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Interpretar los recuerdos

Hace unos días discutí, o mejor: planteé discrepancias, con amigos y amigas que conocí hace mucho tiempo. Hablamos de hechos que sucedieron hace seis años y de otros de hace más de veinte.

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Entre las cinco personas que estuvimos de tertulia, después de no haber coincidido desde hace cerca de dos años, discrepamos sobre las referencias a hechos del pasado, estando cada cual seguro de lo que recordábamos “clarísimamente”, incluso con referencias concretas por parte de cada cual, que corroborábamos nuestra versión particular de los hechos.

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Han pasado unos días y he reflexionado al respecto. Lo he experimentado también en otras ocasiones durante conversaciones con personas diferentes. ¿Falla la memoria? Pienso que cada cual recuerda en función a cómo ha procesado su vivencia pretérita, no tanto en función a su conveniencia ni a lo que ha sucedido en su realidad objetiva.

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Aunque parezca algo banal, este proceso de la memoria afecta a las relaciones de pareja, de amistad, e incluso al mundo del conocimiento y de la información de cara a crear una determinada opinión pública.

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En realidad no es una discrepancia de interpretación de lo recordado, sobre aquello que no coincidimos, sino que interpretamos los hechos, ya desde que suceden, de una determinada manera y es el recuerdo lo que se amolda y adapta a dicha manera de entender lo que sucedió, que luego llamamos “recuerdo” porque lo asociamos a la memoria, sin percatarnos de que en el mismo paquete incluimos cuestiones imaginadas, o también creídas previamente e, incluso, distorsionadas por hechos posteriores.

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No recordamos los acontecimientos, sino que el recuerdo se forja sobre la base de nuestra interpretación. Vemos nuestra experiencia según la valoramos. Y un mismo suceso, una misma experiencia de las personas de un grupo que hayan vivido un hecho en común genera recuerdos diferentes y en ocasiones discrepantes.

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Podemos incluso aportar datos objetivos, con referencias de noticias de la prensa. Da lo mismo, la sensación de realidad que adquieren los recuerdos hace que lo que es objetivo se desplace a lo subjetivo de nuestra visión de las cosas.

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Otra cuestión son los falsos recuerdos, pues la interpretación de aquello que rememoramos es sobre una visión psicológica deformadora de los hechos. Sucede sin querer, al formar parte de la naturaleza de nuestro cerebro. Pero los “recuerdos” que de algo que no ha sucedido y, sin embargo, aparecen en forma de algo “vivido”, sin lugar a dudas son los inexistentes que se convierten en “memoria de la realidad irreal“. Es un fenómeno estudiado, muy complejo de analizar. Estudié esto cuando me dediqué a investigar el fenómeno de las sectas destructivas, aquellas que trasforman la personalidad. Se acaba cambiando el recuerdo de lo vivido hasta el momento de pertenecer (en el sentido literal del término) a la organización.

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Los falsos recuerdos consisten en asociar lo recordado a una mezcla de deseos, sueños, realidades, fantasías, miedos, imágenes de películas o sobre relatos o noticias que se han escuchado. Todo lo cual puede llegara formar un relato de lo vivido en forma de recuerdo, por lo tanto crea una realidad subjetiva “incuestionable” si que sea cierto.

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El ser humano funciona sobre todo a través de irrealidades, por ello funcionan y se propagan tanto las creencias. Algo que no reconocemos porque no nos miramos al espejo de nuestra propia existencia.

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No sé. Pienso que la literatura se nutre de esta particularidad al querer transformar en real lo irreal. Pero no sé, me asaltan muchas dudas al respecto. ¿No será el olvido sombra de lo recordado y haya falsas ausencias en nuestra mente?

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  1. Priede
    26 febrero, 2018 en 15:53

    Totalmente de acuerdo. Así que imagínate cuando eso se lleva al plano político con la llamada ‘memoria histórica’, que es más histérica que histórica. En ese caso la historia hace de adjetivo y se pone al servicio de la memoria, que es el sustantivo, lo sustantivo, y la memoria no puede ser historia puesto que es arbitraria, interesada, parcial (recordamos porque también olvidamos, puesto que ni el cerebro ni la mente son discos duros); decir ‘memoria histórica’ es como decir ‘memoria azulada’.

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