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Romanticismo

26 septiembre, 2016 Deja un comentario Go to comments

Paseé por el Museo Romántico de Madrid. Recorrí sus salas. Me parece demasiado recargado con tantos cuadros en las paredes. La densidad visual cansa a los ojos al pasar de un personaje a otro, sin tener referencias más que de tres o cuatro de quienes sabes algún dato biográfico.

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Leo alguna de las anotaciones que acompañan a las obras pictóricas, hasta que me di cuenta de algo que nada tiene que ver con la exposición, al menos nada de lo que explican los catálogos: todos los rostros expresan tristeza en sus rostros. De manera especial y llamativa la mirada. Todos los ojos de los retratos  de los cuadros del museo rezuman y expresan entristecimiento.

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¿Todos?, puede que alguno no. Volví a recorrer el museo fijándome en este detalle nada más. Y sí: todos.

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Vagabundeé por el mismo museo pensativo. Una bedel me preguntó que si me ocurría algo. Contesté que sí. Me acarició la mejilla y dejó que continuara mi periplo. Pidió silencio a los que cuchichearon.

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¿Por qué esa tristeza de fondo aunque los labios quisieran reír en algunas poses? No es ningún misterio. Precisamente tal es el halo de aquel lugar, sin que nadie comente nada. Por tal motivo, amable lector, ruégote que de esto no digas nada. Que siga siendo un silencio.

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Comprendí que aquellos seres que viviendo su tiempo confluyeron en una época en la cual se juntaron, sin saberlo, sintieron la realidad y se vieron aprisionados en ella. ¡Claro!, no es un modelo político, no es un estilo de arte lo que quisieron superar y combatir, ni siquiera la injusticia social, ni el despotismo, sino la misma realidad y necesitaron de ideas, de sensaciones como puntos de apoyo, como justificación, porque si dijeran “no queremos lo real” les tomarían por locos. Actuaron, crearon, sin necesidad de inventar ninguna otra realidad. Porque es ésta, la realidad, la que les incomoda. Enloquecieron, pero lograron socializar su mente de horizontes.

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Y sintieron. Y me hicieron sentir. Oh, sí. Comprendí tantas cosas intangibles. Y sin embargo son los átomos los que forman el camino al espacio sideral para acoplarse entre ellos, allá, en forma de quarks, bosones y spines que giran a un lado y a otro y son y no son. Me reí. ¿Como no?, si todo ello explota en sentir. ¡Ay! Supongo que Schopenhauer también se rió alguna vez, aunque fuera de sí mismo, o de Hegel y de Kant, porque de otra manera no hubiera entendido lo que escribió.

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Me llamó la atención la imagen quimérica de Gustavo, Gustavo Adolfo, cuando muerto incluso le hicieron ver con su perilla y planta de espadachín de manos débiles y poco curtidas, dedicadas a escribir su realidad para irrealizar el mundo y su vida. Sus ojos están cerrados en el cuadro. Pero vi hace un año su foto, la de su rostro y cuerpo que nada tiene que ver con esa imagen del romanticismo , y vi sus ojos tristes, los del cuadro romántico también, su pelo peinado y con entradas, chaparrete y sólo así comprendí entonces que pudo dar vida a la palabra convertida en atmósfera, con sus versos y rimas que hacen respirar la realidad escondida, la que hace mirar triste, a pesar de las sonrisas, para acercarse a una distancia que es horizonte y fabricar allá el amor y saltar desde la orilla entre las olas ¡oh!es irreal, sí, pero tal forma parte de la realidad.

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Al salir del museo sonreí. Aquella bedel me dio lo que creí que fue un folleto, pero que no fue tal, sino un folio en blanco. Y me entró la risotada grotesca. Quise volver para darle las gracias, pero no. La realidad no puede hacerme volver, ¡no!

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Se lo contaré todo a esa ella que revolotea en mí, a esa realidad que no sabe que es real, que es ella, la realidad, ¡no mi realidad!, no, no la realidad irreal. Ella, a quien he dejado caer mi mirada ante sus ojos de refilón, sin que se dé cuenta. He cerrado los párpados cuando habla para dejar que su voz se convierta en un eco, e hice como que escuché atentamente.  Y seguro que cuando me dijo algo puse cara de soplillo como un gilipollas, con tal de que no se entere. Al leer sus palabras navego en ellas a la espera del naufragio. Y no suelo poner “me gusta” para esconderme entre sus letras. Siempre distante entre los demás y yo aislándola, a su imagen, secuestrándola para encerrarla en mí y no dejar que salga a la realidad, esquivando sus reflexiones, porque ¿qué más da? si convierto sus abrazos en poemas, sus besos nunca dados para evitar que marchiten danzan a su alrededor sin que ella sepa nada, queriendo pasear a su lado sin hablar, perderme en una isla desierta para lanzar un beso y que le llegue furtivamente como un pálpito al corazón, y también desde una selva y desde el asfalto cada día y entre tanto las barricadas, la conexión de las esdrújulas con las llanas y las agudas. Sí no quiero.

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– “Usted es un romántico.

– Y usted. Pero yo soy un romántico práctico. Creo que hay que afirmar un conjunto de mentiras y verdades que son de uno hasta convertirlo en una cosa viva. Creo que hay que vivir con las locuras que uno tenga, cuidándolas y hasta aprovechándose de ellas”. Escribe Pío Baroja en la novela “El árbol de la ciencia”.

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Y para disimular, al ver pasar a una chica con pantalones cortos que asoman sus mofletes quevedianos, la sigo casi hipnotizado y bajamos al metro. Ella va por un lado y yo por otro.

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Sonó el teléfono móvil y nada fue igual. Es asombroso que dentro de la estación haya cobertura.

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