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Al corro de la patata

14 noviembre, 2016 Deja un comentario Go to comments

No sé si es un recuerdo, o acaso invente lo que creo recordar. ¡Fue hace tanto tiempo! Una palabra ¡tan bonita!, “re-cordar”, “volver al corazón”, y tan olvidado su sentido original que vuelve a mí con todo su esplendor. Como si quisiera agarrarme al paso del tiempo que ha pasado.

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Hace muchos, muchos años. Hubo pasado exactamente medio siglo. Lo recuerdo en la bruma del tiempo y apenas lo vislumbro, pero hay algo que lo hizo real y, sin embargo, me parece un sueño. Después del recorrido queda la memoria, a modo de una estela, mientras que el barco sigue su rumbo inexorable. Las sirenas ya no viven en las olas, pero sí en los sueños, mitad recordados, mitad vividos.

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Fui a un colegio de los que no se van, de monjas, un año antes de empezar en otro colegio cuando la escolarización empezaba a los seis años. Las razones de esta estancia es una historia que no viene al caso.

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Los pocos niños pequeños que fuimos estábamos a parte en las clases-guardería, pero nos juntábamos en el recreo con las chicas mayores y también las de nuestra edad. Los niños hicimos una piña entre nosotros, pero hubo días y ratos excepcionales. Una niña pequeña de la misma edad se ponía delante de mí y me daba una patada a la pierna o con la mano en el brazo un golpe o en el pecho y salía corriendo y yo detrás de ella para tirarla del pelo. No me dolieron sus golpes, al revés, me alegraron Fue un ritual y fue así nos conocimos, que hasta entonces sólo fue de vista.

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Los chicos no quisieron que esa chica formase parte de nuestra pandilla, pero algunas veces cuando ella vino a buscarme le enseñé a cazar lagartijas y a separarlas la cola, que a ella al no parar de moverse le llamé “rabo de lagartija”. Siempre se asombró, ¡mira, se mueve! Pensamos que dentro tenía otra lagartija escondida. Y le enseñé a coger hormigas para echarlas en las telas de araña, y que de esta manera salieran y vimos como las cogían y se las llevaban.

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Recuerdo en primavera comiendo con ella pan y quesito, la flor de un árbol, no sé si un tipo de acacia, pero fue el árbol de pan y quesito, que hubo varios en el patio. Qué rico decía yo. Y ella “sí, me gusta”. Fue ella la que supo que se comen. Y luego se iba corriendo sin decirme nada, ni tan siquiera adiós, hasta la próxima vez que la iba a tirar del pelo. Ella se daba la vuelta y sonreía estirando las comisuras labiales, enseñando los dientes. Yo también. Tuve siempre la sensación de poner cara de tonto y frente al espejo, en mi casa, ensayé diversas sonrisas que nunca me salieron al lado de ella, sino ser su siamés, como si la imitara y ella a mí.

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Hubo un lugar en el que hubo una caseta de obras, haciendo una de sus paredes esquina con un muro de piedras de cantos rodados y tierra y cerca un árbol, pero sin pan y quesito porque fue grande y alto. Una vez allá nos miramos y nos sacamos la lengua para frotarlas, sin que se electrizase la piel ni nada. Sin pensar.  Fue ella la que empezó y yo dije “sí me gusta”. Sólo saborear un tacto de húmeda suavidad, agradable, un chupa chus de lengua que no sabe a nada, pero que gusta. A veces la seguí corriendo hasta ese rincón para lenguetearnos un ratito y después volver a la algarabía del recreo. Pareciera que bebiéramos de una fuente con nuestras manos firmes pagadas a nuestro cuerpo. Nuestros ojos se cruzaron un respingo siempre como despedida sin palabras, decididos a otro día volver a jugar a eso y a coger hormigas y correr tras las lagartijas.

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Es un recuerdo bonito. Y desapareció. Nunca más recuerdo haber recordado. Ah, sí, y cuando me quedé bajo la lluvia para que viera como aguanto y ella y los demás que salieron al patio bajo el soportal. Ella salía un poco, se mojaba y volvía rápidamente.  A mí me regañaron por mijarme y tuvo que ir mi madre con ropa seca para cambiarme. Mientras tanrto estuve sin ir a clase arropado con una manta. ¿A quién se le ocurre? y me preguntaron, pero no supe por qué lo hice. Hoy sí, lo sospecho, pero no lo quiero decir.

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No volví a pasar por aquel lugar. Pasaron los años y años y años y me enteré de que se celebraba el centenario de aquel colegio, a la vez que una misa funeral por una hermana de la congregación que era de las pocas que recuerdo su nombre, la hermana Juan Carlos. Asistí con mi mujer y mis dos hijas, una en la universidad y la otra finalizando el bachiller. Supe el porqué de aquel nombre, que siempre nos hubo llamado la atención a los alumnos, ¿por qué nombre de chico? Oí decir a alguien “ahora vuelve con él” y supuse lo demás. Su cara gruesa, su olor a agua y jabón, el tacto de su hábito y el sonido que hace al andar.Y la bondad de sus gestos y las risas de todas ellas.

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Hubo muchísima gente en aquel funeral, sin nadie que me reconociera. Dos monjas, sí que las iba a ir a saludar, pues pensé que pudieran ser de las que me enseñaron a mirar las letras y que nos daban de comer ante el cuadro de estaño de la Última Cena. Y el sabor a membrillo, del arroz con pellejos de tomate que no me gustaba, los garbanzos con caldo. Las manos de la monja dirigiendo las mías para que supiera cortar los filetes.

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¿Y si ella estuviera?, aquella niña. No recordé ni su nombre, sólo la sensación de salir corriendo tras ella y enseñé los dientes como si estuviera mirándome en el aire. Bajé las escaleras llenas de gente y me adelanté a todas esas personas que esperaban a que saliera la comitiva y me puse a correr en la explanada, torpemente, sin velocidad llevando mi sobrepeso a cuestas. No pude ir de un  lado a otro en un segundo, sino moverme deprisa fatigado. Mi hija gritó ¡papá no hagas el tonto!, mi esposa gritó mi nombre. Seguí corriendo. No hubo los árboles del pan y quesito, ni tierra, sino una explanada de cemento alisado con algunas macetas grandes, de cemento unas y de madera otras, cuadrículadas, y palmeritas en ellas, y una parte cubierta con un tendejón. Ya podría coger lagartijas aunque quisiera hacerlo, que no vi ninguna, ni hormigas ni arañas.Un suelo liso de hormigón, sin la sombra del gran árbol, sin escondite.

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Levanté la cabeza mirado al cielo, como cuando volvía de haberla tirado del pelo y cuando iba a terminar de dar una vuelta al patio a la vista de todas las personas que se congregaron y que me dejaron solo en aquel espacio para mí distinto al que pisaba, oí una voz: “es él”. Sí fue ella, que vino a mí. También corriendo torpemente, pero con su sonrisa de siempre puesta, enseñando los dientes. La misma sonrisa, la misma cara, la misma niña y yo el mismo niño de aquel año de la infancia. Supe su nombre porque su marido lo nombró voz en grito y supe que tiene al menos una hija que gritó ¡mamá! ¿qué haces?

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Nos colocamos frente a frente chocando nuestras sonrisas. No pude ofrecerla pan y quesito. Nos reímos sin saber qué decir. Se acercaron con una cacha en mano la hermana Carmen y sor Clementina apoyada al brazo de aquella. Dijeron nuestros nombres. Se acordaron. ¡Nos reconocieron! La hermana Carmen tocó mi rostro para verme. “Sí, eres tú”, dijo.

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Sor Clementina nos cogió de la mano para jugar al corro de la patata, al que yo nunca quise arrimarme, pero aquella vez sí, ¿cómo no? Siempre pensé que es un juego de chicas y un aburrimiento y una tontería. “Al corro de la patata / comeremos ensalada / / como hacen los mayores / naranjitas y limones / achupé, achupé / ¡sentadito me quedé”. Comenzamos la rueda, y se fueron arrimando las demás personas haciendo un corro que ocupó todo el patio y aún hubo quienes estuvieron de espectadores.

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No dejé de estirar los labios, de enseñar los dientes, como un papanata, a la niña con la que jugué de pequeño. Me recuerdo con cara de pasmarote. Luego hubo un picoteo en el gimnasio gigante unido a un frontón. Como decía mi abuela “las penas con pan son menos” y mi tía Lola que estas costumbres de aglomerarse la gente en los funerales son cosas de misa y mesa. Presenté a mi esposa e hijas a la niña del patio y ella a mí a los suyos. Habíamos contado nuestras andanzas a modo de anécdota, pues los familiares de ambos supieron la historia de la niña, y yo el niño, que desaparecimos en el tiempo. No nos habíamos vuelto a ver ni a saber nada el uno del otro.

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Nos reconocieron otros de nuestra promoción, que de no haber salido corriendo, no hubiera sido posible, otros compañeros de entonces, dos. A ella más pues se quedó estudiando en el colegio aquél.  Las monjas queriendo saber y besando a nuestras hijas e hijos. Y repetían sus consejos de siempre “estudiad mucho y sed buenos”.

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Han pasado otros tantos años y recuerdo cuando corrí por el patio vestido con traje y corbata, y cuando lo hice tras aquella niña y cuando comimos pan y quesito. No puedo correr, me pesan los años, pero la veo frente a mí con su sonrisa de labios estirados, enseñando los dientes y respiro un aire luminoso. Mi esposa me ayuda a levantar, mientras que mis hijos dice que no, que no me mueva, pero ¡qué se va a hacer!, ¿cómo no voy a salir corriendo con el cuello estirado y la cabeza mirando al cielo. ¿Creéis que no voy a alcanzarla para tirarla del pelo? Y con la mano de quien me ayudó a ponerme en pie corro tras ella que va con su marido y con una niña en brazos, sin dejar de correr. Y la voy a tirar de su pelo despeinado y corto, moreno que al correr ella se mueve como si saltase. Ya verás ¡qué risa!, digo a quien va a mi lado asidos de la mano. Y comeremos pan y quesito todos juntos, y veremos mover el rabo de las lagartijas y ya no me importa jugar al corro de la patata porque es la rueda de la vida aunque se llame de miles de formas diferentes y uno de mis nietos me mira y llora porque no encuentra hormigas, ¡dice que no existen! y mi bisnieto quiere guardarme con sus pokemo para que le acompañe en sus juegos cuando no esté.

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La hermana Carmen ya no lleva bastón, y la hermana Clementina nos agrupa para jugar al corro de la patata con la hermana Juan Carlos a quien acompaña un joven muy peripuesto y jovial, que también sonríe como un pasmarote y mi padre, mi madre, mis abuelos y tías, tíos y amigos y compañeros de clase… “al corro de la patata…”.

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  1. 16 noviembre, 2016 en 17:50

    Un apunte filológico, aun a riesgo de estropear parte del encanto de su emotivo relato: los romanos situaban las facultades del intelecto en el corazón (“cor, cordis”), de donde provienen los verbos “acordar” o “recordar” (también el adjetivo “cuerdo”, es decir, el que conserva sus facultades mentales). Era el hígado el lugar reservado para los afectos, como puede comprobar si observa una representación antigua de Cupido (con un hígado atravesado por flechas). Yendo a lo realmente importante, es cierto que experimentas una rara emoción cuando te encuentras con un amigo de la infancia o un antiguo compañero de colegio. Me pasó a mí hace poco con José Carlos (nombre de chico), que era mi compañero de pupitre y al que hacía décadas que no veía. Supongo que no es cierto el tópico de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, pero lo echas de menos por el mero hecho de ser pasado: tu pasado. Sea bueno o malo.

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