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El huevo de la serpiente

Al margen 3 (copia)No sé como titular este escrito. Quise empezar por un paisaje cotidiano, en esta nueva serie de artículos que anuncié el lunes pasado, pero es tan reciente el hecho que voy a contar, tan sintomático y lamentable que necesito darlo a conocer.

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Escribir no es sólo contar, es tener la necesidad de hacerlo, vaciar los hechos en forma de palabras, porque en el mar de éstas cada ola es importante. No es una catarsis, como algunos interpretan, sino el imperioso impulso de comunicar, de hacer visible los entresijos de nuestro ser, de lo que existe más allá de lo que capta la retina de manera fugaz. No estamos en el mundo, somos mundo.

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Resumo lo sucedido, para no recrear pormenores que poco tienen que ver con el busilis de la esta pequeña historia. No suelo nombrar las localidades de los acontecimientos que narro, pero en este caso me parece necesario para ver su contexto, ya que esta historia real tiene dos partes aunque sucediera todo a la vez.

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Subí al autobús de vuelta de la sierra en la provincia de Madrid, lo cual es significativo. Al ir a sacar el billete lo hice con la tarjeta de familia numerosa especial. “Esta tarjeta aquí no vale, no la reconozco”. ¿Cómo?

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Me quedé perplejo. ¿Cómo que no?. ¡No!, fue la respuesta del conductor. Insisto en que sí es válida. Le enseño el dorso de la tarjeta donde viene escrito “Válida para todo el territorio nacional”. Insiste en que está en Madrid y que únicamente reconoce la tarjeta de la Comunidad de Madrid que es la que le ha enseñado en la documentación la empresa. Insisto. Dice que soy de otro territorio. No doy crédito a lo que oigo. ¡Lo que dirán muchos de estos pasajeros si esto hubiera sucedido en Euskadi o Catalunya! No quiero decir nada si en lugar de León hubiera sido de estas tierras.

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Me manda bajar del autobús. Me niego, por una cuestión de principio. Conculcaba mi derecho a ejercer el descuento. Me pareció absurdo y sobre todo una discriminación que afrenta a la ley, fundamentada en la Constitución, según la cual no se puede discriminar por cuestiones de territorialidad ni ninguna otra característica de las personas. Me consideré con el deber de defender mi derecho. Viajé con mi hija pequeña, que fue testigo de toda la trifulca. Ella no tuvo problema porque tiene una tarjeta de trasporte universal, por ser menor de 26 años.

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El conductor reitera que me baje. Me negué y me metí más dentro del autobús. ¡Pues no continúo el trayecto!, gritó en tono déspota y prepotente. Entonces sucedió la segunda parte de la historia tremendamente lamentable y penosa. Los viajeros empezaron a gritar contra mí, a increpar. Dije gritando para que oyeran que estaba defendiendo un derecho, que también  les afecta a ellos. Otro día les podía suceder a ellos.

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El griterío fue tal que no pude explicar, ni citar algunos versos del poeta Martin Niemöller:

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«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío.
Cuando finalmente vinieron a por mí,
no había nadie más que pudiera protestar
».

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Indiqué que tenían que defender el cumplimiento de la ley. No hubo manera. El conductor alegó a que él es la autoridad en el autobús. Le dije que no para infringir un derecho. Que otro día puede no dejar subir a un negro o a otra persona por cualquier motivo arbitrario.

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Los viajeros profirieron todo tipo de insultos contra mí, que tenían prisa, que me bajara, que me quería colar, lo que también el conductor hizo ver. Un joven que iba con otro se acercó agresivamente a mí. ¡Me van a echar del trabajo por tu culpa cacho c…! Me encaré a él. ¿Qué pasa?. Gritos, griterío… en un lugar cerrado, lo que podía acabar mal. ¿Y no será por culpa de la reforma laboral que te despidan? Tú eres un hijo p… fue otra lindeza. Fui a llamar a la policía, pero me hube quedado sin batería. Propuse una salida: hacer una votación. Ni caso. ¡Fuera! y palabrotas, incluso señoras emperifolladas se desahogaron enseñando la tarjeta que llevé en la mano. De sinvergüenza para arriba. Temí un linchamiento, pero me di cuenta de que la gente gritó esperando que alguien me diera mi merecido, según ellos. Vi una cobardía tremenda en ellos, por eso aguanté.

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Fue una lección práctica en toda regla, que será bueno analizar. Mientras esperé a que llegase el autobús un abuelo y abuela sonrientes se despedían de sus nietos amablemente, les daban una propina para que comprasen un helado, hacían gracias y carantoñas. Les dejé subir delante de mí, lo que agradecieron con gestos. ¿Qué trasformación pudo suceder para segundos después meterse conmigo sin querer escuchar ni atender a razones, como en una coral cerrada atacan a quien reclama su derecho fehaciente?, lo que pudo haber finalizado en una tragedia. “¡¡Paga y calaaaa!!”Me aterra recordarlo porque lo explica Wilhelm Reich en su obra “Psicología de masas del fascismo“. Una obra que concreta la que escribió Sigmund Freud: “Psicología de masas y análisis del yo” (1921), así como “El malestar de la cultura”. También en sus memorias Stefan Zweig, que no entiende cómo buenas personas, amables vecinos de su Alemania natal, personas cultas y respetuosas en su vida cotidiana, trabajadores cumplidores y puntuales pueden llegar a apoyar y ser cómplices y ejecutores de las masacres que sucedieron y como se fraguó, pero sucedió de repente, sin que nadie pudiera detener aquello cuando “nació la serpiente”.

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Pedí el libro de reclamaciones. Se negó a dármelo mientras que no sacara el billete sin el descuento. Dijeron que no quise pagar, cuando sí, pero con el descuento correspondiente. Un señor dijo que él paga sus impuestos y que no tiene porqué mantener a quienes son de fuera. Le contesté que los paga en un Ministerio que es una institución estatal, que es la que me otorga los derechos. Una señora insistió en que me fuera a mi tierra. Aluciné. Son los típico que odian a los separatistas vascos y catalanes, que odian porque se odian a sí mismos. Admitir la chulería del conductor ya fue bastante y todos le apoyaron en lugar de hacerlo a quien sufría la afrenta. Pudieron haber decidido pagar la mitad entre todos como gesto solidario. ¡Ja!

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El conductor me amenaza que o me bajo o llama a la policía. Una señora lo estaba haciendo. El conductor coge el teléfono. Le pido que la llame, porque la autoridad tendrá que hacer cumplir la ley. El chaval que vino a increpar se acercó y me pidió disculpas. Casi llorando dijo que le iban a despedir de su trabajo. Le dije que no por culpa mía, sino por la reforma laboral, por no defender sus derechos, que cuando lo hagan por la actitud que él tiene nadie le va a apoyar. Me da lo mismo, dijo, si no llego a la hora me echan.”Se lo suplico”.

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Me conmovió. Le di el dinero y dije que lo sacara él. Ni me dio las gracias, ni luego se despidió, que me hubiera gustado hablar con él, una vez pasó todo, pero hubo más. Mientras que sacó el billete dije para que todos lo oyeran que qué vergüenza, que así nos va, no ser capaces de defender los derechos de todas las personas, incluidos los suyos. Les dio lo mismo. Íbamos a marchar y, como alguien dijo, ¡jódete! Y comentarios cobardes por lo bajo: ¿qué te has creído?”; “paga como todos”; “el típico listillo”, “viene a incordiar”, etc. El conductor jactándose de que me conoce, que sabe quién soy, algo harto imposible…

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El acoso grupal fue increíble, de una mezquindad que me asustó, ¿cómo puede una sociedad llegar a esto?, cuando se trata de humillar a la víctima y se identifican con el agresor, donde todos a una, de manera anónima se hacen los fuertes.

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Al llegar insisto en que me dé la hoja de reclamaciones, de lo contrario iría a la oficina. Cuando ya no quedó nadie, dijo que subiera al autobús. Yo estuve a la puerta del vehículo con mi hija al lado. Pensé que me iba a dar lo que le solicité. Mi hija, menor de edad, se quedó en la dársena. El conductor cerró la puerta del autobús y arrancó a toda velocidad. Pensé de todo, Reclamacion moralzzpero mantuve la calma. Le dije que había dejado a mi hija en donde estuvimos. “Te he dicho que no puedo quedar aparcado allá”. Le respondí que no, que me dijo únicamente que subiera. Dijo que ando mal de los oídos. Pensé en una posible agresión o algo así, no un secuestro, pero si atemorizarme. Me percaté de que quiso ponerme nervioso, que pretendió que le agrediera o perdiera los nervios y le empujara o golpease. Mantuve la calma. Sin saber adónde me llevaba. No respondí a sus bravatas ni explicaciones. Aparcó, donde tuvo que coger a los nuevos viajeros. Buscó los papeles y finalmente me los dio. Los rellené y él insistiendo en que no no sirve para nada la reclamación. Que la culpa es de la empresa, porque en la documentación sale una foto de la tarjeta de Madrid. Le dije que es como si ponen un carné de identidad y los demás no sirven porque no es la misma foto. Todo un dislate. Rellené la hoja de reclamaciones.

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Lo que ocurra después lo comentaré. Pero hay algo que me preocupa enormemente. Lo que viví me parece trágico, porque recuerda a escenas que se contextualizan en los años previos al fascismo como Poder, en la obra “Mefisto” de Klaus Mann, hijo de Thomas Mann, en donde cuenta la historia de unos actores que acaban metiéndose en el Poder nazi para medrar y al final el protagonista se queja de qué que culpa tuvo él si es un simple actor. Un simple actor que permitió injusticias, al comienzo nimias, pero que fueron creciendo y también justificó después. Cuando echaron a uno por no hacer el papel adecuadamente nadie protestó, aludieron a que era vanidoso, y se aprovecharon de ello. También en la novela “Suite francesa” de Irène Némirovsky, que narra los años previos a la invasión nazi. Cuenta cómo ciudadanos ejemplares buscan un chivo expiatorio para sus males y miran a otro lado ante las injusticias, para luego atacar al más débil, lo que les hace sentir fuertes y ungidos de “razón”. O el libro de Fred Uhman, “Reencuentro”, dos amigos alemanes que se separan por circunstancias y se escriben. Vemos la evolución del ario que para ser más alemán acaba despreciando y odiando luego a su amigo de origen judío. También les prohibieron ir en medios de trasporte público, ¡pues que vayan andando! o que paguen un taxi, que para eso tienen dinero. Lo que describe más claramente en “Historia de un alemán”. Lo mismo en su novela “Un alma valerosa”. Al final de la contienda el protagonista no supo cómo pudo pasar lo que sucedió, porque fue tan poco a poco. Así lo relata Víctor Klemplerer en su diario durante los años 1933 a 1945. La sociedad empieza a aceptar normas aparentemente sin importancia contra los judíos, creen que quien manda alguna razón tendrá para imponerlas y no das da importancia, pero cada vez son más y la culpa no es quien impone medidas irracionales, sino de la víctima y la masa arremete contra las minorías, lo que hace que el Poder cada vez sea más irracional y ejecutor de las normas haciendo cómplices de su cumplimiento a los ciudadanos.

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Cuando finalmente vinieron a por mí, / no había nadie más que pudiera protestar… La Historia se repite porque funciona con moldes psicológicos y sociales, de los que hemos de ser consciente. Si miramos para otro lado el otro lado nos golpeará. Si no hacemos nada, nada impedirá que nos aplasten. Y mientras tanto vanas esperanzas disfrazadas a la espera de uniformarnos y señalar espejismos hasta que llegue el momento. Pero esta será otra historia de horror, la de los ambientes de intelectuales “de progreso”.

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… no había nadie más que pudiera protestar…

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PD: Agradezco la respuesta a la reclamación por parte de la empresa de autobuses, dos semanas después, que agradezco y quede el hecho como un ejemplo de los tiempos que vivimos: “Tomamos nota de su reclamación y hacemos comunicación por escrito al conductor para que no vuelva a producirse este tipo de incidencias“.

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  1. 6 julio, 2016 en 10:50

    Agradezco la respuesta a la reclamación por parte de la empresa de autobuses, dos semanas después, que agradezco y quede el hecho como un ejemplo de los tiempos que vivimos: “Tomamos nota de su reclamación y hacemos comunicación por escrito al conductor para que no vuelva a producirse este tipo de incidencias“.

    • Priede
      6 julio, 2016 en 19:34

      Es una manera de decirte que acusan, recibo pero que no se comprometen a cambiar nada. De hecho no dan explicaciones de por qué no te lo aceptaron. No fue cosa del conductor (al margen de que su trato haya sido más o menos correcto).

  2. 20 junio, 2016 en 18:34

    De parte de Juan Luis Rodríguez, enviado por correo electrónico:

    Gran escrito Ramiro¡¡¡.

    Asqueroso suceso (disculpa el término) es el que me sale después de leer lo que relatas.

    Hace algo así como un siglo, los ingleses acuñaron una frase que respondía a una estrategia seguida en los conflictos con españa, aplicada en la trama política para mermarnos: “españoles contra españoles”.

    Como tú bien dices, así nos va¡¡.

    Debilitar a los pueblos para apropiarse de sus bienes y riquezas, de sus administraciones, de su justicia, de su cultura, su educación…y un largo etc.

    No hay nada más eficaz para ello que una población enfrentada entre sí. dividida, fragmentada, sin alma común, sin conciencia de identidad como pueblo, sin impulso de desarrollo de su bienestar.

    Una población así es incapaz si quiera de defender la propiedad de su agua (por ponerte un ejemplo básico).

    Un pueblo zombi, con indefensión aprendida que espera cabizbajo el próximo abuso y que agrede al que habla de dignidad, derechos o legalidad.

    Un pueblo sin cultura que permite que cualquier empresa abuse de uno de sus ciudadanos/as.

    Desde aquí mi comprensión y mi ánimo para decirte que yo habría estado a tu lado en ese autobús para decirle a ese chofer que tú tenías la razón. tu voz no habría estado sola.

    Un afectuoso saludo.

  3. Miguel Ángel Fernández
    20 junio, 2016 en 9:15

    Resistir, resistir…re…sis…tir…
    Re…
    ¡Qué cansado estoy!
    Resistir.
    Por cierto, el viernes estuve trabajando sobre el poema, “cuando vinieron a por los comunistas…” Casualidades.

  4. Mayte Quintanilla
    20 junio, 2016 en 1:15

    Gracias, Ramiro, por compartir tu experiencia. Haces muy bien en escandalizarte por la conducta de tus compañeros de viaje. Y haces también muy bien en compararla con el caso del pueblo alemán en la Alemania pre nazi y nazi.

    Un pueblo alterado, sufriente y violentado, un pueblo humillado, puede hacer barbaridades, porque se deshumaniza.

    Por otro lado la idea de que “hay que ser pragmático e ir a lo práctico, y dejarse de ideologías y de valores”, es una postura que nos han ido inculcando en los últimos cincuenta años, cada vez con más fuerza. Y todo eso tiene consecuencias.

    Por eso es importante hacer lo que es coherente, y proclamar lo que es de derecho, hasta donde nos llegue la energía y la voz.

    Un fuerte abrazo

    Mayte

  5. Mario Cordero
    20 junio, 2016 en 0:07

    Parece que la injusticia solo es defendida cuando nos afecta y no cuando afecta a otros. Parece que estos pro lemas siguen ya que el mismo León tuvo problemas en la linea corta con un tiket de fecha pasado un día y le armaron tamaño jaleo y su hija iba a llegar tarde a la escuela. Hay quien dice que las leyes son para violarlas, pero afectan sin ver a quién.

  6. Priede
    19 junio, 2016 en 16:29

    Pues discrepo de tu punto de vista, porque las víctimas fueron los demás pasajeros. Existe un conducto administrativo para toda reclamación, y el chófer cumplió las normas. Si hubieses hecho desde el principio lo que hiciste al final, y de manera educada, seguramente que te habría dado la hoja de reclamaciones y no habrías dejado a toda esa gente colgada por tu problema administrativo particular. No era el lugar ni el momento para exigir justicia inmediata.

    Añado: Lo de darle el dinero al joven para que te sacara el billete es humillante para él. Estoy seguro de que si alguien se hubiese ofrecido a pagarte el billete para que les dejaras en paz, no habrías aceptado, sin embargo él se ofreció a sacártelo después de pedirte casi llorando que no siguieras con tu actitud porque le estabas jodiendo vivo. ¡Y encima te quejas de que no te dio las gracias! Exiges solidaridad a los demás pero tú pasas olímpicamente de los problemas que estabas creando al resto de los pasajeros. Si necesitas una tarjeta de la Comunidad de Madrid, sácala, que es suficiente con estar empadronado, y si dices que tienes una que vale para todo el país, entonces pon la reclamación en la ventanilla correspondiente, ¿o es que te crees que el conductor es el ministro de Administración Territorial?

    Si vives en un país donde existe un desastre político llamado autonomías, la culpa no es del chófer ni de los pasajeros. No tuviste consideración con ellos.

    Por dos veces parece que das la razón a los que más te habrían marginado, vascos y catalanes (por cierto: ‘Euskadi’ es un término que se sacó de la manga un racista cretino llamado Sabino Arana, y que ahora quieren cambiar por Euskal Herría; en español siempre fue País Vasco o Vascongadas, de vascones, que es su gentilicio original. En cuanto a Cataluña, en español -que es la lengua que estás usando- se escribe así, con eñe, y no con ‘ny’, de la misma manera que escribimos y decimos Londres y no London, o Francia y no La France. Ellos, en catalán, escriben y dicen Saragossa y no Zaragoza).

    De haber vivido en Cataluña, los profesores de tu hija se habrían negado a impartirle la clase en español aunque estén obligados por ley, y jamás se habrían dirigido a su padre, a ti, en castellano. Se nota que no has vivido en un territorio que aun conociendo todos sus habitantes el español sin embargo, por sectarismo ideológico, actúan como si no fuera así. Y de haber tenido ese problema en un autobús, me temo que directamente te hostian, y no digamos en el País Vasco, por “maketo de mierda”.

    Comentario de amigo: vengo observando desde hace tiempo que sufres una distorsión psicológica a la hora de percibir la realidad que te rodea; te acuestas en un banco público a dormir y te quejas de que la gente se queje; entras en una biblioteca y tecleas haciendo ruido, y cuando te llaman la atención te ataca el victimismo. Y así una y otra vez.

    Sinceramente, Ramiro, creo que vives dentro de la neurosis que denuncias. Y si vives en Madrid no te queda nada. Nuestro país tiene el defecto de ser enormemente incívico, pero eso no quiere decir que tú tengas la razón siempre, mas bien te comportas como el españolito medio: a tu bola y exigiendo que cada uno vaya a la suya; pero eso sí: cuando tu bola choca con las de los demás, los demás, por norma, han de tener la culpa. Ponte en su lugar e imagínate que tienes que estar a una hora determinada en tal sitio y que una persona a la que no le admiten la documentación arma ese lío. Imagínate que cortas el tráfico en una calle o en una carretera porque te niegas a mover el coche debido a que el policía de turno no te da por buena la documentación. ¿Te imaginas que cada vez que ocurra un problema de tráfico la gente actuara así? Además llevabas dinero de sobra; haber pagado y luego reclamabas en las oficinas.

    Resulta curioso que aceptes lo que ocurre en “Euskadi” y “Catalunya” pero no lo hagas si ocurre en Madrid. Seguro que eres de los primeros en decir que España no es una nación-estado y que los verdaderos hechos nacionales son el catalán, vasco, etc. Pues ahí tienes el ‘hecho nacional’ madrileño. El egoísta eres tú cuando sólo te quejas si te ves directamente afectado. Llevamos décadas en que la marginación a todos los que no son del terruño alcanza límites que no serían de recibo en ningún otro país, sin embargo jamás te he escuchado la más mínima crítica política a los “separatistas” (¿por temor a que te llamen fascista?); pues ahí tienes el resultado.

    Saludos.

    • 19 junio, 2016 en 18:59

      Creo que sacas el tema de contexto. Precisamente enseño al conductor y a todos los pasajeros, como cuento, que en la tarjeta viene por escrito “válido para todo el territorio nacional”. Lo curioso es que en Euskadi y Catalunya es donde menos problemas de este tipo he tenido jamás.

      De no haber sido educado hubiera terminado el asunto trágicamente.

      La vía que planteas es una trampa, porque no es cierta. Ya contaré otro horror en otro momento, en el que a mi hijo no va la ambulancia porque por un dolor de tripa… casi se queda a la puerta del hospital… Hasta el recepcionista dejó un informe por escrito. La reclamación, que lo lamentan, pero que hay un protocolo… y que lo pasan a otra instancia, etc, etc…

      Pensé que sería aleccionador defender los derechos. No se dio tiempo a explicar. Todo fueron insultos, gritos, amenazas… El chico pudo haberlo sacado con su dinero, si tanta prisa tuvo… y que le puedan echar así, por llegar tarde una vez y justificado… algo falla y lo malo es hacer como haces aceptarlo como normal, o justificar algo tremendo como haces. Mañana a un negro no se le deja subir y la gente lo aplaude y todos tan a gusto. Y podrás decir que vaya andando, que en su tierra no hay autobuses, sobre todo tan buenos… Tal es el huevo de la serpiente.

      Cuando se ataca a la víctima colectivamente, cuando alguien se arroga la potestad de ejercer un poder que no le corresponde, contra la misma normativa y ley hay que pararle los pies, porque lo demás es la sumisión aprendida.

      Nada que ver con las autonomías, sino con la psicología de masas. Porque es un tema resuelto.

      El año 2003 me editan un libro en el que dedico un capítulo a este tema. Puedes dar al buscador y ver varios artículos al respecto. Es decir cubre ciertos prejuicios con afirmaciones que es comprobable que no es como dices.

      https://ramiropinto.es/libros-ramiro-pinto/renta-basica/indice/evolucion-economia/estados-mundializacion/

      La gente se somete a la autoridad y agrede a quien haga de chivo expiatorio. tal es el problema y lo que está surgiendo, de lo que ya hay experiencia histórica. Luego diremos que no sabía, nunca imaginé… o “si sólo fueron seis millones de…. y siempre ha habido guerras”.

      No fui a mi bola, sino a la de todos, como dije, sin que nadie oyera, es defender los derechos de un ciudadano, que luego puede ser cualquiera. Creo, pues, que te equivocas en tu apreciación.

      • Priede
        19 junio, 2016 en 21:06

        La razón no está por principio con nadie, ni con la masa ni con el individuo. Habrá que ver cada caso. Efectivamente la masa suele colocarse a favor de donde ve que está su ganancia; pero los individuos, también

    • 21 junio, 2016 en 9:45

      Tu argumentación hace aguas por varios sitios, Priede. Para empezar, si yo voy caminando tranquilamente por la calle y alguien, pongamos por caso, me da un puñetazo en la cara sin más, mi primera reacción instintiva será la de repeler la agresión, con independencia de que luego le ponga una denuncia o no. Tu actitud en este sentido me parece muy semejante a la de los pasajeros del autobús, aunque tú le dotes de un barniz más intelectual. Lo que dices de los colegios catalanes es lisa y llanamente falso: se da la casualidad de que un sobrino mío da clases de Lengua y Literatura Española en un colegio de Barcelona y lo hace tranquilamente en castellano, sin que haya sufrido nunca ningún tipo de coacción (y eso que se trata de un colegio privado, donde podrían haberle echado fácilmente si hubieran querido). En lo que sí estoy totalmente de acuerdo contigo es en la mojigatería de escribir “Catalunya” y “Euskadi”, pero ojo: la acusación de mojigatería tendrás que dirigirla a los miembros de la RAE, que son los que han autorizado tales términos con carácter oficial (lo mismo pasa con Girona, Lleida, A Coruña, etc.) El español es la única lengua en el mundo afectada por cuestiones políticas. A la tiranía de Franco ha sucedido la tiranía de lo políticamente correcto. En este y en otros ámbitos. Así nos va.

  7. susana de reoyo
    19 junio, 2016 en 15:26

    Ayer mismo en el autobús de Madrid a Majadahonda subieron una familia con tres niños. El conductor, pese a tener un montón de monedas visibles y billetes de 5 euros guardados,se negó a cambiar un billete de 20 aduciendo que no se cambian billetes por encima de 5,si encima tenemos en cuenta que el chico tenía que sacar varios tickets esa norma tiene aún menos sentido.Tras solicitar uno por uno a los pasajeros si alguien tenía cambio y cómo curiosamente nadie tenía dos billetes de 10 no le quedaba otra que bajarse en la siguiente parada en mitad de la carretera de la Coruña,con toda su familia. Yo tenía un billete de diez y se lo presté, cuando llegamos a Majadahonda saldamos la deuda.

  8. Asier
    19 junio, 2016 en 11:40

    Alucinante Ramiro… sí, se cumple sibilinamente lo que también expone Chomsky. O reaccionamos ante las injusticias de forma solidaria o si no acabaremos siendo esclavos del poder, “democrático”, No debemos dejarnos anestesiar!

  9. 19 junio, 2016 en 11:29

    Y todavía no hemos tocado fondo como sociedad. Cada día que pasa, más y más embrutecidos nos tornamos, más maleducados y menos racionales. Desde el punto de vista de mi profesión, me identifico con cada vuelta de tuerca que dan con cada nueva ley educativa o con cada instrucción que nos mandan desde arriba, dislate tras dislate. Y, mientras tanto, callamos o reímos y organizamos “graduaciones” en niveles educativos como primaria o la ESO que, de forma ceremonial, parecen ya fastuosas bodas de príncipes y princesas.

  10. 19 junio, 2016 en 11:07

    Increíble. Me viene a la mente el diálogo final de la película “Vencedores y vencidos”, cuando Burt Lancaster (uno de los jueces procesados en Núremberg por haber colaborado con el nazismo) le dice a Spencer Tracy: “Toda esa pobre gente… Nunca pensé que se llegaría a eso ¡Tiene que creerme!” A lo que Spencer Tracy responde muy serio: “Se llegó a eso la primera vez que usted condenó a un hombre, sabiendo que era inocente”. Un abrazo, Ramiro.

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