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La lectura

Al escribir sobre leer es como si me observara desde fuera. Desembocan en el pensamiento recuerdos, sensaciones, siendo un tema tan difuso, difícil de encuadrar y de expresar porque no tiene un a delimitación concreta.

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Me suena este asunto al “principio de incertidumbre” en el campo de la física, según el cual si ves una partícula elemental modificas su posición y si sabes dónde está no puedes verla, porque el choque de los fotones de luz con la partícula interacciona y las desvía.

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Leer. La cuestión es cómo, no tanto el qué, que también, pero… Cómo lo hacemos es el sentido de la lectura. Y lo que leamos aporta ciertas piezas de nuestro ser, que sin pretenderlo se han asentado en nuestra vida, algo lo que descubrimos con el paso de los muchos años, pues al poco tiempo no somos capaces de reconocer que hay algo sutil que ha dirigido nuestra existencia. ¡Somos tan arrogantes!, hasta que miramos atrás y vemos a muchos acompañantes, que nos suelen sorprender.

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Leer es buscar, pero buscar algo, por eso leer tiene dos caminos, o entretiene sin decir nada especial o forma parte de una estructura, de una red de pensamientos y de sentir que proporciona amplitud a nuestra existencia y a la vez riega muchos aspectos aletargados que empiezan a cobrar vida cuando leemos.

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Al relacionar unos textos con otros empieza la personalidad del sujeto a intervenir en lo leído, activamos la capacidad de crear nuestra propia visión del mundo. Y descubrimos cosas, nuestras como lectores y de los libros, los cuales han estado tapados durante años, siglos a veces, a visiones propias del lector concreto, porque leer lo convertimos en pasar por encima de las letras, sin interrogarnos, sin relacionar lo que cuentan con otras historias que son el trasfondo de una novela, novela o pieza de teatro.

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Leer es descubrir nuevas sensaciones, parámetros que nunca hubiéramos imaginado. Debería reconocerse la lectura como hecho artístico en sí y como un acto creador, tanto o en paralelo a la escritura.

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Estoy leyendo “La cartuja de Parma” de Sthendhal y “Margarita, está linda la mar”, de Sergio Ramírez, una vez que finalicé “La segunda parte de las aventuras de don Quijote de la Mancha” de Avellaneda. Qué de recovecos del sentimiento y cuántos que pasamos de largo porque los resumidos en dos o tres, de manera que faltan palabras y por eso son necesarias las historias, el relato, la metáfora, el drama. El trasfondo histórico y lo que el autor comunica de fondo es algo a lo que no se suela llegar. Y lo digo por mí, en muchas ocasiones.

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De pequeño leí libros de Bruguera, de esos que una página era escrita y la otra de cómic. Creí que Julio César fue un personaje de novela, antes de saber que se trata un personaje histórico. Nadaba en un río contra la corriente para fortalecerse. Napoleón, un señor montado a caballo que daba órdenes y ¿por qué le obedecían para ir a morir?

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Leí las aventuras de “Negrito revés”, quien me enseñó a pensar con la lógica de ¿por qué?, pues no todo lo tiene, y ¿por qué no comer el postre primero si es lo que más nos gusta y no al final sin casi apetito? Las aventuras de Sandokán, luchar como forma de vivir, Con la lealtad de Villafañe y el amor de Mariana, dos pilares de cualquier lucha, amor y lealtad, cuando nunca sea por el Poder. Como dijera el poeta anarquista Jesús Lizano:

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“Decidle al capitán
que ya no es capitán.
Ahora el capitán es el mar”.

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Y cuando la adolescencia, por pura casualidad, llegó a mis manos “Demián” de Hermann Hesse. Y luego otras de este autor. Mi amigo el Cosaco me introdujo en Balzac, Flaubert, Celine, Zola, Pío Baroja. Para más adelante entrar en el vértigo literario gracias a Joaquín Colín que me llevó de la mano para presentarme a Joyce, Proust, Cervantes en su plenitud buscando el sentido de cada obra a través del conjunto de toda ella, Tomás Mann, Pérez Galdós, Clarín, Tolstoi, Dostoievsky, Musil, etc. Y en un humilde club de lectura de un barrio muy apartado en los madriles he encontrado a Iréne Nemerovsky, Carmen Laforet y autores que actualizan la gran escritura.

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Y leer lo que escribo para saber qué he escrito, y saber que escondo entre renglones sinuosos lo que quiero decir y, sin embargo, ha de ser en el idioma de la palabra en sí, que lo tiene. Y empujar al lector a no sé qué ni por qué ni siquiera sabiendo que se vaya a leer esto que escribo.

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Y leer, al fin y al cabo leer, y escribir alguna vez. Porque vivir carece de fronteras y la palabra traspasa lo observado. Tampoco el ser humano las tiene, sin embargo las levantamos permanentemente al crear miles de idiomas que no existen, porque más allá de la palabra, de lo que leemos y escribimos está lo que nos hace ser sin palabras, las cuales hemos de recorrer para llegar.

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Recuerdo cuando escribí los poemas de “Palabras inconclusas“, nunca terminaron, ¿y empezar? En realidad fueron algo que pasó al escribir…

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  1. 31 octubre, 2016 en 10:47

    Parece normal que un poemario titulado “Palabras inconclusas” quede sin concluir. ¿Quizás para que lo concluya el lector? Acaba de redescubrir usted la literatura interactiva, querido Ramiro.

  2. Jose M. Sanchez
    25 octubre, 2016 en 19:33

    Leer no es simplemente trasladar el material escrito a la lengua oral, eso seria una simple técnica de decodificación, leer significa interactuar con un texto, comprenderlo y utilizarlo con fines específicos. ¿Acaso no hablamos así de construir una persona, su intelecto, su imaginación, sus proyectos?

    Decía Borges que “Un libro no debe requerir esfuerzo porque la felicidad no debe requerir esfuerzo”. Borges entendía que la relación con toda la literatura debe ser una relación hedonista, dedicada enteramente al placer de leer. ¿Dónde queda ahí el esfuerzo intelectual? En el hecho de que si un libro resulta pesado significa que no es el momento de incursionar en ese libro. Abandonar un libro, sin dejar daños ni heridas, puede implicar una invitación para retomarlo en un futuro

    Hace poco leía esto: “Que la lectura es un placer no es un secreto, pero ¿alguna vez os habéis preguntado por qué leer libros nos hace sentir bien?” Parece ser que existe una explicación científica a este hecho. Según se deduce de un estudio de la Universidad de Búfalo (EE UU), publicado recientemente en la revista Psychological Science, cuando leemos un libro nos sentimos parte psicológicamente de la comunidad que protagoniza la narración . Este mecanismo satisface una necesidad humana fundamental: la de pertenencia a un grupo.” Quizá también habría que pensar en una identificación con la “comunidad lectora· de esa obra en concreto y su indentificación más allá de las personan concretas y las páginas. El escritor francés Antoine Houdar de la Motte dijo en su día que “mediante la lectura nos hacemos contemporáneos de todos los hombres y ciudadanos de todos los países”.

    La lectura nos abre a la riqueza infinita del conocimiento, estimula nuestra imaginación, nuestros sentidos y nuestras emociones.

    Leer es quizá sólo pensar, reflexionar, imaginar, aprender, sentir. ¿Sólo?

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