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Antes y después de hacer el amor

He aquí la cuestión, lo que marca la diferencia de ser arte en lugar de todo eso sobre lo que se informa, lo que nos cuentan, lo que dicen, lo que hablan y enseñan. Lo curioso es que algo tan evidente lo tenga que mostrar, porque vemos lo que nos hacen ver y callamos, no queremos reconocer la realidad que tenemos a simple vista. ¿O es que somos ciegos que vemos?

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Hace unos días estuve en el museo del Prado. Me gusta escuchar, un rato, a los guías que pasan con sus respectivos grupos, los comentarios de personas que dicen a quienes les acompañan. Oí decir a un señor que hay que fijarse en el fondo de los cuadros, que la figura central o el conjunto de personajes protagonistas son lo que muestra el pintor a quien le encargó el cuadro, es una visión a primera vista, pero en el fondo del mismo hay objetos, personajes lejanos y escenas o paisajes que es lo que trasmite de sí mismo el autor. A veces las manos señalan algo o comunican, o determinadas insignias que cuelgan en un traje.

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La explicación de quienes son guías suele ser siempre la misma, la versión oficial, con algún comentario graciosete añadido y a veces pícaro para dar más credibilidad a lo explicado y romper la monotonía. No soportaría un recorrido entero con una explicación para cada cuadro. Algo sí, por saber lo anecdótico que dé alguna pista. Pienso que, al revés que en la escritura, al contemplar un cuadro hay que preguntar ¿qué me dice?, no ¿qué dice el autor?, porque el escritor lo comunica, quien pinta da una imagen de un contexto, el momento de un gesto sin historia, sin que el espectador sepa el antes y el después o al ser un posado baste admirar lo dibujado, o lo que expresan los rostros, pero ¿por qué?, es una cuestión que ha de responder quien lo ve.

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Después de recorrer la exposición de El Bosco, de pasear por salas y salas, me senté en la silla del vigilante en donde está expuesta “La maja vestida” y “La maja desnuda” de Goya. El encargado de atender aquel lugar me dejó reposar. Quien me acompañaba siguió recorriendo otras partes del museo.

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Escuché a Varios guías aportando a sus respectivos grupos datos sobre que si la cara no se corresponde al cuerpo, que si es la duquesa de Alba de la época, al parecer amante del pintor, o una concubina con la que Goya se relacionó por aquel entonces, o la novia del conde de Godoy que es quien compró la obra, o que si es una exhibición anatómica para demostrar su técnica pictórica, o que si hizo una versión vestida al ir el marido de la mujer que posó a ver como lo pintaba y se dice que lo realizó en una sesión, pero son conjeturas que entretienen al visitante.

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Jugué a adivinar las diferencias entre ambos cuadros. A parte del vestido, claro. Y me vino una idea a la cabeza. Me levanté y me acerqué a los dos cuadros, uno al lado del otro. Percibí que nada tiene que ver con estar vestida o no, sino que han sido pintados como parte de una historia. Trasciendo las aportaciones teóricas que escuché: ser el primer desnudo de una mujer y no de una diosa o una personaje de la mitología como hasta entonces se exhibió en las obras pictóricas, o que aparece con el vello púbico a la vista. Que si fue una prostituta, que si… etc, etc.

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Lo que pinta Goya no es a la mujer desnuda ni a la mujer vestida, esto es lo aparente, sino a una mujer antes de hacer el amor y después, inmediatamente después. Previsiblemente con la que él hizo el amor, porque la mirada se dirige a él y de paso al espectador. la sensación que percibo es que sucedió de una manera furtiva, no es una relación cotidiana, pero que quedaron en realizar esa experiencia, a modo de juego, de hacer de la sexualidad arte e inventar el erotismo. Pudiera ser el comienzo de una relación más duradera, pero tal conjetura no viene al caso, lo que sí quiero demostrar es lo que planteo, porque se ve.

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La mujer vestida expresa en el rostro gesto de deseo y satisfacción de sentirse deseada y cierta mirada que acompasa a los labios de pilluela, al saber que va a juguetar, como si se mostrara y dijera “aquí estoy, poséeme”. La exuberancia de los pechos bajo el vestido. El brazo izquierdo de la desnuda se ve más apoyado en el cojín, relajado, trasmite cansancio, frente a la frescura de la vestida que ella misma lo ha colocado y se ve tenso, pero no dejado caer como sucede cuando está desnuda.

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El rostro cuando el cuerpo aparece desnudo es más tranquilo, la sonrisa es de estar satisfecha, “ya lo hemos hecho”. Pero esto no es más que una interpretación. Sin embargo hay observaciones que es posible reconocer. Vestida tiene los labios pintados y los mofletes coloreados. Desnuda ha desaparecido el maquillaje, pero se nota el tono sonrosado en las mejillas, el rubor sexual que tienen las mujeres después de sentir un orgasmo.

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La vestida y la desnudada es la misma mujer. Pero cuando lleva el vestido puesto tiene el cabello ahuecado, no muy peinada, lo que quiere decir que quedó con él para relacionarse, sin necesidad de conquista previa. Con un moño. En la desnuda el pelo se ha aplanado, el moño está casi desecho. Lo cual indica algo. No se ha quitado el vestido simplemente para posar. Hubo un encuentro pasional. No es la imagen de una modelo, sino de una amante, como muestra la pose, pues no está colocada sino repetida la imagen con todo propósito por parte de Goya.

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La misma postura de las manos tras la nuca y los codos abiertos es la única pose, pero vestida se exhibe, desnuda se muestra. Las manos colocadas exactamente iguales, como si de ellas colgara el cuerpo, en ambos iguales también, pero son diferentes escenas, no porque uno esté tapado con un vestido y el otro desnudo, el mismo cuerpo, sino porque se ven en momentos distintos, antes y después. Lo cual no es una sutileza del pintor, porque lo muestra. Es una forma de pintar expresiones, más allá de la imagen material.

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Los pechos de la imagen vestida están tensos, cuando desnuda relajados. Queda la belleza de la desnudez. Las piernas de la vestida están una al lado de la otra. Desnuda hay un ligero cambio que delata a la mujer, la derecha la cierra un poco sobre la izquierda para apretar el pubis, para acurrucar esa zona tras haber sentido placer placer, hace una presión sobre él para calmarlo y guardar el latido corporal en toda la zona vaginal. Lo que a veces se hace con la mano de la pareja o de una misma, o con un cojín o con la colcha o abrazadas las piernas en la de la persona con la que se mantiene la relación. Una acción común en la hembra humana como si quisiera guardar la semilla o el placer que forma parte de la evolución biológica de nuestra especie. Lo cual delata a la “maja desnuda”.

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Los cojines están descolocados, como si les pusieran igual a como estaban, pero sólo la posición es parecida y las sábanas se ven movidas, más arrugadas cuando el cuerpo se ve desnudo, hasta el punto de que se ve, cuando desnuda, el brazo del diván, mientras que cuando vestida está cubierto y no se ve. Ha estirado la sábana para colocarse, para repetir la escena, pero el cojín se ve movido, se ha colocado rápidamente, porque quiere hacer un cuadro exactamente igual, lo que con el modelo inicial habría servido, pero lo pinta en un momento diferente: antes y después de hacer el amor, de ahí la sutileza y, especialmente, el gesto de la cara, que irradia todo aunque hace parecer la misma imagen, igual colocación, la misma mujer. Pero son diferentes, sutilmente. Tal diferencia es la que trasmite el pintor, la que quiere trasmitir como artista. Lo hace con toda intencionalidad. Pudo haber pintado ambas imágenes exactamente iguales, pero no pintó dos cuerpos (vestido y desnudo) sino dos situaciones que comparten quien pinta el cuadro y quien es dibujada es vista con gestos que expresan rasgos sutiles por quien se empeñó en sacar la esencia de su imagen, atractiva, exuberante, fogosa, desinhibida, amante y sensual. Goya pintó la sexualidad, no a una mujer.

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Tal es el arte, el que a su vez nos roban al llenar las obras de datos, de explicaciones, de historias que nos alejan de lo que sucede en los cuadros, en las novelas, en los poemas y en definitiva nos alejan de nosotros mismos. Pero los artistas insisten y dejan huellas mediante senderos que nos recorren por dentro, pero que pocas veces transitamos.

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