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Aprender a respirar

11 diciembre, 2017 Deja un comentario Go to comments

En la cultura oriental, de la que ya poco queda, los niños y niñas aprenden a cómo respirar desde muy pequeños. Algo que en occidente nos suena a “chino”, y nunca mejor dicho. Forma parte de una cultura de lo inmediato que valora los procesos y vivencias interiores para reflexionar y percibir las sensaciones introspectivas.

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Por el contrario nuestro mundo tecnológico y cartesiano valora sobremanera y convierte en destino de los sujetos el éxito ante los demás. En un lado de esos dos mundos se pretende la tranquilidad y el sosiego, lo importante es el gesto. En el contrapuesto prima la estética de la imagen “fotogénica”, aunque sea mediante cirugía y potingues que suponen la cuarta industria más boyante. Una forma de perfección es ser modelo o hacer gimnasia para mantenernos “en forma”.

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En una parte se ha creado casi todo lo que vemos, mientras que en la otra lo que no vemos. Ya no es una cuestión geográfica, ni cultural, esta división de oriente / occidente, pues la parte del ser hacia fuera se ha impuesto en ambos lados. Quedan reductos de espacios interiores, actitudes personales como resistencia al alud del mundanal no-ser, pero a la vez hay referencias a las tradiciones como puntos de anclaje sobre las formas de vivir que quedan fuera de sí y desquiciadas, en la que se viaja por viajar, se producen mercancías con estrategias de combate en la “guerra comercial”, en una sociedad en la que los hechos no valen nada si no se “ven”, aunque sean deformados o se inventen las “noticias”.

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¿Un equilibrio? No es posible. Se vende la calma como un producto de consumo más o en forma de pastillas. Una mezcla de ambos sentidos de la vida es como querer unir el agua y el fuego: supone apagar las llamas, queda lo residual y pasajero que es calentar un ratito el líquido elemento. En esa vorágine de modernidad se hacen cursos de yoga, de Tai Chi, turismo rural budista y demás para “cargar las pilas”, no para renunciar con otra conciencia a un ritmo frenético, sino escapar cuando no se puede más o ante la saturación de estar obsesionado por ganar más o seguir una carrera que nadie sabe adónde lleva, y los que huyen se agarran a mantras y paseos a orillas del mar, como víctimas de la derrota. No se ve como un triunfo vital salir de la vorágine.

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Respirar es algo que hacemos a cada momento, desde que nacemos hasta morir. Es obvio. Pero nadie nos enseña a ello. Todo estado de ánimo, lo mismo que cuando sentimos o cuando nos fatigamos conlleva una manera diferente de respirar. Manejando ésta podemos conectar el ritmo que elijamos, percibir mejor los sentimientos y pensar sobre ellos y no consumirlos o devorarlos con ansiedad. Podemos profundizar en la mente al respirar bien.  Y según el momento nos traslada a una perspectiva por la que podemos entender todo mejor.

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Por contra las raíces cuadradas, los binomios, las fechas de la Historia o las lista de obras de un filósofo son conocimientos que no solemos usar en nuestra vida ni lo necesitamos la inmensa mayoría. Sirven para hacer un examen que nos capacita para seguir en una carrera de ellos que hay que seguir hasta lograr un puesto de trabajo, cuanto mejor pagado o reconocido socialmente mejor. Y esto es triunfar, cuando es la derrota como ser humano, porque nadie se lo ha planteado conscientemente, simplemente ha llegado a ello con esfuerzo, dejando su vida a un lado para construir otra paralela porque nos han encarrilado de esta manera, la de este otro lado en el que vivimos, porque “es así”. Puede ser plena cuando decidimos sobre ella.

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Y admito que todo es necesario, incluso saber de algoritmos, los diagramas de Ben, resolver ecuaciones o sumar y restar quebrados; También saber lo que es un lexema y un morfema y las reglas de ortografía. Pero transitoriamente, conscientes de que este saber es una herramienta y no un destino del sujeto que ha de despojarse de sí mismo ejecutándolo laboral o didácticamente.

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Es curioso que la respiración se ha convertido, instrumentalmente, en el eje de los cursos para mujeres embarazadas y sus respectivas parejas, con el fin de mermar el dolor durante las contracciones y cuando el parto. De ahí su utilidad, pero ¿y todo lo demás? ¿Basta con una postura y una respiración profunda tres horas a la semana?  cursillo de verano? No, respirar es una forma de ver el mundo, de sentirlo, es vivencia y relación con el entorno.

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Cuando estuve en un Dojo cerca de la M-30, a las afueras de Madrid, aprendí zen con su pensamiento paradójico y metafórico. También zazen, como postura ante la vida, y me enseñaron las monjes y el maestro a respirar en la vida cotidiana. Sirve para sentir los latidos, de lo que nos olvidamos ¡tan frecuentemente! Cuando ni nos lo planteamos las más de las veces.  Espirar y espeler el aire respirado una vez y otra, y otra siendo latidos vitales cuyo valor es un millón de veces más que ir en un coche último modelo. ¿Para qué ir a París si no somos capaces de recorrer nuestro ser íntimo? Y necesitamos ir más lejos y gastar más en trasladarnos y además hacernos el selfie de rigor. Viajar no forma parte de una experiencia que luego contamos  ni nos cambia nada, se ha convertido en un traslado que pagamos sin más. Viajar es respirar nuevos aires, es acompasar los pasos con cada respiración. 

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Mi maestro fue Ramiro Villalba. Hubo dos monjes mujer y luego con el tiempo varias más y tres más varones, hasta que se cerró aquella escuela y no volví a saber más. Pero cuando volvía mientras que continuaron sus enseñanzas, tras haberme ido de Madrid a León, este joven maestro me hacía la señal de silencio colocando de perfil su dedo índice y los otros en forma de abanico, sobre los labios y me invitaba, con un gesto y movimiento de mano cortés, para sentarme en el suelo sobre un cojín. Ahora no podría o me costaría muchísimo.

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Como es costumbre en oriente, en el budismo y otras escuelas de meditación o de sabiduría experimental de nuestra psiquis, se sentó a mi lado. Aprendí al cabo del tiempo, ya lejos de su presencia, que de esta manera mirábamos lo mismo, un espacio común, y no diferente como si nos hubiéramos colocado uno en frente del otro. No nos decíamos nada, pero surgían pensamientos. ¿Qué me sugiere estar así en su compañía?, ¿qué pensamientos e imágenes afloran?, ¿qué siento? Interrogantes que flotaron sin querer. 

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Cuando fui a ver a algún profesor del colegio le contaba… Pero no cupo nada más en quince minutos, aproximadamente, de conversación y no había matices, ni sensaciones paralelas a las que tenemos acceso en nuestra vida. De esta manera se pierden los pequeños detalles, que a veces se recuperan en la escritura, pero llega un momento que ni el arte de escribir y leer respira.

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Con mi maestro zen aprendí, sin más, a sonreír. Nunca me preguntó que por qué lo hacía, sino que él también me acompañó en el gesto. Y con una suave inclinación del cuello nos despedíamos, sin cruzar algunas veces palabra alguna. Asistí a las clases de nuevos alumnos. Recordé, sentados en el suelo sus discípulos formando una circunferencia, los toques en el hombro con su varita de madera. Parecida a la que sirve para dirigir una orquesta, con el fin de saber que nuestro pensamiento también es cuerpo.

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Y sus lecciones, dichas al aire, para que cada cual recogiera lo que más le pudiera interesar. Sembraba sus palabras en quien le escuchase para que florecieran cuando hiciera falta a cada cual. “Convertid vuestros problemas en una nube, contempladla, ver su forma, dejad que descargue o que pase. Vosotros no sois la nube”. Cargamos con los problemas, con circunstancias que nos pesan y apesadumbran por el apego a nuestra imagen.

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Respiro conscientemente a lo largo del día, no con demasiada frecuencia, y al hacerlo me traspongo, pero la gente cree que me echo la siesta. Cuando voy a un concierto me abstraigo respirando profundamente y los de mi alrededor creen que me duermo. Cuando alguien quiere discutir conmigo, respiro y escucho, pero quien se pone de adversario cree que me río de él. Inflo mi cuerpo al llenarme de aire, redondeándolo y de esta manera soy orondo, pero la mayoría cree que estoy gordito.

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Nadie entiende la enseñanza final, la primera con la que nos topábamos al entrar en el dojo, porque estaba a la entrada e hizo que muchas personas huyeran espantadas al explicar mi querido rimponché cómo lograr “despertar”, el despertar de la conciencia, su expansión para convertirla en mente: “¿Qué es el satori? Comprar un billete de lotería. Que te toque el gordo y romper el boleto”.

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Si quieres ejercer el mecenazgo con mi labor, de una manera sencilla, gracias:

o.

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  1. JM
    5 enero, 2018 en 20:10

    Respirar, meditar, pensar.

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