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¿Quiénes construyen el futuro y por ende al ser humano?

¿A qué futuro me refiero?, ¿al real, al virtual, al aparente o al que imaginamos? No es tema baladí. He leído unas reflexiones de Fernando Colomo y de otros arquitectos (que influyen en el futuro más de lo que parece) y he descubierto aspectos que comparto en una reflexión irreverente, con vos permiso lector/a.

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La idea clave de este arquitecto aludido es que tanto en arquitectura como en el cine “la función crea la forma”. Esto puede ser discutible, pero lo interesante es que es un fundamento de quienes son los técnicos del Poder y lo plantean abiertamente. Tiene su enjundia.

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No es sólo filosofar, sino un análisis sobre qué es lo que nos modela y por qué sucede lo que sucede. En definitiva cómo y para qué se construye la realidad tal y como es, pues no es algo que surja de repente y apenas lo controlamos, por más que nos lo hagan creer. Incluso en nuestra vida personal nos arrastran, como si de un cordel invisible se tratara. Los procesos políticos, culturales, en la sociedad y demás (que tanto nos entretienen)  son consecuencia de algo que maquina en niveles más profundos de la “realidad”.

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Tal afirmación es un principio de la evolución social a la que estamos sometidos pues somos sus piezas, nos lleva de una manera implacable y con la precisión de un reloj colectivo. También es el impulso de la evolución cultural. Lo cual nos indica que se ha diseñado un artificio al que somos sumisos porque lo desconocemos.

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Los arquitectos crean el hábitat en el que vivimos. Inocentemente. Sobre la base de diseños y nuevas formas. Dan cobijo a enormes masas de personas en los rascacielos, grandes almacenes, mega ciudades y demás. Todo Poder lleva acompasado un modelo urbanístico y arquitectónico, pero la novedad es que éste se ha convertido en el Poder en sí, aparece como algo “natural”, pasa desapercibido, no se nota y, sin embargo, rige nuestra conducta, nuestra visión del mundo y por ende nuestra conciencia, porque construyen lo que luego los demás vemos y en donde estamos insertos.

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Se disfraza la nueva arquitectura de antiguas utopías, establecen un diálogo con los habitantes de sus moldes, lo cual es ficticio, pura retórica porque previamente nos han fabricado como un ladrillo más de sus diseños, del que ellos forman parte también. Funciona una máquina social que adquiere inercia e integra en ella a quien ha dado pie para que se forme.

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No hay rebelión posible, sino luchar por imponer el color a algunos barrotes. Tal dinámica (pues es una forma de funcionar lo que domina) nos entretiene de esta manera. Pero aplican una técnica que es donde podemos intervenir para hacer que caiga toda su estructura diseñada, aplicada y construida.

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Los elementos inteligentes de esta función, el programa, dispone del dinero de toda una sociedad. Son estos arquitectos los técnicos del Poder, que se han hecho con las riendas. Crean un teatrillo para divertir al personal, un circo donde los políticos juegan a gladiadores que se pelean unos con otros, pero es imparable la construcción inservible y que funciona, como las falanges romanas de palacios de Congresos, trenes de Alta Velocidad, edificios enormes, autopistas por las que apenas circulan coches, aeropuertos con más aviones que pilotos y demás.

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Geometría y asfalto. A lo que nos hemos adaptado, sin haberlo elegido. Lo asumimos. Nos parece fenomenal. Pero previamente a todo esto se ha ejecutado un tipo de ciudad universal, el hábitat humano es para el uso del coche como si de un proceso evolutivo se tratase. Tal mecanismo forma parte de nosotros, de cada cual, sin que comprendamos que es un artificio. Los parques y jardines son la válvula de escape, también geométricos y asfaltados. Decoraciones para un modelo aséptico. Pensamos que sin todo ello nada funcionaria.

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Hay algo que no captamos, que no nos planteamos porque nos han enseñado a ver el futuro como quieren que lo veamos y lo mismo con el pasado, al igual que el presente que desaparece. Pero hay evidencias que muestran el lado perverso e ilógico, como es que nuestros abuelos, y de ellos vale para generaciones anteriores, se hicieron sus casas, las construyeron adaptadas a sus necesidades, de penuria, de hambre, o las encargaron para destacar como ricos de ciudad. ¿Quién hace esto hoy?, ¿quién sabe y puede hacerlo? Es así, ¿es así?, ¿es lo propio, es lo “natural”? Nunca antes lo fue. ¿Lo hemos decidido? Nos viene dado, o sea impuesto. Y encima hipotecamos nuestro tiempo de vida para pagar nuestra condena y creer de esta manera que es algo nuestro.

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Carecemos de referencias porque los poderosos han reducido el pasado, las ideas, todo a ruinas que disecan como museos sin vida y a esto llaman “cultura”. Las universidades son aplicaciones técnicas de este saber técnico. Nada se cuestiona. Incluso la nueva política es una técnica, una técnica de Poder, que moderniza la dominación. Sin ideas, sin diseños de futuro, sino planos que fabrican los arquitectos del futuro. Los intelectuales son técnicos, pero aparecen guiñoles en la televisión que crean opiniones y diseñan las maneras de vivir los sentimientos. Forma parte de la arquitectura de la imagen, aquello que presenté como un principio: “la función crea la forma”.

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De la misma manera que en la naturaleza la función crea al órgano y viceversa, y en ello se desarrolla la evolución de los organismos vivos, incluida en ellos la especia humana, hemos creado, sin embargo, un artificio que lo trastoca. La alteración de esta naturaleza hace que muera la conciencia. Vivir cada vez es más mecánico, es más un mecanismo que una existencia. Llegará un momento en que no tengamos presente, sino futuro, sin pasado ni nada, sino una pantalla y una memoria google y otros diversos servidores, buscadores y demás.

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Lo irracional se convierte en la ideología dominante, que se presenta como algo paradójico, graciosillo y se filtra como quien no quiere la cosa. Por ejemplo Eduardo Arroyo, cuando afirma: “aquello que entiendo no me interesa”. Con este principio “técnico” a modo de filosofía, que nada tiene de tal, justifica y define un mecanismo para la especulación, que luego se reproduce y que da lugar a las células de una realidad artificial y distorsionada. Le permite con este discurso, que no es más que una función del Poder, cortar un trozo de un tronco caído y clavar en él un palo para llamarlo “unicornio” y que con el dinero de todos imponerlo y exponer tal obra “de arte” en una plaza pública, tras recibir 870.000 euros. Sin ajustarse al proyecto, ni nada se instala desde la arrogancia de la institución municipal. El mecanismo es: no hace falta entenderlo, interesa. Interesa para llevar el dinero público a manos de unos cuantos. Y así, una vida de “bohemia” atrapada por la realidad.

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Luego personajes técnicos compran con este dinero su vida social con el fin de ofrecer conciertos en sus mansiones, agapés de lujo que invitan a vasallos que les han de admirar, no por lo que hacen, sino por el dinero que consiguen. Así se convierte el dinero en el elemento central de lo que interesa, de lo que funciona, es el eje sobre el que gira la mega máquina. Con ese dinero que cogen del común fabrican su imagen, compran sus premios, sus galardones, sus biografías wikipedias, lo mismo que escritores y otros artistas que los vemos laureados en universidades y homenajeados de una manera vergonzante. Pero el “éxito” lo suple todo. Y es lo deseado, tal es el mecanismo de adaptación como funciona. No se crítica, sino que se desea y de esta manera atrapa.

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Da lo mismo la forma, lo que importa es la función, aquella que otorga el Poder. Por ejemplo el escritor ya no piensa en escribir, sino en que su libro sea máxima venta, en el premio que anhela, en ganar… dinero. Así sucumben y plastifican su obra que no vale nada luego, sino dinero. Y peor: sin dinero caen en el dinero deseado.

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Abiertas las puertas de lo irracional cabe todo. Entramos en la era del fascismo estético, que pensando que serían militares o ejecutivos los que nos iban a amenazar se han colado los nuevos dominadores que desfilan a nuestras puertas. La corrupción es su desecho, el pr0ducto de digerir esta nueva visión del mundo, por eso funciona, gana y como en las tropas fanatizadas quien no se corrompe del todo se le expulsa, se le condena y hacen ver que esos son los “malos”, para mantener la corrupción estructural que es el producto de una función previa que alabamos, que bendecimos, que glorificamos. La soportamos y cuando se crítica sólo es la de los “otros”.

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A esto lo llaman los arquitectos del nuevo mundo “discurso existencial”, porque definen (con su función) la existencia y la dan forma. Es lo que explican con sus tecnicismos de “equidistancia entre el lugar y sus habitantes”, el equilibrio, que es encajar al individuo a un modelo cuyo molde es la tecnificación. Y así es y así sea.

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Ya no quedan bibliotecas con sillas diferentes, ni rincones apartados, sino todas son geométricas, rectilíneas, las sillas, mesas y estantes iguales, como ladrillos uno tras otros y los lectores igualmente iguales. Las pocas que quedaban de corte clásico han sido ocupadas, invadidas por los ordenadores, como la del Círculo de Bellas Artes  en Madrid o la de  Sierra Pambley en León.

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Cuestionar semejante crueldad es entrar en lo invisible, porque se ha creado una artimaña perversa, que es trasladar el lenguaje al territorio del Poder y nadie ha reivindicado cuestiones invisibles, aunque cuando se dieron cuenta algunos lo expresaron, pero nada más, no se ha articulado un lenguaje explicativo. Ellos sí, los poderosos, los arquitectos de futuro, a sus ciudades inhumanas las llaman “diamantes urbanísticos”, al proceso de adaptación: “ecosistemas de innovación” y dan forma de conciencia a su función “arquitectónica”. Sus moles nos aplastan. Su asfalto nos hace rodar por donde ellos quieren.

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Además han construido la globalización al amparo de lo que llaman “la dimensión planetaria para una humanidad cambiante”, que el mismo diseño cambia para destruirla a su vez, por eso la destrucción del medio ambiente y en perspectiva futuras guerras devastadoras que forman parte de semejante diseño que se conoce en la mente de los herméticos del poder como “antropización de la realidad”. Es el diseño de lo real y la construcción para ella del ser humano. Lo que no se adapte desaparecerá y sobrevivirá un modelo de ser humano determinado por esta forma que hoy se moldea.

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Ya no nos oprimen, ni nos controlan, ni nos someten, ni nos manipulan… nos diseñan como seres humanos. Ni tan siquiera somos unidimensionales, porque han extirpado el yo de cada cual para poder colocar un chip de estímulo respuesta. Somos los nuevos monos de otro ser humano que surge de la evolución artificial, de la adaptación social, en la cual pensar será una función de la máquina, que una vez puesta en funcionamiento simplemente hay que dejar que siga actuando por inercia.

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El fracaso de las revoluciones, de las utopías, de los sueños queda enterrado en los cimientos de los altos edificios. Si uno se derriba se construyen mil en su lugar. Hasta los alimentos se fabricaran. No hay resistencia posible, a no ser que la conciencia nos haga anclarnos en el yo.

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Las palabras y los versos se derraman, las imágenes anuncian el caos de lo humano, pero se convierten en humo. La nueva geometría crea riqueza, por eso la conciencia exige la rebelión al dinero. Otra vez el becerro de oro, otra vez amar. Pero la tecnificación nos hace ver y escuchar sonidos lejanos en estos conceptos, algo etéreo, difuso…

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Las luces de la ciudad se encienden por un programa informático. Las luces de la ciudad se apagan por un programa informático. La circulación la controla un programa informático. Los semáforos actúan por un programa informático. Los arquitectos construyen las trincheras de la informática. Queda lo residual en forma de fanatismo, y lo combaten con tecnología punta en lo militar. Comprar y vender será el único juego posible de la libertad, de comercio. Lo demás deja de existir poco a poco.El pensamiento crítico desaparece poco a poco, se extingue. Se impone “la realidad”, dicen algunos.

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Ya nadie seremos “demasiado humano”. Zaratustra ha muerto, “y con él sus blasfemadores”. Alea jacta es. Tiene algo de derrota, que no vemos porque no ha habido batalla, es “la derrota sin derrota”, de la que habla el poeta Aurtenetxe. Tal vez cada uno de nosotros seamos un campo de batalla.

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Y sin embargo: la vida. Existir. Queda la palabra. La palabra que da forma a todo aquello que no encaja en la función del Poder. Más allá de la locura, más allá del arte y de la razón. Y todo lo demás.

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  1. Priede
    3 octubre, 2016 en 20:21

    Me ha gustado mucho. Soy de zona rural, o semirural. Luego viví en la ciudad y actualmente en el campo, y sólo ahora me doy cuenta de que la diferencia no es sólo de paisaje sino que afecta directamente a la conciencia, a la percepción del mundo. Vivo en un casa que tú defines muy bien “Pero hay evidencias que muestran el lado perverso e ilógico, como es que nuestros abuelos, y de ellos vale para generaciones anteriores, se hicieron sus casas, las construyeron adaptadas a sus necesidades”.

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