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Peregrinos de la palabra

20 noviembre, 2017 Deja un comentario Go to comments

Me llegó el texto de un amigo sobre su experiencia de recorrer el camino desde Aguilar de Campóo al monasterio de Liébana. ¡Cuántas sensaciones!, dispares, dispersas. En el pensamiento aparecen como relámpagos muchas imágenes que se amontonan. Al pasar la vista por lo escrito y leer.

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Me doy cuenta de que también se puede ser peregrino de la palabra, a través de ellas recorrer caminos del tiempo y de experiencias. Una de éstas las lecturas.

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Escribe Jose Manuel que peregrino es “extraño”, “extranjero”, al llegar a un lugar, que se supone es a uno que vas de paso, como una meta desde la cual regresar, hasta que quien viaja con este fin se da cuenta de que la meta es el camino y volver es hacerlo de otra manera, extraño uno a sí mismo porque la distancia, lo experimentado ha hecho transformar la mirada.

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Siempre es una búsqueda cualquier viaje, pero con la fe como fondo es querer dar alma a las huellas caminadas en siglos y a las propias que se unen. Hay escritos que se convierten en una respiración silenciosa de palabras, son éstas las que caminan y traen a colación asociaciones de ideas. Así Jose Manuel evoca a Thoureau, a Machado (Antonio) como si quisiera llevar las ideas, la poesía y el sentir al paisaje.

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Es un camino de fe a un lugar religioso que mi amigo recorre también con las palabras. Hay en aquel monasterio un trozo de madera que dicen, que creen, que sienten. Que sea o no, lo es: el brazo de la cruz en la que murió Jesucristo. Una reliquia.

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Es pasear en la distancia la lectura y ver lugares extraños, por los que he pasado sumergidos en el tiempo, algunos ahogados. Me hace gracia leer en uno de los lugares que describe, que interponga reivindicaciones locales que une al paisaje entremezclando notas sobre el arte arquitectónico. Me sobrecoge cuando manifiesta algo sabido, que no queremos ver y encogemos los hombros: “Los pueblos no mueren, muchos han muerto aunque no lo saben”. Es la sabiduría de los caminos, que hacen de lo obvio una lección. Que hace que sepamos lo que ya sabemos sin querer saber. Pero al recorrer un espacio inmenso no podemos escapar.

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Conocí a José Manuel participando en Los Verdes. Por eso me hizo gracia aquello de reclamar. Nos escribimos cartas durante años, hasta que internet acabó con aquella costumbre, que intentamos recobrar recientemente, pero la inmediatez, la costumbre se encarga de hacer sus caminos por los que vamos y por los que no. Y yo me siento “extraño” en este medio que recorro en la palabra de la pantalla. Mis hijos se ríen de que antes escriba con el boli en un papel, porque de otra manera no sabría.

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La primera carta que recibí de él fue con fecha del 25 de febrero de 1988. En un papel reciclado oscuro, que recuerdo porque es la que se ve al abrir una caja repleta de ellas. Me refiere a mi practica del vegetarianismo, de aquel entonces. Él participaba en una asociación para la defensa de los animales y me recuerda que hay un Día Mundial “sin carne”. También me siento extraño a aquellos tiempos guardados en las palabras. Y vuelvo a ellas y desde ellas como un peregrino que recorre el tiempo, ya ni siquiera mío. Pues una lección del camino, de caminar, es que el recorrido es de todos y de nadie.”Son las huellas el camino y nada más”. (A.M.)

Cuadro de Cristianín Pinto Ferré.

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Estuve hace unos pocos años en aquel mismo lugar de Liébana, en el que no me sentí extraño sino perplejo. Acompañé a una hermana de mi abuelo, con noventa y cuatro años entonces. Murió hace cuatro. Para mí ver el reflejo de su fe y su reverberacion en otras caras, fue un acontecimiento desde mi increencia, pero vi pasión, olor a una incertidumbre que se agarra a una cruz de la que queda un trozo, un pedazo, que le hace ser lo que es al ser “agarrada” con la fe, la mirada y el camino a ella.

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La espera, el silencio, el rezo, la devoción, el rito, la ceremonia como si fuera un silencio susurrado y las imágenes e iconos palpitan, se quiera o no. Me pregunté ¿cómo a alguien se le ocurrió hacer un edificio tan enorme allá a lo lejos, oculto? Con las invasiones sarracenas fueron allá a esconder la reliquia. Allá quedó custodiada en la piedra por extraños que acuden a ponerse delante del linnum crucis, dice mi amigo, y: rezar, confesar, la misa del peregrino.

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Mi tía Lola creyó de verdad, profundamente, de una manera que murió con su muerte y la de su generación, por eso remarco que creyó de “verdad”, porque esa manera de hacerlo de quien vio a su madre sentada en el suelo de una iglesia, cuando no hubo bancos, y ella de niña a su lado. Porque vivió al lado de la guerra. Y a su madre y a la guerra las llevó siempre a su lado.

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Escribió Proust en su obra “En busca del tiempo perdido” que escribió su obra porque desaparecía un mundo y a la vez una forma de amar, sufriente, que nunca más iba a volver a suceder, que desparecía con él y los suyos de su generación y su mundo. Igual pasa con aquella forma de ser creyente: “Dainos señor buena muerte, por tu santísimo nombre”, de rezar a cada momento, de que un huevo se pasa por agua al tiempo de un Ave María, y asistir al rosario y pasar las cuentas en cada oración.

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Me pasó con ella algo que me hizo ser extraño en la noche, aun siendo de día una tarde de verano. Empezaron a cobrar por entrar en la catedral, que es la catedral de León más bonita del mundo, le decía yo en bromas. Ella quiso entrar a su manera, como siempre. “Ya verás como a mí no me dicen nada, ¡qué es eso de pagar por entrar a la catedral!, si toda la vida ha estado abierta. ¡Vamos!” Llegamos a la puerta y quedó espantada al ver un rodillo metálico como los de la entrada del metro en Madrid. Empujó con el cuerpo aquel obstáculo, que de haber podido lo hubiera tirado Pidió a un cura joven que estaba, vestido con sotana, que hiciera el favor de abrirla para poder entrar. Le indicó aquél educadamente que había que pagar: “Hay que cuidar la casa del Señor”, dijo jovialmente. “Yo tengo que entrar”, dijo mi tía, tía abuela. “¡Vengo a casa de mi padre!” Se enfadó pero se quedó sin habla cuando el cura aquel le pidió un certificado “y cuando lo presente, (dijo), la dejo pasar”. Sonrió. Mi tía no. Se fue más que cabreada, enfurecida. Dio su palabra de nunca más volver a entrar, ni a la Misa de Gallo a la que fuimos muchos muchos años.

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Estando el año pasado en la biblioteca de la universidad de Alcalá de Henares, el último libro que leí de la misma fue “La summa cuestiones” de santo Tomás de Aquino. No me dio tiempo de terminarlo. A parte de la profundidad del pensamiento que elabora, me llamó la atención que coincidiera en gran medida con Kant, cuando ambos concluyen, uno desde la razón y otro desde la fe, que creer depende de la voluntad de creer, de decidir tener fe. El aquilate añade además la gracia, el don que viene de fuera, pero sin la voluntad no haría nada. Me impactó aquello, porque de pequeño aprendimos del catecismo eso de “creo por la gracia de Dios”. De momento tengo que pensar al respecto, ahora observo la tesitura. Es extraña la palabra también.

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Y cuando mi amigo tuvo que volver, reflexiona: “¿Ha terminado la peregrinación?” y le imagino una sonrisa cuando escribió “el camino comienza en ese momento”. No es el camino de vuelta, sino el de dentro. Me di cuenta que escribir aquello Jose Manuel, ha sido porque también la palabra es peregrina, nos parece extraña y volvemos a ella que nunca termina. y camina en cada uno de nosotros sin que nos demos cuenta.

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Si quieres ejercer el mecenazgo con mi labor, de una manera sencilla, gracias:

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  1. Lorenzo Molina Mangas
    22 noviembre, 2017 en 16:45

    Un viaje interior siempre ayuda a reconciliarse y buscarse a uno mismo, este parece tu pequeño Camino de Santiago, y sobretodo lo más importante, como decía Cavafis, es el viaje, en su búsqueda de Ítaca.

    Un saludo

  2. JM
    20 noviembre, 2017 en 18:03

    Ramiro, gracias por tu lectura, siempre inteligente,siempre sensible, siempre encontrando perspectivas que a veces ni uno mismo se ha dado cuenta de que ha planteado.

  3. lunnaris2013
    20 noviembre, 2017 en 17:05

    ¡¡Vaya!! Aguilar de Campóo es la zona en la que vivo y de esa villa era mi padre y Potes y todo el valle de Liébana, y en genera toda Cantabria es algo muy cercano, como si fuera de Aguilar. Qué bueno lo de tu tía… diría que toda la vida pudiendo entrar a la casa del Señor sin restricciones, y ahora esa moda… El cuadro ése… ¿es de alguien de tu familia?

    • 21 noviembre, 2017 en 23:53

      El de la catedral sí. Una tía abuela. El resto es una semblanza de un amigo, que tiene Aguilar de Campóo como su patria chica… ¡o grande! ha hecho muchas narraciones de rutas de aquella zona en si blog: “Almácigas de olvidos”, https://almacigadeolvidos.blogspot.com.es/

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