Crónica romana V: El ser de los italianos

¡El ser!, su dilema es definir esta palabra verbo-nombre, al fin y al cabo Hamlet plantea: ¿Estoy o no estoy en esta existencia?, porque ser o no ser es otra cosa, otro cantar. Al pasear por Roma percibí el ser italiano. Porque, insisto, Roma crea una onda expansiva que abarca la italianidad, aunque no del todo. Es preciso dejar que los sentidos se inunden del paisaje urbano y se desborde la percepción de lo que los seres son.

No se trata de decir “el italiano es…” y volver a los tópicos que ya he defendido en mi anterior crónica, porque los mismos tienen un aroma a real. Una crónica debe mostrar con la palabra aquello que percibe quien escribe sin que sea visto por nadie, ni siquiera por él mismo, sino olfateado, captado, intuido.

Como analiza Hegel, el ser transcurre en su devenir, pero hay algo en común. Ya comentaré sobre el imperio romano cuando hablé próximamente del alma italiano, pero el ser es la esencia que va cambiando en aquello que aparenta, es lo que relaciona la realidad con lo irreal, porque ambos polos forman el ser humano, su historia, su pensamiento, su sentir, su ser.

Un ejemplo claro del devenir italiano, cuyo elemento en común en la relación al mismo objeto, aunque con su diferente función, es ver como la piedra tallada que se conoce como Boca de la Verdad fue la tapa de una alcantarilla cuando el Imperio. ¡Que arte para un desagüe! Dicha figura en la Edad Media se convirtió en un oráculo para saber si una esposa decía o no verdad sobre su fidelidad al marido. Y en la actualidad es un reclamo turístico.

De lo funcional se pasó a lo moral y el siguiente paso fue lo mercantil, lo cual marca el devenir de la Historia en la que se fecunda el ser de un pueblo y de las personas, con su cultura, sus percepciones. ¿Cuál es el del italiano? El ser nunca lo es en sí, sino en relación con algo, comparativamente con las demás formas de ser, la relación con uno mismo, con aquello que me hace ser en la vida cotidiana. Es lo que los filósofos llaman el ser-ahí desde el ser-para-sí, partiendo y concluyendo en el ser-en-sí.

Esta terminología que intenta ser un mapa de la construcción de la realidad, del ser de lo real, es puesta en evidencia con la realidad humana debido a la manera de ser de las personas italianas, especialmente. Y lo digo sin ser yo italiano, de ahí que no haya en esta descripción ningún tipo de papanatismo, más cuando ha sido para mí un descubrimiento inesperado.

La forma de ser trata de cómo vive su ser cada persona, cada pueblo (tribu) hoy naciones, lo cual diluye el ser de los seres humanos, quizá necesariamente, por lo que se plantea la idea del Estado por encima del individuo, pero no es nuestro tema, sirva nada más como un apunte.

En este sentido el italiano se pudiera ver aplastado por su pasado lejano, que veremos en próximas crónicas, pero sin embargo existe en lo presente de una manera especial. Los italianos desprecian su pasado reciente, pero sí se ríe de él. De una historia grandiosa pasa a una acción histórica en la que se cuenta que el libro más pequeño del mundo es aquel que cuenta las victorias del ejército italiano. Las mujeres y hombres italianos se mofan de ello, no les importa, porque cada uno dice “sono quello che sono”, es decir “soy el que soy”.

Italia viene de una derrota, al menos en ese alma colectiva que a modo de nebulosa crean las leyendas. Surge de la destrucción de Troya, con Eneas que ha de seguir su camino. Y de una victoria de este constructor del ser italiano sobre Turno, rey de los rútulos.

Ya hemos visto un rasgo italiano como la elegancia y su belleza singular y única en el mundo, lo cual le hace ser presumido, pero no presuntuoso. Lo cual se proyecta en el mundo a través de sus inventos. Uno de ello la radio que inventa Marconi, italiano. No parar de hablar define su ser en el mundo. Técnicamente pudieron haber otros inventores, peleas de patentes, pero l’italiano lo mette nel mondo. O cuando se llega a la salida del aeropuerto Ciampino se ve un monumento recordando al descubridor del helicóptero, Enrico Fornalini. Hay otros, aunque el precursor fuera otro italiano, Leonardo da Vinci, técnicamente hubo ingenieros franceses, alemanes, rumanos y hasta el español Juan de la Cierva con su autogiro, pero este invento es fruto de la manera de ser de los italianos, refleja ese ser profundo que se exhibe. Nunca un italiano hubiera podido descubrir el avión, que despega y se va. El helicóptero vuelve, da vueltas, como para ser visto, para ser mirado. Pienso que lo descubrió desde un ser colectivo como objeto elegante y estético, que luego ha cumplido otras funciones. El helicóptero es como ese italiano que pasea y vuelve sobre sus pasos disimuladamente para ser atisbado, vislumbrado, fisgado. Oh. Por contra fue un español, Isaac Peral, quien inventó el submarino, como reflejo de un ser histórico de guerrillas, de escondrijos emocionales y ocultamiento en su de existencia. El helicóptero hace en el mundo tecnológico lo que el italiano en el mundo: Pavonear. Y no discretamente, sino de manera elegante, dando a este verbo consistencia y no vanidosidad.

Cada pueblo tiene un personaje que lo identifica, que resalta y hace visible su ser. En España es el hidalgo don Quijote, de Cervantes. En Alemania Fausto, tanto el de Goethe como el de Thomas Mann, poco que ver ambos con el del inglés Christopher Marlowe. Portugal es visto en Pessoa, con sus múltiples personajes que crea a través de sus heterónimos, prosa y a la vez poesía. Son obras que más allá de lo literario sirven de espejo al ser de los pueblos-tribu / hoy naciones. Sin ellos estuvieron perdidos antes de que estos personajes se convirtieran en referentes. Las palabras que los construyen pululan en el inconsciente colectivo. De hecho de ahí salen esos personajes. Como Marcel y Albertina de Proust son lo que son las personas de Francia. Bloom es el típico (lo que es el ser) irlandés. Hamlet puro inglés. Lo cual hoy vemos representado con el Brexit,que no se puede entender sin leer a Shakespeare. En Rusia el ser múltiple lo representan y salvaguardan los hermanos Karamazov, de Dostoievsky.

¿Y en Italia? Nadie lo ha sabido responder. Lo he dado vueltas y vueltas hasta que ¡eureka!, sí, sin lugar a dudas, es el varón rampante, de Italo Calvino: “Supo convertir su amor por este elemento arbóreo, como ocurre con todos los amores verdaderos, en algo despiadado y doloroso, que hiere y cercena para hacer crecer y dar forma.” ¡Cómo este personaje se hace visible sobre los árboles!, se luce, sí. Y a la vez da lugar a una reflexión importante sobre la realidad. Destapa literariamente el ser italiano.

Italo Calvino

Por lo cual los seres italianos no pueden ser felices, si no es como todos los seres de todos los pueblos del mundo, y así lo son los italianos: a su manera, he aquí la felicidad italiana, ¡felicitá italiana!. ¡Mamma mia! ¡a ciò che l’essere ci porta!; ¡a lo que nos lleva el ser!

Crónica romana I: Luces

Crónica romana II: Sombras

Crónica romana III: El idioma

Crónica romana IV: Belleza italiana

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