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Despotismo tecnológico

Sin darnos cuenta la tecnología cada vez nos envuelve más y más. No como una herramienta, sino a modo de una esencia que interactúa en nuestra manera de ser, pensar y sentir. Da forma a las relaciones sociales y, sin ser cuestionada, la función de la técnica se implanta, impedidos de hacer otra cosa que no sea  someternos a ella.

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La comodidad y la eficacia son enganches psicológicos del imaginario, individual y colectivo, pero no es real, en tanto que su función, aparentemente necesaria y liberadora, es sustituida por el control a las personas. Es indudable que la técnica aplicada a la producción y al consumo ha transformado la realidad, pero los ciudadanos y ciudadanas no hemos intervenido en este proceso, de manera que no se adapta a las necesidades sociales, sino al revés: nos hemos de adaptar a su implantación, por ahorro de costes, por eficacia empresarial, por comodidad del consumidor. Dejamos de ser, paulatinamente, sujetos para ser usuarios / usuarias. Es necesario entonces que nos adaptemos a sus condiciones. Ha cambiado incluso el lenguaje de referirnos a nosotros mismos.

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Semejante cambio es el que deberíamos controlar, para hacernos dueños de lo tecnológico, y no al revés. Se nos escapa analizar sus consecuencias, las que vivimos a diario, que a lo más comentamos a modo de curiosidad o de queja. Al menos si tuviéramos conciencia de lo que supone la haríamos más conveniente y no sólo “eficiente”. Usaríamos las herramientas tecnológicas cuando nos conviniera, cuando quisiéramos y no de la manera que se nos impone, despóticamente.

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Una de las grandes paradojas es que la tecnología nos iba a permitir disponer de más tiempo, cuando cada vez sufrimos más las prisas, cada vez el trasporte es más rápido y al mismo tiempo nos agobia trasladarnos. La tecnología lo que ha hecho es acelerar nuestro manera de vivir el tiempo. La sociedad industrial creó la sociedad de masas, la tecnológica genera la de las relaciones virtuales. En la primera hubo revoluciones, en la segunda protestas que apenas nada cambian. Se genera rabia, quejas etéreas y abstractas, denuncias sin impresos sino contadas en las redes sociales, las noticias son los twitter de los famosos, más que los hechos y de esta manera se ocultan. (Lo obvio como el hecho de que haga calor o frío centra también la información).

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Al salir a la calle todo se amansa: calma chicha. ¿Por qué? Porque no tenemos conciencia de lo que está sucediendo ni de que nos someten los propietarios de los medios de comunicación, que aparentemente ofrecen (ofertan) información y entretenimiento. Nos desahogamos en las redes que nos enredan y poco más. Es una sociedad trasparente, la nuestra, en la que nada vemos y nada somos. A esto nos han arrastrado.

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Poco a poco se nos imponen pautas que hacen relacionarnos con las máquinas, sin poder explicar lo que queremos, sin poder ser atendidos, como es que para pedir cita con el médico se hace por una aplicación informática que te encaja en la hora correspondiente, sin tener ocasión de decir que en ese momento no puedes por la razón que sea: “Si es así apriete la tecla número uno…” .

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Hace unos años en el colegio al que fueron mis hijos no hubo presupuesto para comprar unas colchonetas. La Delegación de Educación nos pidió apretarnos el cinturón. Las madres y los padres hicimos una cuestación y compramos ocho. Qué decir tiene la importancia del ejercicio físico, la psicomotricidad y demás. Ese mismo año dieron un ordenador para cada niña y niño de 5º y 6º curso de primaria. Y al año siguiente colocaron unos proyectores informáticos con la finalidad de impartir clases con nuevos elementos audiovisuales.

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Desde la Asociación de madres y padres pedimos un informe sobre cómo afecta a la pedagogía del alumnado, en qué informes se basaban para implantar este nuevo método. Es lo que se lleva, lo moderno. Pero ¿para el aprendizaje, la memoria, la comprensión? Ninguna información. Se quejaron de que no aplaudiéramos esa oportunidad. No está clara la introducción de ordenadores en el proceso educativo. Una cosa es enseñar a usar los ordenadores como una herramienta más y otra es la comunicación de aquello que se imparte en las clases a modo de método pedagógico. Da lo mismo. Se ve como algo positivo, sin que, por regla general, cuestionemos nada. La inmensa mayoría vio tal despliegue de medios como algo maravilloso.

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Ahora las becas, las matrículas en la universidad, y muchas otras cosas hay que gestionarllas forzosamente por internet. Muchas operaciones bancarias en las máquinas, sin contar con los trabajadores de la banca, que además lo exigen o cobran una comisión por hacer una trasferencia, incluso a la misma entidad, de hacerse en el cajero con un trabajador.

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La cuestión no es debatir si es mejor, si son necesarias las nuevas tecnologías  y otras cuestiones que rodean este hecho. Porque no cabe duda que aportan una gran facilidad para muchas cuestiones. Así mismo es el resultado de la inteligencia humana y una aplicación que podemos aprovechar. Pero no siempre es así. Lo esencial es responder a si lo hemos elegido, ¿acaso ordenamos la tecnología y los avances científicos para mejorar nuestra manera de vivir? La respuesta es que no. Se nos ha impuesto. Y es en este hecho donde viene el despotismo al que es necesario rebelarse, al menos tomando conciencia de ello, y más en nuestra vida cotidiana.

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Nos virtualizan como seres humanos. ¿Nos comunicamos mejor o creamos un espejismo desde donde se nos maneja en el consumo y el empleo es cada vez más maquinal? Esta reflexión se ha obviado.

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Le realidad ha cambiado, pero no la hemos trasformado en su conjunto la ciudadanía, sino que la hemos aceptado sobre la marcha, embobecidos con las nuevas aplicaciones de móviles, ordenadores, artilugios, máquinas, coches sin conductores, comercios sin cajeras, consultas médicas centradas en el informe al ordenador, etc. Es por ello que hemos de adaptarnos y elegir nuestro papel, como personas, como sociedad, como pueblo. De lo contrario el poder maneja las tecnologías por sus intereses de abaratamiento de costes, de vigilancia, de entretenimiento, para controlarnos mejor y no sólo adormecer nuestra conciencia, sino también orientar nuestra forma de vivir incapaces de reaccionar.

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Cuántas veces ocurre que si se va a pagar un recibo en el banco si no es dentro de unos días y horario determinado, el operario no puede hacer dicha operación: “el ordenador no me deja”. Y lo vemos normal. O una información fuera del molde mayoritario no es posible incorporarla en las fichas que hay que rellenar desde un ordenador. Ha dado lugar a que se establezcan rígidos protocolos a los que supedita la resolución de problemas en el ámbito administrativo, de la educación y sanitarios. Nada fuera del mismo ha lugar. La tecnología construye un molde del que no podemos salir.

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No es contra la tecnología lo que planteo en esta reflexión, ni una crítica a la misma, sino al despotismo con que se implanta. Que no se tergiverse este aviso y estemos ojo avizor, porque la lo tecnológico suplanta mucho del factor humano y robotiza nuestra conducta sin que nos demos cuenta de cuestiones fundamentales que asumimos como propias, sin haber reflexionado antes sobre lo que hacemos y que creemos que pensamos. Es lo que Heidegger llamó la “cosmovisión del mundo”

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SOS.

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Si quieres ejercer el mecenazgo con mi labor, de una manera sencilla, gracias:

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  1. 25 julio, 2017 en 18:22

    El género gramatical no siempre coincide con el sexo, la coincidencia varía tanto entre idiomas, como dentro del propio. El río se considera masculino en español (gramaticalmente, eh! Por eso dice la jota que “El Ebro se hace marica, y al entrar en Barcelona”… se hace “marica” y no “bollera”). Sin embargo, en francés, es del género gramatical femenino: “la riviere”…

    • 26 julio, 2017 en 10:15

      Las cosas no tienen sexo, sino género. Una piedra no es macho o hembra, sino gramaticalmente femenino. Todo lenguaje es una convención.

      El mar es cuando se ve desde fuera, desde la orilla. La mar es cuando se percibe desde dentro, en un barco. Y no por ello son marido y esposa, ni macho o hembra, ni amantes.

      En fin.

  2. Priede
    24 julio, 2017 en 13:22

    “pero los ciudadanos y ciudadanas”

    “sujetos para ser usuarios / usuarias”

    “Las madres y los padres hicimos una cuestación”

    “un ordenador para cada niña y niño”

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    “para hacernos dueños de lo tecnológico”. ¿Y las dueñas?

    “las noticias son los twitter de los famosos” ¿Y las famosas?

    “que nos someten los propietarios de los medios de comunicación” ¿Y las propietarias?

    “sin contar con los trabajadores de la banca” ¿Y las trabajadoras?

    “Nos virtualizan como seres humanos” ¿Y las mujeres?, porque humano viene de hombre.

    “coches sin conductores, comercios sin cajeras” ¿Y las conductoras y cajeros? ¿Y las cajeres, puesto que los hay sin vulva ni pene o con los dos? ¿Con ‘los dos’ o con ‘las dos’? ¿Doses o dosas?

    “el informe al ordenador” ¿Y por qué no ‘ordenadora’? ¿Acaso las mujeres no son más ordenadas que los hombres?

    “el operario no puede hacer dicha operación” ¿Y la operaria sí?

    La corrección política y el adoctrinamiento que conlleva, consciente o inconsciente, resultan mucho más dañinos que la tecnología.

    • 24 julio, 2017 en 23:26

      Hay un argumento mucho menos sardónico y real, como es la defensa de la figura gramatical del neutro. “Persona” no es femenino, es neutro, pues se refiere a mujer y a varón. Lo mismo “individuo”.

      Dicho lo cual también indicar que la lengua es dinámica y se empapa de mentalidad, de nuevas formas de entender la comunicación y si hace que un sector de la población se sienta más a gusto, se identifique y reafirme no pasa nada.

      Impedir cualquier cambio en función del pasado es también bloquear su análisis. No debiéramos enfrentar irracionalidades, sino razonar. Lo tecnológico no lo hace. Y la condescendencia, la apertura de miras y la diplomacia es lo correcto, contrario a lo “políticamente correcto” que desemboca en hipocresía.

      No obstante agradezco tu punto de vista y su ironía.

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