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La soledad del viaje

Escribir es lo más solitario que hay y, sin embargo, se quiere hacer de quien escribe un relaciones públicas, un marchante de su obra, sin que esto pueda ser posible. Da lugar a la falsificación de la literatura y así sucede. O entendemos que la escritura y leer es un viaje interior o sucede de paso, un adorno que entretiene.

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No consiste en estar en una torre de marfil, sino en uno mismo, para que rezume en cada orilla de nuestros pasos. Pero hay ¡tanta impostura! Tanta como la que exige el guión del éxito, tanta como la banalidad lectora. A penas se comparten diálogos, a penas actos que se propaguen de voz en voz, sino microespectáculos donde actuamos los bufones de lo cotidiano para romper rutinas.

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Vas a un lugar bello, que guarda los pasos de quien escribió los versos más pasionales, o en el que leyó sus cartas de amor Madolina, la que siempre soñó que un violinista tocara bajo su ventana y coincides, en aquel lugar, con grupos que siguen a un guía que explica el estilo de las columna jónicas, ¿o son dóricas? Con grupos en los que se habla de dónde quedar por la noche, o el joven que en lugar de declarar su amor a la chica con la que va intenta meterla mano y no lo logra, o la chica que explica a su pareja la función del orgasmo según la teoría constructivista. O si es mejor pagar un alquiler que una hipoteca. (Por cierto, entendí “biblioteca”, hasta que me di cuenta)

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No es elitismo, no. Es que no hay espacios para la soledad. Se han exterminado como muchas especies. Porque por lejos que vayamos, siempre hay un envoltorio de KitKat o un bote de Acuarius. Las marcas son la nueva patria universal. Y si no que se lo pregunten a las patatas para freír “MacCain”.

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A pesar de todo el viaje continua, la vida y el arte exigen un camino y nos queda el espacio de lo propio, del estilo singular, aquel que es para nada, que aparece sin saber por qué, aunque lo quieran explicar los psicoanalistas. Un recorrido que funciona (como dicen los conductistas) de la misma manera que una escafandra para respirar existencia.

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Es en ese espacio de dentro donde escribimos, pintamos, hacemos las fotos, una o dos en la vida, de entre tantas, que buscan la parte invisible del rostro. Es en ese espacio sin dimensión donde nos vemos frente a frente sin espejos. El gran campo de batalla entre los puravas y los kundavas, pero son los capuletos y los montescos quienes baten sus espadas entre bambalinas y en los escenarios.

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A medida que el viaje avanza nos fortalece. Cansan los caminos de terciopelo y algodón, porque nunca terminan. El camino de barro, el de polvo y tierra, con sus piedras y las praderas a la orilla, son recorridos solitarios aunque estén llenos de los demás. Es el camino que recorre la palabra. Porque cuando ésta vuela no es que tenga alas, ni que sea aire, es una hoja caída que se lleva el viento.

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Así los monigotes cantan en sus coros y nos hacemos comparsas de lo que no sabemos qué es, en deudos de otros endeudados, de cuya deuda nadie habla y vamos de oca en oca y tiro porque me toca.

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Nos queda el viaje a la soledad, como hiciera Ulises, para encontrar a aquella que teje y desteje, aquella soledad a la que quiso Homero dar el nombre de “Penélope”, a quien tratan de seducir los cortesanos y acapararla. Es también la “Eneida” cuando una voz grita en la soledad de la derrota, en la soledad de la pelea, siempre hay un Turno de turno y no podemos escapar de nuestra batalla interior, ante la seducción de un guiño, ante el aplauso la voz advierte de qué son las sirenas, los cíclopes, las costas doradas y un canto celeste, como el Bhagavad Gita, susurra: “Eneas, sigue tu camino”.

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  1. Jose M. Sanchez
    18 octubre, 2016 en 19:42

    Soledad y creación creo que andan siempre juntas e inseparables. Pero ojo, recordemos algo esencial: en cuatro circunstancias puede uno hallarse solo: solo a solas,solo entre los otros, solo con los otros, solo con el otro. ¿Dónde y con quién anda el creador?

  2. 12 octubre, 2016 en 9:35

    Algunos escritores hablan de la magia de la creación. Otros, como Gabriel García Márquez, afirman que el artista disfruta plenamente cuando ve su obra ya acabada… Hoy en día el momento culminante para todo escritor es el de la presentación del libro, que tiene mucho de orgasmo: tan placentero como efímero.

    • 12 octubre, 2016 en 13:52

      Estoy con la idea de Gabriel y de algunos escritores… Y me quedo con lo que cuenta W. Reich en su obra “la función del orgasmo”… De tal manera que cuando se compartimenta ni eso es… Similar a tenerlo por 20 euros en la calle de la Ballesta, por ejemplo.

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