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Suicidio

Ocurrió hace tres semanas. En todo lo que sucedió de lo que voy a contar no aparece la palabra con la que titulo esta breve narración. No es de ello exactamente de lo que voy a escribir especialmente, sino de algo sutil, que sucedió sin palabras, sin casi ninguna en torno al hecho que me ha llamado profundamente la atención.

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Estuvimos en el andén, como siempre, mucha gente a la espera de que llegara el tren de cercanías. A las siete menos diez de la mañana. Pasó un cuarto de hora cuando el retraso se hizo evidente. Quejas y cabreos al aire. Una voz por el megáfono pidió que disculpásemos el retraso. Al poco rato anunció que se retrasaría más “por arrollamiento, disculpen las molestias”.

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Se hizo un silencio pasmoso, casi reverencial. Anunciaron que en un túnel, de dos estaciones anterior a la que estábamos, correspondiente a la línea de nuestro andén sucedió el arrollamiento.

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Hay mucha gente a esas horas en la estación de cercanías, a lo largo de sus diez andenes. Formamos islas de agrupaciones humanas. Nos colocamos siempre en el mismo lugar, como si siguiéramos con el instinto de territorialidad sin darnos cuenta. A la misma hora coincidimos con otras personas cada día laboral. Ya no cupo la impaciencia. Algunos se fueron para buscar otras rutas. Todavía nos quedó media hora de esperar en silencio. Ya no hubieron quejas, nadie protestó. Estuvimos pensativos. A quienes fueron llegando no hizo falta que nadie dijera nada, porque lo repitió la megafonía.

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No hubo ninguna duda. Nadie cruza las vías por un túnel. Los rostros de las personas que esperamos fue circunspecto. Estuvimos pensativos. Es pensar sobre el vacío. Algunos rostros conocidos de personas, con las que nunca había hablado, mostraron un pesar cierto. Las miradas al entrecruzarse parecieron confirmar que sí, que no pudo ser otra cosa. Y que tal vez. Porque a cuatro minutos de nuestra estación, no sería de extrañar. Nadie se lamentó ostentosamente de fuera a llegar tarde. Se creó una sensación flotante, incierta y a la vez de algo parecido a la solemnidad.

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Una percepción de cercanía nos unió en un dolor etéreo, sin que nadie dijera nada ni hiciera otra cosa que esperar. Sucede más frecuentemente de lo que creemos. Y de aquella manera, pero en rutas exteriores. Fue una sensación de cercanía extraña entre quienes otras veces viajamos juntos, mas espesa. Acompañados unos de otros sin saber que formábamos un grupo humano de silencio. Estuve abrumado envuelto en una actitud hierática, porque es un tema cuyas ondas expansivas me aturdieron no hace demasiado tiempo. Es un golpe que afecta a lo más desconocido de nosotros mismos. Un dolor imperceptible que duele, como si lo vivido a lo largo de la los años fuera constreñido, apretado, encerrado. No supe qué pensar.

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No quise recordar ni dar vueltas a lo que carece de respuesta, pero fue inevitable. Es como si el pensamiento hubiera caído sobre mí y me aplastara. Es una sensación que pringa y unta todo el cerebro. No tuvo por qué ser “eso” que pensamos que fue, pero a nadie le cupo duda alguna. No hablamos entre nosotros. Algunas personas hicieron el movimiento de cabeza afirmativo, ante gestos de otras que expresaron en sus rostros “qué pena”, “no podemos hacer nada”, “¡ay!”.

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Volver al recuerdo hace que lata el corazón con más rapidez. Me incomoda incluso escribir al respecto. Lo hago por lo que sucedió en torno a aquello que me ha parecido muy especial: “Rogamos disculpen las molestias, se retrasa el tren durante veinte minutos por arrollamiento”. ¿Hizo falta que dijeran la causa? “Por su seguridad no crucen las vías”; “Está prohibido fumar, debido a la legislación vigente, en todo el recinto de la estación”.

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Contar algo exige un contexto interior. Quien no lo ponga en la palabra sería mejor que redactara sin más, escribir es ser uno mismo en lo escrito. Últimamente leo obras bien hechas, bien escritas, pero ausentes de autor, con bellos personajes, por tétricos que sean, bien construidos, con un lenguaje exquisito, pero sin vida, sin alma en la palabra, que es lo único que puede tener alma y lo inventamos para todo lo demás y se lo ausentamos a ellas. Parecemos tontos los humanos, o es que somos cobardes.

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Me vinieron “cosas” a la cabeza de las que no puedo hablar, no por deber callar, sino por impotencia, por dolor reciente que se clava en el cuerpo. Por sentir aún ganas de llorar. Hace un par de meses fue un aniversario al respecto. Me preguntó una amiga que si no iba a recordarlo con un poema en el Ágora de la poesía. No pude, me fue imposible. Silencio. Y hace más tiempo fechas finales de amigos. Uno a ciencia cierta en un accidente de tráfico. Lo supimos sin que nadie dijera nada. Hace un año sí leí una poesía en homenaje a una amiga que también. Hubieron pasado veintiséis años, pero necesité cerrar aquel capítulo dedicándoselo a su hermano que conocí por casualidad. Ha muerto la paloma blanca / en su nido de espinas. /Se ha ido lejos / a su limbo sin esperanza. / Voló para recorrer un largo camino / al otro lado...”.

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Toda conducta se acompaña de un sentimiento, se perciba o no. Pero justo aquello que creemos que es una explosión de sentir, o una acumulación de emociones, o deformar lo real por hipérbole o por ausencia de reciprocidad son excepciones. Vivimos constreñidos, quizá para sobrevivir en un mundo de experiencias y ausencias, de apuestas y de renuncias. Sin pararnos, sobre la marcha.

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Un amigo que al medio siglo de su vida se va a casar me contó su experiencia. En realidad fueron dos, de la segunda nunca hemos hablado. Como si no hubiera sucedido. Fue hace cuatro años. Me llamó por teléfono. Se despidió de mí muy circunspecto. Dijo que me quería. Colgó. Me calcé y salí corriendo. Volví a por las llaves del piso de él, adonde iba algunos días para que mi hija pudiera practicar tocando el piano. Corrí como pude. Le maldije, pero ¡por favor!, no hagas tonterías. Intuí que no lo haría, pero aceleré. Nadie que me viera pasar por la calle sospecharía la causa de mi zozobra. Al entrar grité su nombre. Estaba al borde de la ventana, sentado en ella. En pijama. Estiramos el brazo cada cual y nos asimos las manos. Él estuvo agotado. No dijimos nada. No se atrevió. Le dije que se acostara. Se tumbó en la cama. Hablamos sobre qué es pensar y qué meditar. Me habló del último documental que vio en la televisión sobre historia. Hay un canal que sólo trata de ello. Y de su primera novia. Luego salimos a pasear.

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Sin embargo de la primera vez que lo hizo sí hemos hablado. Yo lo supe después, porque él me lo contó. A raíz de aquello fue ingresado en el “hospital”. Por las conversaciones al respecto he llegado a una conclusión. Me ha contado que se acosto con las ventanas y puerta del cuarto cerradas a cal y canto. Abrió una bombona de butano para que saliera el gas. Tuvo precaución para que no estallara, porque esa imagen le resultaba desagradable. Eligió que fuera así por haber oído que es una manera dulce de “irse”, que no te enteras. Perdió el conocimiento y lo recuperó en el hospital. Su madre cuando llegó se encontró con aquel panorama. Se hubo caído de la cama y eso le salvó. No llegó a intoxicarse totalmente.

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No pude no hacerlo”, me dijo mientras que paseamos en los jardines del “hospital”, en el que había estado anteriormente alguna vez, hasta hace pocos meses que va solamente un día a la semana. Le pedí que me explicara por qué, debido que no entendí eso de “no poder no hacerlo”. Me contó cómo fue. Le había pasado alguna vez por la cabeza. Es un pensamiento existencial que en alguna ocasión se nos aparece. Pero a él se le encasquillo tal pregunta y la repetía, como un eco que le acompañaba, y dio vueltas en su pensamiento al respecto. Ya pensar que si merece la pena vivir, que por qué, que para qué, es la entrada en un laberinto. “Lo hice sin ninguna intención”, reseñó. No encontró ninguna respuesta, pero tampoco a ¿por qué no?, pues le dio lo mismo lo vivido y lo por vivir, los afectos y desamores, se ve todo tan diminuto desde esas preguntas que da lo mismo lo que sea. Tal fue su sensación, según me dijo. 

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Lo más curioso es que por aquel entonces trabajó de repartidor con su furgoneta. Bollería industrial. Hacía el recorrido a lo largo de la mañana, madrugando mucho. Unos años atrás lo hizo de prensa. Llegaba a mi casa a las cinco de la mañana, yo le tenía preparado un chocolate con galletas cuadradas, rectangulares, que lo tomábamos mientras que leíamos diversos periódicos. Le despidieron por no cumplir el cometido a su debido tiempo.

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Un día le vino a la cabeza, sin más, que lo iba a hacer. No lo pensó. No dio vueltas a si sí o si no. Sintió alegría, bueno, ¿por qué no? Únicamente le preocupó cómo hacerlo. “Fue una decisión tuya, ¿si o no?”  “No, eso es lo paradójico, lo extraño: no. No lo pensé; Fue como cumplir una orden, a la que dices vale, pero sin pensar. Es como si fuera una respuesta a todo”.”¿A todo qué?” “A todo, no preguntas más. Si te diera una explicación sería falsa. Esas se las cuento al psiquiatra que es lo que quiere oír, pero no hay nada, no hay una causa ni una decisión, al menos yo no la tuve. Lo hice porque lo hice, por hacer. Sin querer ni aposta, es algo que no existe fuera de ese momento”.

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“Si lo decides lo haces y ya está, pero esperé a que llegase el momento”, Le vino a la cabeza qué día, a qué hora, me contó. “Durante aquella mañana hice el reparto, como cada día, ¿para qué?, he aquí lo absurdo del tema; con lo poco que me gustaba hacer las cuentas, lo del balance, hice todo hasta que cuadraron los números. Coloqué la bombona, cerré las ventanas y la puerta como si estuviera colocando un escenario y yo fuera un actor que se prepara para una función. Me desnudé y me metí en la cama. Sucedió algo gracioso (se rió al contarlo), que no abrí la bombona. Iba a escribir una nota, pero me dio pereza, y tampoco supe qué poner, era evidente lo que iba a suceder y no tuve conciencia de que me iba a despedir, pero lo iba a hacer, pero al final no lo hice por dejadez”.

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Desde mi punto de vista fue una conducta hipnótica de la que no pudo escapar, que dejó que se le incrustara y se apoderó de él. ¿Es una decisión, es una enfermedad, un dejarse ir, desesperación, abatimiento, depresión? ¿Qué sabemos? Por regla general más que explicar los hechos lo que hacemos es esponer nuestras creencias en relación a lo que ha sucedido.

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Me vino a la cabeza aquella conversación cuando estuve en el andén aquel día. Quise evitar rememorar casos cercanos de los que no hablo. Y el comienzo de la novela “El mito de Sísifo” de Albert Camus, cuando dice: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. Es un pensamiento que cuando aparece y decidimos seguir empieza la vida realmente. ¿Acaso una forma de elegir vivir? Demasiado mito. Demasiado amor a un trozo de la roca que llevamos y que como Sísifo volvemos a subir cada día porque siempre es volver a empezar. ¿Cansancio? Pero una cosa es pensar y otra que aparezca la idea, como si de algo propio se tratara. Lo que dice una expresión clarividente muy popular: se cruzan los cables (neuronas). Autohipnosis.

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Me vinieron a la cabeza los finales trágicos de Ana Karerine, que llegó a una encrucijada social, sentimental, personal, pero pudo ser igual sin toda esa historia. Pudo quedar enclaustrada como la Regenta. O el ocaso de madame de Bovary. Quizá sea una forma de acabar una novela. O de mutuo acuerdo la pareja protagonista de la novela de Zola, “Thérése Raquin”, como reprobación moral de haber matado los amantes al marido de ella, sin que luego volvieran a hacer el amor entre ambos cuya finalidad justificó el asesinato y quedar presos ante la mirada muda de la madre del muerto. Y recordé el final de Stefan Zweig con su adiós acompañado, igual que el del poeta Kleist.

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Vemos las cosas demasiado desde el pensamiento y la literatura que quiere hacernos pensar, y sentir. Hay sucesos que no tienen explicación, ni causa, sino arrollamiento, nos vienen dados y nos atrapan, nos arrollan antes de que sucedan. Los sentimientos se congelan, el pensamiento se difumina. Tal incertidumbre explica lo qué sucedió después de aquel día en la estación.

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Al día siguiente subimos a la hora de siempre al vagón, el que ocupa la misma posición al parar junto al andén. La mayoría somos rostros de siempre a diario. Nadie corrió ni empujó disimuladamente para sentarse. Ni nadie dijo nada. Unos con el teléfono móvil mirándolo o la tableta esa, otros con sus lecturas. Otros adormilados. Otros mirando un punto fijo. Hubo miradas perdidas a los ojos. Con los gestos asintieron unos a otros. Una pena, parecían decir algunos en lenguaje no verbal. Siempre vino en este vagón. Pensativos. Teníamos, sin hablar entre los viajeros, la certeza de que fue quien siempre venía a esa hora, un asiduo, y no estaba. Hubo otros, como de quien escribí hace unos meses, un señor con gafas y que le coloqué unas botas de vaquero que se supuso que se jubiló, por la edad, por cómo iba vestido. Porque los últimos días no llevó la cartera de cuero. Sin decir nada se saben historias o se medio inventan. Es como mirar un paisaje sin conocer el nombre de los árboles, ni dónde está situado, ni nada. Se perciben sensaciones.

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Una señora se persignó y rezó en voz baja. Los de siempre lamentamos silenciosamente lo sucedido (no hubo lugar para creer que fue lo que sucedió), como dándolo por cierto. ¡Qué se va a hacer, la vida sigue!, parecían decir los gestos cuando alguien bajaba en alguna estación y todos al irse miraban el lugar donde se solió sentar aquel ausente.

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Debió de salir la noticia en algún medio de comunicación, porque el segundo día siguiente, por los gestos-miradas se confirmó. Alguien debió de saberlo con certeza o entre todos lo creímos. En todo lo que cuento no medió ni una palabra. Yo no leí ni oí nada al respecto. Al subir al vagón como siempre, a la misma hora, más o menos, hubo un clavel rojo en el asiento donde aquel señor se solió sentar. Algunos se acercaron al sitio y se fueron al suyo con gesto circunspecto. Otros lanzaron un beso y muchos hicieron la señal de la cruz de la frente al pecho, de un hombro al otro. Nadie dio el pésame a nadie, fue un pésame colectivo y compartido, no manifestado, pero no dejó de flotar en el ambiente.

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Como las demás personas estuve pensativo. Un señor, que lleva una carpeta bajo el brazo, justo antes de bajar, dejó un papel al lado de la flor. Con la palabra “adiós”. Me acerqué a leerlo. Quise escribir algo, sin saber qué. Puse al lado de aquella despedida: “dejas un hueco”.

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Me di luego cuenta de la ironía, pero no fue tal mi intención, no me di cuenta. Quienes lo leyeron asintieron, aceptaron que es un hueco cierto, no en el tren, que pudiera dar lugar a cierta morbosidad sobre lo sucedido, sin venir a cuento y desagradable, sino que me salió tal cual, porque percibo las muertes de personas queridas y que he conocido como huecos que van llenando nuestro ser. Nos llenan las ausencias de vacío que forman parte de la existencia profunda, nos ahuecan para acercarnos más a nosotros mismos. Son parte de nuestra existencia junto a quienes  convivieron con nosotros, de quienes se cruzaron en nuestro camino. Pero de aquella manera que sucedió son agujeros negros que pesan, y duelen a modo de un estigma de la especie humana. Como explica Lao Tse: tanto los radios como los huecos que hay entre ellos forman parte de la rueda.  Exacto. Es lo que quise decir en mi nota escrita.

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Recuerdo siempre en estas reflexiones el verso de Pedro Salinas: “el dolor es la última forma de amar”. Y me di cuenta de que el dolor por alguien a quien no conozco sino de vista es amar a la vida. Nuestro ser lo forman las vivencias, los recuerdos, los sueños y los huecos que se forman, no sólo por una muerte, sino por dejar de ver a alguien que desaparece de tu vida, que se va y no vuelve. Una especie de ser y no ser que fragua vivir, como algo colectivo y personal, íntimo y comunicativo cuyo nexo de unión es la palabra, la palabra dicha, la palabra escrita, y la que no pronunciamos en forma de silencios. Al fin y al cabo vivir es no ser lo contrario de la vida. De por medio hay sonrisas y todo lo demás.

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El tren sigue su curso cada día, lo seguimos ocupando los de siempre y alguno más. Cuando alguien falte inventaremos su historia, imaginaremos por qué no vuelve. No hablamos entre nosotros. Algunas personas que se sientan al lado con frecuencia sí que acaban conversando. Hace unos meses salíamos a la superficie del trayecto siendo de noche, estos días fuera del subsuelo se ve amanecer, llego al destino siendo de día. Hoy llovizna. Cuando salga este escrito puede llover o no.

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… vía tres! Atención, por su seguridad, no crucen las vías; utilicen los pasos habilitados.

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  1. 9 mayo, 2016 en 17:53

    Su escrito me recuerda un pensamiento que anoté en mi diario en cierta ocasión, ironizando sobre el tren del progreso: “Unos cuantos lograrán subirse al tren, pero cuando este arranque y el humo se disipe, comprobaremos que la vía está llena de cuerpos arrollados. Y entonces dirán que ha sido un desgraciado accidente”. Saludos, Ramiro.

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