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Derrota

splendor-148506444-largeHace unos días vi una película que me ha impresionado, no por ella misma, sino por el efecto causado en mí, que no sé explicar bien. Una obra cinematográfica italiana del año 1989: “Splendor” dirigida por Ettore Scola. .
El tema de fondo es el declive del cine, no como producción sino a modo de industria ante nuevos fenómenos del mundo de la imagen. Un año antes se pudo ver en las pantallas “Cinema Paradiso”, todo un espectáculo de sentimiento hacia el cine, que trasmite la película, siendo ambas similares. En León, cuando se cerró el Emperador, se hizo un homenaje al cine, al mundo cinematográfico, con un echando películas clásicas cuyo colofón fue la película de Giseppe Tornatore. Junto con el “Trianón” fueron cines emblemáticos de la ciudad de León. Ambos antes fueron teatros de alcurnia y hubo en ellos conciertos. Lo que quiere decir que el cine reemplazó en cierta manera al teatro. Todo arte siempre está en crisis. Toda forma de comunicación de masas es crisis, porque siempre hay un medio nuevo que se interpone.
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Pero la película a la que hago referencia tiene un algo de sugerente, de invisible. Suelo ir a una convocatoria que se hace en el Café “Lisboa”, en la calle que desemboca al conservatorio de música, que organiza Fernando Pérez, entendido de este arte. Los viernes cada quince días, más o menos. Me gusta asistir porque elige películas especiales por diferentes motivos, y por lo que cuenta de ellas, antes y después de la proyección. Yo no entiendo de cine nada, incluso me ha parecido un medio invasor de la literatura, no sólo por ampliar la oferta fuera de la lectura, que en ocasiones por el contrario ha potenciado, pero mi cultura es el libro. Es lo que me llena. Los datos de directores y saber el nombre del protagonista lo he sacado de Internet. Una vez Fernando definió el cine como “la literatura digerida”. En Splendor_(1989_film)gran medida así es, pero cuando se hacen películas especiales sí tienen la capacidad de trasmitir y comunicar más allá de lo que se ve en la pantalla. Mi crítica es que cuando se mete a llevar al cine novelas las distorsionan enormemente. Es otra cultura, otro idioma y, ya se sabe: “Tradurre é tradire”; “traducir es traicionar”.
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Comenté durante la pequeña tertulia al finalizar que no supe si me había gustado o no, pero que me había emocionado, sin saber por qué. Me inspiró a escribir algo, sin saber tampoco exactamente qué. Fernando sonrió y dijo: “Lo has entendido perfectamente, eso es lo que quiere la película ¡emocionar!” El film hace muchas referencias a otras películas del pasado y a actrices famosas, que no conozco sino de “vista”. Con la lectura se puede volver a un párrafo anterior, subrayar, parar a pensar. El cine corre. Ahora las escenas vuelan. Lo observé en los dibujos animados: En veinte años se pasó de los clásicos que cuentan historias con moraleja a secuencias con imágenes que parecen balas y simplemente pasan cosas sin un hilo conductor. Yo quise que mis hijos vieran “Chavo del ocho” y,  sí, alguna vez. La modernidad es la modernidad.
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La película es circular, recorre lo acontecido en un cine que empieza a proyectarse en la plaza de un pueblo y acaba en las ruinas de un palacio qu113100019-6580e6cb-0bb9-4eb6-a8b8-ebb526ebbde0e se ha de vender finalmente. Del esplendor al ocaso de ese mundo de la gran pantalla en las salas para el público. No es la película únicamente lo que atrae, sino el ambiente, así como el hecho de ir, solo o con más personas. Muchos aficionados al séptimo arte tienen la mentalidad de coleccionistas.
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Hay una escena al principio de la peli: El recuerdo del director de la sala mientras que la están vaciando porque ese local será para otra actividad. Un niño que se sienta en un taburete cuando ponen la pantalla y espera a que empiece una película. Luego van llegando más vecinos de la localidad hasta llenarse, el alcalde incluido. Hay un guiño en el que parece que al cura no le gusta que invadan su territorio con otras formas de hacer actos colectivos, pero el progreso llega a los rincones más escondidos. Al final de la película queda la imagen de ese niño solo ante la pantalla.
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Pero lo que me cautivó no fue tanto el guión y las historietas del mismo, incluyendo la colección de imágenes de rostros de actrices de cine que colecciona el ayudante de la sala. Fue los gestos y expresiones del actor Marcello Mastroianni, convertido en personaje. ¿El qué? No lo sé. Me comunicó algo. No exactamente bello, ni de entusiasmo. Tomé unas notas, para que no se me pasara aquella sensación de derrota que me hizo llegar, pero como algo físico y notorio. Una mezcla de orgullo y derrota.
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Explico esto a modo de preámbulo, porque el contexto de lo que se escribe me parece importante. Sobre la vivencia de derrota y su exaltación como forma de vida, porque en ella están los valores de la libertad, de la lucha, de ser uno mismo, no por ella en sí, sino por aceptar su camino, el que no finaliza, el que no tiene atajos, en el que no se alquilan las ideas ni las pueden comprar en forma de conductas correctas, porque va al otro lado. ¿A contracorriente?, sí, puede ser. Pero no en contra, sino a favor de de un nuevo caudal para el correntío de los sentimientos que rieguen las palabras, los senderos sociales, la vida misma. En contra de los ídolos de barro, de los becerros de oro, de los dioses y las diosas, de las relaciones amañadas, de las palabras rotas, de los aplausos de cartón piedra y de los votos de seda en televisores preñados.
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Y es que, ¡oh, Mastroianni!, la derrota es la patria de los deseos, es la esposa de los sueños con los que uno se compromete, es una amante, es la santa que consuela y la puta que también: La que pide limosna y a la que pagas con tu vida. Es un recuerdo que la victoria no tiene, porque sólo lo profundo queda en el fondo de todo lo demás. No viste de gala, ni va de pobre, es la que desnuda y es la añoranza en el amor, en las luchas que no tienen fin. Fabrica utopías para arrancar las muelas picadas de la realidad. No cotiza en la Bolsa ni se invierte en negocios que vacían de alma como las guerras y las campañas para lograr el éxito, el mando, ¡la victoria!, incluida la final, el oro convertido en piedra, en barro y bronce de quienes alzan el laurel. Los goleadores son un balón y quienes pierden son el canto del mirlo cuando el partido se acaba, porque siempre queda la madrugada.
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Nadie piensa en la derrota, pero se siente cuando algo se emprende. No se desea, pero se acaba amándola porque sólo ella es capaz de hacer el amor profundo, el que se hace a lo grande y no de paso. Huimos de ella a las madrigueras y los cazadores disparan para ser ellos los que destruyan lo que se ponga a “tiro”, “y tiro porque me toca”. Toda derrota crea, incluso el relevo a su final cuando todo se ha perdido. Es la añoranza y nostalgia y la siembra de otras victorias, las que no se ven las que nadie valora otra cosa que los gráficos y los réditos. La derrota es un lobo y su manada, y los rebaños la señalan.
ojosnegros.
La derrota no es nada. Ni lo es todo. Es un paso, individual, que se hace colectivo. Impregna del tiempo al tiempo y hace real lo imposible, por eso supera a cualquier victoria que sólo puede alcanzar las migajas de lo real, la calderilla del viento.
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La derrota es una mirada y es lo invisible que abre nuevos mundos mientras que ella se evapora. No lo cuenta Mastroianni, quizá no lo sepa, pero sí Jorda porque no entendió que es lo que pasó. Pasó el tiempo, pero él no. Cuando perdemos un amor, una causa, una mochila en la montaña, nunca sabemos la razón. Pero sí estamos seguros de que volveremos otra vez, a empezar, sí,  quien no tenga miedo a ser derrotado para ser aliento e impulsa a vivir. Para abrir los museos y que vivan los cuadros, las estatuas, los incunables, los guías y las guías telefónicas que ya no existen. 
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Cando la sala se llena sólo existe la pantalla. Cuando está casi vacía queda ella y la otra parte de enfrente y se fusionan y lo vemos como una rosa púrpura… La derrota es el único arma de la libertad.
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