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Mear con un amigo

27 noviembre, 2017 Deja un comentario Go to comments

No sé si empezar diciendo que fue hace mucho tiempo o si al contrario, que hace unos días sucedió lo mismo que algo que pasó hace más de cuarenta y cinco años, pero fue diferente. Lo repetimos siempre que nos vemos, como un ritual de amistad y recuerdo.
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Mi amigo se llama Manuel Losada. No sale nunca de su barrio, por esta circunstancia me resulta fácil encontrarlo cuando voy a la capital, aunque no siempre que voy le hago una visita. Cada vez más de cuando en cuando. La última hace unos días.
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No tiene internet, ni móvil. Es un chaval peculiar. Para algunos es “raro”, pero¡ para nada! Más bien diría que es persona de buen consejo, aunque tienda a hacer que renuncies a cualquier actividad, “¿para qué?”. Recomienda vivir lo inmediato. Lo cual él hace a rajatabla, porque su teoría de vida es no hacer más de lo necesario, de lo cual me acusa a mí y además considera que todos los males del mundo provienen de trasgredir este principio.
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Estoy seguro de que jamás leerá este artículo, aunque le diga que he escrito sobre él. Se reirá y me dirá que me he excedido en mi pasión innecesaria. Antes se lo comentarán amigos comunes y conocidos del barrio que husmean lo que escribimos conocidos suyos.
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Desde luego es peculiar. Alguien que, repito: nunca ha salido de su barrio, bueno ni de su entorno. En bromas le digo que no se pone malo por no ir a un hospital. O cuando le pregunto que si cuando se muera le van a enterrar allá a lo que responde que cuando eso suceda no será él, así que hagan con su cadáver lo que dé la gana a quienes tengan que hacerlo. No le preocupa
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Se pasa horas en dos bares, que son los únicos a los que va pues quedan cerca de su casa, en la que vive con su madre. Por supuesto no tiene empleo remunerado.  No trabaja porque dice que no lo necesita, que con la pensión de su madre le es suficiente, que apenas tiene gastos y la pensión que ella cobra llega para los gastos de su madre y de él. Lo justito, pero ¿para qué más?
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Cuando le expuse hace ya muchos años lo de la Renta Básica, me miró y me dijo que dejara que lo pensase. Dos años después me comunicó que está de acuerdo, que es algo de sentido común. Yo me hube olvidado de aquello que le dije. Pero él lo tuvo in mente hasta que me dio su veredicto. Y añadió que no me esforzara, que llegará antes o después porque no queda otro remedio y que a él le va a venir de perlas, aunque no pensaba hacer nada por conseguirlo, ¿para qué acelerar las cosas?, vendrá cuando tenga que venir. Así de contrarios somos.
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Suelo verlo alguna vez con Irene, ahora de año en año o más, incluso de hasta pasado un lustro, cuando comenzó el nuevo siglo. Al volvernos a ver fue igual que si hubiésemos estado hablando el día anterior. Me sorprende mucho esta sensación cada vez que estoy a su lado. También su relación, que no sé calificar, con esta chica que conocimos ambos el verano en el que acabamos COU, celebrando la pandilla de ella y la nuestra este trance antes de hacer la selectividad. Muchos colegios entonces fueron de chicas o de chicos, pero no juntos. El mío sí en el BUP, pero el instituto, público, al que fui, y en el cual estudió también el rey, me decía mi padre, el rey de entonces, fue solamente de varones. Al día de hoy es de chicas y de chicos.
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Habíamos quedado ambas pandillas en ir a una discoteca al día siguiente, entre bravuconadas de unos y retos pendencieros de las otras. Pero a mi amigo no le gustaba, y además le haría salir del barrio. Esto lo pienso ahora. Una chica se quejó de que tampoco a ella le interesaba ir a una discoteca, que además iba a ser gratis la entrada, pues se inauguraba, “Platón”, en la plaza de Ópera. Según ella se va a esos sitios a exhibirse y esperar a que algún chico la saque a bailar, para decir “no”, a no ser que… pero allá ¿que vas a encontrar? Losada quedó con ella en el bar que estábamos. Yo no me enteré. Me lo contó él una vez que le pregunté si eran novios. Luego lo han sido, lo han dejado de ser, lo han seguido siendo. Pero no sé, si son amantes o amigos.
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Nunca llegaron a ser una pareja declarada. Ella actualmente está casada, tiene dos hijos, niña y niño. Él convivió dos meses con una chica a la que no llegué a conocer y luego se separaron. Irene no vive en el barrio, pero en metro no debe de tardar mucho. Quedan a tomar algo, a charlar, frecuentemente. He coincidido con ambos en alguna ocasión en que fui a verle. Ella sigue con su tipazo de siempre y la cara igual, sonriente, aunque ¿cómo decir?, igual que mi amigo, los rasgos más duros, que supongo me verán igual a mí. Aunque yo he cambiado mucho más de fisionomía.
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Sin contar todo esto, de manera somera, es difícil entender la historia que iba a escribir en un principio. Escribir suele exigir un cierto orden, pero también desórdenes improvisados. Igual que hacen falta reglas, también su trasgresión, porque de lo contrario en lugar de hacer ver las cuestiones más invisibles bastaría describir algo para comunicar una situación, que poco tendría que ver con lo que transita interiormente, aunque Sartre diga que “adentro no hay nada”, que “somos nada” y que “esta nada nos hace libres”. Pero que sea invisible no quiere decir que no haya nada, pues su nada existencial está llena, como mínimo de palabras que nos da él. Pero no me quiero desviar del tema.
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Conocí a Manuel en un parque, cuando íbamos a tercero de EGB. Él iba a un colegio y yo a otro diferente. Recuerdo el año porque cuando ya fuimos conocidos y mientras que se fraguaba la amistad, sin que lo supiéramos por aquel entonces, él se jactó de ir a un colegio privado, de frailes, por algo muy curioso. El patio de mi colegio es el mismo que el de una comunidad de bloques de viviendas, en una de los cuales vive este chico. Conocía de vista a quien fue por entonces mi profesor. “Tienes un profesor feísimo”. A mí me pareció un comentario ocioso. ¿Y?, le dije. Como profesor fue nuevo e innovador, hasta el punto de proponer erradicar los castigos físicos como dar con la regla contra la mano o los dedos colocados hacia arriba y apiñados, un tortazo o un capón. Losada dijo que en su colegio todos los profesores son guapos. A mí me dio lo mismo.
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Yo oí que en los colegios de “curas”, que mi profesor de religión decía que no hay que llamarles así, sino “sacerdotes”, se propinaban buenas mandangas. Así se lo dije, cierto que sin venir a cuento: que en su colegio los profesores les pegan. Muy ufano me respondió que por eso aprenden más, que son más listos que nosotros. Cuando se lo dije a mi madre me insistió en que no hiciera caso, y en bromas me propuso pegarme ella para así que yo memorizase mejor las lecciones.
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“Vosotros tenéis que ir a misa”, le decía yo. Y él me rebotaba que los domingos yo también, pero que ellos tienen más misas porque son más divertidas y para llegar antes al cielo. ¡Qué suerte!, pensaba yo. Al cabo de los años, recordamos aquellos primeros encuentros y nos reímos. Mi amigo me confesó que él ni cree ni no cree. Que sí, cuando lo necesita, pero que si no ¿para qué? A mí me resultó extraño, pero cuando he leído “Crítica de la razón práctica” de Kant y “La summa cuestiones” de santo Tomás de Aquino, plantean desde ángulos bien diferentes, diría que opuestos, lo mismo entre ambos y algo parecido a lo de mi amigo: creer es un acto de voluntad. Para Kant además es necesario reconocer que se cree por la necesidad de creer ante temas como la muerte o el sentido de la vida y para el santo aquinense además está la gracia divina.
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En el parque nos juntábamos chavales del barrio para jugar al fútbol, fundamentalmente. Al rescate, a dola, y a “churro, media manga, manga entera”. Estábamos en un partido de fútbol cuando dije que me ausentaba para ir a mear. Siempre que alguien lo decía varios acompañaban a susodicho, que será por eso de que “la pilila española / nunca mea sola”. Es como si quien avisa dijera a los demás “¡eh! que también tenéis ganas!” Y en aquel momento lo mismo, pero únicamente vino Manuel. Me miró y apretó los labios subiendo la minga para llegar más lejos que yo con su meada. Yo me piqué y lo mismo. Desde entonces siempre que él iba a lo mismo yo le acompañaba, hasta el punto de aguantar mis ganas para competir con él. Y lo mismo él. Nos miramos sin disimulo una vez la  pirula y luego no más. Vista una vez, por curiosidad, vista todas. he observado en los urinarios públicos, que los varones cuando hacen pipí miran hacia arriba o a los lados, como si disimularan. Yo clavo la mirada en la pared, pero de reojo lo veo todo porque soy muy curioso. La gente masculina y gay sale de los servicios subiéndose la cremallera del pantalón, ¿por qué no antes? También dan unos primeros pasos como disimulando.
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Desde entonces nos hicimos amigos. Vino con los de mi pandilla, yo con los de la suya y a veces ambos a jugar a los futbolines y ver a los mayores hacerlo al billar en la sala de juego, o en el bar echar un duro para jugar a las maquinitas de bolas que sonaban a campanas. Siempre intentando ganar al otro. Me dijo que a él le daba lo mismo, pero que se esforzaba en hacerlo mejor que yo para que me divirtiera más. Si alguna vez surgía entre dos coches nos poníamos a mear antes de despedirnos. Cuando fuimos creciendo lo hicimos con cuidado para que nadie nos viera. Lo mismo que pasados más de cincuenta años, porque ¡qué ridículo si alguien nos pilla! o si la policía local nos multa.
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Regañaría a mis hijos si hicieran algo así, pero para mí es una costumbre, es una manifestación de amistad. Y creo que debimos de cortar a tiempo dicho hábito. Al despedirnos en COU bebimos algo más de la cuenta en un bar cercano a su casa, con más amigos. Me iba a ir cuando me dijo que se me olvidaba algo. Creí que nos íbamos a dar un abrazo, pero no, fue echar lo que creímos sería la última meada juntos.
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Un año y medio después me encontré con él de casualidad, en su barrio. Estaba con Irene. Me presentó como su mejor amigo. Ya empezó con su teoría de la necesidad, porque dijo que estudiaba formación profesional de electricista porque necesitaba aprender algo, por si algún día necesita trabajar. Cuando Irene se fue casi al unísono coincidimos en hacer lo de siempre. Nos reímos, porque ya éramos mayorcitos. Lográbamos mojar a los coches que circulaban desde la acera. Meadas prodigiosas.
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Me dijo que ya sabía donde estaba. Y de vez en cuando fui a verle y charlamos. Cuando me marché de aquella ciudad muchas cosas quedaron en el recuerdo de lo olvidado. Fui a verle en Navidad, también un par de veces cada verano. Luego menos, entre visitas a la familia, cuidar de los las hijas y los hijos, ¡en fin! Una vez le presenté a mi cónyuge, también conoce a mis hijos cuando fueron pequeños. De mayor alguno ha venido a acompañarme, pero les digo que vayan a hacer algún recado para él y yo hacer nuestro ritual.
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Después de casi dos años sin verle le fui a visitar en nuestra última ocasión. Fue como siempre. Además, no sé como lo hace que tiene noticia de casi todo el mundo, de los antiguos amigos y compañeros del cole. Yo pienso que se inventa lo que me dice de ellos, pero ¡qué más da!
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La última meada le vimos venir como algo irremediable. Últimamente sincronizarlas fue más difícil, ya no tenemos tanto aguante y se nos puede escapar. Pero logrado el objetivo ahora ya no miramos al aire, sino al suelo no sea que nos mojemos los zapatos y ¡no es plan! Cuando se despidió me pidió que no tardara tanto, que le gusta hablar conmigo, recordar viejos tiempos (tiempis) y no sea que la próxima nos veamos con los pantalones mojados. Nos reímos. Yo ahora sonrió, pero ¡cómo pasa el tiempo! Él me ha contado que ha patentado un invento. Lo cuenta de manera que diga lo que diga es creíble. Un congelador pequeño para meter el reloj o los móviles, así el tiempo pasa más despacio. Le dije que eso da lo mismo, pero no me contestó.

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El caso es que no podría estar con él sin mear en la calle, a escondidas, ya es casi una obligación elegida, pero yo cuando le echo de menos, sin que me vea nadie hago lo mismo en la ciudad en que vivo y pienso que estoy a su lado. Miro antes a mi alrededor para asegurarme de que no haya cámaras de vigilancia ni nadie que pueda grabar con un  teléfono móvil. A veces me entran las prisas y no es cuestión de entrar en un bar y tomar algo que no te apetece y además hay que pagar. Además la sensación de clandestinidad es estimulante.
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Un hijo mío vio hacerlo a un borracho y puso el grito en el cielo: que es una guarrada, que puede trasmitir infecciones, además del mal olor y la falta de respeto que supone eso. “Claro, claro” dije yo, y: “es una cochinada”. La próxima vez se lo contaré a mi amigo, evitando que la orina nos salpique el bajo de los pantalones. Me dirá “¿y no te measte de risa?” Y los dos sonreiremos. Salud.
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