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Fanatismo social

Hay luchas y reivindicaciones que se deforman por sí mismas. Movimientos de liberación que acaban siendo totalitarios. Parece una constante a lo largo de la Historia, de la que deberíamos ser conscientes. Es algo que nos afecta como sociedad, y lo que parece que es un triunfo de las nuevas ideas quizá sea una excusa para ejercer el Poder sobre las personas, una vez más.

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Una idea no puede congelarse en la mente de quienes la defienden, porque dejan de entender la realidad. Debe adaptarse a la misma e influir en ella y siempre ha de ser vista desde diversos ángulos, de lo contrario se convierte en una ideología, creencia u obsesión, que es lo que al final se defiende, más que la idea misma.

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Nada que ver con el radicalismo, ni la coherencia, sino con la intransigencia y vacíos emocionales que se tratan de ocultar y ser compensados externamente mediante la proyección de la alienación al otro, a quien se pretende imponer un criterio, norma o conducta.

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Existe el fanatismo religioso, que poco tiene que ver con la fe, sino de refilón a modo de excusa. El entusiasmo político exagerado, como fue la militancia maoísta, leninista y demás que apartaron la realidad hasta que dejaron de existir porque se alejaron tanto de la misma que desapareció el mundo real en el que poder intervenir.

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También existe un fanatismo social que ya hace años un grupo de ecologistas y pacifistas previeron sobre que pudiera aparecer. Voy a hacer un análisis que desde el fanatismo no se ve, sino que se disculpa y se refuerza a sí mismo. Por tal motivo es necesario comprender el fenómeno de la irracionalidad, sin confundir con el “extremismo” u otros procesos que lo camuflan.Aunque tal vez debiéramos decir “arracional“, pues sus postulados no son en contra de lo razonable, sino que quedan fuera de toda racionalidad, aunque se vista de ella.

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El fanatismo plantea un discurso emocional, en el que la razón queda a un lado y se usa la analogía, que igual se podría usar en su contra desde otro plano, pero para el fanático sólo existe su parcela de pensamiento obsesivo. Y curiosamente el fanatismo es lo más parecido que hay a lo que presuntamente combate. De ahí que el fanatismo económico dé lugar al fanatismo religioso y viceversa y la violencia sea en terreno de juego en el que se potencian mutuamente.

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Pero vayamos al fanatismo social, con pequeños detalles y ejemplos. Fui, tiempo ha, durante ocho años vegetariano, de los cuales dos crudivorista. Me di cuenta de que mantenía un discurso poco reflexivo, pero convincente, sobre todo que reforzaba al ambiente en el que se defendía este planteamiento, el cual se realimentó del mismo al ser cada vez más cerrado con una atmósfera psicológica cada vez más densa. Fue lo que me produjo rechazo finalmente, ya que quienes comían carne se vieron desde tales círculos sociales como “asesinos” o “poco evolucionados”. Hasta que me dije ¿mi abuela es una asesina?, ¿tanta gente amable, generosa está poco evolucionada? Una serie de circunstancias casuales hicieron que dejarse aquella dieta o forma de vida.

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Por circunstancias leí las críticas de Kant sobre la razón. Me di cuenta de que hay que limitar el ámbito de cualquier razonamiento, porque cuando se sale de su condición propia da lugar a los ilusionismo, que sucede en todos los ámbitos: espejismos que nos convencen porque ¡los vemos!, es algo ¡tan palpable! ¡Y quieren quitar la filosofía del sistema de enseñanza!, cuando debieran comenzar esta asignatura por el filosofo citado y luego todo lo demás.

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Participé en Los Verdes, desde su fundación hasta, quince años después, el año 1998, aunque las actuaciones que la asamblea de León continuó realizando se achacaron a este partido antipartido, asambleario y que fue dinamitado por todos los frentes, entre otros por quienes quisieron convertirlo en una iglesia, otros en una casa de putitrepas (de la política por supuesto) Pero éste es otro tema (vigente por quienes siguen dando lecciones de política actual, o hijos de aquellos lodos), pero es necesario ver el contexto para el asunto que tratamos, que viene de lejos y hace palpable lo que ocurre cuando el efecto razonador desaparece.

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Me horroricé cuando en unas elecciones, creo que autonómicas, apareció en un folleto 52 veces la palabra “prohibir”. Se debatió el tema en una mesa confederal posterior. Algo fallaba y nos tintaba el autoritarismo ya embrionario. Decidimos suprimirla y hacer propuestas en positivo.

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Los debates fueron apasionantes, pero en comisiones minoritarias. La de estrategia y elecciones siempre fue con asistencia masiva en los congresos, para alianzas, para cargos de nada. Pero quedó una experiencia, olvidada y sin importancia, que como sucede al Principito: la flor es importante por el tiempo que le has dedicado.

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Cuando en un congreso estatal se debatió prohibir las corridas de toros, si esta palabra quedaba “prohibida”, se decidió admitirla, pero razonada. Recuerdo el panegírico sobre el horror de la muerte de los toros. Dejo claro que yo nunca he ido a ninguna corrida de toros, que no me gustan y que creo que es algo que ha de quedar superado cultural y socialmente. Pero un amigo se lanzó a hacer un contra panegírico que también nos hizo llorar sobre las cucarachas pisoteadas, masacradas a millones, los tomates triturados. Se debatió si tenían sistema nervioso o no, etc. Fue una reducción al absurdo que se tomó a mal, como una ridiculización, que no fue tal. De aquella estuvo en auge la lucha por la objeción de conciencia y la insumisión. Cuando se iba a votar pedí la palabra, porque si salía que sí y llegábamos al Poder, por un casual, ¿qué haríamos en caso de que se celebrase una corrida clandestina en un pueblo? La respuesta fue automática: hacer cumplir la ley y si hay que llamar a las fuerzas del orden para que actúan que se las llame. ¿Y dar porrazos a la gente, disparar pelotas de goma, lanzar botes de humo? Hubo un silencio proverbial. Se aprobó no dedicar subvenciones públicas a este festejo.

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Todas nuestras campañas se acompañaron de la palabra “concienciar”, que fue el objetivo. Incluso presentarnos a las elecciones fue para concienciar de ¡tantos temas!, algunos que hoy son asumidos y reivindicados por quienes estuvieron en contra. Hoy no es igual, se plantean campañas agresivas que desprecian al otro. Ya el colmo, que me pareció demencial, fue cuando murió un torero recientemente y se dijeron tantas cosas desagradables, soeces, faltosas, fuera de toda ética. Un síntoma de ese fanatismo social que sólo se puede superar conociendo lo que es, ya que todo lo demás lo refuerza. Y el fanatismo se contagia, se extiende porque da sensación de Poder y es una respuesta que por irracional (arracional) que sea funciona.

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¿Y si la prohibición se hiciera al revés, prohibir no ir a los toros y que sea obligatorio? Pondríamos el grito en el cielo, pero es lo mismo aunque en sentido contrario. Prohibir animales en los circos. Frente a prohibir queda educar, alternativas culturales, debatir. La represión no es el camino, pero es la senda del fanatismo, que por ser social no se asocia a ello.

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En otros temas aparece, con apariencia de ética, de “libertad”, de dignidad. ¿Cuáles son los límites de la ley? Todo aquello que agrede a un ser humano, pero como tal, no parcialmente, porque de hacerlo el derecho se convierte en privilegio y da lugar a la corrupción de la justicia y a medidas represoras como está sucediendo. Pero no nos damos cuenta, se asume y con ello se instala la injusticia vestida de “avance social” y las prohibiciones no funcionan, pero como todo fanatismo hace que se intensifique más y más y se acaba asociando a una red de intereses económicos camuflada en solidaridad, en atención al “cliente-víctima”.

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Prohibir la prostitución, cuando lo que hay que impedir es la que sea forzada, la que esclaviza, pero la que se elige ¿por qué? Nadie puede arrogarse definir la dignidad de los demás, sino la suya propia. El limite es la libertad individual y colectiva. Lo mismo que aplicar la ley ha de ser cuando se invade la libertad del otro, cuando se le violenta, roba, o engaña-estafa, y por lo tanto sirva para garantizar la vida de los demás, de las personas.

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Impedir la libertad de expresión convertida en “tortura psicológica” o prueba de cargo por llamar “imbécil” a la pareja mujer es atentar contra la libertad de expresión. Si a una esposa no se le puede agredir verbalmente, ¿por qué no igual a una autoridad? y así hasta llegar a la ley mordaza, como ha sucedido. 

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Cuando la ley de violencia de género se hizo ver que fue una alteración del sistema jurídico y además inoperante, pero sí una fuente de votos, se dijo que se iba a aplicar como una ley funcional, para que haya menos muertes de mujeres, pero han aumentado, no por la ley directamente, pero ésta no ha servido para nada y ha introducido la excepcionalidad jurídica y la aplicación de parte, lo cual es una aberración de derecho. Es consecuencia del fanatismo social que trasformó la lucha por la liberación de la mujer, la concienciación y la lucha por más libertad en una estructura de Poder sin más. Lo cual crea una red de absorción de dinero público para bolsillos privados. Así la igualdad impide la custodia compartida, o la violencia de una mujer contra un varón es tratada jurídicamente de otra manera diferente.

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Cuestionar las críticas al fanatismo no se hace con argumentos, sino con insultos, insidias, desprecios, como sucede cada vez que se plantea razonar. Las respuestas son: “machista”, “fascista”, cuando no tiene nada que ver con estos epítetos. Responder de la misma manera, como llamar a quienes se cierran en banda “feminazis”, es entrar en su juego. La realidad desaparece porque desde el fanatismo social se realiza una interpretación ideológica de las muertes en el ámbito de la pareja, sin analizar las que suceden en la misma circunstancia, pero que la víctima es el varón, o de parejas homosexuales, y no se hace un diagnóstico de la realidad que permita superar esta lacra, sino que se refuerza el pensamiento cerrado y creado, porque lo que se pretende es reforzar el fanatismo y no se ve como agresiones de convivencia, que sucede igual a los padres de parte de hijos, etc… partir el hecho de la llamada “violencia machista” es un planteamiento ideológico que no encaja con la realidad, pero el fanático crea la suya propia, la real le estorba. Por tal motivo no hay soluciones, sino una alarma social permanente y campañas y golpes de pecho y lágrimas de cocodrilo.

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Y siempre ocultando la realidad. Y, lo que es peor, deformándola. Un último ejemplo. De antemano digo que he participado en el respeto y la lucha de las personas homosexuales, mucho antes de los últimos años, como en la lucha contra la agresión a los animales. Vi hace unos días una campaña en el metro de Madrid “Contra la violencia… a los homosexuales”, “… a las lesbianas”. ¿Y a los heterosexuales?, me pregunté. A las personas en general. “Contra la violencia”, sin más. ¿O es que la otra violencia se justifica? Lo que por la ausencia se da a entender. Porque se da la circunstancia que durante dos semanas he seguido la prensa y hay una agresión contra una pareja de homosexuales frente a nueve entre heterosexuales, o no ponen la condición sexual (que haya leído en la prensa) Pero es que denuncias al respecto de ataques violentos es un porcentaje mínimo frente a la violencia y odio generalizado. Al final no se toman medidas racionales, sino que se hace propaganda política con las desgracias sociales. La excusa ante la inoperancia de las medidas sin sentido es decir “es que se denuncia más”, lo que se repite año tras año.

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Las víctimas no somos héroes, ni heroínas, sino personas afectadas que requerimos de soluciones, no aureolas ni campañas. Como sucede contra la pobreza y demás. Al final ¿qué sucede?, que el fanatismo social es usado por el Poder y así encuentra un punto más de apoyo para ejercer su hegemonía. Y el fanatismo se acaba queriendo convertir en Poder, justificando su actuación represora en las víctimas, que lo siguen siendo porque hace falta que continúe para ver la necesidad de la acción rotunda, o sea fanática.

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  1. 17 agosto, 2016 en 11:00

    Yo lo veo como un complejo mecanismo de desinformación, la realidad es evitada centrándose en intereses determinados, en problemas que afecten a determinados asociacionismos vitales y no a lo general: a la violencia que se ejerce contra el cuerpo, contra la libertad personal, a través de esos mecanismos de exclusión , se evita, y es posible que estos causen los otros, y esta realidad se entierra entre esa otra realidad, que no es más que una especulación sesgada del sistema, lo explicas ahí bien… No interesa la “verdad”…

  2. 15 agosto, 2016 en 11:36

    Cuando Ciudadanos quiso hacer de la mal llamada “violencia de género” un subapartado dentro de la violencia doméstica (que abarcaría la violencia de padres sobre hijos o a la inversa, la violencia dentro de las parejas homosexuales, etc.), le llovieron palos desde todas las esquinas. Al final tuvieron que claudicar, retirando su propuesta del programa electoral. Creo que se equivocaron, y que lo que tendrían que haber hecho es reafirmarse, argumentando que ellos no estaban en contra de la “violencia de género” sino de TODO GÉNERO DE VIOLENCIA. Pero no lo hicieron. El matonismo y la violencia verbal que ejercen estos y otros grupos fanáticos ejercen un efecto disuasorio o intimidatorio, frente al que hay que actuar sin ninguna vacilación y con mucha firmeza. Si no, es mejor no actuar.

    • 15 agosto, 2016 en 12:14

      El paso fundamental, lo sabes Thoreau, es la palabra, la palabra y la razón…

      Seguiremos, que usted dejó muchas escritas y todavía hoy son semillas de conclusiones.

  3. andres i. olmo
    15 agosto, 2016 en 10:45

    Ramiro, ¿ cuanto tiempo tarda una persona en aceptar que su novia ya no le quiere ?, y eso es una mierda de cambio, cuanto tiempo necesita una sociedad en aceptar un revolución.

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