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La realidad diluida

Hace unos días un joven me dio una “poesía” para una revista de papel en la que participo. No la nombro, para esconderla de internet, pues tal es su encanto. Al leer aquel texto en su presencia vi que carecía de versos. Manifesté que es muy bueno, pero que no es poesía. Sí poético y un escrito bonito. Pero el chaval insistió en que sí que es poesía, “¡porque a mí me da la gana que lo sea!”

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Me quedé pasmado por aquella respuesta, que me gustará contrastar con vuestro punto de vista, lectoras y lectores. Estuvimos un buen rato hablando al respecto. Pero digerida aquella discusión observo dos temas que afectan al mundo de hoy y lo estamos percibiendo, en gran medida, sin darnos cuenta a la par que somos arrastrados al sin sentido de las cosas.

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Por un lado si es o no poesía un párrafo escrito de seguido. Pero por otro el argumento central en cuanto que lo sea “porque me da la gana”; “porque yo quiero y a mí me parece que es así”. Esto va más allá de la subjetividad. Y me preocupa, porque si usamos el lenguaje según nos parezca, si las palabras definen fuera de su “cosa” la realidad, ésta se diluye, todo es todo, o puede ser así en un momento dado para dar lugar al desquiciamiento en la sociedad.

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La poesía tiene unas formas, un algo, la cosa, que hace que lo sea. Cierto que la forma puede ser engañosa, como muchas veces es mi queja ante determinados autores que hacen una prosa en vertical. La poesía no ha de ser, fundamentalmente, explicativa, para eso hay otras formas de comunicación. Pero el texto poético lleva unos ritmos, metáforas, con lo que se transmiten sentimientos y emociones. También, en ocasiones, ideas, sensaciones. La forma de escribirlo es lo que marca la musicalidad y lo que permite leer lo que dice de una manera determinada. Es lo que es, con todas sus variedades, en función de que hay otras formas del lenguaje como puede ser el teatro o la prosa. Por ejemplo Juan Ramón Jiménez, gran poeta donde los haya, escribe “Platero y yo” mediante prosa poética. Según Sartreno se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por las forma en que se digan“.

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Otra cosa es la poética, que queda en lo que impulsa al escritor a desarrollar un texto, o lo que inspira. Incluso un lector pueda aportar una visión poetizadora a lo que lee, porque despierte en él sentimientos que el autor ni se imaginó.

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Usar las palabras a mi antojo permite decir que una mesa es una silla, porque sí, o porque me siento en ella. Puedo decir que cumple la función de una silla, pero no que lo sea. Porque, entonces, ¿qué es qué? ¿Un lápiz es poesía porque escriba con él mis versos? El chico me contestó que si él quiere sí, que ¿por qué no? Me quedé atónito, pero más cuando arguyó que es que yo tengo una visión conservadora de las cosas y que soy un reaccionario de la literatura. Podría ser, pero sinceramente no lo entiendo.

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He reflexionado al respecto y me atrevo a compartir con quien lea esto tal experiencia y zozobra. Porque algo parecido sucede con el arte contemporáneo, por ejemplo. Toda imagen se asocia a un discurso, o mejor a un relato, acoplado. Una línea puede ser lo que uno quiera, lo que el autor pretenda, o lo que el expositor desee, aunque sean cosas diferentes, porque ¿por qué no ser dos cosas a la vez? “Lo que a ti te sugiera”. Pero en principio es una línea, o un punto, o un lienzo en blanco. Entonces será lo que sea según interpretaciones. Sería una discusión infinita, pero tal forma de mirar el arte es una forma de hacer grandes negocios y las mismas instituciones lo tienen para blanquear dinero y como fuente de financiación, pues si se valora una obra en millones, puede servir de garantía para un aval bancario, de cara a pedir un crédito. Pero sobre este tema no se quiere hablar. El artista no sale de su imaginario y lo delirante se convierte en un negocio.

Grabado de Cristina Núñez, Cris.

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Pero vemos este fenómeno también en la política, cada vez más. La realidad se diluye en el uso del lenguaje que cada cual define a su antojo y todo es todo, de manera que nada es nada y sucede un desquiciamiento, porque hasta los intelectuales se parapetan en un bando u otro y lanzan palabras sin más.

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Se usa el término “nación”, sin una circunscripción real, lo que tergiversa todo un proceso de independentismo en los días de hoy. Se usa la palabra “democracia” según venga en gana y cada parte juega a ver quién la usa más y quien se apropia de ella. ¿Qué es la democracia, a qué nos referimos cuando se habla de ella? Se plantean palabras como “garantía”, “Estado”, “independencia”, “Constitución”, “proceso constituyente” y otras, mientras que cada cual usa semejantes términos como le da la gana, sin criterio, sin razones, sino con emocionalidad. ¿Qué solución puede haber?, ¿qué diálogo?, porque se supone que se dialoga con las palabras, pero si cada cual las da un significado y sentido diferente, ¿de qué sirve?

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Hasta la palabra “Catalunya / Cataluña” queda descontextualizada y da lugar a un falso debate que despierta pasiones en su error y puede acabar en tragedia, a lo tonto. Lo mismo “España”, “la idea de España”, cuando es todo menos una idea, es una circunscripción administrativa cuya función ha cambiado el crearse otra unidad como es es la Unión Europea (UE). Pero es que hay quien define el nacionalismo como “nazi”, sin que tenga nada que ver y se propaga esta visión para justificar un rechazo. O se tilda de “facha” al otro o se tilda de “franquista” a la policía, sin conocer qué fue aquella época. Se usa para un acto de golpes violentos y empujones bruscos asemejándolo al uso pistolas con munición de verdad, cuando las “balas al aire” mataron a manifestantes. O ¿dónde están los campos de concentración y las matanzas en masas de los “nazionalistas”?, ¿o qué territorio han invadido? Hasta se deslizan falsos significados en términos jurídicos, como la palabra “sedición”. Pero nada de esto se analiza, sino que se espolvorean palabras que activan emociones y falsos razonamientos equívocos jurídicos,  que abocan a la confrontación, lo cual afecta no sólo a la opinión pública, sino a las mismas instituciones, las de uno y las de otro lado.

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Las palabras han de ser razonadas, situar en un contexto. Su significado no es el etimológico exclusivamente, sino lo que queramos dar a entender con ellas, de ahí enseña Lázaro Carreter que tienen un valor denotativo y otro connotativo. El lenguaje evoluciona Y su valor de significación hay que dárselo, acordarlo, de manera que es la base y fundamento de cualquier debate.

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De otra manera la realidad desaparece, aparentemente, lo concreto se diluye en una abstracción, de manera que la realidad no se convierte en algo relativo, sino que se diluye para dejarla a un lado, creamos realidades imaginarias (construidas por el lenguaje) que tomamos como lo real y así nada funciona, sino que lo tangible que se impone. Es un proceso que construye absolutos, que no percibimos como tales, porque los asumimos sin más.

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Por ejemplo el dinero, es una realidad absoluta, nadie dice que un euro sean dos céntimos. Ni para pagar un café doy un céntimo y digo que son un euro y vente céntimos ¡porque me da la gana! Puedo decir que una casa es mía y ocuparla porque me dé la gana, aunque no quiera decir que lo sea, pero nunca puedo comprarla por un euro y decir que ese euro es un millón. Un banco puede comprar otro por un euro, porque es el precio acordado, pero no decir que mil euros valen un euro. A nadie se le ocurriría, sin embargo, pagar con un ladrillo y decir que es una moneda. El valor de uso del dinero sí que viene marcado por la política monetaria del Banco Central. Y nadie lo discute.

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¿A ver si es que hemos construido la patria del dinero y es lo único que existe? ¿Para qué la poesía?, cada cual que divague con lo suyo y con lo que le dé la gana, pero, eso sí, para entrar en el Museo de Arte Contemporáneo, a pagar dos euros, sin poder decir que si doy un palillo son dos euros, pero ese palillo sí puede ser, una vez esté dentro, un estambre diamantino de las flores de los magnolios. Y hasta si se crea un conflicto me podrán acusar de llevar un arma punzante y condenarme a medio año de cárcel. En fin. C’est la vie.

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Si quieres ejercer el mecenazgo con mi labor, de una manera sencilla, gracias: o

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  1. Priede
    23 octubre, 2017 en 18:02

    No digamos del “derecho a decidir” en lugar del “derecho de secesión”. Ya la misma ‘autodeterminación’ es un engaño. Ningún país concede derechos de secesión a una parte de su territorio; ni siquiera Cataluña, que en el estatuto anulado por el Constitucional decía que Cataluña es indivisible, de ahí que Tardá respondiera con un contundente ‘no’ cuando le preguntaron en el Congreso si aceptaría la autodeterminación de Tarragona. De ese modo lo encubren; saben que es un engaño, y esa hipocresía les sirve para plantar la normas de juego, dialécticas, que les interesa a ellos.

    ¿Cómo vas a votar el derecho a decidir si ya de antemano lo estás ejerciendo?

    Pep Guardiola: “Esto no va de independencia; va de poder votar”

    https://elpais.com/ccaa/2017/09/23/catalunya/1506194937_423793.html

    Y lo de esto es así porque lo digo yo, lo llevo viendo desde hace casi dos décadas. Y va a más. Es la dictadura del subjetivismo inyectada en las escuelas y en las familias. Tratar de objetivar algo es de carcas; es así porque a mí me ‘mola’, y basta. Y no sólo en una cuestión estética sino en todo. Le escuchaba hace poco al economista Max Keiser que en las universidades norteamericanas los profesores ya no saben qué hacer, porque es imposible explicar algo a los alumnos si no coincide con su adoctrinamiento previo. Explicar la guerra de secesión dejando a un lado el falso criterio de que el Norte no quería la esclavitud mientras que en el Sur lo defendían, significa que los alumnos te llamen de todo e incluso te denuncien por racismo encubierto. No aceptan de ninguna manera otro punto de vista desde el cual analizar que no sea el suyo. Es el democratismo llevado hasta la última consecuencia, donde el subjetivismo -normalmente construido de opiniones y de falacias ideológicas dominantes- dirige todo.

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