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La despedida

Inicio una serie de artículos de despedida. Vuelvo a León, después de dos años de ausencia. Han cambiado muchas cosas. La ausencia de amigos que han muerto, dos. Los ambientes devorados por ambiciones fatuas, pero todo transcurre. Volver es “otra vez”. Me siento Ulises y Bloom al mismo tiempo. O mejor dicho: los siento y comprendo mejor a ellos. Al menos entiendo más claramente sus historias y los tengo cariño. Y todo lo que narran, de manera muy diferente, son las mismas sensaciones existenciales que he percibido en forma de sirenas, de cíclopes, de ejércitos y demás.

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Me vienen a la cabeza los versos de una colección de poemas, “Construcciones de humo”: Adiós galanura, / adiós betlemita errante, / adiós viejecitos sin cuentos / pero con jubilación. / Adiós./ Las palabras prepósteras / descascarán / para esperar el vuelo / de las almas.

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Mi despedida de la biblioteca universitaria en la que he pasado largas y gratas horas por las mañanas. De los libros y de las chicas y chicos que allá merodearon para estudiar. De la ciudad en la que pasé las mañanas y de la que tanto escribí. Del tren de cercanías, que cada día laboral he cogido a las 6’30 hs. de la mañana para hacer una hora y cuarto de viaje con trasbordo incluido. Y adiós al barrio en el que he vivido, con sus características. Su biblioteca entrañable con Tertulandya y el Club de lectura de Montemadrisd.  Me voy de con una imagen muy diferente a la de cuando llegué , sobre la que ya escribí al respecto.

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Adiós y, sin embargo, llevo lo vivido pegado al cuerpo y a la mente. Aquello vivenciado y existido que late dentro. Porque si me exilié de una región que no le importa las artes escénicas, ni nadie ha protestado por ello, lo recorrido en un camino sorprendente no puede irse del corazón, sino que ha anidado en él.

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Jamás he podido esperar un regalo así de la vida, que hace palpable el refrán de que “no hay mal que por bien no venga”. Nuevas etapas, para alguna vez decir adiós, otra vez. Y siempre la palabra, la que tanto me ha acompañado, leída, escrita, soñada y pensada, sentida y sensorial. Como alma que me devora y hace vivir al mismo tiempo, como si de un diapasón se tratara.

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Vuelvo a mi terruño. En parte a mi ser, pero crecido y agrandado, como si el Tiempo fuera patria de lo que somos, o quizá sea ser. Adiós, a unos, y allá voy, a otros. Y nunca estamos del todo en un lugar, ni dejamos completamente lugares en los que hemos estado. Volver es una nueva aventura en lo ignoto. Algo obvio, pero que vemos al reencontramos con nuestro suelo.

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