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El balcón y el placer

Me gusta asomarme al balcón. Pasar el rato mirando sin más. Hacer, de esta manera, de la calle en la que habito un paisaje. Veo pasar a la gente, algunas personas conocidas, con quienes  hago una parrafada con ellas, por ser un primer piso. Para mí las mejores vacaciones es pasar el rato en el balcón.

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Apoyado en la barandilla miro. El balcón está en una calle peatonal. El espacio del trozo que veo es muy diferente según la hora del día, o de la noche. Según qué día de la semana, o según el clima del momento. También es diferente según los pensamientos que lleve.

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No veo a nadie asomado al balcón en mi entorno. Cuando paseo sí, pero muy pocas personas. Se cuentan con los dedos de una mano. Muy diferente a cuando hace tiempo, cuando fui pequeño, que hubo la cultura de los balcones. Recuerdo conocer a gente y ser conocido por ella desde los balcones. Al cruzarnos en la calle nos saludamos. Personas fumando, en camiseta, y en familia. Y el arte de mirar. Algo que se extingue sin que nadie lo eche de menos o en falta, sin que se haya sabido de ello, sino como una costumbre más. Hay personas a las que únicamente vi en su balcón. Dejé de hacerlo, puede que porque se hayan muerto. Cuando vuelvo a mi casa, en la que viví de niño me asomo al balcón para recordar y “ver”, pasando lista  en la memoria. Ahora los balcones están vacíos.

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En la actualidad que si hay aire acondicionado, que si estamos al ordenador, que es adonde depositamos nuestra mirada, que si está la tele con muchos canales para elegir. ¿Realmente se ha elegido no asomarse al balcón?, o somos arrastrados por una inercia colectiva. No lo sé. Habría que divagar mucho, dejar vagar la mente, para buscar en los entresijos de nuestras decisiones.

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Precisamente hace unos días comentaba, discutimos, o dialogamos, como se quiera llamar a no estar de acuerdo, con un chaval, al salir de un encuentro en “Diálogos filosóficos”. Hablamos sobre si somos libres o no, de si como dijo Sartre (mi tesis) somos libres porque estamos condenados a serlo. O como decía aquel chico que lo que hacemos queda fuera de nuestro yo, los estímulos nos vienen de fuera. Se refirió al pensamiento oriental en torno a dejar el yo a un lado, ante la incertidumbre de plantear ¿qué es el yo?,  ¿realmente existe?

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Pero no es esto lo que me sugiere asomarme al balcón, sino otra parte de aquella conversación: Tomamos las decisiones y elegimos lo que nos da placer. Tal fue el empeño de mi contertulio. Para él fuere lo que fuere es porque buscamos la satisfacción. Dudé esta afirmación y pretendí rebatirla. Apunté a lo que Freud llamó “instinto de Thanatos”, algo psicológico, inconsciente que nos lleva a destruir nuestro entorno, nuestra vida.

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Pero sin llegar a tanto planteé diversos ejemplos que formaron parte de una larga conversación. Al recordarlo estando asomado al balcón me dije: He aquí una situación. Me pregunté: ¿No lo haces porque te gusta?, porque me place, me dije. Inmediatamente me di cuenta de que me aparece la nostalgia, el “dolor” de no ver a nadie en otros balcones. Es algo nimio, pero es esa zozobra de pensamiento la que me hace escribir.¿O es acaso querer tener la razón a toda costa?

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Observo que queremos elegir lo que nos da placer. Hoy en día sería posible estar a gusto, no voy a usar la palabra “felicidad”, pero sí la de vivir acorde a nuestras expectativas existenciales. Sin embargo está lejos de la realidad semejante pretensión. El problema del mundo moderno es que podemos vivir placenteramente y no lo conseguimos, cuando a nivel personal y social, casi todo el mundo está en condiciones de hacerlo, incluso en circunstancias precarias o de dificultades, nada que ver con tiempos pasados, en los cuales hubo un sentido para el sufrimiento. Perdido este sentido no sabemos por qué sucede. Una enfermedad extendida en la población es la tristeza vital o depresión, que no se debe a algo concreto. Una especie de tendencia a la tristeza, sin una causa concreta.

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Vivir satisfechos requiere educarnos para ello y evolucionar en esta nueva fase vital, pero no nos lo planteamos. Insistimos en sufrir porque nos han educado en ello.Por eso hoy las diversiones siguen siendo tumultuosas, de inconsciencia con el alcohol, con peleas, resacas también emocionales, ruido y demás

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Antes se decía que la vida es un valle de lágrimas, restricciones morales, religiosas por doquier. Hoy quedan de forma relativa, pero las relaciones interpersonales son complejas, incluso en la pareja, la sexualidad es fuente de conflicto tanto entre los las personas como interiormente, es donde sucede la batalla íntima entre la naturaleza y la cultura.

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Sucede que a lo largo de nuestra evolución el cerebro se ha programado para sufrir, para superar las dificultades como especie humana y adaptarse a semejante esfuerzo por conseguir la supervivencia, primero ante las inclemencias meteorológicas, las amenazas de otras especies, luego la supervivencia de las cosechas, las guerras entre tribus, luego entre estados, para su formación y su enriquecimiento. Todo formó parte a la tendencia a sufrir. El mundo se organizó y la sociedad después en torno al sufrimiento, y para ello se amparó en las religiones. Hasta el punto que a través del desapego, de otros tipos de sufrimiento se quiso superar, con el ascetismo o con la mística, como el budismo, vivir el sufrimiento como medida de salvación también con las mortificaciones. Los cínico cambian el sufrimiento que produce el “bienestar social” por el de la pobreza y la indiferencia. Dan otro sentido a sufrir.

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Según mi contertulio esto sería en pro de un placer futuro, en el otro mundo, pero me pregunto ¿placer?, más bien la culpabilidad, la angustia de la que habla Kierkegaard ante la idea de Dios, ante nuestro yo enfrentado al mundo y desamparado de la idea de Dios, lo que sucede más si se cree profundamente.

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A diario nos regodeamos, y quejamos, de noticias que nos entristecen, aunque las veamos lejos, pero es el fondo de nuestra percepción y tales hechos se perpetúan, porque alimentan el sufrimiento humano. Cuestiones sencillas las complicamos, a su vez construimos un sistema de relaciones con la sociedad (burocracia) o personales más complejas. Se potencia el egoísmo y nos duele cuando lo mismo que hacemos se aplica a nosotros desde el otro.

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Para lograr algo placentero primero hay que merecerlo: Sufrir. Pero incluso cuando tenemos lo que queremos no sabemos qué sucede ante el decaimiento de la euforia. Sin ver que estamos programados desde hace millones de años para sufrir y que nos educan en este sentido desde que nacemos. Sea la disciplina en la música, el deporte, el conocimiento con exámenes, exigencias y demás. Hasta el juego causa frustración cuando el que gana teme perder la próxima vez y quien queda fuera del éxito, ya desde niño, se frustra.

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Estamos preparados para el sufrimiento, pero también programados para aceptarlo. La cuestión es que hoy sufrir pierde su sentido ante un entorno de dificultades, cuando antes la mitad de los niños morían antes de los siete años, cuando las guerras asolaron la vida cotidiana y el dolor fue algo que hubo que afrontar. La revolución tecnológica ha sido y es un cambio de dimensión antropológica. De ahí la tendencia al placer y aspirar a la felicidad.

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Mientras que no seamos conscientes de esta nueva categoria seguiremos disfrazándonos de estar bien, de alegría, así son las imágenes publicitarias. Es el consumo lo que quiere dar sentido a la nueva tendencia, pero es sólo un simulacro, es imagen. Tiene un sentido más profundo que la mera cuestión comercial. Sucede entonces una paradoja: deseamos el placer, tendemos a él, pero vamos (como si fuera irremediable) al sufrimiento, al sacrificio con nuestras decisiones, como si de un imán mental se tratara. Sucede a nivel social y en cada individuo.tal vez sea un periodo de transición.

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Sólo darnos cuenta de esta nueva situación nos puede ayudar a salir del laberinto. Es como quien al salir de una cueva en la que siempre ha vivido y a la que se ha adaptado, quiere abrir los ojos al estar fuera y le duele y molesta la luz del sol. Cierra otra vez los ojos, vuelve a la cueva, en lugar de saber qué sucede y entender que es necesario adaptarse a la nueva circunstancia. Es lo que nos pasa.

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Salgo al balcón y lo hago porque me place, deseo esas sensaciones de paz, de observación y de vagar, pero me traspasa el tiempo pasado, el reconocimiento de que la nostalgia, lo aún por hacer, como si ese peso me arrastrara sin saber. Tomo notas que al volver al escritorio ya no valen, han caducado como una flor de cerezo. Recojo el eco de aquella conversación. Escribo sin una conclusión clara. Queda lo que cada cual piense y sienta. La conversación aplazada para otro momento.

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Al fin y al cabo todo está por decir.

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