están caídos, en ruinas, otros restaurados. Quedan dormidos en medio de tierras de cultivo, por regla general.De esto habla Toño Morala en sus escritos que los que guisa el tiempo, las cosas, los sentimientos a palabra-fuego lento…

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Me acordé del cuento que conté a mis hijos, que una vez oí, no sé si cierto o no, en cuanto que en Sevilla sólo dejan que halla palomas blancas para que adornen los parques y las plazas. Una especie de tradición y de originalidad. Conté esta historia al llevarles al colegio y ver muchas de ellas en el suelo en la plaza de Cantarranas. A Omar y Rayo les gustó correr tras las palomas y gorriones y ver a los pájaros ponerse a volar en bandadas. ¿Y las que no son blancas?, preguntó Daira. Las matan, dije. Ella se asustó. Corregí entonces, dije que no, que eso fue antes, que las cogen en redes y las llevan a otras ciudades. Sólo vimos por entonces dos palomas blancas. Pero no paraba de preguntarme ¿y esa?, si tenía manchas blancas, si fuera grisácea. No le pareció justo que fueran únicamente las que tuvieran todas las plumas blancas. ¿Y si son blancas pero con manchas negras? A esas las dejan. Fue un tema de conversación recurrente durante semanas. Y los cuervos son negros. De esa ciudad los echan.

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Los hermanos mayores oyeron, prestando atención al tema de las palomas, que de algunas ciudades las quieren quitar a todas, porque estropean con sus cagadas los monumentos. Y que al llevar ramitas en sus picos atascan los canalones. Daira quería que hubiera palomas. Vi en las ventanas de algunos edificios artísticos, en sus alféizar de las ventanas, unos alambres colocados para que no se posen en ellos y así no aniden, como he visto que hacen en los huecos entre piedras de los muros de alguna iglesia en donde colocan sus nidos y en las torres de campanarios. Hay una plaza que se llama de Las Palomas, donde debió haber un palomar urbano. Queda uno más moderno en el parque de La Condesa.

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Recordé lo que me llamó la atención de pequeño, de las palomas mensajeras. Que todavía el ejército cría y adiestra a algunas para tal fin, por si acaso. El nombre de un personaje femenino de la novela en la que estoy enfrascado se llama Paloma. Son dos las que llevan este nombre, una niña y una trabajadora de la oficina de Correos, cuyo papel adquiere mucha importancia al final.

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Me vino a la memoria, casi desde el principio de ver a aquella que tuve a mis pies a muy poca distancia, cuando el profesor de batería de mi hija pequeña abrió la puerta del torreón del CHEF, Colegio de Huérfanos Ferroviarios, edificio éste que estuvo mucho tiempo abandonado y que a comienzo de los años 80 ocupamos un grupo de teatro, Aa Di Parpant, hasta que nos echaron, pero se inició su arreglo y hoy es un edificio para la escuela de Música municipal, y de danza y teatro, y para asociaciones, y para enfermos de Alzheimer, porque es enorme. Aún no se ha habilitado la parte de los sótanos, donde estaban las cocinas y la enfermería y despensas. Tiene un teatro antiguo abandonado que impresiona verlo con sus bambalinas y asientos de madera antiguos, con los telones de cuerdas de uso manual. También está la sede de la policía municipal. ¡Cuántos huérfanos! Parece ser que sí, que la colocación de las vías se llevó a muchos trabajadores y las familias quedaban sin medios de vida y los menores fueron acogidos en él, de la zona norte. Los laterales de los escalones en el edificio tienen huecos, erosionados por las pisadas de tanta chavalería que subía por la derecha y bajaba por la izquierda.

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Al entrar, por curiosidad, en aquel torreón de donde venía un ruido zumbón de ulular de palomas quedé sorprendido. Cual fue mi sorpresa al ver muchas apiñadas moribundas. Algunas más pequeñas volaban alrededor. Y vi gatos rondando por allá. Y muchas muertas. Y subí por unas escaleras y en un espacio cubierto, pero sin paredes, con un depósito de agua, creo que es, pero en el suelo palomas muertas, no tantas, pocas, y varias conformando una circunferencia perfectamente dibujada con palomas muertas, como si hubieran sido colocadas. El profesor dijo no saber, y que allá no va nunca nadie. Fue curioso. Para mí que es un cementerio de palomas, que tienen ese lugar como referencia instintiva. Se lo comenté a varios biólogos, pero no lo dieron importancia, pensaron que fuera un cuento. Supongo que seguirán llegando palomas a morir allá.

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Y con la que yo estaba en la calle, sorprendida en ningún lugar y menos para palomas. Un sitio de paso para los transeúntes humanos. No me dio para pensar nada, ni ahora (ni cuando lo escribí a mano, ni cuando lo paso al ordenador) Contemplar la muerte es lo que tiene, que corta toda reflexión, todo pensamiento y deja al aire, que vuelen, los recuerdos, las asociaciones, las añoranzas. Como al ver caer un árbol. O como cuando Olga me dijo una vez que le regalé unas flores “no cortes las flores, el viento no sabe leer” y desde entonces regalo macetas con plantas “vivitas y coleando”.

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Hubieron pasado cerca de dos horas. Aquella bolita de plumas cayó sobre sí. Las plumas se estiraron y quedó el cuerpo tumbado como una paloma muerta. Le dije adiós con el pensamiento. Vi otras volando y en ramas. Y cigüeñas. Y quedando lejos el mar contemplé bandadas de gaviotas, quizá que sigan el curso del río que hay cerca. Me dice Cristina que es por el vertedero que las da alimento. Y los gorriones piaban y no me di cuenta hasta que me fui, revoleando entre las ramas de los árboles.

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Al volver no estaba. Pudo llevársela un gato, o que un barrendero la recogiera. Ahora, han pasado dos semanas, cuando paso por aquel lugar miro donde murió y recuerdo ese momento.

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Las palomas sienten que su corazón se enfría / y dejan caer sus alas“,  Safo de Lesbos (600 aC.)

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  1. Pigeon :'(
    24 mayo, 2017 en 1:08

    Hoy atropellaron a una paloma donde yo estaba y justo cuando me acerque para ver si podía hacer algo por ella empezó a retorcerse y murió… Soy una amantes obsesionada de los pájaros y juro que me costó no empezar al llorar. Fue así, a mi lado. Al lado de mi pie.. 😥

  2. 3 marzo, 2016 en 18:09

    Su reflexión me recuerda un pensamiento que incluí en mi obra “Una semana en los ríos Concord y Merrimack”, hará un par de siglos, parafraseando una cita bíblica: “No cae muerto un solo gorrión sin que lo sepa Nuestro Señor, que está en el cielo… Pero continúan cayendo”. Saludos, Ramiro.

  3. Mario Cordero
    2 marzo, 2016 en 20:08

    Simple mente conmovedor. Cuantos veces dejamos pasar la oportunidad de demostrado la sensibilidad que nos permite ser compasivos con los animales y con los humanos. Hay que ser poeta quizás para desarrollar es sensibilidad. Gracias por recordarnos que se puede sentir compasión aun por aquello que para otros no tiene valor.

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